La Reforma haitiana (en francés: Réforme haïtienne) —también conocida simplemente como la Reforma— fue un movimiento revolucionario armado que tuvo lugar en la isla Española, dominada por Haití, en 1843, cuyo propósito fue poner fin al prolongado mandato de Jean-Pierre Boyer (1818‑1843), uno de los jefes de Estado latinoamericanos con mayor permanencia en el poder en el . El origen inmediato de la rebelión se hallaba en la carga financiera impuesta por Francia y el autoritarismo que aquejaba al país. El desenlace marcó el fin de la era de Boyer y abrió una oportunidad en la historia de la isla, en el que la parte española de la isla comenzaría a definir su propio rumbo político.

El detonante de la crisis fue, en gran medida, el acuerdo suscrito con Francia en 1825. Ese año, el rey Carlos X exigió a Haití el pago de 150 millones de francos, en concepto de indemnización por la pérdida de propiedades y esclavos durante la revolución haitiana, así como por la matanza de la población europea en Haití de 1804. Para imponer su voluntad, Francia envió una imponente flota de catorce buques con más de 500 cañones, que rodearon Puerto Príncipe el 3 de julio de 1825. Haití no tuvo de otra que firmar el tratado el 11 de julio.

Además de la deuda, el acuerdo bajaba a la mitad los impuestos a productos franceses, lo que dejó al gobierno haitiano con menos ingresos. En 1838 lograron reducir la deuda a 60 millones, pero ya el daño estaba hecho y el país no levantaba cabeza económicamente. La parte oriental de la isla, bajo ocupación haitiana desde 1822, también tuvo que poner dinero para pagar esa deuda, aunque ni firmó el acuerdo ni se benefició de él. Ese mismo año, 1838, comenzaron a gestarse movimientos en el interior de la isla, los cuales desembocarían en la rebelión de 1843.

A ello se sumaban críticas crecientes al sistema político centralizado. La Constitución haitiana de 1816 otorgaba al presidente el monopolio de la iniciativa legislativa, impidiendo al Parlamento presentar proyectos de ley. Muchos consideraban que Jean-Pierre Boyer utilizaba este poder para bloquear reformas necesarias. El descontento aumentó con el terremoto de Cabo Haitiano de 1842, que destruyó el Palacio de Sans Souci y varias ciudades del norte de la isla.

La insurrección estalló el 27 de enero de 1843 en Los Cayos, liderada por Charles Rivière-Hérard, y pronto tuvo un rápido respaldo de la región sur del país. Presionado por la revuelta, Boyer presentó su renuncia y partió al exilio el 13 de marzo de ese año. Charles Hérard asumió el poder de manera inmediata.

La Reforma también tuvo repercusiones en la parte oriental de la isla, donde participaron activamente figuras que más adelante serían protagonistas del proceso de independencia dominicana. Entre ellos se encontraban Juan Pablo Duarte, capitán de la Guardia Nacional haitiana en Santo Domingo; Francisco del Rosario Sánchez, Pedro Alejandro Pina y Juan Isidro Pérez, coroneles en la misma ciudad; José Esteban Roca, coronel en San Cristóbal; Mariano de Mendoza, coronel en Baní; Buenaventura Báez, coronel en Azua; y Pedro Santana, coronel en El Seibo. Junto a los reformistas haitianos, en la parte española de la isla se sumaron dispares grupos políticos dominicanos, estando integrado por los duartistas, tradicionalistas monárquicos y otros grupos que encontraron una oportunidad para promover sus propias convicciones o aspiraciones.

En este clima, el gobierno de la Reforma encabezado por Hérard convocó elecciones en julio de 1843 para elegir diputados en toda la isla. Algunos de los representantes elegidos por los electores dominicanos terminaron respaldando el Plan Levasseur, que proponía un protectorado francés sobre Santo Domingo. Esta situación aceleró la independencia dominicana en el pronunciamiento de Santo Domingo del 27 de febrero de 1844.

