La batalla de Santa Mónica fue un enfrentamiento armado ocurrido durante la madrugada del 4 de mayo de 1561 en las inmediaciones de Cartagena (España), en el contexto de la guerra hispano-otomana de 1515-1577. El combate se produjo durante un frustrado ataque por sorpresa de los corsarios otomanos dirigidos por Uluj Alí sobre dicha ciudad, uno de los principales bastiones de la Monarquía Hispánica en el sudeste de la península ibérica. Las fuerzas españolas de Luis Fajardo de la Cueva, marqués de los Vélez, repelieron la intentona y forzaron el reembarque de las tropas enemigas.
El episodio se encuadra en el prolongado conflicto por el control del mar Mediterráneo entre la Monarquía Hispánica y el Imperio otomano, que desde principios del había impulsado el desarrollo del corso en la Berbería como instrumento de presión militar y económica. Cartagena, situada a escasa distancia de las bases corsarias, había sufrido durante décadas incursiones que afectaban gravemente a su comercio, abastecimiento y seguridad. Pese a las reformas defensivas emprendidas a lo largo de la centuria —como la reparación y adición de tramos de muralla, la instalación de artillería y la organización de milicias—, la ciudad continuaba siendo vulnerable ante operaciones rápidas y bien coordinadas.
La victoria española en la batalla no supuso el fin de la amenaza turco-argelina, pero evidenció la eficacia de los sistemas de aviso y de movilización de milicias, así como la necesidad de reforzar aún más las fortificaciones y perfeccionar la cooperación entre las plazas costeras y las guarniciones del interior. Una semana después, la flota de Uluj Alí emprendió el saqueo de Sóller, en Mallorca, lo que puso de relieve que, aunque Cartagena había resistido con éxito, el litoral hispánico seguía expuesto a las iniciativas navales otomanas.
Antecedentes
De la expansión española en el Magreb a la irrupción de los Barbarroja
Durante la Edad Moderna, el norte de África adquirió una relevancia estratégica clave para la Monarquía Hispánica, particularmente a raíz de la intensificación del corsarismo en la costa berberisca. Si bien el fenómeno contaba con antecedentes desde el , durante siglos había ocupado un lugar marginal respecto a los intereses de la Corona de Castilla, más volcada entonces en los conflictos con los reinos limítrofes de Aragón y Granada. Esta situación cambió a principios del , cuando la conquista de Granada y la unión dinástica con Aragón dieron paso a un avance español sobre el Magreb con el propósito declarado de erradicar los nidos de corsarios. El incremento de las razias marítimas desde plazas como Tetuán, Mazalquivir, Orán, Bugía o Argel, unido a su asistencia al éxodo de mudéjares andaluces tras la guerra de Granada y la rebelión de las Alpujarras de 1499-1501, sirvió como pretexto a la intervención armada en la región.
300px|miniaturadeimagen|izquierda|Vista panorámica de Argel, en el Civitates orbis terrarum (1575) de Georg Braun y Frans Hogenberg.
Aunque hubo acciones preliminares como la toma de Melilla en 1497, la campaña africana no arrancó en firme hasta el término de las primeras guerras italianas, cuando el rey Fernando el Católico pudo disponer de los recursos necesarios. Entre 1505 y 1510, las tropas castellanas se apoderaron sucesivamente de Mazalquivir (1505), Cazaza (1506), el peñón de Vélez de la Gomera (1508), Orán (1509) y, en 1510, del peñón de Argel, Bugía y Trípoli. No obstante, el impulso se truncó tras la Jornada de Los Gelves —actual isla de Yerba— de ese mismo año, un revés exacerbado por las presiones francesas en la península itálica, la anexión de Navarra (1512) y la penetración otomana en el Magreb central. Tal coyuntura obligó a priorizar otros frentes europeos, pero no revirtió la condición crucial ganada por los puertos del sureste de la península ibérica, inicialmente Málaga y Cartagena, que se convirtieron en bases logísticas esenciales para las operaciones militares: la expedición contra Mazalquivir había zarpado desde Málaga, mientras que la de Orán en 1509 —la acción de mayor envergadura en esta primera etapa, dirigida por el cardenal Cisneros— lo hizo desde Cartagena. Esta última ciudad, además de servir como punto de partida para la empresa, aportó pertrechos y artillería procedentes de su castillo a la armada que logró la capitulación de la población, la obtención de un cuantioso botín y la liberación de trescientos cautivos cristianos. Con la victoria se estableció el llamado «doble presidio», al quedar Mazalquivir y Orán integradas en una misma unidad administrativa donde la primera actuaba como antepuerto de la segunda. Desde ese momento, las localidades de Cartagena y Alicante mantuvieron un vínculo comercial y militar permanente con los presidios norteafricanos, en una relación que perduró hasta la pérdida definitiva de Orán en 1792.
