El vestido Sabrina (en inglés: Sabrina dress) es un traje que la actriz Audrey Hepburn lució en la película Sabrina (1954).
Historia Contexto Para marzo de 1953, Paramount Pictures había adquirido los derechos para llevar a cabo la adaptación cinematográfica de Sabrina Fair (1953), gran éxito de Samuel Taylor en Broadway, el cual se convertiría en la siguiente película de Audrey Hepburn tras protagonizar Roman Holiday (1953), filme que la lanzó al estrellato y por el que ganaría su primer y único Óscar, percibiendo además un sueldo de $12 500, muy superior a los $33,60 semanales que cobraba en la Associated British Picture Corporation. El director de Sabrina, Billy Wilder, reunió a un elenco de primer nivel ya que además de Hepburn, cuyo salario aumentó a $15 000, se encontraban Humphrey Bogart y William Holden, quienes interpretaron respectivamente a Linus y David Larrabee, los intereses románticos de la protagonista, la dulce e inocente Sabrina Fairchild, siendo Edith Head la encargada del vestuario; en palabras de la diseñadora: «Era la situación perfecta. Tres maravillosas estrellas y mi protagonista luciendo como una maniquí de París». La irrupción de Hepburn en el panorama cinematográfico había dado lugar a un nuevo concepto de feminidad basado en un busto pequeño y en la ausencia de curvas, todo ello aunado a unas delicadas facciones y un carácter dulce y cálido, lo que alejaba a Audrey de la belleza fría y distante de Grace Kelly, Kim Novak o Ingrid Bergman; de la pícara y explosiva sensualidad de Marilyn Monroe, Jayne Mansfield o Diana Dors; y de la exuberante y descarada voluptuosidad de Sophia Loren, Silvana Mangano o Gina Lollobrigida. Su figura larga y estilizada se complementaba con unos grandes ojos color avellana y una voz serena, todo ello configurado en un cuerpo cuyo porte era regio gracias a los años que Hepburn estuvo bailando ballet clásico a las órdenes de Marie Rambert, lo que la hacía idónea para los estándares de la alta costura de la década de 1950 y para el diseño de vestuario de Hollywood, ansioso por recuperar la audiencia perdida con la llegada de la televisión. A la hermosa figura de Hepburn se sumaba su sencillez, pues a diferencia de otras estrellas de cine, como Betty Grable o Jane Russell, quienes hacían uso de una limusina para trasladarse desde su camerino hasta el set de rodaje, Audrey se desplazaba en una bicicleta que el propio Wilder le regaló durante la fase de preproducción de Sabrina. El físico de la actriz despertó tal expectación en los medios debido a su peculiaridad, que Life describió a Hepburn como «de pecho plano, caderas delgadas y totalmente anti Marilyn Monroe», llegando la revista al extremo de publicar sus medidas: «Busto, 32", cintura, 201/2", caderas, 34"». La propia Head, quien había vestido a Hepburn en Roman Holiday, diría al respecto que «lo que me impresionó fue su cuerpo. Sabía que sería la perfecta maniquí para cualquier cosa que hiciese», detalle que llevaría a Audrey a lucir por un tiempo los diseños de Head en su vida privada tal y como reveló a la periodista Pauline Swanson para Photoplay: «He llegado a conocer a Edith Head y hemos trabajado en algunos pequeños atuendos».
Origen Edith Head Durante la preproducción de Sabrina, Head, quien ganaría un Óscar por su vestuario en Roman Hollyday, viajó a San Francisco, donde Hepburn se encontraba realizando sus últimas representaciones de Gigi (1951), obra basada en la novela homónima de Colette; tal y como recordaría Head años después: «Llevé conmigo páginas y páginas de “pequeñas Audreys”. Trabajamos como un equipo en la ropa de Sabrina». El proceso de creación del vestuario fue el siguiente según Earl Luick: «Grace Sprague, su bocetista, prepara docenas de semejanzas de la pequeña y atrevida actriz, que Edie llama “pequeñas Audreys”. Después de que Sprague las haya vestido a todas, buscará la aprobación de Edie y su diseñador asistente jefe, Pat Barto». Wilder había dado instrucciones a Head de crear el vestuario de Audrey mejorando aún más el patrón que había seguido en Roman Hollyday; sin embargo, Hepburn, quien tenía por costumbre leer revistas de moda europeas durante los descansos en los rodajes, sugirió a Wilder tras ver los bocetos de Head que Paramount podría «encargar a un auténtico modisto francés» el guardarropa que su personaje luce a su regreso de París con el fin de «hacer la metamorfosis más evidente», pues la protagonista del filme, en principio tímida e insignificante, se convierte en toda una dama tras acudir a una prestigiosa escuela de cocina parisina. A esta sugerencia de Audrey el director respondió afirmativamente con un «bien sûr» (en francés: «Por supuesto»), dirigiendo en consecuencia un memorando a los ejecutivos del estudio en el que solicitaba permiso para la adquisición de un «traje particularmente gabacho» para Hepburn y algunos «sombreros franceses excepcionales». Audrey se sintió emocionada al saber que, con el objetivo de reducir gastos, viajaría sola a París para escoger el vestuario, seleccionando ella misma al por aquel entonces poco conocido Hubert de Givenchy, cuyo taller se encontraba ubicado en la calle Alfred de Vigny; en palabras de Hepburn a un periodista durante el rodaje: «La ropa es posiblemente una pasión para mí. La amo al punto de que es prácticamente un vicio». Según las crónicas de la época, Head se sintió «furiosa» y estuvo a punto de presentar su renuncia al descubrir a través de Wilder que su tarea quedaría reducida al diseño del vestuario del resto del elenco y de tan solo un vestido harapiento y dos conjuntos deportivos para la protagonista; la decepción de Head fue tan grande que la diseñadora llegaría a declarar que «el director me rompió el corazón».
