El asedio de Cap‑Français fue un enfrentamiento militar librado entre 1791 y 1792 durante la revolución haitiana. En él se enfrentaron las fuerzas leales a la monarquía constitucional francesa (luego, la Primera República francesa) y los esclavos rebeldes de la colonia de Saint-Domingue. Estos últimos fueron incapaces de tomar la ciudad de Cap‑Français.
Antecedentes Rebelión
Entre los días 22 y 25 de agosto de 1791, los esclavos rebeldes quemaron las plantaciones de las parroquias de Petite-Anse, Quartier-Morin y Plaine du Nord, alrededor de la ciudad, y las de Limonade, al este de Acul. Algunas estaban a diez millas de Cap‑Français (o Le Cap).
De inmediato, el gobernador general y mariscal de campo Philibert de Blanchelande, quien hasta entonces estaba más ocupado lidiando con la Asamblea colonial, ordenó reunir a todos los jefes militares mientras le llegaban reportes de colonos supervivientes que huían a Cap‑Français. Al amanecer del 23, los blancos entendieron que el alzamiento había sido organizado, pues grupos de exploradores enviados desde la ciudad vieron que toda la región estaba en armas. En la tarde, una unidad de voluntarios intentó socorrer a las plantaciones más cercanas a Cap‑Français, pero fue repelida.
El 25 de agosto, el teniente coronel Anne-Louis de Tousard del regimiento de Cap asumió el mando de las tropas y enfrentó al mayor grupo de esclavos sublevados, unos 4000 negros que acababan de destruir y ocupar la plantación de Henri Latour. La tropa consiguió aniquilar a gran parte de los rebeldes, pero fueron reemplazados por un número aún mayor, por lo que Tousard debió retirarse a la ciudad.
Defensas Dentro de la ciudad personas aterradas iban de casa en casa buscando información, los colonos empezaron a armarse y la Asamblea colonial otorgó al gobernador general el mando de la Guardia Nacional. Se prohibió a los barcos zarpar para que dieran refugio a los no combatientes y poder reclutar a los marineros, de hecho, muchos se unieron a las milicias en la defensa de la urbe. En ellos se embarcaron a las mujeres y niños blancos y a los negros domésticos más habilidosos bajo vigilancia. Se empezaron a levantar fortificaciones en los alrededores, pues Cap‑Français sólo tenía defensas para ataques desde el mar.
Todos los habitantes trabajaron en ellas y pronto la urbe fue rodeada por una empalizada vigilada por tropas de caballería. En el punto donde la carretera principal llegaba a un transportador para cruzar un río al este de la ciudad se levantó una batería con cañones sobre botes apoyada por dos pequeños campamentos en las cercanías. En la carretera que iba a Haut du Cap había un contingente importante de tropas apoyadas por artillería. Contaban con milicias organizadas en compañías de 50 colonos por cada parroquia, cada uno con las armas que disponían. Habían compañías de dragones, tanto de blancos como de color, de infantería y de artillería que totalizaron 1600 hombres en 1788.
Toda la provincia Norte estaba en caos y los poquísimos blancos estaban demasiado dispersos para hacer algo. El gobernador general les ordenó a todos reunirse en Cap‑Français. Estaba a la defensiva y con sus recursos al límite. Según Rainsford, si los negros hubieran atacado la ciudad de inmediato, la habrían tomado con facilidad. A la vez, la Asamblea colonial de Saint-Domingue pidió ayuda a las potencias vecinas para someter la ya incontrolable rebelión. Muchos de los blancos en los campos habían huido a las urbes y pronto aquellas serían asaltadas. De hecho, el gobernador general envió dos diputados a Estados Unidos a solicitar ayuda con urgencia.
