La participación femenina peruana en la guerra del Pacífico en la sierra central (1880-1883) abarcó tanto a mujeres indígenas como a mujeres urbanas, destacando su contribución en distintos roles. Las mujeres urbanas colaboraron desde la esfera pública mediante donaciones, organización de recursos y apoyo sanitario. Igualmente, aunque las mujeres indígenas comenzaron desempeñando labores logísticas y domésticas al seguir a las tropas, muchas asumieron posteriormente roles activos en la resistencia como guerrilleras y espías, desafiando los estereotipos de género y su exclusión del proyecto de nación. Ambas formas de participación reflejan cómo la coyuntura bélica permitió a las mujeres desempeñar roles clave en el conflicto, evidenciando las tensiones sociales y los límites de inclusión en la construcción de la identidad nacional.

Perú Republicano en el La concepción de nación estuvo marcada por la falta de un desarrollo histórico similar al europeo, donde luego de un proceso prolongado el Estado moderno surgió tras siglos de concentración del poder, y el establecimiento de sistemas burocráticos y militares. Luego de la independencia, la República peruana intentó reemplazar la estructura colonial, pero se enfrentó a obstáculos que debilitaron al nuevo Estado. La ausencia de una administración estatal consolidada y la rivalidad entre caudillos y hacendados regionales dificultaron la estabilidad política.

El concepto de nación está vinculado al desarrollo de un sentimiento de pertenencia y conexión entre los miembros de una comunidad. Sin embargo, en el Perú, la fragmentación étnica y regional, junto con los conflictos entre liberales y conservadores, dificultaron la creación de una identidad nacional cohesionada. Las élites locales y regionales no lograron generar símbolos e identidades integradoras, mientras que las políticas liberales, como la disolución del tributo indígena, no tuvieron un impacto práctico significativo.

La economía, especialmente durante el auge del guano, tampoco pudo superar las divisiones sociales y económicas, perpetuando la explotación del campesinado. En este contexto, el Estado peruano emergió como una entidad vulnerable, inestable e incapaz de consolidar una identidad nacional fuerte debido a la fricción entre las comunidades locales y el gobierno central.

Roles de género en el Perú Republicano del El sistema político republicano que surgió tras la desaparición del aparato colonial otorgó una ciudadanía limitada que se basó en criterios de clase social, raza, propiedad y género. La ciudadanía estaba reservada para hombres mayores de 21 años que debían cumplir con cierto nivel de riqueza y propiedad. Los indígenas ricos solo podían acceder parcialmente a este estatus si adoptaban la cultura republicana.

En cambio, las mujeres se mantuvieron en los roles tradicionales coloniales dentro del ámbito doméstico, siendo madres y esposas. No obstante, se esperaba que ese rol contribuyera al fortalecimiento de la nación a través de su educación limitada, y orientada a su comportamiento y pensamiento. Las dinámicas de género giraron en torno a la importancia de formar una identidad «repúblicana».

Mujeres urbanas de clase media y clase alta Las mujeres de familias de clase media y alta que pertenecían a familias propietarias, como las de la élite, la burguesía y los terratenientes, disfrutaban de ciertos privilegios. Estos privilegios se mantenían independientemente de la región en la que se encontraran. El ideal de la mujer republicana se centraba en dos aspectos principales. En primer lugar, se promovió una imagen de mujer sencilla, trabajadora y dedicada al hogar, en contraposición a la aristócrata colonial que era criticada por su interés en el lujo y la vida social. Se esperaba que las mujeres republicanas reflejaran austeridad y racionalidad en sus hábitos, evitando el derroche, lo cual era visto como una amenaza para el desarrollo económico y la estabilidad social.

En segundo lugar, las virtudes femeninas tradicionales como la obediencia, la resignación y la subordinación al hombre, siguieron siendo valoradas, justificadas en gran medida por la percepción de la fragilidad femenina. Estas virtudes, junto con el decoro y el honor, se reforzaron a través del discurso higienista republicano, que vinculaba el rol de la mujer con el control de su cuerpo, sexualidad y capacidad reproductiva. La educación femenina se centraba en preparar a las mujeres para ser esposas y madres, responsables de la crianza de futuros ciudadanos. Así como ser compañeras útiles para sus maridos, con un enfoque en la moral, la salud y la limpieza.

A medida que avanzaba el , las mujeres de estas clases sociales comenzaron a participar en la esfera pública, particularmente a través de la educación y la literatura. Algunas mujeres escribían y discutían temas de actualidad en periódicos locales (que diarios), lo que marcó su incursión en espacios literarios y de debate público.

Mujeres indígenas y rurales A diferencia de las mujeres urbanas de clase alta o media, las mujeres indígenas quedaron relegadas al espacio doméstico, y a actividades productivas como la siembra y la cosecha. El discurso de la época las retrataba como sumisas y trabajadoras. Del mismo modo, eran objeto de racismo, lo que limitaba aún más su acceso a oportunidades como la educación o la participación en la esfera pública.,El racismo colonial, que se transformó en racismo científico durante el , caracterizaba a las mujeres indígenas como seres inferiores debido a prácticas culturales vistas como antihigiénicas y primitivas. Este discurso promovió la idea de que las mujeres indígenas eran ignorantes y dominadas por la necesidad, lo que reforzaba su exclusión social y económica. A menudo, su identidad como mujeres era minimizada en comparación con su condición étnica, lo que resultaba en su invisibilización dentro de la sociedad.«(...) aparecían como seres ignorantes, embrutecidas por el trabajo cotidiano y dominadas por el imperio de la necesidad (...)».Aunque tanto las mujeres indígenas como las urbanas compartían una subordinación al varón, las diferencias entre el prototipo masculino indígena, retratado negativamente como cobarde y abusivo, y el ideal republicano del ciudadano varón marcaban una distinción en el nivel de opresión que enfrentaban. En síntesis, la mujer indígena en el estuvo sujeta a una doble marginación: por su género y por su etnia. Esto restringía su acceso a los mismos derechos y libertades que algunas mujeres urbanas sí lograron obtener, como el acceso a la educación o la participación en ciertos espacios públicos.

