La diversidad sexual en pueblos indígenas y pueblos originarios refiere a las múltiples identidades de género y orientaciones sexuales reconocidas en sus culturas. A diferencia del modelo binario occidental, muchas sociedades indígenas distinguen más de dos géneros o sexos tradicionales, o no se adecúan a roles de género tradicionales. Por ejemplo, el término contemporáneo «dos espíritus» agrupa a personas indígenas con identidades masculinas y femeninas mixtas. Aunque «dos espíritus» es un término acuñado recientemente, estos conceptos existen desde tiempos inmemoriales en diversas comunidades originarias. En dichas culturas, las personas con géneros no binarios o fluidos a menudo ocupaban roles sociales o espirituales especiales.

Antes de la expansión colonial europea, muchos pueblos de Asia, África y Oceanía, al igual que las civilizaciones americanas, reconocían identidades y expresiones sexogenéricas diversas, integradas en sus sistemas sociales, espirituales y ceremoniales. Figuras como las hijras del sur de Asia, los fa’afafine de Samoa, los bissu de Indonesia o los mudoko dako de Uganda formaban parte legítima del orden natural y sagrado, hasta que la colonización y la moral cristiana transformaron radicalmente esas concepciones y dichas sociedades.

Pueblos originarios de América

miniaturadeimagen|Registro periodístico de tehuelche refiriéndosele como «hombre-mujer» u «hombre vestido de mujer», en mayo de 1902 en la región Patagonica En las culturas de pueblos indígenas de Norteamérica y Centroamérica se han documentado las figuras conocidas hoy como dos espíritus, individuos que integraban características masculinas y femeninas y que a menudo tenían funciones especiales de sanación o liderazgo espiritual.

En América precolonial existía gran variedad de roles de género no binarios. Con la colonización, las autoridades europeas y misionales intentaron homogeneizar las normas de género. En muchos casos se ocultaron o desestimaron las prácticas indígenas. Sin embargo, en la actualidad los movimientos indígenas recuperan estas tradiciones culturales: los descendientes de pueblos originarios, especialmente en México, Estados Unidos o Canadá, reconocen el legado de los dos espíritus y los muxes como parte de su identidad ancestral.

En Norteamérica, muchos pueblos indígenas, como la Nación Navajo, reconocieron históricamente una amplia diversidad de identidades sexuales y de género más allá del binarismo, valorando a las personas por sus roles comunitarios y espirituales; estas expresiones fueron reprimidas por la colonización, pero en las últimas décadas han sido recuperadas a través de la reivindicación cultural y del concepto Two-spirits, que articula identidad, espiritualidad y pertenencia indígena.

En Mesoamérica, los zapotecas de Oaxaca reconocen a los muxes, hombres asignados al nacer que adoptan roles femeninos sin entrar en competencia con las mujeres, ejerciendo labores de cuidado familiar y celebraciones culturales. Los muxes son vistos como un tercer género indígena, valorado por su aporte al bienestar familiar y comunitario.

La antropología ha identificado casos de «varón-mujer» o «mujer-varón» en diversas etnias amerindias, como entre los nahuas o los pueblos andinos, asociados a mitologías de dioses andróginos o de dualidad sagrada. En otras regiones andinas y amazónicas hubo prácticas de matrimonios entre mujeres o figuras con identidades mixtas, aunque la documentación histórica es escasa.

Pueblos indígenas de Asia miniaturadeimagen|Persona calabai en 1953. Dentro de las clasificaciones de géneros en la sociedad bugi, a las personas identificadas como calabai se les asigna generalmente el sexo masculino al nacer, pero asumen el papel de mujeres heterosexuales. En el subcontinente indio (India, Pakistán, Bangladés) existe una larga tradición de género fuera del binarismo. Los hijras son personas asignadas varones al nacer que asumen vestimentas y roles femeninos. Históricamente formaron comunidades con cierta tolerancia social y roles rituales, inspirados en mitos hindúes de deidades andróginas. El Imperio Británico las marginó; en 1871 el gobierno colonial las clasificó como criminales. En el , la Corte Suprema de la India reconoció a las personas transgénero como tercer género oficial, garantizando derechos para ellas.

En el sudeste asiático también hay expresiones indígenas de género diverso. Por ejemplo, en Tailandia existe la figura social del kathoey, y en Indonesia la etnia bugis de Sulawesi reconoce cinco géneros (dos de ellos transgénero masculinos y femeninos) incluyendo al bissu, un “meta-género” sacerdote intermediario que encarna ambos sexos. Los ritualistas de Borneo o los nat kadaw birmanos encarnaban combinaciones de lo masculino y lo femenino y actuaban como mediadores entre humanos, espíritus y fuerzas cósmicas. Estas identidades eran respetadas porque encarnaban principios de totalidad, equilibrio y sacralidad, en sociedades donde la sexualidad era relativamente flexible y se concebían múltiples formas de ser y desear. Este pluralismo, sin embargo, comenzó a tensionarse desde el por la expansión de religiones jerárquicas —islam sunní, budismo theravada, catolicismo— que no contemplaban la centralidad ritual de mujeres ni personas transgénero. A partir de la modernidad, la colonización y la construcción de estados nacionales impulsaron procesos de deslegitimación y estigmatización de estas prácticas, reduciendo los espacios rituales donde lo transgénero tenía relevancia pública. En lugares como Filipinas, Bugis, Borneo o Malasia, los ritualistas fueron perseguidos, ridiculizados o desplazados por discursos religiosos y estatales que promovían la racionalización, el orden moral y la disciplina corporal. Sin embargo, estas transformaciones fueron desiguales: en algunas regiones, como Birmania, las prácticas transgénero vinculadas al culto de los nats mantuvieron prestigio y funciones esenciales hasta fines del , mientras que en otros contextos sobrevivieron como ámbitos marginales, vinculados al entretenimiento, la vida urbana o prácticas religiosas consideradas «supersticiosas».

