miniaturadeimagen|A muchas personas con autismo les gusta alinear objetos mientras están absortas en sus pensamientos. Estas flores fueron cuidadosamente arregladas por una joven con autismo que estaba esperando que la llevaran a casa. El autismo en mujeres se refiere a la manifestación del autismo, también llamado trastorno del espectro autista (TEA) en niñas y mujeres, caracterizándose por diferencias en la presentación de las características o expresiones en comparación con los varones.

A menudo, las mujeres autistas desarrollan estrategias de camuflaje social, imitando comportamientos neurotípicos para encajar en su entorno, lo que puede dificultar su diagnóstico y generar un infradiagnóstico significativo. Esta condición se asocia con altas tasas de ansiedad, depresión y trastornos alimentarios, así como con mayores dificultades en la vida social y laboral.

Además, el autismo en mujeres está subrepresentado en la investigación y las herramientas diagnósticas, las cuales han sido diseñadas principalmente en función de estudios en varones, lo que contribuye a diagnósticos erróneos o tardíos.

Historia La historia del reconocimiento del autismo en mujeres ha estado marcada por la invisibilización de sus manifestaciones específicas y por diagnósticos tardíos, resultado de un enfoque histórico centrado en varones que predominó durante gran parte del siglo en Occidente. Sin embargo, en las últimas décadas, los avances en la investigación y el activismo de personas autistas han impulsado la incorporación de una perspectiva de género en el estudio y diagnóstico del autismo, promoviendo un enfoque más inclusivo y equitativo que también contempla a personas no binarias y de otras identidades de género.

Orígenes del concepto de autismo (1920-1950) miniaturadeimagen|Grunya Sújareva en 1928, primera investigadora sobre el autismo. El concepto de autismo tiene sus raíces en la década de 1920, con los trabajos pioneros de la psiquiatra infantil soviética Grunya Efimovna Sukhareva. En 1925, Sukhareva publicó en ruso la primera descripción detallada de características de autismo, basándose en sus observaciones de seis niños que presentaban comportamientos característicos de esta condición. Inicialmente, utilizó el término «psicopatía esquizoide» para describir estos casos, pero posteriormente lo reemplazó por «psicopatía autista» para reflejar con mayor precisión las características observadas. Al año siguiente, en 1926, publicó el mismo artículo en alemán en la revista Monatsschrift für Psychiatrie und Neurologie, una de las pocas publicaciones especializadas en salud mental y trastornos neurológicos de la época. A pesar de la relevancia de su trabajo, las contribuciones de Sukhareva permanecieron en gran medida desconocidas en la comunidad científica occidental durante décadas. No fue sino hasta 1996 que su trabajo de 1925 fue traducido al inglés.

miniaturadeimagen|Leo Kanner, en 1955 aproximadamente. Uno de los precursores de la conceptualización del autismo junto a Hans Asperger. Posteriormente, en la década de 1940, los psiquiatras Leo Kanner y Hans Asperger realizaron estudios que también fueron fundamentales en la conceptualización del autismo. En 1943, Kanner describió el «autismo infantil temprano», caracterizado por un aislamiento social profundo y conductas repetitivas en niños, en su mayoría varones. Al año siguiente, Asperger publicó un estudio sobre un grupo de niños con patrones similares de comportamiento, a los que denominó como poseedores del «síndrome de Asperger». Aunque Asperger mencionó brevemente la existencia de niñas en sus observaciones, consideró que la condición era prácticamente exclusiva de los niños. Sin embargo, señaló que conoció a varias madres de niños autistas que mostraban comportamientos similares.

Invisibilidad femenina (1950-1980) miniaturadeimagen|En 1986, la académica estadounidense Temple Grandin publicó Emergence: Labeled Autistic, donde describe sus experiencias de vida como persona con autismo. Durante las décadas de 1950 a 1980, la idea predominante en la comunidad científica era que el autismo era un trastorno que afectaba principalmente a los varones. Las estadísticas sugerían que por cada mujer diagnosticada había entre cuatro y cinco hombres que recibían el mismo diagnóstico. Esta diferencia se atribuía, en parte, a que los criterios diagnósticos y las herramientas de evaluación estaban diseñados sobre la base de observaciones hechas en varones autistas.

En consecuencia, muchas mujeres en el espectro fueron erróneamente diagnosticadas con otros trastornos, como esquizofrenia o trastornos de la personalidad, o bien etiquetadas de tímidas, introvertidas o excéntricas. La investigación científica sobre el autismo en mujeres fue prácticamente inexistente durante más de 40 años, y las políticas de salud mental no contemplaban las particularidades de la presentación femenina del espectro.

En 1986 se publica la primera autobiografía escrita desde adentro del espectro autista: Temple Grandin fue de las primeras personas diagnosticadas con autismo que pudo contar su propia historia en primera persona. Hasta ese momento, el autismo se describía desde afuera, por médicos, terapeutas o familiares.

Primeros cuestionamientos y apertura (1990) A partir de la década de 1990 comenzaron a surgir cuestionamientos a la visión tradicional del autismo. En 1994, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV) incluyó al autismo dentro de los Trastornos Generalizados del Desarrollo, sin hacer distinciones de género en los criterios diagnósticos. Sin embargo, la narrativa masculina continuó predominando, y muchas mujeres recién accedieron a un diagnóstico correcto en la adultez, luego de años de diagnósticos erróneos o ausencia de atención adecuada.

