miniaturadeimagen|San Pío de Pietrelcina celebrando la misa del Vaticano II en 1968. miniaturadeimagen|El capellán de la 4.ª División de Infantería (Estados Unidos), celebra la misa del Vaticano II durante la guerra de Vietnam, el 26 de marzo de 1968. miniaturadeimagen|Misal romano de 1965 en alemán. La misa de 1965, también conocida como misa nueva, misa interina, misa conciliar, misa vaticana o misa del Vaticano II, fue la liturgia utilizada en la Iglesia católica para el rito romano que se promulgó tras la publicación del nuevo misal romano por el papa Pablo VI en 1965, durante el Concilio Vaticano II, con el propósito de implementar las pautas establecidas en el documento conciliar Sacrosanctum Concilium. Sustituyó a la misa tridentina, que había sido promulgada en 1570 por Pío V y revisada en 1962 por Juan XXIII, predecesor de Pablo VI.

Apenas cuatro años después, en 1969, el mismo Pablo VI promulgó el misal conocido como Novus Ordo Missae, conocido además como misal de Pablo VI o misal de Juan Pablo II, debido a las revisiones realizadas por este último en los años 2000 y 2002. Este misal se convirtió en el rito predominante en la Iglesia católica, quedando desde entonces el misal de 1965 desplazado y en el olvido.

Historia

Antecedentes izquierda|miniaturadeimagen|San Pío X, gran impulsor del canto gregoriano. Los cambios en la liturgia de la Iglesia latina no son un fenómeno reciente, sino parte de un proceso histórico continuo. Sin embargo, hasta el , estas modificaciones habían sido relativamente limitadas en magnitud y profundidad. Fue en 1911, con la constitución apostólica Divino Afflatu del papa san Pío X, cuando la liturgia experimentó una reforma innovadora.

La reforma impulsada por papa Pío X introdujo cambios sustanciales en el Breviario romano, rompiendo con una tradición litúrgica de más de 1500 años. William Bonniwell, O.P., calificó esta transformación como una «grave mutilación» del Breviario, argumentando que alteraba una práctica universal que incluso el propio Jesucristo habría conocido en su vida terrena.

El misal romano, promulgado por san Pío V tras el Concilio de Trento mediante la bula papal Quo primum tempore (1570), también sufrió modificaciones a lo largo de los siglos. Aunque Pío V decretó que «nada se le añada, quite o cambie en ningún momento y en ésta forma Nos lo decretamos y Nos lo ordenamos a perpetuidad, bajo pena de nuestra indignación», posteriores pontífices introdujeron cambios menores, ya que esto solo podía ser modificado por el romano pontífice. Clemente VIII en 1604 y Urbano VIII en 1634 publicaron nuevas ediciones típicas. Durante el pontificado del papa León XIII, se realizó una revisión en 1884, seguida por otra en 1900. Con el pontífice Pío X, se emprendieron profundas modificaciones, que culminaron en una nueva edición del misal publicada por su sucesor, el papa Benedicto XV, en 1920.

El uso exclusivo en la misa del latín, adoptado en el , respondía a la realidad cultural de su tiempo: el latín era la lengua materna de los fieles, lengua vernácula. Sin embargo, con el surgimiento de las lenguas romances, derivadas del latín vulgar, gran parte del pueblo empezó a encontrar la liturgia menos entendible. Aunque el clero –acólitos, diáconos, presbíteros y obispos– continuó comprendiendo plenamente los textos, cánticos y oraciones de la misa, los laicos vieron mermada su capacidad de participación consciente y activa. Para el , la misa en latín se había tornado en gran medida ininteligible para los fieles laicos, quienes quedaban excluidos de una participación activa. Algunos rezaban el rosario o leían devocionarios durante la misa quedando, a criterio de algunos teólogos, ajenos al misterio eucarístico.

