alt=Pancarta con el lema «Por la visibilidad de l@s VIH+» en la manifestación del Orgullo de Madrid en 2007.|miniaturadeimagen|Pancarta con el lema «Por la visibilidad de l@s VIH+» en la manifestación del Orgullo de Madrid en 2007. El VIH y sida aparecieron por primera vez en España en la década de 1980. Inicialmente, la falta de educación sexual y la ausencia de campañas de prevención específicamente dirigidas a grupos de riesgo, así como los prejuicios existentes, contribuyeron a una tasa de mortalidad en torno al 50%. El grupo más grande que contrajo VIH y sida fueron los consumidores de drogas intravenosas. La aparición de la terapia antirretroviral y mejores pruebas de detección de VIH a mediados de la década de 1990 supuso que tener VIH y sida dejara de considerarse una sentencia de muerte. Para 2006, el número de casos de sida en España era inferior al número de diagnósticos de VIH.
Historia El primer caso de VIH aparecido en España ocurrió en el Hospital Universitario Valle de Hebrón de Barcelona en octubre de 1981, en un hombre de 35 años sólo cuatro meses después de que se identificara el primer grupo de casos en Los Ángeles, Estados Unidos. El término sida se aplicó por primera vez a la enfermedad en España en 1982. El hombre se presentó en el hospital padeciendo sarcoma de Kaposi, dolores de cabeza, pérdida de peso, pérdida de apetito, hemiplejía y recuperándose de gonorrea. Mientras lo evaluaban, los médicos le realizaron una tomografía computarizada donde encontraron una masa de 3 centímetros en su cabeza. Le operaron para extirparlo, pero el paciente murió cuatro días después. La doctora Carmen Navarro, patóloga del hospital, era consciente de la situación en Estados Unidos y solicitó una muestra de tejido de la masa extirpada, ya que nunca antes había visto una presentación de sarcoma de Kaposi. Tras examinar el tejido, comprobó que no se trataba de una metástasis, como se sospechaba, sino de una infección por el parásito Toxoplasma, una enfermedad que se consideraba casi exclusiva del recién nacido. Está fue la primera vez que se relacionó el sida con la toxoplasmosis. Además, compararon la historia del hombre con la historia conocida de pacientes en los Estados Unidos y descubrieron que el hombre había viajado a la ciudad de Nueva York en 1974 y a Turquía en 1980, donde tuvo relaciones sexuales con otros hombres.
Pasaría casi un año y medio hasta que se descubriera en Madrid el primer caso de sida publicitado, con el Diario 16 publicando un artículo titulado «Primer homosexual con “cáncer gay” en Madrid», mientras El País llevaba el titular «Un nuevo caso del síndrome de inmunidad deficiente en Madrid» en junio de 1983. El caso fue descubierto en el Hospital Clínico de San Carlos. Se trataba de un hombre homosexual que había estado recibiendo tratamiento por un dermatólogo por el sarcoma de Kaposi. A mediados de mayo de 1983, el Ministerio de Sanidad creó una comisión de seguimiento del sida. Uno de sus informes indicaba que se encontró un caso en Madrid un mes antes que los referenciados en junio de 1983 pero no se ofrecían detalles más allá de los existentes del caso. En marzo de 1984, el número total de casos conocidos de sida en España se había disparado; el Instituto Nacional de la Salud (Insalud) informó ese mes que se descubrieron 20 casos, y cuatro pacientes sucumbieron a la enfermedad, de los cuales dos eran hemofílicos.
Felipe González, líder del PSOE, se convirtió en presidente de España tras las elecciones generales de 1982. Esto fue al mismo tiempo que la epidemia del VIH y sida comenzaba a afectar al país, y su gobierno no respondió bien a la crisis. Las acciones (y ausencia de acciones) del gobierno crearon un clima de miedo paralizante entre los homosexuales españoles con respecto a ser asociados con el virus.
El descubrimiento de la presencia del sida en Madrid creó un clima de miedo en varios lugares de socialización madrileña a mediados de los años 80. Tenían miedo de contraer sida en los bares por cosas como compartir bebidas con otras personas. Esta situación también creó más homofobia como resultado de la asociación cultural entre el VIH y los homosexuales.
La situación respecto al VIH y el sida era desoladora en España a principios de los años 90, especialmente en comparación con otros países europeos de la época. Lo terrible de la situación iba más allá del tratamiento para gais y lesbianas, e incluía a toda la población que padecía VIH y sida. En ese momento, España tenía una de las tasas de transmisión más altas de Europa: aproximadamente el 60% de los casos nuevos en 1993 eran usuarios de drogas intravenosas. La crisis del sida se amplificó en este período porque España carecía de cualquier tipo de educación sexual.
Si bien la respuesta inicial en España implicó establecer un sistema de monitorización tanto nacional como regional, estableciendo procedimientos médicos para tratar el VIH basados en la mejor evidencia de expertos en Medicina, este tratamiento se centró en las necesidades de los profesionales médicos y en mantenerlos seguros. No fue un enfoque centrado en el paciente. Los pacientes a menudo estaban aislados en habitaciones, sin contacto regular con el mundo exterior.
La tasa de mortalidad en los primeros años de la epidemia rozó el 50%, lo que hizo intensificar más el clima de miedo en torno al virus por parte de múltiples sectores de la sociedad española, incluida la población general, los médicos y los facultativos. La respuesta de la comunidad médica en los hospitales públicos fue en muchos casos etiquetar los historiales y las camas de las personas con VIH con pegatinas de puntos rojos, para que todos supieran que el paciente tenía VIH o sida. Pasarían años antes de que terminara esta práctica de etiquetar las tablas y las camas con pegatinas rojas.
