Las milicias de Tucumán se refieren a las unidades militares irregulares que existieron entre los siglos y , principalmente para defender el territorio de la actual provincia de Tucumán y vecinas.

Originadas durante la conquista española como contingentes formados por los primeros colonos para combatir en las guerras calchaquíes, durante los primeros siglos del período colonial pasaron a orientarse en la defensa de la entonces gobernación del Tucumán, que abarcaba gran parte del actual noroeste argentino, frente a las incursiones de las tribus indómitas del Gran Chaco.

Posteriormente, al crearse el Virreinato del Río de la Plata y la intendencia de Salta del Tucumán atravesaron por varias reformas que buscaron mejorar su desempeño militar, lo que vino acompañado de una mayor estabilidad en la frontera chaqueña. Con la guerra de independencia argentina, estas unidades auxiliaron al Ejército Auxiliar en sus expediciones al Alto Perú. Luego, al separarse de la provincia de Salta, las milicias tucumanas (cuyo territorio por entonces también incluía Catamarca y Santiago del Estero) se desentendieron de la guerra gaucha que libraba el Ejército de Observación.

Durante las guerras civiles argentinas, las milicias sirvieron a varios caudillos tucumanos, a veces en pequeñas revoluciones dentro de la propia provincia, o enfrentándose a los gobernadores de provincias vecinas. La creación de la Guardia Nacional fue el primer intento de integrarlas en un aparato centralizado, un proceso que finalizó con las leyes de movilización de 1901, que acabaron con las milicias provinciales definitivamente.

Conquista

thumb|izquierda|350px|Mapa de la gobernación del Tucumán en 1600.

Inicialmente, los conquistadores españoles del actual noroeste argentino se concentraron en las guerras calchaquíes. Las expediciones de Diego de Rojas, Juan Núñez de Prado o Francisco de Aguirre habían encontrado una fuerte resistencia indígena al oeste de la gobernación del Tucumán. En 1562 un levantamiento de los calchaquíes destruyó las ciudades fundadas por Juan Pérez de Zurita: Londres de la Nueva Inglaterra, Córdoba de Calchaquí y Cañete. Para asegurar el control del área, Diego de Villarroel fundó San Miguel de Tucumán el 31 de mayo de 1565, sin embargo, el 28 de octubre de 1578 fue atacada por los solcos (calchaquíes), lules y tonocotés, salvándose de milagro.

Para defender a los colonos, sus propiedades y las rutas de comunicación entre el Río de la Plata y el Virreinato del Perú, los españoles organizaron milicias privadas armadas con espadas, puñales, dagas, lanzas, alabardas, ballestas, arcabuces, bombardas, falconetes y culebrinas. Su número era limitado por la poca cantidad de colonos en la región y siempre estaban cortas de dinero, equipamiento, pertrechos y armas. Lo máximo que podía hacer la Corona española era supervisar a los colonos enviando gobernadores, maestres de campo o visitadores para repartir recompensas y castigos. Sin embargo, los tucumanos se quejaron amargamente porque no hubo una distribución justa de las recompensas por las campañas, pues los gobernadores tendían a favorecer a los vecinos de Córdoba, ciudad donde entonces residían.

También reclutaron a numerosos indios como guías, intérpretes, informantes, espías, auxiliares para el transporte y el trabajo y consejeros. Sus armas eran lanzas, arcos y flechas, estólicas, macanas, porras, hachas, boleadoras y hondas. Se dedicaban a realizar incursiones en territorio indígena con variado resultado que eran respondidas por los calchaquíes matando españoles, robando ganado, quemando estancias y asediando las villas. La situación era tal que las caravanas de mulas con productos debían tener escolta armada al recorrer los caminos.

