thumb|Crucero español Reina Mercedes, hundido en la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. Desastre del 98 es el término que se empleó en su tiempo y sigue utilizando la historiografía para describir el impacto que tuvo en la sociedad española de la Restauración, y especialmente en sus élites, la derrota de 1898 en la guerra hispano-estadounidense y el consiguiente Tratado de París que supuso la pérdida de las últimas colonias americanas y asiáticas del Imperio español, en un momento en que las grandes potencias europeas estaban agrandando y consolidando sus imperios coloniales.
Tomás Pérez Vejo ha señalado que «fueron las élites políticas e intelectuales, más que el conjunto de los españoles, las que vivieron la derrota como un desastre y las que, una vez producida, reconstruyeron la historia de la nación como la de un fracaso». Fue un lugar común hablar de la «decadencia» de España, cuando en realidad, según el historiador actual Javier Moreno Luzón, el país «se encontraba ya en plena transformación, en medio de cambios que se aceleraron a lo largo de los treinta años [siguientes]... y [que] provocaron gravísimos conflictos sociales y políticos, más relacionados con una modernización desequilibrada que con el estancamiento que denunciaban los intelectuales tremendistas».
Pérez Vejo también ha señalado que la pérdida de los últimos restos coloniales fuera considerada un «Desastre», «el único en mayúsculas de la historia contemporánea española», se explicaría por el éxito del proceso de nacionalización español llevado a cabo a lo largo del . Como prueba aporta el hecho de que la derrota de Ayacucho de 1824, mucho más grave que la de 1898 pues supuso la pérdida de todo un continente, pasó casi desapercibida. Entonces la identificación de la población con una nación llamada «España» estaba solo en sus inicios, mientras que en 1898 era «era ya una realidad para amplios grupos de españoles», como se pudo comprobar también en 1892 con la Celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América, «una vez que la idea del carácter imperial de España había sido forjada como rasgo de la identidad nacional», añade Pérez Vejo, que considera asimismo muy significativo que no hubiera ninguna celebración en los tres centenarios anteriores.
Por otro lado, el sentimiento de frustración resultado de la derrota ante Estados Unidos no tuvo traducción política pues tanto carlistas como republicanos —con la excepción del republicano federal Pi y Margall que mantuvo una postura anticolonialista— habían apoyado la guerra y se habían manifestado tan nacionalistas, militaristas y colonialistas como los dos partidos del turno —solo socialistas y anarquistas permanecieron fieles a su ideario internacionalista, anticolonialista y antibelicista— y el régimen de la Restauración conseguiría superar la «crisis del 98».
Ramón Villares ha subrayado que no hubo un «efecto Sedán» (la derrota militar francesa de 1870 que supuso la caída del Segundo Imperio y que abrió las puertas a la Tercera República) «porque ni es comparable la derrota ni tampoco es análogo el contexto». «Aquellos territorios [de Ultramar] no eran una "Alsacia-Lorena" española sino puramente colonias, a las que sólo de modo apresurado y forzado por los acontecimientos el gobierno español reconoció la posibilidad de su autogobierno con la constitución autonómica de 1897», argumenta Villares. Sin embargo, este mismo historiador señala que por sus efectos a largo plazo, «el año 1898 se puede considerar un peculiar año cero, en el sentido de que se trata de una marca divisoria de las aguas de dos modelos distintos de entender España, que deja de ser definitivamente un imperio ultramarino y se propone convertirse en un estado-nación europeo, con una pequeña presencia africana». «Aunque el sistema resistió la galerna del 98, la angustia producida por aquel vendaval marcó todo el primer tercio del », concluye Villares.
Antecedentes: la guerra de Cuba
thumb|Dibujo satírico publicado el 23 de mayo de 1896 en La Campana de Gracia que representa el propósito de Estados Unidos de apoderarse de Cuba.
El 15 de febrero de 1898, en plena guerra de Cuba, iniciada tres años antes con el «Grito de Baire» a favor de una Cuba libre e independiente y que acabó arrastrando a la contienda con España a las Filipinas, el acorazado estadounidense Maine se hundió en el puerto de La Habana, capital de la Cuba colonial. La explosión que provocó el hundimiento causó la muerte de 264 marineros y dos oficiales, de un total de 354 tripulantes. Dos meses después, el 19 de abril, el Congreso de los Estados Unidos aprobaba una resolución en la que se exigía la independencia de Cuba y autorizaba al presidente William McKinley a declarar la guerra a España con ese fin y «en interés de la humanidad», lo que hizo el 25 de abril. En la resolución del Congreso se decía «que el pueblo de la isla de Cuba es, y tiene el derecho de ser, libre, y que los Estados Unidos tienen el deber de pedir, y por tanto el gobierno de los Estados Unidos pide, que el gobierno español renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno sobre la isla de Cuba y retire de Cuba y las aguas cubanas sus fuerzas terrestres y navales».
