La industria del gas en España empezó su desarrollo en Barcelona desde 1841, siendo la Sociedad Catalana para el Alumbrado de Gas la primera empresa que lo suministró de manera continuada. En Europa, Gran Bretaña fue la gran pionera desde inicios del .

El capital extranjero, sobre todo el francés y el británico, tuvo un papel importante en la implantación del gas en España durante el , con la excepción de Cataluña, territorio en el que el capital autóctono resultó crucial. Lo mismo sucedió desde el punto de vista tecnológico.

A principios del , el desarrollo del gas en España era limitado, lo que favoreció la extensión de la electricidad, un competidor destacado que logró hacerse con la mayor parte del mercado del alumbrado después de la Primera Guerra Mundial. Desde los inicios del , sobre todo tras la Primera Guerra Mundial, la inversión extranjera retornó a sus países de origen, de modo que a mediados de los años 1920 su presencia era muy reducida.

Durante los conflictos bélicos que ha sufrido España, de manera directa -Guerra Civil - o indirecta -Guerras Mundiales- la actividad gasística sufrió una crisis profunda.

Los Orígenes: La iluminación a gas fue una de las innovaciones tecnológicas más importantes de finales del y principios del , y desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de las ciudades modernas.

La tecnología del gas producido con diferentes materias primas empezó a desarrollarse en Gran Bretaña y Francia a finales del . En sus inicios desempeñaron un papel fundamental el francés Philippe Lebon (1767-1804), los británicos William Murdock (1754-1839) y Samuel Glegg (1781-1861) y el alemán Frederick Albrecht Winzer (1763-1830).

En 1792, el ingeniero escocés William Murdock, empleado en Boulton & Watt, realizó los primeros ensayos exitosos para iluminar su propia casa utilizando gas. Este avance marcó el inicio de la experimentación con la iluminación a gas como una alternativa a las fuentes tradicionales, como las velas o lámparas de aceite.

Posteriormente, en 1799, el ingeniero y químico francés Philippe Lebon patentó en Francia un dispositivo conocido como la "termolámpara de gas". Sin embargo, a pesar de su invención, Lebon no tuvo éxito en transformar su dispositivo en un negocio viable, y su proyecto no prosperó comercialmente.

Uno de los pioneros más destacados en la comercialización del alumbrado a gas fue Frederick Albrecht Winzer, quien, tras mudarse a Reino Unido, adoptó el nombre de Frederick Albert Winsor. Inspirado por la termolámpara de Lebon, Winsor diseñó su propio dispositivo para la iluminación a gas. A diferencia de Lebon, Winsor poseía una clara visión empresarial para su invento. En 1807, fundó la National Light and Heat Company, con el objetivo de proporcionar iluminación a gas en toda la ciudad.

Paralelamente, William Murdock continuó con sus experimentos y, junto con James Glegg, consiguió iluminar una fábrica en Londres mediante el suministro de luz de gas, demostrando el potencial del sistema para aplicaciones industriales. En Gran Bretaña pronto se impuso la generación del gas con carbón mineral, mientras que en el resto del continente, sobre todo en Alemania y Francia, se hizo hincapié en producirlo con otras materias primeras, principalmente madera. En España también se emplearon otras materias primas diferentes. Finalmente, en Europa dominó el elaborado con carbón. Este fue el principal combustible utilizado por la industria gasista europea hasta la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, en Estados Unidos, dada su disponibilidad de gas natural, se recurrió a esta energía para vender gas desde principios del .

El gas presentaba diversas ventajas comparado con los sistemas tradicionales de alumbrado por gas -velas, aceites etc.-, cuyo suministro tenía que reponerse de manera manual y solía interrumpirse con la luna llena. Por el contrario, el gas, al distribuirse mediante tuberías, podía servirse de manera continuada. Esta característica permitió extender el horario laboral y de ocio y, con ello, se puso fin al ritmo de vida condicionado por la luz solar. A su vez, posibilitó aumentar la productividad en la industria y el comercio. Además, los motores de gas reemplazaron a la máquina de vapor en los cascos urbanos, dado que eran menos ruidosos y peligrosos. Por último, los ayuntamientos, los gobiernos y la Corona asociaron el gas con la modernidad y el bienestar y, por tanto, con la felicidad.

Los fabricantes de equipamiento y las empresas gasistas hicieron lo propio en sus estrategias comerciales y publicitarias. En dichas estrategias utilizaron diversos soportes publicitarios, tales como almanaques, calendarios, catálogos, carteles, folletos, guías del consumidor, libros de cocina y economía doméstica, prensa especializada y generalista, cursos de cocina, tiendas de exposición, etc., en los que presentaban las ventajas del gas y apreciaciones negativas sobre otras energías, en especial el carbón y la electricidad. Entre las prestaciones de las cocinas de gas señalaban su fácil manejo, ahorro de tiempo, limpieza y la mejor elaboración de los alimentos. Y entre las estrategias, por ejemplo, ofrecían gratuitamente o a precio rebajado hornos y asesoramiento en el hogar para dar a conocer su funcionamiento. Un mensaje que fue dirigido preferentemente a las mujeres, al menos hasta los años 1970

En España, los primeros ensayos de luz por gas tuvieron lugar en Cádiz y Granada, en 1807. En 1817 Cristóbal Llopis, maestro hojalatero, probó un aparato que generaba luz de gas en Alcoy. En 1826 José Roura y Estrada iluminó un aula de la Casa Lonja del Mar de la Real Junta Particular de Comercio de Barcelona. En Madrid y en 1832, este hizo lo mismo con motivo del natalicio de la hija de Fernando VII, la infanta María Luisa. Hasta el año 1841, sólo contaban con alumbrado por gas la Casa Lonja de Barcelona y el Palacio Real de Madrid.

