miniaturadeimagen|Agricultora de Michoacán, México, mostrando un cultivo de milpa.
La agroecología feminista es una corriente teórica y práctica que articula los principios de la agroecología con los aportes de los diferentes tipos de feminismo y de la economía del cuidado, poniendo en el centro la vida, los territorios y el trabajo de las mujeres rurales. Surge como respuesta a las desigualdades estructurales de género presentes en los sistemas agroalimentarios y como una alternativa al modelo agroindustrial basado en la explotación ambiental y la invisibilización del trabajo reproductivo y comunitario. Este enfoque propone que la transición hacia sistemas alimentarios sostenibles requiere transformar no sólo las prácticas agrícolas, sino también las estructuras sociales que sostienen la desigualdad.
Origen y definición El concepto parte del reconocimiento de los saberes tradicionales de mujeres campesinas y originarias, que durante generaciones han cuidado de la tierra, las semillas y los ecosistemas. La agroecología feminista no solo implica prácticas agrícolas, sino una ética del cuidado: del suelo, de las personas y de las relaciones comunitarias.
Este concepto surge como una respuesta a la desvalorización de los trabajos reproductivos (cuidado, alimentación, salud), tradicionalmente asignados a mujeres, y los revaloriza como fuerza social legítima. Además, el enfoque propone la construcción de sistemas alimentarios justos, diversos y sostenibles, reconociendo los saberes de las mujeres campesinas, indígenas y afrodescendientes, así como su rol histórico en la conservación de la agrobiodiversidad y en la gestión comunitaria del territorio.
Principios Cuidado del suelo y la vida: La agroecología feminista se fundamenta en el cuidado integral del territorio y de quienes lo habitan. Este principio destaca la importancia de proteger el suelo y los microorganismos que lo sostienen, así como la salud de las familias campesinas, evitando prácticas que puedan generar enfermedades. También subraya el cuidado de las relaciones humanas dentro del proceso productivo. Las mujeres productoras han mantenido históricamente la alerta sobre el uso de agroquímicos para acelerar la maduración de frutas y verduras, lo que ha impulsado prácticas basadas en preparados naturales para la sanación de los cultivos. Desde esta perspectiva, la agroecología feminista surge de la experiencia y observación de las mujeres del campo.
Soberanía alimentaria y derecho a la alimentación: Este principio reconoce la agroecología feminista como una alternativa que integra el derecho humano a la alimentación adecuada y la soberanía alimentaria. Promueve el consumo de alimentos propios, libres de agroquímicos y en equilibrio con el medio ambiente. Frente a la agricultura industrializada, considerada consumista y desigual, la agroecología feminista plantea una opción que protege la salud de las personas, especialmente las mujeres, defiende la tierra y garantiza los derechos tanto de las comunidades como de la naturaleza.
Estructuras equitativas: Fomenta estructuras sociales más equitativas donde se valora el papel histórico de las mujeres como cuidadoras de la biodiversidad y se impulsa su autonomía económica y productiva.
Intercambio de saberes y espacios para mujeres: La agroecología feminista se basa en el intercambio constante de experiencias y aprendizajes entre campesinas y campesinos. Para fortalecer estos procesos, se requieren espacios de encuentro que favorezcan la cohesión social y la búsqueda colectiva de métodos agroecológicos. En este marco, los espacios exclusivos para mujeres tienen especial relevancia, ya que permiten avanzar hacia la igualdad de género, construir solidaridad, reforzar la autonomía y potenciar el trabajo creativo y colectivo orientado a la autodeterminación.
Accesibilidad económica y mejores oportunidades para las mujeres: Las prácticas agroecológicas se caracterizan por requerir bajos costos iniciales y de producción, técnicas sencillas y eficaces, y rendimientos estables a largo plazo. Estas características hacen que la agroecología resulte más accesible y menos riesgosa para las mujeres que los modelos agrícolas industrializados o intensivos en insumos. Además, este enfoque apoya la preservación de la biodiversidad y los conocimientos tradicionales, reconociendo el papel de las mujeres como guardianas de semillas y saberes indígenas.
Propuesta política feminista: Desde una mirada feminista, la agroecología es también una propuesta política que reconoce las prácticas históricas y sociales de las mujeres en la domesticación de la agricultura, la producción de alimentos saludables y la erradicación del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición. La articulación entre la lucha feminista y la agroecológica es fundamental para garantizar el derecho a la alimentación y promover la seguridad y la soberanía alimentaria.
Integración plena de la perspectiva feminista en las prácticas y políticas agroecológicas: Este enfoque requiere reconocer las desigualdades que enfrentan las mujeres, incluyendo la negación de sus derechos a la tierra, el acaparamiento territorial, la privatización del agua y la biodiversidad, y otras formas de injusticia social. Dado que la agroecología es un movimiento social y un conjunto de prácticas orientadas a cuestionar estas desigualdades, resulta indispensable la participación de las mujeres como protagonistas en su diseño y ejecución.
Experiencias, movimientos y estudios de caso miniaturadeimagen|Mujeres trabajadoras de la tierra haciendo producción agroecológica en el cinturón hortícola que rodea a la ciudad de Santa Fe, Argentina.
En Colombia, el Corredor Afroalimentario del norte del Cauca es un ejemplo de agroecología feminista: alrededor de 160 fincas participan, muchas lideradas por mujeres, recuperando formas tradicionales de cultivo, semillas nativas y prácticas comunitarias de cuidado.