Con la excepción de los republicanos federales, con Francesc Pi y Margall al frente, de los anarquistas y de los socialistas, todas las fuerzas políticas españolas apoyaron al gobierno en su decisión de defender la pertenencia de Cuba a España, resumida en la expresión «hasta el último hombre y hasta la última peseta», utilizada por primera vez por el líder del Partido Conservador Antonio Cánovas del Castillo en 1891 y luego repetida por otros políticos, como el propio presidente del gobierno en el momento de la derrota, el liberal Práxedes Mateo Sagasta (España debía estar dispuesta a «sacrificar hasta la última peseta de su Tesoro y hasta la última gota de sangre del último español antes de consentir que nadie le arrebate un pedazo de sus territorios», dijo Sagasta en el Congreso en 1897). No sólo los dos partidos del turno, conservador y liberal, apoyaron la guerra sino también los opuestos al régimen político de la Restauración, como los carlistas y los republicanos (no federales). Desde el exilio el pretendiente carlista proclamó lo que él llamó «un silencio patriótico», es decir, que mientras durara la guerra de Cuba, iniciada en 1895, los carlistas dejarían de atacar al Gobierno y al régimen de la Restauración. Entre los republicanos (no federales) el apoyo también fue total. El 28 de marzo de 1896 sus principales líderes publicaron un manifiesto en La Publicidad en el que se oponían a la independencia de Cuba (lo que sí había defendido Pi y Margall). «Es de interés supremo mantener a toda costa y sin reserva la integridad de la patria», afirmaron. El político conservador Carlos Cañal y Migolla argumentaba así en enero de 1898 que Cuba era «parte de nuestra patria»:
Las clases medias y altas, con el poderoso lobby hispanocubano a la cabeza, apoyaron la guerra como lo demostró que el empréstito emitido por el gobierno en 1896 para financiar la guerra fuera cubierto rápidamente. También lo hizo un sector muy importante de las clases populares como lo probaría la asistencia masiva a las corridas de toros «patrióticas» que se celebraron para recaudar fondos. En la corrida organizada por la Diputación Provincial de Madrid celebrada el 12 de mayo de 1898 el torero Luis Mazzantini brindó su primer toro con un «¡Que todo el dinero recaudado en esta corrida se gaste en dinamita para romper en mil pedazos aquel país de aventureros llamado Estados Unidos!». Otra prueba sería la suspensión en el verano de 1898 de las fiestas patronales en muchos pueblos y ciudades, manteniéndose únicamente las ceremonias de culto. Por eso el historiador Tomás Pérez Vejo considera un «mito» la afirmación de que la población se hubiera desentendido de la marcha de la guerra. De hecho, recuerda este historiador, en la noche del 20 de abril de 1898 miles de madrileños se manifestaron por las calles de la capital celebrando que Estados Unidos había finalmente declarado la guerra a España, aunque también señala que la opinión pública estaba siendo «jaleada por una prensa patriotera e irresponsable», difundiendo la idea de que la victoria española era segura, «sin que ninguno de los líderes políticos se atreviese a proclamar algo que todos sabían: que no había ninguna posibilidad de ganar la guerra». thumb|Dibujo publicado en mayo de 1898 en la revista Blanco y Negro que muestra a un soldado español retando al Tío Sam: «¡Ven tú cobarde!». Una alusión a que Estados Unidos estaba utilizando a los rebeldes cubanos (los «negros») para apoderarse de la isla.
En efecto, la prensa desempeñó un papel decisivo en la creación de un estado de opinión «patriótico» contrario a la independencia de Cuba, considerada una "provincia" más de España. Ya tras el Grito de Baire de 1895 que dio inicio a la Guerra de Independencia de Cuba los periódicos se mostraron unánimemente belicistas contra los rebeldes cubanos, presentados como «bandidos» y como seres salvajes desprovistos de cualquier tipo de civilización (fueron frecuentes las referencias a la «hidra cubana» y su representación gráfica por la prensa satírica). Nadie discutía que Cuba era España y que los «negros», como también se denominaba a los rebeldes, estaban al servicio de Estados Unidos, que quería apoderarse de la isla y cuyo poder militar con gran desconocimiento de la realidad se minusvaloraba («no son, ni con cien leguas, una gran potencia terrestre ni marítima... no teniendo ejército que pueda amedrentarnos, ni escuadra que supere en gran cosa a la nuestra», publicó El Norte de Castilla el 22 de octubre de 1895). Sin embargo, matiza Pérez Vejo, la retórica belicista de la prensa española «fue en realidad bastante más moderada que la desplegada por la prensa sensacionalista norteamericana —con la diferencia, no menor, de que las posibilidades de victoria de Estados Unidos no eran sólo elucubraciones—». Remember the Maine fue su eslogan.
No obstante, tras la voladura del Maine en febrero de 1898 —el pretexto que utilizará Estados Unidos para declarar la guerra a España el 25 de abril— el belicismo y el «patrioterismo» de la prensa española «alcanzó cotas de auténtico delirio», según Pérez Vejo. Muchos periódicos hablaron de nuevo de la supuesta superioridad militar y naval española, y los que eran conscientes de que eso era falso recurrieron a metáforas taurinas para afirmar que la victoria española era segura, como hizo El Imparcial en su edición del 15 de marzo: «Más fuerza material que la que poseen los Estados Unidos respecto de España, tiene un toro con relación a un hombre y, sin embargo, Mr. Woodford [embajador estadounidense en Madrid] ha podido ver cómo al toro se le torea». Al mismo tiempo abundaron las referencias a los estadounidenses como cerdos, viles mercaderes, imperialistas, un pueblo de bandidos, la escoria de la humanidad, etc. La revista ilustrada Blanco y Negro, por ejemplo, publicó unas caricaturas en las que se identificaba a Estados Unidos como el país de los cerdos. Los títulos que acompañaban a las viñetas decían: «Ciudades principales: Marranópolis», Guarros-City, Cerdaville y otras por el estilo»; «Su unidad monetaria: el "cerdo"»; «Su principal periódico El Gruñido Nacional».