En la antigua Mesopotamia, situada en el actual Irak, existieron identidades de género no binarias que ocuparon roles sociales y religiosos fundamentales, reconocidas desde los mitos de creación y estrechamente ligadas a la diosa Inanna/Ishtar, considerada capaz de transformar el género y de otorgar a estos individuos la facultad de transitar espacios liminales entre vida y muerte o entre el mundo humano y el divino. Textos sumerios y acadios documentan grupos institucionalizados como los assinnu, mediadores entre enfermedad y salud; los kurgarrû, participantes en rituales de caos y apaciguamiento divino; y los kalû, cantores de lamentos que adoptaban funciones tradicionalmente femeninas mediante el lenguaje ritual Emesal. Estos roles no eran performativos ni temporales, sino identidades sociales permanentes que combinaban rasgos masculinos y femeninos, reflejadas en relatos como El descenso de Inanna/Ishtar al Inframundo, donde seres de tercer género son creados para cruzar límites prohibidos, y por evidencias iconográficas que muestran figuras ambiguas en contraste con los marcadores habituales de masculinidad.

En diversas sociedades budistas e islámicas históricas de Asia existieron formas de expresión de género que desafiaban el modelo binario masculino-femenino. En el mundo preislámico se reconocían figuras como los Mujannaṯūn —varones afeminados o de identidad ambigua— y las ghulāmiyyāt, mujeres que adoptaban atuendos y roles masculinos, documentadas en el periodo abasí. Aunque algunos juristas condenaban estas prácticas, en muchos contextos fueron toleradas y desempeñaron funciones culturales o artísticas particulares.

Pueblos indígenas de África miniaturadeimagen|Retrato de la Nzinga Mbande, reina de los reinos ambundu de Ndongo y Matamba, ubicados en el norte de la actual Angola. Antes de la colonización, muchas sociedades africanas conocían formas de género más complejas que la mera división hombre / mujer. Por ejemplo, entre los Lango de Uganda existía la figura de los mudoko dako: hombres afeminados que eran reconocidos socialmente como un género alternativo, se vestían como mujeres y podían casarse con otros hombres.

En el norte de Nigeria, los ƴan daudu («hijos de Daudu») eran varones con comportamientos y apariencia femeninos vinculados al culto tradicional bori. Según estudios antropológicos, adoptaban vestimenta femenina, realizaban trabajos asociados a mujeres (como vender comida) y participaban en ceremonias espirituales, aunque su estatus no se reducía simplemente a una orientación sexual.

En Angola, los chibados (también llamados quimbandas) eran personas asignadas varón al nacer que vivían y vestían como mujeres, y cumplían roles espirituales importantes: eran mediadores, sanadores y árbitros en decisiones políticas y rituales funerarios. Se afirma que incluso la reina Nzinga de Ndongo tenía más de cincuenta chibados en su corte.

Muchas de estas figuras no eran marginadas por su comunidad tradicional, sino que se les concedía un estatus especial, a menudo espiritual. En conjunto, demuestran que la diversidad de género y de expresión era parte integral de varias sociedades africanas anteriores a la dominación europea. Además, algunos pueblos africanos desarrollaron sistemas maritales y de parentesco que desafiaban las categorías contemporáneas. Por ejemplo, en más de cuarenta sociedades existieron matrimonios entre mujeres reconocidos tradicionalmente.

En ciertas culturas, una mujer podía asumir el rol de «esposo» —es decir, convertirse en lo que los antropólogos a veces llaman «esposo femenino»— para consolidar alianzas, garantizar herencia o fortalecer redes de parentesco. Un caso emblemático es el de la Reina de la Lluvia (Modjadji) de los Lovedu en el sur de África. Aunque era mujer, tenía “esposas femeninas” y su sucesión era matrilineal; además, desempeñaba un papel espiritual muy poderoso sobre el clima y el bienestar de su pueblo.

Pueblos indígenas de Oceanía miniaturadeimagen|Persona māhū bebiendo agua, representada en Agua misteriosa (1893), de Paul Gauguin En Samoa (Polinesia), se reconocen oficialmente cuatro géneros: varón, mujer, Fa'afafine (hombres con espíritu femenino) y fa’afatama (mujeres con espíritu masculino). Los fa’afafine, por ejemplo, cuidan de los mayores y educan sobre sexualidad, tareas que complementan la estructura social samoana.

Otros pueblos polinesios registran identidades análogas: Tonga reconoce a las personas fakaleiti, Hawái y Tahití a las personas māhū, en las Islas Cook a las akava'ine, en Fiyi a las vakasalewalewa y en Niue a las fakafifine.

Por su parte, en Nueva Zelanda, pueblo maorí incluye el término takatāpui, reservado hoy para personas LGBT maoríes y retomado de un antiguo concepto de «compañero del mismo sexo». Los maorí reconocían figuras como irawhiti (tránsgeneros) o whakawāhine/tangata ira tāne (transgénero).

Impacto de la colonización La expansión europea a partir del impuso de manera progresiva —mediante la evangelización, la legislación, la violencia simbólica y la administración colonial— un marco moral, religioso y jurídico de carácter binario en materia de género y sexualidad, que marginó, criminalizó o invisibilizó múltiples prácticas, identidades y roles sexo-genéricos reconocidos en diversas sociedades indígenas de América, África, Asia y Oceanía. Investigaciones en teoría decolonial han conceptualizado este proceso como parte de la denominada colonialidad del género, entendida como la imposición de categorías europeas de sexo, género y sexualidad como norma universal, en detrimento de sistemas locales más flexibles, relacionales y no binarios.