Reconocimiento de las diferencias de género (2000-2010) En la década de 2000 comenzó a desarrollarse una mayor conciencia sobre las diferencias de género en la expresión del autismo. La investigación académica señaló que las mujeres autistas, en comparación con los varones, tienden a presentar características menos visibles. Entre las características distintivas se identificaron el uso de estrategias de camuflaje social (masking), intereses restringidos considerados socialmente aceptables (como el interés por los animales o la literatura), y una mayor prevalencia de trastornos mentales comórbidos, tales como la depresión, la ansiedad y los trastornos alimentarios.

En estos años se popularizó el concepto de «fenotipo femenino del autismo», el cual describe un perfil menos notorio y más internalizado del espectro autista en mujeres, lo que contribuyó a que pasaran desapercibidas por los sistemas tradicionales de evaluación y diagnóstico.

Avances y activismo (2010-2020) Durante la década de 2010 se realizaron estudios que demostraron que los criterios diagnósticos existentes estaban sesgados hacia el modelo masculino. Investigaciones como las de Dworzynski (2012) y Duvekot (2017) concluyeron que las niñas necesitaban presentar características más severas que los niños para obtener un diagnóstico formal. A partir de estos hallazgos, se desarrollaron instrumentos específicos para la detección del autismo en niñas, tales como el Girls’ Questionnaire for Autism Spectrum Conditions (GQ-ASC).

En paralelo, surgió un movimiento de autodefensa liderado por mujeres autistas que comenzaron a compartir públicamente sus experiencias. Voces destacadas como Sarah Hendrickx jugaron un papel clave en la visibilización de la condición y en el cuestionamiento del enfoque médico tradicional, impulsando un cambio hacia la aceptación de la neurodiversidad.

2020 en adelante Desde la década del 2020, investigación sobre el autismo en mujeres y personas de géneros diversos ha avanzado notablemente. Sin embargo, persisten desafíos importantes. La comunidad científica internacional reconoce hoy que la prevalencia real del autismo en mujeres podría estar subestimada, debido tanto a los sesgos en las herramientas diagnósticas como a la falta de formación de los profesionales de la salud en la detección de presentaciones femeninas y diversas del espectro autista.

Diagnóstico tardío y dificultades en el acceso a apoyos miniaturadeimagen|El enmascaramiento o masking femenino en el espectro autista puede dificultar el diagnóstico del trastorno, ya que las mujeres a menudo ocultan sus características mediante estrategias aprendidas. Esto complica su identificación, especialmente en etapas posteriores a la infancia, lo que lleva a un diagnóstico tardío o erróneo. Como resultado, las mujeres y personas no binarias autistas son menos reconocidas y diagnosticadas que los hombres. Para muchas mujeres autistas, la falta de diagnóstico o un diagnóstico tardío significa perder la oportunidad de recibir intervenciones y apoyos que pueden ser más efectivos en la infancia. Aquellas que logran obtener un diagnóstico a menudo descubren que muchas de las estrategias de intervención han sido diseñadas pensando en varones y no tienen en cuenta las diferencias físicas, psicológicas y sociales que enfrentan las mujeres autistas.

Muchas mujeres autistas reciben diagnósticos erróneos de trastornos de la personalidad, como el trastorno límite de la personalidad, el trastorno evitativo de la personalidad o el trastorno esquizoide de la personalidad. Además, la falta de estudios sobre el autismo en mujeres ha llevado a que ciertos tratamientos para la ansiedad o la hiperactividad, comunes en personas autistas, rara vez sean probados en población femenina. Dado que el autismo puede expresarse de manera diferente entre los géneros, muchas mujeres autistas presentan características más sutiles que los varones y pueden desarrollar estrategias sofisticadas de camuflaje social. Por este motivo, aquellas con dificultades más evidentes tienen más probabilidades de recibir un diagnóstico, mientras que las que presentan características menos notorios suelen pasar desapercibidas.

Camuflaje social y salud mental Las mujeres autistas tienen más probabilidades de desarrollar estrategias de camuflaje social o «masking» para encajar en la sociedad. Una teoría sugiere que esto se debe a que las mujeres, en general, enfrentan expectativas sociales más complejas que los hombres, lo que genera una mayor presión para prepararse meticulosamente para las interacciones sociales o arriesgarse a ser excluidas. Otra teoría sostiene que las mujeres autistas tienen una necesidad innata de interacción social mayor que sus contrapartes masculinas, lo que las lleva a invertir más esfuerzo en desarrollar estrategias de camuflaje.

Estas estrategias incluyen observar y copiar interacciones sociales de otras personas, así como desarrollar mecanismos para pasar desapercibidas. Sin embargo, este esfuerzo consume grandes cantidades de energía y puede llevar a agotamiento, retraimiento, ansiedad, mutismo selectivo y depresión. Las mujeres autistas también pueden estar más preocupadas por la percepción que tienen los demás sobre ellas, y la incapacidad para conectar con personas fuera de su núcleo familiar puede causarles una ansiedad severa o depresión clínica. En la adolescencia, las chicas autistas con inteligencia dentro del rango típico pueden verse especialmente afectadas por las crecientes demandas sociales de la escuela secundaria, donde las amistades suelen depender de la atención a los sentimientos y la comunicación rápida y matizada.

Diferencias de género en la vida adulta