Miguel Antonio de Arrascaeta (Córdoba, 21 de enero de 1719-Fuerte del Sauce, 9 de julio de 1767) fue un militar y explorador español que actuó en la Gobernación del Tucumán, entonces perteneciente al Virreinato del Perú, durante los reinados de Fernando VI (1746–1759) y Carlos III (1759–1788).
Alcanzó el rango de maestre de campo en las milicias de Córdoba y lideró diversas expediciones al Gran Chaco, en el marco de las políticas de paz y defensa de una de las fronteras más inestables del espacio colonial. Según los diarios de expedición, Miguel de Arrascaeta realizó exploraciones en el Chaco con el auxilio del cacique Colompotop, referido en las fuentes como “indio amigo y aliado”.
En una misiva elevada al virrey del Perú en 1766, el gobernador del Tucumán, Juan Manuel Campero, destacó sus méritos, instrucción y disciplina militar, considerándolo capaz de “competir con los más veteranos”.
En reconocimiento a sus servicios y al de sus antepasados a la Corona Española, fue distinguido para él y sus sucesores con una merced real que llevaría su nombre. En el texto de dicha merced, Arrascaeta declaró haber servido “desde mis más tiernos años […] a mi costa y sin sueldo”, señalando asimismo que sus antepasados habían servido a la Corona “en todos los empleos políticos y militares que tiene esta ciudad desde su primera fundación”.
Su origen y familia Fue hijo del maestre de campo Antonio de Arrascaeta Hemasabel y de Micaela Ferreyra de Acevedo.
Perteneció a una de las familias fundacionales de Córdoba, según consta en los registros de la merced real que le fue otorgada, en la que se menciona que sus antepasados prestaron servicios políticos y militares a la Corona hispánica desde la primera fundación de la ciudad.
Fue bautizado el 7 de febrero de 1719 en la Iglesia Catedral de Córdoba, sede episcopal de la diócesis, actuando como padrinos el maestre de campo Francisco de Villamonte y su hermana Sabina.
Contrajo matrimonio con María Josefa Ferreyra de Aguiar el 3 de octubre de 1745, en la misma Iglesia Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba del Tucumán
Antecedentes cívicos familiares
En 1714, el Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad de Córdoba dispuso la realización del deslinde de la jurisdicción urbana, convocando a un cabildo abierto con el objeto de recaudar los fondos necesarios para afrontar los gastos de la diligencia.
En el acta correspondiente consta que, reunidos los vecinos y moradores de la ciudad para tratar asuntos “del pro y útil de esta república”, y ante la carencia de propios u otros recursos públicos, se organizó una contribución voluntaria.
Entre los contribuyentes figura el maestre de campo Antonio de Arrascaeta, padre de Miguel Antonio de Arrascaeta, quien realizó un aporte económico destinado a financiar el deslinde de la ciudad de Córdoba. Existen constancias documentales que acreditan la participación de la familia de Arrascaeta en asuntos públicos y administrativos de la ciudad a comienzos del siglo XVIII.
Participación de Miguel Antonio de Arrascaeta en la defensa y conformación temprana de La Carlota Miguel Antonio de Arrascaeta fue una de las personalidades relevantes en los orígenes y la consolidación temprana del asentamiento de Punta del Sauce —actual ciudad de La Carlota—, en el marco de uno de los espacios más inestables de la frontera sur de la jurisdicción de Córdoba del Tucumán, caracterizado por la recurrencia de ataques y la fragilidad de los dispositivos defensivos coloniales.
El historiador Raúl López, integrante de la Junta Municipal de Historia de La Carlota, lo destacó entre aquellos hombres que desempeñaron un papel estratégico en la conformación histórica del lugar.