Situación de los affranchis Al inicio del asedio se publicó un edicto para proteger a los affranchis (mulatos y negros libres) en la ciudad. No habían participado de la rebelión, pero eran el objetivo de la ira de los blancos más pobres, pues muchos eran incapaces de aceptar que los negros pudieran organizar una rebelión tan extensa y los acusaban de ser sus instigadores. El 25 de agosto, un grupo de rebeldes prisioneros traídos a la ciudad fueron asesinados a machetazos en el Campo de Marte antes de ser entregados al tribunal creado para juzgarlos. En la misma jornada, para evitar sufrir una suerte similar, los affranchis varones fueron en grupo a jurar proteger Cap‑Français y ofrecieron entregar a sus familias como rehenes. Después de un largo debate, los blancos aceptaron.
Esta decisión permitió el reclutamiento de todos los hombres disponibles en las milicias y creó una atmósfera de cierta confianza mutua entre los distintos grupos. También se liberó a varios affranchis arrestados desde inicios de año bajo la sospecha de haber ayudado al rebelde Vincent Ogé. A principios de octubre, la Asamblea colonial ordenó crear unidades de milicianos mulatos y negros libres. En consecuencia, la Asamblea colonial abandonó su oposición al decreto del 15 de mayo que le otorgaba iguales derechos a los affranchis. Sin embargo, a inicios de noviembre llegó la noticia que se había derogado dicho decreto el 24 de septiembre, por lo que todo quedó sin efecto.
Esta colaboración fue dificultada cuando llegaron las noticias que los affranchis de Puerto Príncipe se habían rebelado a favor de los esclavos, obligando a los blancos de la provincia Oeste a firmar concordatos reconociendo la igualdad de derechos. En efecto, el 31 de agosto una multitud de mulatos bien organizados se reunió y tomó Croix-des-Bouquets, cerca de la capital colonial. En las siguientes semanas las ejecuciones masivas de prisioneros continuaron, aunque el miedo se disipó al comprenderse que Cap‑Français no caería inmediatamente. Muchas de estas se realizaron previa tortura de las víctimas. Rainsford menciona un caso ocurrido en la ciudad el 28 de septiembre. A dos negros les rompieron las extremidades y los dejaron agonizando, teniendo que ser unos marinos ingleses quienes los estrangularon por misericordia. Los franceses miraron con fría serenidad y las damas nobles se burlaron de la compasión de los marineros.
Asedio Ataques iniciales Posiblemente los esclavos rebeldes siempre tuvieron entre sus planes atacar Cap‑Français y desde un comienzo en la ciudad se temió un ataque de los rebeldes y que los miles de esclavos dentro se rebelaran. Por esto, el 27 de septiembre el gobernador general ordenó que regresara a la ciudad el destacamento que envió a ayudar a los colonos de la parroquia de Acul el día 23. La paranoia colectiva era alimentada por los relatos de los colonos sobrevivientes que se refugiaban en la urbe. El comandante inicial de las fuerzas francesas fue el coronel del regimiento Chasseurs-Volontaires de Saint-Domingue, el marqués Laurent François Lenoir de Rouvray. El 24 de agosto, después de quemar varias plantaciones y matar una veintena de blancos en la plantación de Chabaud en Limbé, un grupo de esclavos avanzó hacia la ciudad, sumando más esclavos en su camino hasta alcanzar los 1500 en la noche, aunque muchos no tenían armas. Siguieron la ruta de campamento de Haut du Cap, la única zona por donde se podía ingresar a la ciudad. Los franceses instalaron en la posición 300 hombres apoyados con artillería y cuando los negros se acercaron a Cap‑Français el 25 y 26, los rechazaron, causándoles muchas bajas. Posteriormente, el 30 y 31 se descubrió una conspiración organizada por el negro libre Jean-Baptiste Cap para amotinar los esclavos dentro de la urbe el 25 mientras se producían múltiples asaltos desde afuera. Cap había sido elegido «rey de Limbé y Port-Margot» siguiendo la costumbre rebelde de nombrar un rey y una reina en cada parroquia que ocupaban. Sin embargo, el plan se atrasó por alta concentración de tropas y luego un capataz negro traicionó a Cap.
