Las obras literarias en prosa del periodo victoriano (1837-1901) abarcan disciplinas y géneros literarios como la religión, la teología y la oratoria; el ensayo; la historiografía; la biografía; las ciencias sociales y las ciencias naturales; la economía o la crítica.
El conflicto entre los conocimientos nuevos y la opinión consagrada llenó la época victoriana con el alboroto del debate. Los viajeros ampliaban nuestro conocimiento del mundo objetivamente considerado; los teóricos de las ciencias estudiaban su estructura interna; los economistas políticos y los moralistas deducían conclusiones que escandalizaban al hombre corriente. Detrás de todo esto, el aumento de la riqueza y del poder material favorecía una interpretación materialista de la experiencia, tácitamente aceptada en casi todos los departamentos de ésta hasta por los ortodoxos. Este materialismo se apoyaba erróneamente en la autoridad de la ciencia, ya que los científicos se mantenían correctamente dentro de los límites que sus premisas les imponían.Entwistle (1965), p. 215.
Dos ensayistas, o más bien tres, alzaron fuertemente sus voces contra las enseñanzas de los economistas, los utilitaristas y los materialistas:Entwistle (1965), p. 227. Carlyle, Ruskin y Matthew Arnold. Los dos primeros se erigieron en dos profetas que acusaron con vehemencia a su época y de los cuales ha tomado la posteridad la irónica venganza de considerarlos victorianos típicos, haciéndolos objeto de excesivas reconvenciones.Entwistle (1965), p. 228.
Carlyle pretendió que Inglaterra regresase a una vida más espiritual por medio de una doctrina autoconcebida. Se trataría del mismo impulso que, moviéndose por un canal muy diferente, llevaría a otros, a través del Movimiento de Oxford, a una tendencia nueva en la Iglesia de Inglaterra y, en algunos casos, al catolicismo.Evans (1985), pp. 309-310.
Religión, teología y oratoria
Al finalizar el primer tercio del , la Iglesia anglicana atravesaba por una difícil situación: se había desprestigiado entre los sectores populares y radicales por su defensa del conservadurismo social y político, estaba mal adaptada a las necesidades de la nueva realidad industrial y urbana y sufría la competencia de una disidencia que, en algunas de sus ramas, se mostraba más dinámica y ajustada a las circunstancias existentes.Canales (1999), p. 167.
La sociedad victoriana fue una sociedad profundamente religiosa, en la que los valores de la religión impregnaron las diversas manifestaciones de la vida colectiva, más allá de las creencias específicas de cada persona y de su nivel de práctica religiosa y quizá en mayor medida que en cualquier otro gran país europeo de la época. Algunos de los rasgos más característicos de la moral victoriana, como el sentido del deber, el puritanismo o el trabajo como vía de superación personal, tenían su origen en el movimiento evangélico que desde mediados del se había difundido entre anglicanos y disidentes.Canales (1999), p. 166.
Los primeros años del reinado de la reina Victoria presenciaron un segundo gran movimiento de reforma en la Iglesia inglesa. El primero, o sea el de John Wesley, había sido evangélico; esta segunda reforma fue doctrinal y sacramental. El primero había llevado a la separación de los wesleyanos o metodistas de la comunión nacional. El segundo escindió esa comunión en dos partes discordantes, la una católica y la otra protestante.Entwistle (1965), p. 212. Desde 1833 un grupo de teólogos y profesores de Oxford había comenzado la publicación de una serie de folletos (Tracts for the Times) en los que, a partir de la defensa de la competencia de la Iglesia frente al Estado en cuestiones religiosas, se abogaba por una reinterpretación del anglicanismo que lo aproximase a sus raíces comunes con el catolicismo en detrimento de la herencia protestante.Canales (1999), p. 170. El tema de la época fue el conflicto entre el racionalismo y la fe, tomados estos términos en un sentido profano tanto como religioso, y a esta luz el Movimiento tractariano puede considerarse como una afirmación de fe. Los tractarianos o folletistas se diferenciaban de la confesión católica romana ―afirmaban― por su mayor fidelidad a la organización de la Iglesia primitiva, por estar libres de los "errores populares" debidos a la corrupción de los tiempos posteriores. En realidad, el Movimiento restauró la autoridad de la Iglesia, la precisión dogmática (entre los que aceptaron esas opiniones), la catolicidad, la reverencia a los sacramentos y cierto tipo de santidad. El paso al catolicismo en 1845 de algunos de sus más destacados representantes, entre ellos Newman, no favoreció la aceptación de las posiciones del movimiento de Oxford en el seno del anglicanismo, en especial por parte de aquellos grupos más ligados a la tradición protestante y a la influencia evangélica. De todas formas, consiguió apoyos entre sectores anglicanos elitistas y dejó sentir su influencia sobre la liturgia y el arte religioso.
Tanto el carácter oficial del anglicanismo como la influencia de la religión fueron cediendo importancia conforme avanzó la época victoriana. Por un lado, el desarrollo de la disidencia protestante facilitó el proceso de desmantelamiento de los privilegios del anglicanismo (disestablishment), aunque éste no llegó a perder totalmente su carácter de religión de estado. Por otro lado, se produjo una creciente secularización de la sociedad, pero el descenso de la importancia de la religión no significó un abandono completo de los valores religiosos.