Hubert de Givenchy thumb|Hubert de Givenchy en 1953. En junio de 1953, Givenchy, quien se encontraba preparando la presentación de su cuarta colección, recibió la llamada de una amiga, Gladys de Segonzac; casada con el jefe de Paramount en París, Segonzac era además la directora de la casa Schiaparelli, donde Givenchy había trabajado cuatro años antes de fundar su propia firma en 1952. En su llamada, Gladys informó al diseñador de que la «señorita Hepburn» acababa de llegar a la capital francesa y deseaba verle, petición a la que Givenchy accedió pese a lo ocupado que se encontraba debido a que creyó que Segonzac se refería a Katharine Hepburn, pues en aquel entonces Audrey era todavía una desconocida ya que Roman Hollyday aún no se había estrenado. Una vez se conocieron, el diseñador pudo apreciar que la actriz, a quien confundió con una turista, era «una persona muy delgada con unos ojos preciosos, pelo corto, gruesas pestañas, pantalones muy pequeños, bailarinas, y una pequeña camiseta. En su cabeza había un sombrero de gondolero de paja con una cinta roja alrededor que decía “Venezia”. Pensé, ¡esto es demasiado!». Dreda Mele, entonces directora de la firma, describió la apariencia de Audrey como «la llegada de una flor de verano. Era lumineuse, radiante, tanto en sentido físico como espiritual. Sentí inmediatamente lo adorable que era, por dentro y por fuera. Aunque llegó a Givenchy de repente, no cabe duda de que estaban hechos el uno para el otro. Audrey siempre fue muy clara en sus gustos y su estilo. Acudió a él porque le atraía la imagen que podía transmitirle. Y se integró plenamente en esa imagen. También se integró en su sueño. Repito, estaban hechos el uno para el otro».
Givenchy acababa de regresar de Ravello, donde junto con la editora jefe de Harper's Bazaar Carmel Snow, visitó a John Huston en el set de rodaje de La burla del diablo (1953) y ayudó a ajustar los trajes de Gina Lollobrigida y Jennifer Jones; Hepburn, quien ya había comprado poco antes una capa del diseñador, habló con él acerca de la preproducción de Sabrina y le explicó el argumento del filme, según el cual una humilde e insignificante joven se transforma al estilo de la La Cenicienta, detalle que en cierto modo reflejaba la vida que hasta entonces había llevado la actriz, pues antes de conocer al diseñador nunca había vestido ropa de alta costura, componiéndose su vestuario prácticamente solo de prendas de confección casera. Pese al ferviente deseo que Hepburn tenía de colaborar con Givenchy, a quien consideraba el diseñador «más joven y novedoso», Segonzac había tratado en un principio de convencer a Audrey de ponerse en contacto con Cristóbal Balenciaga, con quien al parecer ya la esposa de Wilder había intentado concertar una cita con la actriz, a la que no habría podido atender por estar ocupado, circunstancia que la llevaría a recurrir a Givenchy, quien objetó ante Hepburn el hecho de hallarse muy ajetreado con la presentación de su próxima colección, respondiendo a Audrey lo siguiente: «Mademoiselle, me gustaría ayudarla, pero tengo muy pocas costureras, estoy en mitad de la elaboración de una colección, no puedo hacer sus trajes». No obstante, Hepburn insistió: «Por favor, por favor, debe haber algo que pueda probarme. Muéstreme lo que ya ha hecho para la colección». Ante la persistencia de Hepburn, el diseñador le propuso probarse algunos de los vestidos que todavía colgaban en su taller, todos pertenecientes a su colección primavera/verano de 1953.
La primera prenda que Audrey se probó consistía en un traje sastre confeccionado en otomán de lana gris Oxford, compuesto de una chaqueta cruzada de cuello redondo y cintura ajustada, y una falda ceñida con aberturas a la altura de las pantorrillas. Descrito como «llamativo» por la actriz, el atuendo encajaba en el cuerpo de Audrey casi a la perfección a pesar de que el mismo había sido elaborado con unas medidas tan pequeñas que Givenchy creía que solo la modelo Colette Cerf podría vestirlo, completando el conjunto la propia Hepburn con el mismo sombrero con el que el traje fue presentado en la pasarela; un diminuto turbante de gasa plisada en gris perla, obra de la sombrerera de Givenchy. Tras seleccionar esta prenda para la película, Audrey reparó en un vestido de color blanco con una larga cola desmontable; Mele, quien había tomado prestado el traje para lucirlo en un baile, relató el impacto que le produjo ver a la actriz con el atuendo, describiéndola como «¡algo irreal, un cuento de hadas!», afirmación con la que Givenchy estuvo de acuerdo: «Le daba un aspecto muy favorecedor, especialmente bonito cuando se giraba para moverse o bailar». Seleccionado por Audrey para la película, Hepburn escogió una tercera y última prenda, consistente en un vestido de cóctel de color negro elaborado en piqué de algodón y adornado con dos lazos en los hombros, obra de la casa Abraham que fue complementada por la propia Audrey con un sombrero de estilo medieval; con el fin de ajustarse a los deseos de la actriz, Givenchy hizo algunos cambios en el diseño: «Más tarde traté de adaptar mis diseños a sus deseos. Ella quería un vestido de tarde con los hombros descubiertos modificado para esconder los huecos detrás de sus clavículas. Lo que inventé para ella eventualmente se convirtió en un estilo tan popular que lo llamé “décolleté Sabrina”».