Como colofón de la Reforma, se reunió una Asamblea Constituyente en Puerto Príncipe en noviembre de 1843, la cual promulgó el 30 de diciembre una nueva Constitución. Su contenido sirvió en parte como inspiración para la redacción de la Constitución dominicana de 1844.

Antecedentes miniaturadeimagen|450x450px|La juramentación del presidente Boyer en el Palacio de Haití (ca. 1818).

En 1804 se proclamó la independencia de Haití, el segundo Estado revolucionario liberal e independiente de América. Jean-Jacques Dessalines (1758-1806), su primer gobernante, no tardó en coronarse emperador. Pero su reinado fue efímero, pues en 1806 fue asesinado. El autor intelectual detrás del crimen fue el general Alexandre Pétion (1770-1818), en complicidad con el general Henri Christophe (1767-1820).

Alexandre Pétion, tras el regicidio, proclamó la república y se instituyó a sí mismo presidente. Pese a ello, Henri Christophe no se avino a sus designios y se alzó por su cuenta en las tierras del norte, creando el Estado de Haití. Allí se proclamó jefe, luego como presidente vitalicio y más tarde como monarca adoptando el nombre regio de Enrique I. Así surgieron dos entidades políticas, el Haití del Norte, de carácter monárquico, y el Haití del Sur, republicano.

Pétion muere en 1818 y fue sucedido por su discípulo, el mulato general Jean-Pierre Boyer (1776-1850), quien asumió el poder con el mismo título de presidente vitalicio. En 1820, tras la caída del Reino del Norte, Jean-Pierre Boyer logró unificar el país. Poco después, en 1822, ocupó la antigua provincia española de Santo Domingo, la cual mantenía un gobierno separatista y se constituyó como el Estado Independiente de Haití Español.

Para entonces, con apenas 18 años de existencia como Estado independiente, Haití tenía en Boyer a su hombre fuerte, un estadista con poder en todo el territorio de la isla Española.

miniaturadeimagen|250x250px|El conde Donzelot, gobernador de Martinica.

La primera oposición al régimen del presidente Boyer surgió en el territorio del viejo Santo Domingo español, donde el Seybo y la península de Samaná se convirtieron en los focos de resistencia contra Boyer. En febrero de 1822, estalló una resistencia en la ciudad de Santa Bárbara de Samaná, a pesar de que el comandante local se había pronunciado a favor de Haití un mes antes.

Los habitantes de la península, el párroco de Santa Bárbara de Samaná y Sabana de la Mar, así como Diego de Lira —capitán de milicias de Santo Domingo y comandante de armas de Sabana de la Mar, leal a España y antiguo colaborador del fenecido Juan Sánchez Ramírez—, aprovechando la llegada de dos buques de guerra franceses a la bahía de Samaná, solicitaron apoyo al gobernador de Martinica. Éste envió una escuadra naval y se comunicó con las autoridades españolas de la capitanía general de Puerto Rico, quienes enviaron una comisión de oficiales para planificar una acción conjunta contra los haitianos.

Sin embargo, al llegar a la península de Samaná, solo encontraron cinco barcos franceses, pues el comandante de la escuadra se había marchado. Además, los dominicanos que habían promovido el levantamiento ya no estaban, pues huyeron a Puerto Rico tras la ocupación de la ciudad de Samaná por las tropas enviadas por Boyer. Un intento menor de desembarco francés fue fácilmente rechazado por las fuerzas haitianas. Además, surgió un desacuerdo entre los españolas y francesas sobre si la expedición debía realizarse en nombre de Francia o de España, lo que llevó al abandono definitivo del plan a mediados de marzo y puso fin a cualquier intento de rebelión en ese año.

izquierda|miniaturadeimagen|Pedro Valera y Jiménez, arzobispo de Santo Domingo, primado de Indias.

