Pelayo (en latín, Pelagiusi), nombrado frecuentemente como don Pelayo (f. 737 en Cangas de Onís), es considerado el primer monarca del reino de Asturias, que rigió durante 19 años. La tradición cronística y buena parte de la historiografía tradicional lo vinculan con la aristocracia hispano-goda, si bien su origen es objeto de debate.
Tras la conquista musulmana de 711, Pelayo aparece vinculado al territorio astur y se convirtió en una de las principales figuras de resistencia frente al dominio andalusí. Hacia 718 fue elegido princeps por los astures, según las crónicas, iniciando una nueva estructura política en torno a Cangas de Onís. En 722 derrotó a las fuerzas musulmanas en el enfrentamiento de Covadonga, episodio considerado tradicionalmente el inicio del Reino de Asturias y en la historiografía tradicional de la Reconquista.
Durante su gobierno consolidó su autoridad sobre un pequeño territorio articulado en torno a Cangas de Onís. Murió en 737 y fue sucedido por su hijo Favila, mientras que su hija Ermesinda quedó vinculada a la posterior continuidad dinástica a través de su matrimonio con Alfonso I. Pelayo es considerado así el fundador de la tradición monárquica asturiana, origen de la línea dinástica que, a través de los reinos de León y Castilla, desembocaría finalmente en la monarquía española.
Las crónicas Son dos las principales fuentes escritas de la monarquía astur que se refieren a la existencia de Pelayo. La más extensa de ellas es la Crónica albeldense, texto escrito alrededor de 880 en la corte de Alfonso III. Coetánea de la anterior (posterior en todo caso a 887) y nacida en el mismo medio, es la denominada comúnmente como Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones: la Rotense o vulgar y la Sebastianense o culta. Los historiadores que se han ocupado de ellas están de acuerdo en que el propósito general de estos relatos era asentar una idea de continuidad entre el reino visigodo de Toledo y el primitivo reino astur. Las crónicas declaran que los reyes astures son sucesores de Leovigildo y Recaredo,Menéndez Pidal, Ramón. 1962, "Los reinos de la Reconquista I. El reino de Asturias", en Historia de España. La intención de las crónicas es la de considerar a los reyes asturianos como inmediatos continuadores de los reyes de Toledo, así como tratan de crear una continuidad institucional entre ambas realidades políticas.Barbero, Abilio & Vigil, Marcelo. 1978, "La formación del feudalismo en la Península Ibérica". Colección biblioteca histórica de España. RBA. p. 233. La idea fundamental fue la de que el reino astur era una continuación del reino visigodo. La historiografía moderna coincide en que estas declaraciones constituyen un paradigma llamado neogoticismo, seguramente avivado por influencias mozárabes, y que, real o ficticio, respondía muy bien a los intereses políticos y al reforzamiento del prestigio personal de Alfonso III.Menéndez Bueyes, L. Ramón. 1995, "Transformaciones y evolución en la Asturias transmontana. De la romanización al reino de Asturias". En Férvedes n.º 2 (pgs. 176-179). Museo De Prehistoria e Arqueoloxía de Villalba. Lugo. A la hora de analizar el carácter de la monarquía astur no debemos dejarnos engañar por las parcas, pero interesadas (neogoticismo) informaciones de las Crónicas asturianas, que tratan de ensalzar la figura real.
En la Crónica albeldense (año 881), Pelayo, un noble godo expulsado de Toledo por Witiza, se refugia en Asturias. Cuando se produce la invasión musulmana, es elegido en el concilium princeps de los astures y acaba con las guarniciones islámicas de la región acantonadas en Gijón, donde gobernaba el valí Munuza, procediendo a la administración del territorio y el cobro de tributos. «Entonces los de las huestes de los sarracenos que habían sobrevivido a la espada, al derrumbarse un monte en Liébana, fueron sepultados por el juicio de Dios». En la Crónica rotense, Pelayo aparece como un antiguo espatario de Witiza y Rodrigo que huye con su hermana de la dominación musulmana. Pese a su huida, Pelayo, ya en Asturias, entra en estrecho contacto con Munuza, el gobernador musulmán de Gijón. Este, enamorado de la hermana de Pelayo, manda al noble godo a Córdoba, de donde Pelayo conseguirá escapar en 717 y, tras un dramático regreso, logra ponerse a salvo entre los astures, a los que poco más tarde conseguirá sublevar tras hacerse nombrar su príncipe. En la Crónica sebastianense, la más neogoticista de todas, y reconfigurada sobre la Rotense por el obispo Sebastián, sobrino del propio Alfonso III, se prescinde del trasfondo novelesco, aunque por primera vez se atribuyen orígenes nobles a Pelayo al hacerlo hijo de un supuesto duque llamado Fáfila o Favila (nombre de su propio hijo).