Durante el siglo XVI, el área de Punta del Sauce era considerada una zona de tránsito y caza, con nula ocupación indígena permanente. Esta situación se modificó hacia comienzos del siglo XVIII, cuando pueblos nativos vecinos de la región —particularmente los pampas— incorporaron el uso sistemático del caballo, lo que incrementó considerablemente su movilidad y capacidad de incursión sobre los territorios de frontera. A partir de entonces se registraron ataques conocidos como malones, que afectaban de manera recurrente tanto a los pobladores como a las rutas interregionales.
Tal como señala López, estas incursiones implicaban el robo de ganado y la captura de personas, incluyendo mujeres destinadas a procreación forzada y niños tomados como cautivos. Los hombres, en general, no eran asesinados salvo que ofrecieran resistencia.
Como respuesta a este escenario, en 1752 el gobernador Juan Victorino Martínez de Tineo ordenó la construcción de un fuerte en el campo de Maldonado, al oeste del actual emplazamiento urbano.
En este contexto, Miguel Antonio de Arrascaeta propuso la edificación de un segundo fuerte en el núcleo del asentamiento —en el área de la actual plaza principal— y la delimitación de solares para el establecimiento de pobladores en sus inmediaciones. Estas medidas facilitaron el arraigo de vecinos y contribuyeron a la consolidación de un núcleo urbano estable.
Raúl López describe que el sistema defensivo de Punta del Sauce funcionaba como una línea de contención precaria, sostenida por un número reducido de milicianos, lo que limitaba severamente su capacidad para impedir de manera efectiva las incursiones en uno de los tramos más expuestos de la frontera colonial.
Nombramiento como comandante En 1757, a pedimento de la vecindad de Cruz Alta, el gobernador de la Provincia del Tucumán, Joaquín de Espinosa y Dávalos, nombró comandante general del Fuerte del Sauce al maestre de campo Miguel Antonio de Arrascaeta. Dicho fuerte se encontraba emplazado en el denominado camino de las Pampas del Sur, referido en las fuentes históricas como el “camino de la muerte” debido a su peligrosidad.
Los antecedentes documentales indican que la aceptación de este cargo no constituía un nombramiento meramente honorífico, sino que implicaba un compromiso militar efectivo y una exposición permanente a los riesgos propios de la frontera. En ese mismo período se produjo el otorgamiento de la merced real de tierras, entendida como reconocimiento a los servicios prestados y asegurar a sus descendientes.
Diplomacia y política indígena Su labor se inscribió en la búsqueda de acuerdos de paz con los pueblos originarios, en consonancia con las disposiciones del derecho indiano vigente, que regulaban las relaciones entre la Corona española y las comunidades indígenas, incluyendo el reconocimiento de las autoridades locales (caciques) en sus territorios ancestrales.
En este sentido, el bibliófilo y editor Miguel Ángel Porrúa ha señalado que la supresión del término “conquista” en las ordenanzas indias responde al espíritu pacifista que anima a estas disposiciones.
La Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias establecía, en su artículo 20, la denominada “Orden de Evitar la guerra y las violencias”, que suponía la prohibición de emprender acciones de guerra o violencia injustificada contra los pueblos indígenas, disponiendo que los descubridores por mar o tierra “no se empachen en guerra ni conquista en ninguna manera ni ayudar a unos indios contra otros […] ni les tomen contra su voluntad cosa suya”.
Concesión de una merced real de tierras en 1757 En reconocimiento a su lealtad y a los servicios prestados en la guerra, el gobernador y capitán general otorgó para Miguel Antonio y sus descendientes, una concesión de tierras que llevaría su nombre. El acta oficial, refrendada por el prosecretario del gobierno José Justo Guerrero y el secretario Joaquín Espinosa – por mandato de Su Majestad– formalizó dicha concesión en noviembre de 1757, la cual fue posteriormente confirmada mediante cédula real a su mujer e hijos.