En 1823, el gobierno haitiano enfrentó una fuerte resistencia en el oriente de la isla. Ese año se descubrieron al menos tres conspiraciones y se sofocó un motín contra las tropas haitianas. El motín ocurrió mientras soldados haitianos vigilaban a trabajadores que limpiaban el camino entre Santiago de los Caballeros y Puerto Plata. En Santo Domingo, el arzobispo Pedro Valera y Jiménez (1757-1833), fiel a España, alentaba la resistencia. Su descontento respondía a la expropiación de bienes eclesiásticos, la política de desamortización y, sobre todo, a la decisión del 5 de enero de 1823 que suspendió el estipendio estatal al clero.

También se produjo la primera y poco recordada rebelión armada, dirigida por el capitán rural Lázaro Férmin en San Francisco de Macorís, en rechazo al sistema de trabajos forzados conocido como corvée, régimen de servidumbre heredado del Antiguo Régimen francés. Para aplastar la sublevación, Boyer envió 5 000 soldados, logrando someterla.

La agitación se extendió al Seybo, Higüey, Los Alcarrizos y otros puntos de la parte española. En Bayaguana se levantaron campesinos indignados por la corvée, lo que alertó a las autoridades haitianas. En Santo Domingo, se arrestó a los militares León Alcaide y Agustín de Acosta. El descontento por los abusos empujó al general haitiano mulato Jérôme-Maximilien Borgella, gobernador del Ozama, a desplegar tropas haitianas en la región: Henri Etienne Desgrotte fue enviado al Seybo, Maurice Bienvenu a Higüey, el capitán Morette a Samaná y el comandante Prud’homme a Los Llanos. El malestar era tal, que no sorprende que Boyer prohibiera la corvée con soldados el 31 de mayo de 1828, al parecer queriendo evitar rebeliones de militares de bajo rango.

Ese mismo año, el comandante haitiano de Samaná consignó en un informe que «No podía contar con los dominicanos, ni blancos, ni negros, ni amarillos [mulatos], que estaban dispuestos a pronunciarse contra la republica si navíos de guerra españoles se aproximaban a la Bahía. Decían a alta voz que ellos pelearían voluntariamente contra Francia, pero no contra España».

El historiador haitiano Thomas Madiou aseguraba que «Boyer de su lado estaba descontento de los dominicanos. Muchos informes le llegaban donde los dominicanos no temían decir que si España se unía a Francia para una expedición contra Haití, ellos se pondrían bajo la autoridad del su majestad católica». miniaturadeimagen|Carlos X reconociendo la Independencia de Haití.|izquierda|213x213px

En 1824, Boyer sofocó con mano dura la conspiración de Los Alcarrizos. Cabe destacar que ninguna de las conspiraciones en Santo Domingo durante esta época tuvo un carácter independentista: todas eran de inspiración realista, partidarias de Fernando VII. De hecho, el mayor peligro para Boyer no vino de los dominicanos, ni siquiera con la reclamación oficial que el monarca español hizo sobre Santo Domingo en 1830, sino de los propios militares haitianos. Estos encontraron motivo de descontento en el tratado de 1825 entre Carlos X de Francia y Haití, que reconocía la independencia de Haití a cambio de una indemnización de 150 millones de francos, y en la aguda crisis económica que golpeaba sobre todo a los sectores más pobres de la población.

Tal carga financiera trajo consigo un profundo malestar económico en la parte occidental de la isla. Este descontento fue hábilmente aprovechado por los opositores de Boyer, quienes comenzaron a organizarse. La oposición en la Cámara de Diputados se recrudeció. Según cuenta el historiador haitiano Jean Price-Mars, «la tribuna parlamentaria estaba prohibida, la libertad de prensa no era más que un mito. La oposición buscó entonces una salida en la trama de los complots. Esta es la génesis común de la Revolución».

La Constitución de Haití de 1816 reservaba al jefe del Estado la exclusiva iniciativa de las leyes, a diferencia de otros sistemas más liberales. Se consideraba que el presidente abusaba de este poder, evitando someter a debate legislativo leyes fundamentales. Una nueva generación, formada bajo este régimen autoritario, ansiaba participación política.

miniaturadeimagen|289x289px|Joseph Balthazar Inginac, secretraio de Boyer.