Bernardino de Almansa y Carrión (Lima, 6 de julio de 1579-Leiva, 17 o 27 de septiembre de 1633) fue un eclesiástico católico criollo, arzobispo de Santafé en Nueva Granada (1631-1633) y arzobispo de Santo Domingo (1629-1631).
Biografía Nació en Lima (entonces Ciudad de los Reyes), en el virreinato del Perú. Se licenció en la Universidad de San Marcos, siendo entonces arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo.
Juan Rodríguez Freyle destaca que tras graduarse «salió a servir un beneficio de indios», como párroco de Guadalchiri y de Pachacama y de San Sebastián de Lima. Tras ser visitador de la arquidiócesis limeña, se trasladó a Cartagena de Indias, donde contribuyó como Tesorero de la Fábrica catedralicia en la reedificación de la catedral de Santa Catalina, destruida tras la efímera captura de Cartagena de Indias por el corsario inglés Francis Drake, hasta el año 1612.
Ese año se trasladó a la península Ibérica, y tras una estancia por la corte del rey de España, fue sucesivamente nombrado inquisidor en las ciudades europeas de Calahorra, Logroño y Toledo.
Episcopado
Arzobispo de Santo Domingo El 17 de septiembre de 1629, durante su estancia en Castilla, fue nombrado arzobispo de Santo Domingo por Felipe IV y confirmado por Urbano VIII. En diciembre de 1629 tuvo lugar la consagración episcopal, presidida por Juan Bravo Lagunas, obispo emérito de Ugento. Sin embargo, Almansa nunca llegó a tomar posesión de la archidiócesis dominicana.
Durante su estancia en España como arzobispo electo de Santo Domingo, consagró, a Luis Córdoba Ronquillo, quien luego sería obispo de Cartagena de Indias y obispo electo de Trujillo del Perú.
Arzobispo de Santafé en Nueva Granada En 1631 fue designado, por mediación de la superiora del convento del que Almansa era patrono ante la reina consorte Isabel de Francia, como nuevo arzobispo de Santafé en Nueva Granada. Desempeñó este cargo hasta su muerte el 26 de septiembre de 1633.
El nuevo arzobispo de Santafé entró en su diócesis, con la real cédula de Felipe IV que acreditaba su nombramiento, el 12 de octubre de 1631, cabalgando un caballo blanco con jaeces y aderezos encarnados. Sin embargo, no recibió el palio metropolitano hasta el 8 de diciembre de 1632, fecha en la que llegaron las bulas de Urbano VIII.
A su llegada, Almansa presentaba un estado de salud bastante precario que su conflictivo mandato tampoco mejoró. Durante su episcopado se sucedieron los desencuentros de la arquidiócesis con la Real Audiencia de Santa Fe, presidida por Sancho Girón de Narváez, marqués de Sofraga, con el visitador e incluso con el propio clero regular de la diócesis.
Bernardino Almansa partió a una visita a su arzobispado antes de la Navidad de 1632. Llegó a Pamplona de Indias donde escribió una carta contra su enemigo el marqués de Sofraga fechada el 28 de marzo de 1633.
Durante su estancia en esta ciudad, comenzó una epidemia de tifus que se extendió desde Santafé a otras ciudades de la archidiócesis. Almansa, conocedor de la situación, dio órdenes de repartir de sus rentas abundantes limosnas entre la población afectada. También ordenó que la Virgen de Chiquinquirá fuese llevada a la ciudad de Tunja y, finalmente, a Santafé.
Tras pasar por Río de Oro, San Juan de Arama (entonces de los Llanos) y Monguí, esperaba el regreso de la Virgen a Tunja. Fue en esa ciudad cuando, el 23 de agosto de 1633, se confirmó que el arzobispo había contraído la enfermedad de la epidemia (tifus) en un momento en el que ya estaba casi desaparecida de Tunja. Aconsejado por sus frailes y criados, fue trasladado a la villa de Leiva, de «mejor temple», donde falleció el 17 de septiembre de aquel mismo año.
En su testamento, Bernardino de Almansa repartió sus bienes entre los hospitales de Leiva, Tunja y el de San Pedro en Santafé. También dispuso que sus huesos fuesen trasladados al convento de Jesús, María y José de Madrid, del que era patrono. El cadáver del arzobispo fue enterrado profundamente en el ábside de la iglesia parroquial de Leiva, cubierto con agua y cal viva, a la espera de que se consumiera para poder ser trasladado a Madrid.
Tornaviaje póstumo a España y proceso de beatificación Para su entierro se vistió al arzobispo con los ornamentos de pontificar, de color morado. Las crónicas de la época señalaban que el cadáver no se presentaba rígido ni maloliente, sino flexible y con olor a fruta tropical. El cadáver fue exhumado en el primer, segundo y tercer aniversario de su entierro, para comprobar si el estado de putrefacción de la carne permitía el traslado de los restos óseos a la España europea. Sin embargo, el cuerpo no sucumbió a la corrupción.
Así las cosas, en 1638 el arca con el cuerpo se cerró y se llevó de vuelta a Bogotá, donde se celebraron unas honras fúnebres en la catedral de la que fue arzobispo.
Juan Flórez de Ocariz describe el acontecimiento de la siguiente forma:
Tras pasar por canoa por el río Magdalena llegó a Santa Cruz de Mompox, y de ahí a Cartagena de Indias. El galeón, en el que también viajaba el marqués de Sofraga, atracó en Cádiz en julio de 1639. Los restos de Bernardino de Almansa se depositaron el 8 de septiembre en el convento de religiosas concepcionistas franciscanas descalzas de la calle del Clavel de Madrid, donde se elaboró un mausoleo. Con la construcción de nuevas edificaciones los restos fueron reubicándose hasta que, debido a un incendio, se perdieron definitivamente en el año 1835.
Aunque se inició un proceso de beatificación, este nunca llegó a materializarse, pues sólo prosperó la causa neogranadina de Pedro Claver, beatificado en 1850 y canonizado en 1888 por León XIII.
Referencias
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