En India, organizaciones como el Colectivo de Mujeres de Tamil Nadu o la Rural Women’s Upliftment Society (Manipur) han usado la agroecología para fortalecer la autoorganización de las mujeres, su acceso a la tierra y su participación política. En India, la Deccan Development Society y grupos de mujeres de base comunitaria han reclamado colectivamente tierras en barbecho mediante prácticas agroecológicas. Han recuperado alrededor de 80 variedades de cultivos tradicionales, como mijo, cereales, legumbres y semillas oleaginosas. Colaboran con una red de mujeres dalit de bancos de genes comunitarios en 60 aldeas. Han diversificado y mejorado la dieta y la nutrición locales, resistiendo el avance del nutricionismo mercantil. En Argentina (Frente de Mujeres de la Unión Trabajadores de la tierra-Argentina), la transición de los años 90 a inicios de se caracterizó por el pasaje del Consenso de Washington al Consenso de los Commodities, signado por la exportación de productos primarios (soja, trigo, maíz, minerales, metales, hidrocarburos, petróleo) con la consecuente reprimarización de la economía argentina y profundización de las actividades de tipo neo extractivistas, cuya expresión en ámbitos rurales son los agronegocios. En Malí, la COFERSA (Convergencia de Mujeres Rurales por la Soberanía Alimentaria) y agricultoras agroecológicas realizan sensibilización sobre los beneficios nutricionales de los alimentos locales (digitaria, mijo, sorgo). Promueven que consumidoras y consumidores sustituyan alimentos importados de bajo valor nutritivo, como el pan blanco, por productos locales. Esta transición ha mejorado tanto el acceso de la población a alimentos nutritivos como el acceso de las productoras a los mercados. Su trabajo está impulsado por un fuerte orgullo en la biodiversidad local, enraizada en conocimientos, cultura y cocina tradicionales. En Rwanda, la Cooperativa Abishyizehamwe implementó una iniciativa agroecológica para integrar plenamente a las mujeres en la producción agrícola y en la vida comunitaria. Se realizó la creación de bancos de semillas comunitarios con semillas indígenas adaptadas localmente. De igual manera, la siembra de una leguminosa arbórea multipropósito que sirve para alimentar animales y enriquecer el suelo. Asimismo, se integraron animales en las granjas para obtener leche y estiércol destinado al compostaje ecológico. También, se implementaron prácticas de captación de agua de lluvia. Finalmente, se estableció un centro de desarrollo de la primera infancia.
Importancia La importancia de la agroecología feminista se vuelve evidente frente al aumento global del hambre y la malnutrición. Este escenario afecta de manera desproporcionada a las mujeres, quienes, pese a representar alrededor del 43 % de la fuerza laboral agrícola y desempeñar un papel esencial en cada etapa de la producción de alimentos, continúan enfrentando desigualdades estructurales en el acceso a la tierra, los recursos financieros, la educación, la salud y la toma de decisiones. A esto se suma la carga histórica del trabajo de cuidados. En países de África y Asia se ha documentado que las mujeres pasan entre ocho y diez horas diarias en tareas no remuneradas, y al menos cinco horas en países como Ruanda, mientras que los hombres destinan alrededor de una hora y media.
Esta realidad también se refleja en América Latina. En Colombia, por ejemplo, los hombres dedican cerca de tres horas al día al cuidado, mientras que las mujeres urbanas superan las siete horas y las mujeres campesinas llegan a invertir ocho horas y media, gran parte de ellas en la distribución de alimentos. Según la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo (ENUT), el 79.1 % de esta labor recae en las mujeres, frente al 32.1 % en los hombres. Esta distribución desigual limita su participación plena en la producción agrícola y acentúa la brecha de género en el medio rural.
Las mujeres rurales sostienen gran parte del trabajo productivo y de cuidados, preservan la biodiversidad a través de conocimientos tradicionales y mantienen la calidad alimentaria de sus hogares, incluso en condiciones adversas marcadas por el cambio climático, la violencia, la discriminación social y económica y las políticas agrícolas indiferentes al género.
En este contexto, la agroecología no solo reconoce su papel histórico, sino que ofrece a las mujeres oportunidades reales. Genera trabajos significativos, favorece la autonomía económica mediante prácticas de bajo costo y bajo riesgo, fortalece la autosuficiencia alimentaria y protege la salud al eliminar agroquímicos nocivos. Asimismo, crea espacios de intercambio y aprendizaje colectivo (incluidos espacios exclusivos para mujeres) que fomentan la solidaridad, la autodeterminación y la participación política. Además, al apoyar la biodiversidad y la transmisión de saberes indígenas, la agroecología confirma a las mujeres como guardianas centrales de los sistemas alimentarios locales.
Las experiencias en distintos países, como los colectivos de Tamil Nadu, la Sociedad de Desarrollo Deccan o la Rural Women’s Upliftment Society en Manipur, demuestran que la agroecología puede ser un camino comprobado hacia la igualdad de género, la resiliencia climática, la autonomía alimentaria y la reconstrucción de relaciones familiares y comunitarias más justas. Desde una visión feminista, esta propuesta representa una vía para transformar las estructuras patriarcales, hacer visibles todas las formas de injusticia y construir una economía solidaria donde el trabajo productivo y reproductivo sea reconocido, compartido y dignificado, avanzando así hacia la seguridad y la soberanía alimentaria como un derecho humano.
Trabajo de cuidados y sostenibilidad de la vida