Esta desconexión fomentó el movimiento litúrgico iniciado por el abad Prosper Guéranger, O.S.B. (1805-1875), quien buscó revitalizar la liturgia promoviendo la uniformidad del rito romano y la recuperación de elementos tradicionales, como el canto gregoriano. Su obra L’Année Liturgique destacó la importancia de la liturgia como oración de Cristo y de la Iglesia, frente a las prácticas piadosas individuales que, aunque legítimas, reducían la participación en los misterios sagrados.

izquierda|miniaturadeimagen|Los textos del venerable Pío XII se convirtieron en los más citadas por los documentos del Concilio Vaticano II, únicamente superados por la Biblia.Siguiendo esta misma línea por una liturgia más participativa y comprensible, el papa Pío XII dio pasos decisivos en la renovación del culto católico latino. Su encíclica Mediator Dei (1947) señalo principios claros respecto al culto, destacando el papel exclusivo del obispo de Roma para introducir y regular cambios litúrgicos: «Por eso el Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados»

El venerable Pío XII fomentó el canto popular religioso, aunque este aún no formaba parte integral de la liturgia. Reafirmó la centralidad de la polifonía y el gregoriano como expresiones propias de la música sagrada, en sintonía con lo ya establecido por su predecesor, Pío X, en el motu proprio Tra le Sollecitudini, donde se enfatizaba que «una composición religiosa será más sagrada y litúrgica cuanto más se acerque en aire, inspiración y sabor a la melodía gregoriana, y será tanto menos digna del templo cuanto diste más de este modelo soberano».

Pío XII también alentó la participación activa de los fieles en la liturgia a través del canto y los gestos rituales, aunque con cautela frente a innovaciones desmedidas. Denunció con firmeza los peligros de las falsas innovaciones, los cambios radicales y las posibles influencias protestantes que algunos sectores intentaban introducir. Sin embargo, lejos de rechazar el movimiento litúrgico en su totalidad, lo apoyó en sus aspectos más auténticos y enriquecedores.miniaturadeimagen|Annibale Bugnini.La primera gran revisión liturgia de la misa tridentina tuvo lugar durante el pontificado de Pío XII, antes del Concilio Vaticano II. En 1951, se inició una reforma del misal tridentino, específicamente para los ritos de la Semana Santa, que entró en vigor en toda la Iglesia en 1955. Esta reforma litúrgica, sin precedentes, contó con la participación de algunos de los principales artífices de la reforma posterior del misal romano en 1965 y 1969, como monseñor Annibale Bugnini, C.M., personaje que en tiempos recientes ha sido objeto de críticas por sus presuntos vínculos con la masonería.

En su encíclica Musicae Sacrae (Navidad de 1955), Pío XII reconoció el canto gregoriano, la polifonía y el canto religioso popular como elementos del patrimonio musical católico. Más tarde, en la instrucción De Musica Sacra et Sacra Liturgia (septiembre de 1958), amplió esta visión para incluir también la música sacra moderna y la música para órgano. En este documento definió la música sagrada como «el canto gregoriano, la polifonía sacra, la música sagrada moderna, la música sacra para órgano, el canto popular religioso y la música religiosa».

izquierda|miniaturadeimagen|350x350px|San Juan XXIII, convocante del Concilio Vaticano II, celebrando la Divina Liturgia en rito bizantino-griego, con tiara papal, fanón, palio y báculo de estilo oriental con serpientes que representan la vara de Moisés, en abril de 1961. En enero de 1959, san Juan XXIII anunció la convocatoria del Concilio Vaticano II y, el 25 de julio de 1960, en su motu proprio Rubricarum instructum, escribió: «Después de haber examinado por mucho tiempo y con detención, hemos decidido que en el próximo concilio ecuménico se deben proponer los grandes principios para una reforma litúrgica general».