En paralelo comenzaba a perfilarse la entrada de un nuevo actor en el Mediterráneo occidental: el Imperio otomano. Ya en 1514 se avistaron escuadras turcas frente a las costas alicantinas, procedentes de Túnez y dedicadas al saqueo de las costas italianas y del mar Tirreno, alcanzando incluso los reinos de Valencia y Murcia. Entre 1514 y 1517 se registraron al menos siete incursiones en el litoral valenciano, confirmando la gravedad de la amenaza. Ese mismo año, un marino de renombre en el Mediterráneo oriental, Aruj Barbarroja, intentó sin éxito apoderarse de Bugía, resultando gravemente herido en un brazo. Reiteró el ataque al año siguiente con mayor denuedo, pero la plaza fuerte resistió gracias a los refuerzos llegados desde Valencia y Mallorca. Fue entonces cuando Aruj puso su mira en Argel, a donde había sido invitado por el sultán Salim at-Toumi para expulsar a los castellanos del peñón. El corsario aceptó, pero aprovechó la ocasión para hacerse con el control de la ciudad, asesinando al sultán y ocupando Argel sin oposición. A partir de ese momento, aglutinó en torno a sí a una pléyade de capitanes de fortuna —como su hermano Jeireddín, Salah Reis, Sinán el Judío y Cachidiablo— que, con sus flotas, dieron forma a una formidable fuerza naval. Con el respaldo de cabilas montañesas cercanas, tribus beduinas de la Mitidja, exiliados moriscos y mercaderes locales, Aruj afianzó el dominio corsario sobre Argel, cuyo auge se reflejó en un aumento de las incursiones y los apresamientos de barcos y personas en las costas del sudeste ibérico. Sin embargo, la acometida de Aruj encontró su fin con la toma de Tremecén, donde fue derrotado y muerto durante el contraataque español de 1518.
La entente argelino-otomana y su predominio en el Mediterráneo occidental
A la muerte de Aruj, su hermano menor Jeireddín asumió el mando en Argel e hizo un ofrecimiento de vasallaje al sultán otomano Selim I, con el fin de obtener apoyo militar y político a cambio de integrar el Estado corsario como provincia de la Sublime Puerta. Aunque, antes de recibir respuesta, debió rechazar un nuevo ataque español, su maniobra diplomática resultó en un éxito: el sultán aceptó su propuesta, lo designó beylerbey —gobernador— y le despachó una guardia personal de 2000 jenízaros junto con refuerzos navales. La instauración de la Regencia de Argel y su consolidación como vasallo otomano han sido objeto de discusión académica acerca de su integración en el discurso histórico: Montojo Montojo (1994), siguiendo a Fernand Braudel, sostiene que estos acontecimientos fueron el fueron el hito inicial de la «gran guerra de galeras» que se cerniría sobre el Mediterráneo hasta las denominadas «treguas turcas» de 1577-1584, mientras que Velasco Hernández (2019), influido también por Braudel, sitúa en esa misma etapa el origen y desarrollo del «primer corso».
350px|miniaturadeimagen|Una incursión berberisca sobre una playa defendida por cristianos, en Desembarco y combate () de Cornelis de Wael.
Durante los primeros años de esta alianza, la pérdida del control español sobre el norte de África —ejemplificada en la captura del peñón de Argel en 1529— fue considerada desde Madrid como un inconveniente asumible, siempre que las subsecuentes incursiones corsarias se mantuvieran limitadas y esporádicas, pues la prioridad de la Monarquía Hispánica en ese momento se encontraba en las guerras italianas. España adoptó una postura defensiva en la Berbería, centrándose en conservar las plazas conquistadas y dar apoyo a dinastías enfrentadas a los otomanos, como los saadíes de Marruecos y los hafsíes de Túnez, de modo que las acciones militares hispánicas pasaron a ser fundamentalmente reactivas, con excepciones como la expedición de Carlos V contra Argel en 1541, cuyo desastroso resultado no hizo más que exponer la supremacía naval turca. Este fracaso, unido a los conflictos con Francia y la expansión de la Reforma protestante, aceleró el progresivo abandono de la política norteafricana por parte del emperador, permitiendo a Argel apuntalar su posición como potencia marítima mientras Jeireddín Barbarroja, investido como almirante de la armada otomana, extendía su influencia sobre todo el Mediterráneo occidental generando un clima de temor permanente en las costas de la Cristiandad a excepción de las francesas, cuyo rey Francisco I se había aliado al sultán Solimán el Magnífico. Desde sus campañas de 1534 —que incluyó la conquista de La Goleta, Bizerta, Túnez y otras ciudades pertenecientes a los hafsíes— y 1538 —culminada en la batalla de Préveza— hasta la derrota otomana en Lepanto de 1571, el dominio marítimo musulmán fue incontestable. Las poblaciones costeras de España e Italia contemplaban con desasosiego la llegada del verano, cuando comenzaban las expediciones corsarias; muchas comunidades se replegaron hacia el interior o buscaron refugio en enclaves fortificados. Barbarroja otorgaba patentes de corso a marinos del Mediterráneo oriental, renegados, piratas sin nación y moriscos españoles, exigiendo a cambio un porcentaje del botín y contribuciones para el mantenimiento portuario, al tiempo que impulsaba el ascenso de otros corsarios, integrados en una taifa de los rais o gremio de arráeces que operaba bajo las órdenes de un arráez o capitán subordinado al beylerbey y al Diván. En cuanto al destino de los cautivos capturados en estas incursiones, podían ser vendidos como esclavos, rescatados mediante alafias —inmediatamente tras su apresamiento— o pasar largos años de cautiverio en Argel, a la espera de ser redimidos por órdenes religiosas como los trinitarios o los mercedarios.
350px|miniaturadeimagen|izquierda|Mercado de esclavos en Argel, en un grabado de Jan Luyken (1684).