Los himnos de The Christian Year (El año cristiano), de John Keble, son parte del germen de dicho movimiento, pero su consecuencia literaria más notable fue la Apologia pro Vita Sua de Newman.Entwistle (1965), p. 213. Newman fue la personalidad más atractiva del grupo y el más distinguido prosista.Evans (1985), p. 310.
Por último, debe recordarse que la época victoriana fue la Edad de Plata de la oratoria inglesa. Había aún suficiente unidad en la política y la religión para imprimir un tipo a la retórica, aunque la homogeneidad ya era menor que en el . El sermón de Keble sobre La apostasía nacional, predicado en Oxford, tuvo fuertes repercusiones. El deán StanleyArthur Penrhyn Stanley (1815-1881), sacerdote anglicano e historiador eclesiástico, deán de Westminster entre 1864 y 1881. alcanzó la perfección de la oratoria eclesiástica, y el disidente C. H. Spurgeon dio nueva vida a las raíces de la prosa de Latimer.Entwistle (1965), p. 238. Hubo acuerdo en cuanto al estilo, en lo esencial; solo a fines del siglo desapareció el gran estilo bajo la granizada de golpes del estilo de Joseph Chamberlain, mucho más incisivo. No todos los discursos famosos sobreviven impresos, y los de la época victoriana hay que estudiarlos en antologías. Entonces se advierte que son homogéneos y diferentes.
thumb|right|300px|Retrato de John Henry Newman (1881), obra del pintor John Everett Millais (1829-1896). En una trayectoria distinta ―y a menudo opuesta― a la tumultuosa corriente positivista, utilitaria, racionalista y tecnológica de los primeros tiempos de la era victoriana, encontramos a John Henry Newman (1801-1890), el eminente ministro anglicanoPujals Fontrodona (1984), p. 538. que acabaría convertido al catolicismo. Tras romper definitivamente con el evangelicalismo en el que se había criadoCousin (1910), p. 286. (1830), creó el Movimiento de Oxford (1833), cuyo propósito inicial era rescatar a la Iglesia anglicana del nivel de institución puramente humana en que parecía encontrarse, e infundirle el espíritu sacramental y sacerdotal derivado de Jesucristo. Newman fue durante años el principal motor del Movimiento, hasta su renuncia (1842) y posterior conversión al catolicismo (1845). Newman es maestro de una prosa ágil, digna pero animada, y poseía una mente que, a pesar de actuar movida por la emoción, estaba disciplinada por una fina inteligencia. Dentro de la comunión católica la posición de Newman era la de un "católico liberal".Entwistle (1965), p. 214. Aparte su colaboración en Tracts for the Times, escribió The Scope and Nature of University Education (1852) y The Idea of a University (1873), obras de gran valor formativo, y de una prosa excelente. Una controversia con Kingsley, quien había escrito que Newman no consideraba la verdad como una virtud necesaria, dio pie a la publicación de su Apologia pro vita sua (1864), uno de los libros de autobiografía religiosa más notables que se han escrito, cuyo sencillo tono confidencial "revolucionó la estimación popular de su autor", consolidando la pujanza y la sinceridad de las convicciones que lo habían llevado a la Iglesia católica. La manifiesta sinceridad y espiritualidad de la Apologia lo vindicaron a los ojos de todos los lectores de buena fe; pero esas cualidades solas no hubieran bastado para poner tan alto la obra entre las grandes confesiones de la cristiandad.
Newman era un escéptico ávido de dogma. Su análisis de la historia y el contenido del dogma fue corrosivo, pero lo compensaba una sumisión apasionada a la autoridad.
Además de las obras mencionadas escribió, entre otras: Los arrianos del (1833), Doce conferencias (1850), Conferencias sobre la postura actual de los católicos (1851), El romanismo y el protestantismo popular y Disquisición sobre el canon bíblico. Newman publicó también en 1870 The Grammar of Assent, en el que examinó la naturaleza de las creencias a la manera del Aids to Reflection de Coleridge. Poseedor de uno de los intelectos más agudos y sutiles de su tiempo, Newman fue también maestro de un estilo de belleza y poder maravillosos. A juicio de muchos, sin embargo, su sutileza en no pocas ocasiones daba la sensación de pasarse a la sofística; y su actitud hacia las escuelas de pensamiento diametralmente opuestas a la suya propia fue en ocasiones dura y antipática. Por otra parte, se encontraba en condiciones de ejercer una notable influencia sobre los hombres que en lo eclesiástico y en ciertos aspectos en lo religioso, más fuertemente se opusieron a él. Newman y sus compañeros del Movimiento de Oxford proporcionaron a la Iglesia anglicana del un considerable impulso de fervor y espiritualidad.
Edward Bouverie Pusey (1800-1882) fue un teólogo, erudito y profesor inglés. En sus Observaciones sobre los beneficios futuros y pasados de las instituciones catedralicas (1833), Pusey defendió el sistema existente, ya que había proporcionado a algunos de los clérigos las oportunidades de estudio que habían producido y producirían de nuevo las principales obras de la teología inglesa, y los más sólidos esquemas de la doctrina teológica.