El papa Juan XXIII introdujo un cambio importante en la liturgia al permitir que las lecturas litúrgicas se realizaran en lenguas vernáculas, publicando una revisión del misal romano el 25 de julio de 1962. Además, incorporó nombre de San José en el Canon Romano.miniaturadeimagen|San Pablo VI durante el Concilio.La inauguración oficial del Concilio Vaticano II tuvo lugar el 11 de octubre de 1962. El cardenal Montini, futuro sucesor de Juan XXIII en la silla de Pedro, escribió en aquellos días a su arquidócesis de Milán: «El concilio ha comenzado orando». Se escogió el esquema de liturgia como primer tema a discutir en el aula conciliar. El 16 de octubre se comunicó en la segunda congregación general que el concilio comenzaría por el examen de dicho esquema. Cuatro días más tarde, los padres conciliares eligieron a los miembros de la comisión litúrgica, compuesta por 16 integrantes, a los que el papa añadió ocho más. El cardenal Arcadio María Larraona Saralegui, C.M.F fue designado presidente, acompañado por los cardenales Paolo Giobbe y Julien como vicepresidentes, y el padre Fernando Antonelli, O.F.M, como secretario. Este equipo sería clave en los desarrollos posteriores de la reforma litúrgica.

Del 22 de octubre al 13 de noviembre de 1962, los padres conciliares discutieron el esquema de liturgia en un ambiente caracterizado por una elevada altura intelectual y espiritual.

El 22 de noviembre de 1962, durante el Concilio Vaticano II, el padre conciliar Máximo IV Saigh, obispo de rito oriental sirio, pronunció una intervención en favor del uso de las lenguas vernáculas en la misa, apelando tanto a la tradición como al sentido común:

izquierda|miniaturadeimagen|Uno de los permisos más antiguos dados por Roma para celebrar una misa en una lengua distinta al latín fue dada a Cirilo y Metodio en el 867. El Concilio Vaticano II, en su primer documento aprobado, constitución Sacrosanctum Concilium (diciembre de 1963), trató este tema. Se preservó la lengua latina como lengua oficial de la Iglesia latina, pero se concedió la facultad de incluir partes de la misa en las lenguas vernáculas de los fieles, al mismo tiempo que se mantenía el latín en partes como el Ordinario de la Misa, el cual debía ser comprendido por los fieles laicos.

Cabe señalar que el permiso para usar lenguas vernáculas en ciertas partes de la misa se había concedido en ocasiones previas al Concilio Vaticano II, remontándose incluso a la Edad Media. Entre estas autorizaciones destaca la bula otorgada en 867 por Adriano II a los santos Cirilo y Metodio, en la que se reconocía el uso del antiguo eslavo eclesiástico en la liturgia. Este idioma, que evolucionó hasta convertirse en el eslavo eclesiástico, sigue empleándose en la liturgia de varias iglesias ortodoxas eslavas. La autorización para el uso de esta lengua se extendió a otras regiones eslavas entre 1886 y 1935."El derecho a usar el idioma glagolítico en la misa con el rito romano ha prevalecido durante muchos siglos en todos los países balcánicos del suroeste y ha sido sancionado por la práctica prolongada y por numerosos papas." "En 1886 llegó al Principado de Montenegro, seguido por el Reino de Serbia en 1914 y la República de Checoslovaquia en 1920, aunque solo para las festividades de los principales santos patronos. El concordato de 1935 con el Reino de Yugoslavia preveía la introducción de la liturgia eslava en todas las regiones croatas y en todo el estado."

En el , misioneros dominicos tradujeron los libros litúrgicos del rito dominico, uno de los ritos latinos, al armenio para una comunidad monástica en Qrna, Armenia. Estos monjes, tras abandonar la Iglesia apostólica armenia y unirse a la Iglesia católica, fundaron la Orden de los Hermanos Unionistas de San Gregorio el Iluminador, que adoptó Constituciones similares a la Orden Dominica y fueron aprobados por Inocencio VI en 1356. En sus monasterios en Armenia, Persia, Georgia y Crimea se empleó el rito dominico en armenio, aunque este rito desapareció en 1813 con la muerte de los últimos frailes de la congregación en Esmirna.