Manuel Costa de los Ríos (Guinea; ca. 1604-Luján; 1686), conocido popularmente como el Negro Manuel, fue un esclavo africano, testigo del primer milagro de la Virgen de Luján en 1631, a raíz del cual se convirtió en uno de los principales promotores de su devoción. En 2016, se inició la causa de su beatificación.

Nació en África Occidental y llegó al Río de la Plata como parte de un lote de esclavos africanos proveniente de Pernambuco, Brasil para ser comercializado en Buenos Aires. Su primer amo fue el capitán de navío que lo trajo, Andrea Juan, y luego pasó a ser propiedad del comerciante y militar Bernabé González Filiano, administrador de la estancia a orillas del río Luján donde ocurrió el milagro de las carretas en 1631. Ese año, dos imágenes de la Purísima Concepción de María, traídas desde Brasil, llegaron al puerto de Buenos Aires y desde ahí emprendieron viaje a Santiago del Estero. En el camino, las carretas que las transportaban detuvieron su marcha a orillas del río Luján. Pese a los intentos de los bueyes, estos no consiguieron moverlas. Los transportistas se dieron cuenta de que, al quitar una de las imágenes de la Virgen, los bueyes avanzaban. Por ese motivo, una de ellas permaneció ahí y se convirtió en la Virgen de Luján. Bernabé encomendó cuidar la imagen de la Virgen guardada en la estancia al negro Manuel, labor que llevó adelante durante más de 50 años.

En 1671, a raíz del estado de abandono en el que se encontraba la capilla, la imagen de la Virgen fue adquirida por Ana de Matos, que la trasladó a su hacienda en Luján. En 1674, a raíz de un reclamo judicial iniciado por el negro Manuel para ser declarado liberto y tras varias desapariciones de la imagen —que volvía al sitio donde se hallaba Manuel—, este fue comprado por Matos y trasladado junto con la Virgen, tal era su deseo. El negro Manuel continuó cuidando de la Virgen y recibiendo a los creyentes que se acercaban a venerarla hasta su muerte en 1686.

Contexto social de la esclavitud

A fines del siglo y durante el , llegaron los primeros africanos a Buenos Aires provenientes de la zona sur del Ecuador, Angola, Congo, Mozambique y del sudeste de África. Los esclavos, además de aportar fuerza de trabajo, poseían conocimientos sobre cuestiones medicinales, agrícolas, manejo de la madera y el hierro, motivo por el cual eran obligados a realizar las tareas más duras de la sociedad y representaban la principal mano de obra en las haciendas, ingenios y talleres artesanales. Los africanos habitaron Buenos Aires desde 1585 y su legado cultural es parte de la idiosincrasia argentina a tal punto que el dulce de leche, las achuras e inclusive las payadas, elementos claves de la argentinidad, tienen raíces africanas.

Entre 1777 y 1812, ingresaron a los puertos de Buenos Aires y Montevideo más de 700 barcos con 72 000 esclavos africanos, aunque muchos de ellos no llegaban con vida de los viajes debido a las paupérrimas condiciones de traslado. Hacia 1810, Buenos Aires tenía alrededor de 40 000 habitantes y un 20% de la población era de origen africano. Para el momento de la Revolución de Mayo, la ciudad era diversa y no tenía una mayoría de población blanca, lo que comenzó a darse recién con las primeras olas inmigratorias europeas del proceso de Organización Nacional hacia 1860.

Así como todos los sectores bajos, los esclavos eran sometidos a duras condiciones de vida y solo alcanzaban la condición de libre si el interesado lograba comprársela al amo en el transcurso de su vida o si este consideraba que su esclavo estaba demasiado enfermo o viejo para continuar con las tareas domésticas. Además de las empresas que tuvieron el monopolio del asiento de esclavos, cuyo punto neurálgico se hallaba en la estación de Retiro, la trata de personas enriqueció a un selecto grupo de familias que integraban la élite porteña a fines del período colonial y el inicio de la era independiente. El mestizaje, las guerras independentistas y la propagación de enfermedades producto del hacinamiento de los traslados diezmaron a la población negra en el correr del tiempo.

Biografía Primeros años y llegada al puerto de Buenos Aires (1604-1631)

El negro Manuel nació cerca de 1604 en Costa de los Ríos, en tierras que pertenecen a Guinea, al occidente de África. Se crio entre los miembros de su tribu, que vivía de la caza y la pesca, actividades que perpetuaban las tradiciones, usos y costumbres de sus antepasados. Poco se sabe de su infancia, sólo que su lengua materna y su grupo religioso fue el yoruba, que adoraba a Olodumare como dios supremo, y que tenía muchos conocimientos medicinales adquiridos en su niñez. Por ser guineo hablaba, además de la lengua africana nativa, el portugués, y con el tiempo, el castellano. Durante un reclutamiento de negros realizado por mercaderes, Manuel fue apresado, privado de su libertad y trasladado a la isla de Santiago, en Cabo Verde. Ahí, la colonia portuguesa contaba con una base comercial de esclavos, donde fue bautizado con el nombre cristiano e hispánico de Manuel, al que se le adicionó el del lugar de procedencia, como era habitual. Las investigaciones del monseñor Juan Guillermo Durán, postulador de su causa de beatificación, señalan que el negro Manuel llegó al Río de la Plata en su juventud el 21 de marzo de 1631 o 1630 como parte de un lote de esclavos africanos proveniente de Pernambuco, Brasil en el barco San Andrés, para ser comercializado en Buenos Aires. El viaje duró alrededor de un mes y transcurrió en condiciones paupérrimas. Otras fuentes señalan que fue comercializado cuando contaba con ocho años de edad.