El 30 y 31 de agosto, los esclavos de Dutty Boukman intentaron tomar la parte alta de Cap‑Français. Ya había arrasado las parroquias de Limbé, Anse, Limonade y Acul. Según el historiador François Emmanuel Toulongeon, contaba con rebeldes, sin embargo, rumores y cartas de la época elevan la cifra a a . Garran de Coulon reduce el número a ó y menciona que después del asedio aun quedaban huestes de 4000 a negros según cartas de la época, aunque las cifras son consideradas exageradas por el historiador. Una carta de un testigo presencial menciona «los esclavos insurgentes habían tomado la ruta hacia Le Cap». Otra escribió «Se produce una revuelta de esclavos en Saint-Domingue; se presentaron en la ciudad de Le Cap. Los hacendados se armaron y atacaron. Mataron a algunos y dispersaron a otros». Un tercio de ellos estaban armados. Los esclavos rebeldes fueron llamados brigands, «bandidos», por todos los bandos excepto ellos mismos.
Antes de atacar, los negros realizaron bailes rituales del culto vudú para protegerse de sus enemigos, logrando aterrorizar a los blancos que presenciaron su espectáculo. Boukman realizó discursos para animar a sus tropas y siempre acababa diciendo: «El costo de la libertad, habló desde el corazón de todos nosotros». Los colonos lograron resistir, por lo que los negros se dedicaron a arrasar la campiña circundante.
Hambre y esclavos El miedo a los esclavos que vivían en Cap‑Français llevó a que se establecieran puestos de guardia en todos los puntos de entrada. Los colonos sólo salían de sus casas armados y vigilaban de noche en las puertas para evitar que las quemaran, mientras que algunos amos encerraban a sus esclavos en la catedral o los embarcaban en el muelle cada noche. A otros negros los metieron en la cárcel o los llevaron al dique seco de Grammont, una pequeña isla a media legua de la costa. Los varones negros adultos no podían salir de las casas sin permisos. Cuando el gobernador general planeó una expedición contra los rebeldes, la Asamblea colonial y la provincial declararon: «me expresaron el mayor temor por la ciudad, que contiene entre 8000 y hombres negros». Los relatos de los colonos sobrevivientes del campo y las columnas de humo que se veían aumentaron el miedo. El 26 de septiembre, estalló un incendio relativamente menor en Cap‑Français que fue contenido antes de causar mayores daños.
Los recursos empezaron a agotarse y se temió que la ciudad pasara hambre. Además, los blancos sobrevivientes de las plantaciones traían a sus cuadrillas de trabajo, por lo que la Asamblea colonial ordenó que esos esclavos regresaran a sus plantaciones. No ayudaba que el comercio había desaparecido porque los almacenes estaban cerrados y nadie quería comprar o vender. Tampoco que en Cap‑Français convivieran tres autoridades rivales: el gobernador general, la Asamblea colonial y la asamblea provincial. Como los rebeldes controlaban la campiña, sólo patrullas fuertemente armadas podían aventurarse por los caminos. Sólo cuando se autorizó a los barcos entrar y salir del puerto, el tráfico marítimo permitió restablecer el contacto con otros puntos de la colonia y con el mundo exterior. Al mejorar el control de los caminos, se empezaron a construir campamentos para vigilarlos y pareció que se empezaba a contener la rebelión. Fue entonces que los negros asaltaron Grande-Rivière y Dondon con ayuda de los mulatos, cometiendo grandes matanzas de blancos, usualmente después de padecer largos tormentos. Los relatos de los sobrevivientes mencionan la violación de vírgenes y mujeres embarazadas en presencia de sus padres y/o esposos, posiblemente una especie de venganza por los abusos que los amos cometían con las esclavas. Sin embargo, muchos de los que se salvaron fue por la ayuda de sus esclavos, quienes les proveyeron de escondites, provisiones y rutas de escape. Los colonos supervivientes de Dondon huyeron al territorio español. Sin embargo, los hispanos no sólo se negaron a entregar suministros a las autoridades francesas, sino que también se rumoreó que entregaron a muchos exiliados para ser asesinados por los esclavos.
Prolongación del asedio