Paralelamente, la respuesta a la epidemia en desarrollo en España no implicó buscar formas de reducir las tasas de transmisión en grupos de alto riesgo. Esto fue en parte resultado de la presión de la Iglesia católica, que se opuso a que el gobierno distribuyera condones o facilitara el acceso a ellos, temiendo que alentaría a los adolescentes a tener relaciones sexuales entre ellos porque creían que podían hacerlo de manera segura. La Iglesia también se opuso a un acercamiento específico a hombres homosexuales por motivos morales. La Iglesia utilizó medios de comunicación para expresar su oposición a las medidas preventivas de la propagación del VIH, además de abogar contra tales medidas en la legislatura nacional, así como en las legislaturas regionales y municipales. La Iglesia también acudió a los tribunales cuando fue necesario para intentar prohibir medidas preventivas para reducir la tasa de transmisión del VIH en España. Un ejemplo fue cuando los obispos españoles en noviembre de 1990 criticaron una campaña gubernamental de prevención del sida que llevaba el lema «Póntelo, pónselo», alegando que fomentaba la promiscuidad, lo que provocaría sida y a su vez la muerte.
Fue también durante este período cuando las mujeres comenzaron a ser vistas no como víctimas del VIH y sida que necesitaban asistencia y tratamiento, sino como vectores primarios de transmisión, como portadoras del virus y no como personas. Cualquier intento de las mujeres de llamar la atención sobre su difícil situación se consideró negativo porque se interpretaba que desviaba la atención de la difícil situación de los hombres, mayoría de las víctimas del virus.
Los consumidores de drogas intravenosas, a pesar de ser el grupo más grande de personas que contrajeron el sida, también sufrieron debido a una falta de comprensión relacionada con sus problemas específicos y un enfoque gubernamental de que un drogadicto vivo era mejor que uno muerto. La crisis de la heroína en España comenzó en la década de 1970 y continuó hasta bien entrada la década de 1990. Muchos consumidores de heroína eran de clase trabajadora y tenían menos oportunidades educativas, y esos factores a menudo les daban un sentido de solidaridad como grupo en respuesta a las opiniones de la gente sobre ellos como las peores personas de la sociedad española. Parte de este sentimiento de solidaridad implicaba una tendencia a compartir intencionadamente agujas como parte de compartir la experiencia de drogarse. Los programas de las autoridades regionales y nacionales para tratar de frenar el consumo de heroína tenían a menudo como objetivo impedir el consumo de heroína entre los llamados burgueses. Esto alimentó aún más los sentimientos de solidaridad entre los usuarios de drogas intravenosas. En el contexto carcelario, compartir agujas era tan intencionado que los presos pagaban por las agujas usadas. Cuando el gobierno y otros iniciaron programas de intercambio de agujas para tratar de proporcionar agujas nuevas para tratar de prevenir la transmisión del sida a través de agujas usadas, muchos consumidores de drogas rechazaron agujas nuevas y continuaron compartiendo agujas usadas. A principios de la década de 1990, posiblemente en respuesta al riesgo de VIH y hepatitis C, el número de personas que se inyectaban heroína comenzó a disminuir y la gente optó por inhalarla.
En ocasiones, el gobierno de Felipe González utilizó la prevención y el tratamiento del sida como argumento para descentralizar los servicios gubernamentales, como la atención médica, hacia los gobiernos regionales y los municipios locales. A pesar de esto, la política y los procedimientos de tratamiento del sida estaban excesivamente centralizados y trataban a todas las víctimas como parte de un mismo grupo monolítico.
El sistema médico español había estado dominado durante mucho tiempo por hombres y muchas personas tenían cierto nivel de desconfianza hacia el mismo. La crisis del sida exasperó este problema durante el período de Felipe González, creando aún menos confianza en los médicos y el establishment médico español. La desconfianza era tal que muchas personas no confiaban en la información publicada por el gobierno como parte de sus campañas de prevención del sida. El seguimiento de los casos de VIH y sida en la década de 1980 lo realizaba el gobierno nacional semanalmente, a través del Boletín Epidemiológico Semanal (BES) de Vigilancia Epidemiológica del Instituto de Salud Carlos III, entidad dependiente del Ministerio de Sanidad y Consumo. Publicaron dos informes especiales, uno en 1985 y otro en 1989.
El primer caso de VIH en La Rioja no se descubrió hasta 1986, casi cinco años después de que se detectara el primer caso en España. Si bien La Rioja fue una de las últimas regiones en detectar un caso de VIH y sida entre sus residentes, el Gobierno regional fue uno de los primeros en poner en marcha un programa de prevención con la creación en 1985 de un folleto de seis páginas por parte de la Consejería de Salud y Consumo titulado «¿Qué es el sida? Información básica sobre el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida». Los registros de VIH y sida fueron creados en 1986 por los gobiernos regionales de Navarra y La Rioja. Serían los dos únicos gobiernos autonómicos que crearían este tipo de registros como forma de entender la pandemia del VIH en sus comunidades autónomas. En La Rioja, una de las funciones principales de los profesionales de la salud que trataban con pacientes con VIH y sida a finales de los años 80 y principios de los 90 era prepararlos para morir. Esto se debía a que durante este período, el VIH y sida todavía era en gran medida una sentencia de muerte debido al virus u otras complicaciones de salud relacionadas con él o por ser un drogadicto con el virus. Hasta 1998, la esperanza de vida de una persona en La Rioja que contraía VIH y sida era de dos a tres años tras su detección.