Colonia Guerra defensiva El conflicto con los calchaquíes acabó en 1667 con el liderazgo del gobernador Alonso Mercado y Villacorta. Sin embargo, ya se había iniciado otro con las tribus del Gran Chaco. La gobernación se organizaba en torno a varias ciudades dispersas por un inmenso territorio y cuya economía se basaba en enviar ganado, alimentos y ropa de las haciendas locales a las minas del Alto Perú. Las relaciones más violentas se dieron en Esteco, Salta, San Salvador de Jujuy, Asunción del Paraguay y Corrientes, mientras que en Santiago del Estero tendían a ser más pacíficas.

Los tobas, mocovíes, abipones y otros pueblos guaicurúes fueron los más belicosos. En el caso de San Miguel, los principales enemigos fueron los mocovíes en la llamada «guerra tucumano-chaqueña». Desde mediados del , el uso del caballo se popularizó ellos y empezaron a realizar malones. Como nómadas cazadores y recolectores, las hambrunas por sequías o inundaciones eran frecuentes y dependían de obtener ganado para alimentarse. Lules, vilelas, mataguayos, matacos y mataraes solían ser menos agresivos. De hecho, la relación entre españoles y vilelas llegó a ser tan buena que se volvieron aliados y se les entrenó en el uso del caballo y las armas de fuego para que cazaran guaicurúes. Los chiriguanos de Tarija, colalaos y tolombones se convirtieron en aliados.

300px|thumb|Mapa de la cuenca del Río de la Plata, aparece señalado el río Salado. En la primera mitad del , los españoles intentaron una guerra defensiva en torno al río Salado, que sirvió de frontera. Se fundaron misiones o reducciones a cargo de los jesuitas que los gobernadores intentaron instrumentalizar, pero los misioneros se opusieron. Los jesuitas contaban con el apoyo de la Corona, que defendía una postura en que el indio era un menor que debía protegerse. Además, se consideraba que una postura ofensiva sería muy costosa y el Chaco carecía de metales preciosos que valieran el esfuerzo.

Se construyeron presidios o fuertes, pero les faltaba dinero y armas, el ambiente era hostil, estaban demasiado distantes entre sí y mal ubicados, sus guarniciones eran insuficientes y sus estructuras eran de mala calidad, permitiendo a los indios atacar sin ser detectados. Esteco tuvo que abandonarse después de su saqueo por los mocovíes (1686) y un terremoto (1692). Los presidios servían primeramente como atalaya de vigía para detectar las incursiones de los chaqueños. A medida que la frontera avanzaba durante el , algunos fueron abandonados y se fundaron nuevos. El típico fuerte era un cuadro o rectángulo de 50 varas o más, con cuatro cubos defensivos y con una legua alrededor de tierras realengas que eran repartidas entre colonos que debían sustentar la fortaleza, convirtiéndose en el eje del reparto de terrenos cercanos. Rodeando el perímetro de la muralla había acequias o fosos para elevar la altura de la pared, que en los primeros siglos solía ser de palos en punta o de tapial, pero con el tiempo se hicieron de adobe, cada vez más altas y gruesas. Los cubos eran más altos que la muralla y servían como baluartes. Contaban con una puerta de acceso de madera fuerte y de doble grosor y con argollas, candados y trabas por dentro.

La estrategia defensiva fracaso porque no había un ejército formal, sólo milicias de encomenderos que se negaban a cumplir con su deber legal de acudir a las campañas con los indios a su servicio. Usualmente, eludían sus deberes pagando a un escudero (indio encomendado) o asalariado como reemplazo o haciendo donativos y se negaban a enviar a sus indios para no perder mano de obra. Las Leyes de Indias estipulaban que también debían acudir con sus caballos y armas, el propósito de este sistema era aliviar los gastos de las Cajas Reales, sin embargo, desapareció a medida que se afianzó en la zona el poder real. También se ha especulado que para esa época, los colonos ya habrían perdido el espíritu belicoso de las primeras décadas de la conquista.