Don Pelayo y el duque Pedro en Tedeja La tradición sitúa a Don Pelayo el año 712 en el castillo de Tedeja junto a quien se convertirá en su consuegro, el duque Pedro de Cantabria. Javier Iglesia Aparicio cita en un artículo que el benedictino del Gregorio de Argaiz, explicaba que los refugiados godos del duque Pedro se replegarían a Tetelia, (Castillo de Tedeja, junto a la actual Trespaderne), tras la caída de Amaya frente a los árabes. Cerrando el desfiladero de la Horadada que salvaguardaba el valle de Tobalina y la costa, algo así como «el último bastión» frente al invasor. En la huida desde Toledo, los espatarios supervivientes de la batalla de Guadalete, trasladarían el panteón real de los reyes godos hasta la cercana y desaparecida ermita de Santa María de los Reyes Godos junto a la orilla norte del Ebro, protegida por el castillo de Tedeja. El 9 de agosto del año 726, el duque Pedro y Don Pelayo volverían a derrotar a un ejército musulmán, a solo tres kilómetros de distancia del castillo de Tedeja, pero esta vez dando un paso en la reconquista, en la orilla sur del Ebro, en la batalla del Negro Día, junto al lugar en cuya conmemoración se construyó la sencilla ermita de Encinillas.
Rebelión y reconquista de Gigia (actual Gijón) Tras la llegada en el año 714 de la expedición de Muza a Asturias, el jefe bereber Mnuza o Munuza fue encargado de las tropas y la administración de la mitad norte peninsular, asentándose al frente de una guarnición musulmana en Gijón, mientras otras aseguraban el territorio y atacaban los últimos restos de resistencia. Las familias más importantes de la aristocracia astur, entre ellas la de Pelayo, enviaron rehenes a Córdoba para garantizar la capitulación. Sin embargo, en tiempos del valí Al-Hurr (717–718), Pelayo retornó a las montañas de Asturias, donde fue elegido princeps o líder de los astures según una de las crónicas.Crónica Rotense, 8. Fernández Conde, F.J., Las raíces de la Reconquista. Covadonga. — Historia de Asturias. (La Nueva España) y Barrau-Dihigo, L. (1921): Recherches sur l'historie politique du royaume asturien (718–910). Tras unos años de mutuo hostigamiento, durante el gobierno de Anbasa (722), Munuza envió un destacamento de tropas al refugio de Pelayo en Piloña. El líder astur y sus hombres se refugiaron en el monte Auseva, donde esperaron a las tropas musulmanas, mientras que Munuza ordenaba refuerzos desde la meseta para acabar con la resistencia. Allí les tendieron una emboscada al destacamento musulmán, el cual fue aniquilado. Esta acción bélica se conoce como la batalla de Covadonga. Tras esta batalla, Pelayo es coronado rey con una corona hecha con ramas de roble en el llamado Campo de la Jura, cercano a Cangas de Onís, por dos de sus capitanes, Suero Buyeres de Caso y su yerno don Anean de Estrada.