El texto de la merced detallaba el alcance de los derechos concedidos al beneficiario
“En cuya conformidad y en virtud de los referidos poderes y facultades que me son conferidos os hago la dicha merced a vos el Maestre de Campo Don Miguel de Arrascaeta de las mencionadas tierras según y cómo y con los linderos que en dicho pedimiento se contienen para vos y vuestros sucesores, para que podáis hacer en ellas estancias y poblaciones, venderlas, trocarlas y cambiarlas como cosa vuestra propia, adquirida por vuestros servicios y los de vuestros antepasados, y en esta atención ordeno y mando a las leales justicias de esta referida Ciudad, que constando haber enterado en esta real caja lo correspondiente al real derecho de media anata, de intrínseco valor de dichas tierras, le pongan en posesión de ellas y ninguna persona de cualquier estado o condición le podrá despojar de dicha posesión sin que primero sea oído y por fuero y derecho vencido, debiendo entender es una merced.”
La concesión comprendía un territorio estratégico delimitado entre la laguna de Chaguay (actualmente La Carlota, provincia de Córdoba) y la laguna de Melincué (actual provincia de Santa Fe).
Expedición de 1764 al río Bermejo (octava expedición) En 1764, bajo órdenes del gobernador del Tucumán, Juan Manuel Campero, de Arrascaeta lideró una octava expedición compuesta por 80 hombres con el objetivo de explorar la navegabilidad del río Bermejo y buscar un camino terrestre hacia la ciudad de Corrientes.
El 13 de septiembre de ese año, la expedición fue sitiada en la zona de Lacangayé por una coalición de aproximadamente 700 indígenas liderados por el cacique Lachirikin. La situación fue desactivada mediante la mediación diplomática del cacique aliado Colompotop, quien actuó como intérprete.
En una carta dirigida al gobernador Campero, de Arrascaeta relató que entabló diálogo con Lachirikin, a quien identificó como “principal de todos y protector de esa nación”, y que, con el fin de concertar la paz, lo “agasajó”, según sus propias palabras, entregándole “lo mejor de mi ropa que llevaba, 50 vacas, 15 caballos, una mula, tabaco, gorros y otras frioleras”, extendiendo obsequios similares a los demás caciques que lo acompañaban. En dicha misiva mencionó asimismo acuerdos preliminares con otros líderes indígenas, entre ellos Paikín (mocovíes), Chala (mocoví), Ladigori y Guaquin (tobas), entre otros.
No obstante, de Arrascaeta advirtió un clima de “desabrimiento” entre los indígenas. Asimismo, señaló que los soldados manifestaron temor al verse rodeados por un contingente tan numeroso, negándose a continuar la marcha pese a la relativa cercanía de Corrientes.
Con el fin de evitar que dicha situación fuese advertida por los indígenas, decidió comunicar a todos que el objetivo de la expedición —la concertación de la paz— había sido cumplido y que regresaría a informar al gobernador. Según su relato, los caciques le solicitaron entonces que se enviara nuevamente al padre Sandon con el fin de avanzar hacia un proceso de reducción.
En la misma carta, fechada el 30 de septiembre de 1764 y firmada por de Arrascaeta en su carácter de Maestre de Campo, el expedicionario informó a Campero que “tenía la gloria de que con 80 hombres había penetrado el Chaco hasta donde nadie había llegado”. Agregó que hizo un mapa de los rumbos del “Río Grande” (Bermejo).
El diario de viaje de la expedición de 1764 consigna asimismo los objetos personales entregados por Arrascaeta al cacique Lachirikin en el marco de las negociaciones, entre ellos espuelas de plata, un yesquero, un puñal con mango de plata y su poncho balandrán.
Esta expedición permitió concertar acuerdos iniciales de paz con figuras indígenas centrales, como los caciques Lachirikin y Paikín, los cuales serían retomados y formalizados posteriormente, en 1774, durante la gobernación de Gerónimo Luis de Matorras.Actas Capitulares, Libro 32, f. 168, Archivo Municipal de Córdoba, 2 de noviembre de 1764.
Reconocimientos y promoción militar