En Europa la primera empresa que proveyó gas con la intención de suministrarlo al mayor número posible de clientes fue Gas Light and Coke Company en Londres en 1812. Así empezó la historia de la industria del gas propiamente dicha. Su difusión en Gran Bretaña fue rápida. En 1846 todos los municipios con más de 2.000 habitantes disponían de él. En el resto del continente comenzó a llegar el alumbrado de gas desde finales de los 1810, en Francia y Bélgica. En los años 1820 a Alemania. Y en los 1830 a Italia y Austria.

En los 1840-1850 empezó a difundirse a ciudades de Suiza, el Imperio austrohúngaro, escandinavas, italianas, portuguesas españolas y balcánicas. En los países escandinavos, Suiza y Alemania, las localidades demográficamente pequeñas y medianas disfrutaron de gas desde los 1860. En España, Italia, el Imperio austrohúngaro y Portugal hasta esa década solo llegó a las mayores urbes. Y en los países balcánicos comenzó a tener un mayor desarrollo desde 1914.

En 1861 había en España 25 factorías de gas que proveían al mismo número de municipios, casi el 50% de ellas en Cataluña, el 12% en Andalucía y las restantes en territorios costeros, con las excepciones de Madrid, Pamplona y Valladolid. Mientras que en España el umbral mínimo para que una población dispusiese de gas fue de 13.586 habitantes, en Cataluña se cifró en 9.819 habitantes.

En 1901 el consumo de gas per cápita de gas se acercaba a los 57 metros cúbicos por habitante, lejos de los 186 de 9 ciudades inglesas. Esta divergencia se debía al atraso de la industria del gas en España, que empezó su andadura en 1842, treinta años después que la pionera en Europa, la británica. También por culpa de los elevados precios el gas, que subieron en los inicios del , debido al aumento del coste de las empresas de gas, provocado por la caída de la cotización de la peseta que encareció el coste del carbón extranjero. Ahora bien, el principal factor a considerar sería el bajo poder adquisitivo de los españoles.

El número de fábricas disminuyó durante el primer tercio del : 81 en 1901, 67 en 1917 y 49 en 1934. Este decrecimiento también se reflejó en el número de localidades con gas, que en los mismos años fue de 72, 63 y 48, respectivamente.

Las empresas de gas en España En España, al igual que en Italia (durante el ) y Francia, los ayuntamientos no prestaron directamente el servicio de gas, ya que recurrieron a compañías privadas. Las excepciones a esta pauta general fueron Bilbao (1885), San Sebastián (1889) y Madrid (1917-1922). Por el contrario, en otros países europeos como, por ejemplo, Alemania y Reino Unido, tuvieron más presencia las empresas municipales. En España la preeminencia de las sociedades privadas se debió a un marco legal que era poco propicio a las empresas de carácter municipal y a que, cuando se implantó el suministro de gas, los ayuntamientos carecían de los medios económicos y humanos para gestionar directamente el servicio. Hubo que esperar a 1924 para que el Estatuto Municipal aprobado ese año admitiese que los consistorios municipalizasen servicios y considerasen al de gas como público.

Barcelona fue la ciudad en la que por primera vez se dispuso de gas en España de manera regular desde 1841. Lo hizo a través de la Sociedad Catalana para el Alumbrado de Gas (La Catalana), fundada en 1842 por Charles Lebon y capitalistas catalanes, entre ellos la familia Gil. Poco después, en 1844, Lebon lo llevó a Valencia, mediante la Sociedad Valenciana para el Alumbrado de Valencia. A Cádiz, en 1845, Lebon, Grafton y Goldsmidt. En 1846, a Madrid la Compañía General Peninsular y la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas. En 1852, Luis Gossé a Málaga y Manby y Wilson a Santander. Y, en 1853, York & Co a Sevilla.

La inversión extranjera tuvo un papel destacado en los orígenes y la extensión del gas en España, sobresaliendo el capital francés; también lo hubo británico, belga, holandés, suizo y estadounidense. El dominio del capital foráneo se debió a la falta de experiencia sobre cómo financiar una industria novedosa como la del gas, que precisaba de grandes inversiones. Y a que cuando comenzó a implantarse, a principios de los años 1840, no había un sistema de bancos y cajas de ahorro moderno en España. Mientras que en otros países europeos, sobre todo Gran Bretaña y Francia, disponían de capitales para invertir en el exterior. Además, el capital extranjero que tuvo actividad en España presentaba propósitos diversos, no sólo el financiero, también la construcción de fábricas de gas y la venta de equipamiento gasístico.

En cuanto a la inversión foránea gala, descolló la de Lebon et Cie, gasista creada en 1847 por el mencionado Charles Lebon, nacido en la localidad francesa de Dieppe, quien introdujo el gas en su país, España, Egipto y Argelia. En España suministró gas a 10 municipios.

En 1846, los británicos Edward Oliver Manby (1816-1869) y William Partington (1811-1908) constituyeron la Sociedad Madrileña para el Alumbrado de Gas. Poco después, en 1848, la abandonaron, y, promovieron la Empresa General Peninsular de Alumbrado, con la finalidad de difundir el gas en España, también para producir artefactos de hierro y conducciones y, por tanto, para suministrar equipamiento a sus factorías de gas. Esta sociedad, tras atravesar graves dificultades derivadas del cambio de ciclo económico, el sobreesfuerzo y los problemas para comprar carbón a buen precio, fue liquidada en 1856, siendo adjudicada a Gregorio L. de Mollinedo, quien la cedió al Crédito Mobiliario Español, también de capital francés, fundado por los hermanos Émile (1800-1875) e Isaac (1806-1875) Pereire. Poco después, Crédito Mobiliario Español se hizo con la Compañía Madrileña de Alumbrado y Calefacción por Gas.