thumb|150px|Don Pelayo en el escudo de Gijón Cuentan las crónicas que, tras la derrota de Covadonga, Munuza salió huyendo con sus fuerzas, probablemente por temor a que la gente de Gijón se uniera a la revuelta o por miedo a que las tropas asturianas que habían derrotado a sus propias tropas le dieran alcance en la ciudad. Tras abandonar la ciudad, Munuza intentó salir de Asturias por el puerto de la Mesa, mientras que las tropas victoriosas de Covadonga hacían marchas forzadas para cortarle la huida hacia la meseta, siendo Munuza y sus tropas nuevamente derrotadas y muerto Munuza en Olalíes, actual concejo de Santo Adriano. Pelayo se apoderó de Gijón sin mayor esfuerzo, una vez que las tropas musulmanas y Munuza habían intentado huir y habían sido aniquiladas en el intento. Al divulgarse por tierras musulmanas la noticia de la toma de Gijón, muchos cristianos se unieron al ejército de Pelayo. El reino de Asturias tuvo como primera capital Cangas de Onís y como segunda Pravia, para pasar a ser Oviedo la capital bajo el reinado de Alfonso II. Como reseña de la importancia de la muerte de Munuza según esta versión, cabe destacar que era el general al mando de las tropas al norte de la península ibérica y que su muerte se podría considerar de trascendencia dentro del organigrama militar musulmán.
Sin embargo, otras crónicas posteriores citan que Munuza consiguió escapar con vida y le sitúan con bastante seguridad puesto a cargo de las tropas bereberes en las zonas fronterizas y de igual geografía montañosa en los Pirineos orientales. Tratados y enlace parecidos con el duque aquitano le llevarían a casar con la hija del duque, tras lo cual, y con la alianza del duque como resguardo, se levantaría en rebelión contra sus superiores árabes en alianza con los francos a la búsqueda quizá de crearse un nicho de poder en el estratégico punto de los Pirineos. Fue suprimido por las tropas del emir en campaña de castigo y para deshacer el peligro que esta posición hubiera supuesto para el Ándalus recién creado.
Hay que resaltar que los musulmanes estaban más interesados en expandirse por Francia y avanzar hacia el centro de Europa, donde fueron detenidos por Carlos Martel en la batalla de Poitiers (Tours), que en limpiar la retaguardia de pequeños reinos hostiles que quedaron aislados ante el avance musulmán.
Primitiva extensión territorial del reino Sin embargo, el triunfo de la revuelta no llevó a Pelayo a establecer su corte en Gijón, que era la ciudad más importante de la Asturias bajoimperial, sino que se asentó en Cangas de Onís, situada en las estribaciones de los Picos de Europa: lo inseguro de su situación hacía aconsejable refugiarse en un territorio montañoso que fuera poco accesible para las aceifas musulmanas. Pero una vez que décadas más tarde se consolidara el Reino, la sede regia fue trasladada sucesivamente a Pravia por el rey Silo, esposo de Adosinda, nieta de Pelayo, y, posteriormente, a Oviedo.
En principio parece que el reino de Pelayo se extendía por la llamada Asturias nuclear, que comprendía, al menos, los territorios central y oriental de la actual Asturias, de acuerdo con el relato de la Crónica albeldense, que acontece entre la civitate Gegione y Covadonga. Fueron sucesores suyos, como Alfonso I de Asturias o Fruela I de Asturias, los que, fagocitando entidades políticas menores (como los condados de Trasmiera o Sopuerta), extendieron los dominios del reino de Asturias hasta Galicia y Vizcaya.
Muerte y sepultura 300px|thumb|Tumba del rey Don Pelayo en la Santa Cueva de Covadonga. El rey don Pelayo falleció en Cangas de Onís, donde tenía su corte, en el año 737. Después de su defunción, su cadáver recibió sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, situada en la localidad asturiana de Abamia, en la que previamente había sido sepultada su esposa, la reina Gaudiosa. En el lado del Evangelio de dicha iglesia se conserva en la actualidad el sepulcro, vacío, que contuvo los restos del rey y enfrente, colocado en el lado de la Epístola, se encuentra el que contuvo los restos de la esposa de don Pelayo. El cronista Ambrosio de Morales dejó constancia en su obra de que Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y de León, ordenó trasladar los restos del rey don Pelayo y los de su esposa a la Santa Cueva de Covadonga.