Participación femenina en la Guerra del Pacífico

Esfuerzos de las mujeres en el conflicto Durante la Guerra del Pacífico, tras la ocupación chilena de Lima en 1881 y el fracaso de las defensas en San Juan y Miraflores, la resistencia se reorganizó en la sierra central bajo el mando de Andrés Avelino Cáceres. Cáceres reunió a un ejército compuesto por hombres y mujeres indígenas, muchos de los cuales se unieron voluntariamente o fueron forzados por los hacendados debido al impacto negativo de la invasión chilena en las comunidades andinas. A pesar de la improvisada experiencia militar de sus soldados y la falta de equipo bélico, Cáceres aprovechó su conocimiento del terreno y del comportamiento indígena para liderar con éxito varias batallas, como las de Pucará, Marcavalle y Concepción en 1882, logrando expulsar a las tropas chilenas de la sierra central.

Para autores como Claudia Rosas, el rol de la mujer en la Guerra del Pacífico estuvo profundamente influenciado por su estrato socioeconómico: mientras las mujeres urbanas de clase media y alta participaron en actividades organizativas y de recaudación vinculadas al ámbito público, las mujeres indígenas, como las "rabonas", desempeñaron roles logísticos y de apoyo directo en el frente, generalmente limitados al ámbito privado y condicionados por estructuras familiares y comunitarias.

Mujeres urbanas en la guerra Antes de la Guerra del Pacífico, las mujeres urbanas ya participaban en actividades de caridad y filantropía sin contradecir las normas sociales de la época. Ayudar a cubrir las necesidades mínimas de los soldados formó parte de las actividades de las mujeres de clase alta y media en la guerra. Su contribución incluyó la provisión de alimentos, ropa y atención médica básica a los soldados, destacando su responsabilidad en el cuidado de la salud física y espiritual de la población. Esto les permitió, aunque de manera limitada, participar en la esfera pública.

Su papel fue clave en el apoyo logístico, administrativo y organizativo. Según su posición en sectores económicos o políticos, podían colaborar en recolección de donaciones y la confección de uniformes para las tropas, así como en la entrega de alimentos y suministros médicos.Saturnina Mendoza ofreció el 20% de sus pensiones y María Rivas donó 50 soles de su pensión de viudez, la esposa del presidente Magdalena Ugarteche de Pardo donó 3000 soles para las ambulancias de la Cruz Roja y la esposa del vicepresidente Manuela de la Puerta que donó 2000 soles.Otra forma de participación fue el voluntariado en el cuerpo sanitario. Las mujeres ofrecían sus servicios en hospitales y ambulancias civiles proporcionando atención básica a los heridos. Organizaciones como la Cruz Blanca, dirigidas por mujeres, surgieron para suplir las carencias del sistema de salud durante el conflicto. Estas iniciativas marcaron un avance en la participación femenina en el ámbito público.

Además, las mujeres de clase media y alta asumieron temporalmente responsabilidades propias del Estado al brindar apoyo a viudas y huérfanos de guerra. Entre estas iniciativas destacaron los casos de mujeres acaudaladas como Manuela Berninzon e Isabel Orbegozo, presidentas de la Asociación de Escuelas Dominicales; Magdalena Badani de Chávez, fundadora del Colegio Badani; y las religiosas del Convento Sagrado Corazón de San Pedro, quienes dirigían la Escuela Normal de Mujeres. Estas mujeres ofrecieron becas de instrucción y profesionalización como docentes para niñas y jóvenes de bajos recursos afectadas por el conflicto.Estas acciones no solo reflejaron su compromiso con la causa nacional, sino también su sentido de responsabilidad moral hacia las víctimas de la guerra.

La mujer indígena durante la guerra: El rol de las rabonas A diferencia de las mujeres urbanas, las mujeres indígenas desempeñaron un papel inicialmente pasivo, que se transformó en una participación más activa con el tiempo. Muchas de ellas acompañaron a los soldados indígenas que fueron reclutados para luchar en la guerra, a pesar de no ser reconocidos plenamente como parte de la nación republicana. Estas mujeres, conocidas como "rabonas", seguían a sus esposos o familiares en las campañas militares. Cargaban con lo necesario para sobrevivir y mantenían sus responsabilidades domésticas, convirtiendo el hogar en un espacio móvil.

Las rabonas asumían tareas de apoyo logístico como cocinar, lavar y montar campamentos, contribuyendo significativamente al bienestar de los soldados. Su rol fue crucial para evitar la deserción y mantener la moral de las tropas, especialmente en medio de la escasez de recursos. Aunque su labor estaba alineada con las expectativas sociales de la época, su presencia en el campo de batalla les permitió participar en actividades no tradicionales.

En actividades de mayor riesgo, algunas rabonas participaron como espías, escondiendo armas y municiones en sus ropas. Se trasladaban entre las tropas chilenas y obteniendo información valiosa al fingir que solo hablaban quechua. A través de su participación en estas actividades, las mujeres indígenas lograron superar temporalmente su exclusión del Estado republicano, obteniendo un mayor protagonismo en la esfera pública durante la guerra.