La disciplina del silencio es una película peruana de 2025 del género de drama basada en la soledad. Dirigido, coproducido y escrito por Jorge Luis Chamorro, el filme relata tres historias: el caso de una mujer de más de cuarenta años que afronta la maternidad de forma independiente, una joven que ejerce su autonomía en el ámbito sexual, y un personaje que mantiene una doble vida que contrata a una joven de estética post punk para el cuidado de su hijo. Los papeles protagonistas son interpretados por Katerina D’Onofrio, Gisela Kundmüller, Lita Baluarte , Yamile Caparó e Iwami Chamorro.

El rodaje de la película tuvo lugar en Lima, Perú, durante 35 días en el año 2024. Chamorro empleó planos aéreos y tomas internas para conferir a la ciudad un carácter íntimo y contenido, lo cual acentúa la soledad de las protagonistas. La banda sonora incluye temas de rock peruano de artistas como Electro-Z y Dolores Delirio, cumpliendo una función narrativa y emocional clave en la obra.

El estreno de La disciplina del silencio se dio el 26 de agosto de 2025 en Lima y en las salas de centros culturales en Perú.

Argumento

En Lima, en tiempos contemporáneos, la ciudad muestra rincones donde la soledad se instala de maneras silenciosas pero profundas. En una playa iluminada por el atardecer, una mujer (Katerina D'Onofrio) captura fotografías mientras intenta ordenar su mundo interno. Esta protagonista anhela convertirse en madre, una aspiración íntima que ha guardado durante años, pero su pareja (Pelo Madueño), un músico de rock que vive entre giras y compromisos artísticos, rechaza su deseo. La tensión entre ambos crece hasta desembocar en un quiebre doloroso, una tragedia que deja a la mujer sumida en un estado de aislamiento emocional. En su intento por aferrarse a algo, comienza a grabar partes de su rutina diaria, como si registrar su vida fuera una manera de no sentirse completamente sola. No obstante, su mundo se vuelve cada vez más opresivo; los tonos grises y azulados de la fotografía expresan su vacío, y en un momento clave, un plano teñido de rojo representa la intensidad de su caída emocional.

En la segunda historia, la mirada se desplaza hacia una joven de diecinueve años (Gisela Kundmüller) que vive sola en un cuarto alquilado frente a la Plaza San Martín, en el centro de Lima. Trabaja de noche en un bar y su salud física muestra señales de deterioro: cada mañana ingiere un desayuno ligero que siempre termina devolviendo en el baño. Este detalle, repetido como un ritual doloroso, evidencia su fragilidad. En una escena cargada de desamparo, la joven intenta comunicarse con su madre desde los exteriores del Palacio de Justicia, pero solo obtiene como respuesta un buzón de voz. De esta manera, la película hace eco del tema que conecta las historias: la soledad como un hilo invisible que atraviesa la vida de cada personaje. El rumbo de esta historia cambia cuando la protagonista conoce a Mustard (María Jacinto), una bailarina becada a Rusia y nieta del dueño del edificio donde reside. Ambas mujeres entablan una conversación durante la noche, conversación que evoluciona hacia un vínculo inesperado. Terminan en la habitación de la joven, compartiendo confidencias y silencios. Allí, la protagonista revela temer un embarazo precoz debido a los síntomas que experimenta y confiesa haberse sometido a una prueba para descartar una posible infección por VIH. Esta revelación muestra su vulnerabilidad más profunda y su deseo desesperado de no sentirse sola, cerrando así la segunda parte del largometraje.

La tercera historia sigue a un niño llamado Iwa, quien regresa a su departamento un día cualquiera. Su madre (Lita Baluarte), sostiene una doble vida laboral: trabaja en una consultoría entre semana y los fines de semana se desempeña como anfitriona en diversos eventos. Lo hace para poder cubrir las cuotas del departamento donde ambos viven, pero esta rutina la mantiene alejada de su hijo, quien desarrolla un carácter reservado debido a la falta de compañía. Para cuidarlo durante sus ausencias, la madre contrata a Didi (Yamile Caparó), una joven con estética post punk que, a pesar de su apariencia desafiante, también arrastra sus propios conflictos internos. Con el paso de los días, Didi sufre la ruptura con su pareja y llega desanimada al departamento. Para despejar su mente, decide salir con Iwa esa tarde, intentando aliviar tanto su dolor como el del niño (Iwami Chamorro). Sin embargo, ya entrada la noche, deja de lado algunas de sus responsabilidades y comienza a beber y fumar mientras Iwa permanece en la casa. Cuando la madre del niño llega y encuentra la bebida sobre la mesa, la confronta de inmediato. En medio del reproche, Didi revela que ese día era su cumpleaños, confesión que desarma la tensión y culmina en un abrazo que expresa la necesidad que ambas sienten de ser acompañadas. Un día antes, la madre había conversado con Iwa acerca de su deseo de llevarlo al pueblo de sus padres en un auto nuevo, en un intento por reconectar con él y darle algo de estabilidad emocional. Sin embargo, a pesar de las intenciones, la historia revela que los tres personajes —madre, hijo y cuidadora— siguen atrapados en una soledad persistente, cada uno desde su propia vivencia. Así, la película concluye mostrando que, aunque sus vidas nunca se cruzan entre sí, comparten un mismo vacío emocional, un silencio que no está hecho de ausencia de sonido, sino de vínculos rotos, dolores no dichos y anhelos que nunca llegan a expresarse.

Referencias

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