Gobierno de Urizar Los gobernadores creían que primero se debía someter por las armas a los indios hostiles y luego fundar las misiones, no había que fundar ciudades ni establecer una colonización estable y continua en el Chaco, sino que eliminar o capturar físicamente a los indios "rebeldes" para nutrir las encomiendas. Epidemias de viruela, sarampión y catarros o la costumbre de los encomenderos de enviar indios a arriar mulas a Perú sin que volvieran había disminuido la población, empobreciendo a muchas encomiendas, cuyos amos apenas tenían para pagar subsidios militares o sus propias armas.

Desde finales del la postura de los gobernadores se fue imponiendo y la región se fue militarizando. En 1675, Ángel de Peredo lideró una expedición con 300 españoles e igual número de indios aliados con provisiones para seis meses, todo pagado por los vecinos; se cazaron a muchos indios chaqueños que se llevaron a Esteco. Estas campañas solían estar a cargo de gobernadores o sus tenientes, estos últimos solían ser encomenderos locales, y se financiaba principalmente por aportes de los vecinos de las ciudades más afectadas por los ataques indígenas: San Miguel, San Salvador, Salta, Santiago, San Fernando del Valle de Catamarca, La Rioja o Córdoba. Para entonces, la visión del indio chaqueño como alguien que había que atraer y convertir fue reemplazada por la de un ladrón y asesino que arruinaba la gobernación.

Cuando Esteban de Urizar y Arespacochaga asumió el gobierno, las ciudades de la gobernación se estaban despoblando, extensas tierras de cultivo se habían abandonado, el camino entre Potosí y Buenos Aires estaba interrumpido, los empobrecidos colonos estaban cansados de luchar y los malones de los chaqueños llegaban a zonas nunca antes afectadas. Por ejemplo, San Miguel fue asaltada en 1690 y Salta en 1708.

Urizar mandó que todo hombre capaz de luchar se alistara en las nuevas compañías de milicias, tuviera o no propiedades, si vivía en las ciudades tenía que asistir al llamado a armas. Los campesinos de la frontera debían pedir permisos para recolectar miel o arrear mulas al Perú, así siempre podían ser alistados. Su estrategia ofensiva dependía de contar con hombres para las campañas, pero el reclutamiento seguía siendo difícil, así que incorporó una compañía de mulatos e indios foráneos organizada en Salta, compañías de mestizos y blancos pobres a los que se fueron sumando contingentes de indígenas aliados; la oficialidad era peninsular. Debe mencionarse que aunque se refieren a esos milicianos como "españoles" en los documentos, probablemente incluían tanto a mestizos como a blancos en esa categoría.

Milicias del Tucumán en 1708OrigenCompañíasEspañolesSan Miguel9 491 Salta6416La Rioja3159Santiago del Estero11808Jujuy4235

Las armas de fuego eran escasas y su pólvora solía humedecerse en el Chaco. El gobernador intentó subsanar eso con repetidas peticiones de unas 400 carabinas, arma que se adaptaba mejor al ambiente. Con el tiempo le fueron llegando y se distribuyeron entre miembros de las expediciones. Más importantes eran los caballos, cuyo hábil uso por los chaqueños exigía incorporar indios aliados en las campañas. Estos también construían los fuertes que permitieron adelantar gradualmente la frontera o actuaban como guías. Urízar buscó a sus lugartenientes entre los veteranos de campañas previas, con influencia en los cabildos y liderazgo en las ciudades. Castigo con confiscaciones de tierra y cárcel a los encomenderos que no cumplieran sus deberes militares y a los oficiales desobedientes. Debe mencionarse que la influencia de los encomenderos fue disminuyendo a lo largo del , gracias a las reformas de la dinastía borbónica. Ellos eran los principales oponentes a las incursiones, mientras que los principales partidarios eran los vecinos que no tenían encomiendas y deseaban el botín de la guerra, como los indios capturados. Desde 1707, Urízar hizo gestiones para disminuir el número de encomiendas en la gobernación y así que fueran pocos los vecinos obligados a cumplir con el pesado deber militar.