Su primer amo fue el capitán de navío que lo trajo, Andrea Juan. A pedido de su amigo Antonio Farías de Sáa, que había adquirido una estancia en Sumampa, Santiago del Estero y pensaba erigir ahí una capilla, Juan compró en Brasil dos imágenes de la Virgen para que Farías de Sáa eligiera la que más le gustase. Ambas fueron embaladas por separado, porque al ser de barro cocido, corrían riesgo de que se quebraran durante el viaje. El marino le dio a Manuel, además, el cargo de paje —servidor del buque—. Finalmente, la nave San Andrés zarpó rumbo al puerto de Santa María de los Buenos Ayres y arribó el 21 de marzo de 1631, pero Andrea Juan tuvo una serie de complicaciones vinculadas al contrabando que fueron sorteadas gracias a la ayuda del capitán Bernabé González Filiano. En agradecimiento, el marino le entregó a su esclavo, que fue trasladado a la estancia que su hijastro, Diego Rosendo de Trigueros, tenía en Luján.

Testigo del milagro de las carretas (1631)

thumb|left|300px|Origen milagroso de Ntra. Sra. de Luján en año 1630, por Augusto Ballerini, 1895.Andrea Juan resolvió llevar personalmente las imágenes de la Virgen a su amigo Farías de Sáa por medio de una tropa de carretas. Una representaba a la Inmaculada Concepción y la otra a una Virgen con el Niño Jesús en brazos. En el camino, las carretas que las transportaban detuvieron su marcha en Zelaya, en la estancia que era propiedad de Rosendo de Trigueros, donde moraba el negro Manuel. Pese a los intentos de los bueyes, estos no consiguieron mover las carretas que habían quedado inmovilizadas. Los transportistas inicialmente pensaron que se debía al exceso de peso y procedieron a aligerar la carga de la carreta. Sin embargo, y pese a que sumaron dos animales de tiro, estos no avanzaban. Finalmente, se dieron cuenta de que, al bajar una de las imágenes de la Virgen de la carreta —la de la Inmaculada Concepción—, la carreta se movía. Al suceder esto, los presentes exclamaron: «¡Milagro! ¡La Virgen se quiere quedar acá!». El gesto fue interpretado como un deseo de la Virgen de permanecer en esas tierras. Por ese motivo, la pequeña imagen de 38 centímetros, de terracota pintada, se quedó ahí y se convirtió en la Virgen de Luján, casi 200 años antes de iniciarse la creación del Estado argentino. Rosendo de Trigueros y su medio hermano Juan de Oramas, tratándose posteriormente de clérigos prestigiosos, guardaron particular silencio y desinterés frente al suceso a lo largo de toda su vida. Trigueros, en especial, no volvió a visitar la estancia luego de 1645. Juan Guillermo Durán aseveró que pudo deberse a la corta edad de ambos —Trigueros tenía once años— cuando ocurrió el milagro o por temor a la Inquisición.

El sacerdote Jorge María Salvaire relató lo sucedido:

Sin embargo, el primer relato del milagro pertenece al fray Pedro Nolasco de Santa María y fue redactado en 1737:

La otra imagen de la carreta correspondiente a la Virgen que cargaba en sus brazos al Niño Jesús continuó su camino hasta Santiago del Estero y con el tiempo fue declarada patrona de la provincia. También es patrona de los transportistas en alusión al largo viaje que recorrió desde Brasil hasta la localidad de Sumampa en distintos medios de transporte.

Cuidador de la Virgen en la estancia de Trigueros (1631-1662)

thumb|right|300px|Entrada a la ermita que constituyó la primera morada de la imagen de la Virgen, más conocida como «el lugar del milagro», que se consolidó como un punto turístico de la localidad de Zelaya y el partido del Pilar. En el momento del milagro, el negro Manuel era propiedad de Bernabé González Filiano, administrador de la estancia de Trigueros a orillas del río Luján donde ocurrió el milagro, y este lo encomendó el cuidado de la imagen, primero en un humilde oratorio que se levantó en 1633 dentro de la misma estancia y luego, en una capilla construida con colaboración de González Filiano, Trigueros y el propio Manuel, que se encargaba diariamente de la limpieza y la decoración con velas del lugar. Un inventario de bienes de 1645 realizado luego del fallecimiento de González Filiano la describía como «una capilla pequeña, y en ella un Cristo crucificado, de altor de una cuarta, y una hechura de Nuestra Señora, de bulto, de barro, de altor de media vara». El milagro de la carreta se difundió rápidamente en razón de haber ocurrido sobre el camino viejo, medio privilegiado para propagar la noticia en todas las direcciones.

Al respecto, J. A. Presas señaló en un estudio crítico-histórico de 1974:

El 13 de diciembre de 1637, el obispo de Buenos Aires, Cristóbal de Aresti, con motivo del crecimiento de la devoción y la constante concurrencia de peregrinos, procedió a crear la Doctrina o Curato del Río Luján con asiento en la ermita de Trigueros, pero la existencia del curato fue efímera debido a la distancia que lo separaba de Buenos Aires y la escasez de clérigos que pudieran hacerse cargo de su atención, por lo que la zona quedó al cuidado de misioneros volantes, mercedarios y franciscanos.

Manuel contrajo matrimonio con una mujer criolla, Beatriz, al servicio de la familia González Filiano, hacia 1638. En una pequeña capilla de barro y paja, y a lo largo de 55 años —desde 1631 a 1686—, recibió a los creyentes que se acercaban a venerar la imagen y ungió a los enfermos con el sebo de las velas para curar sus males. Así ocurrió con el sacerdote Pedro Montalvo, que en 1684 acudió a ver al negro Manuel con una grave enfermedad pulmonar, y este lo ungió en el pecho con el aceite de la lámpara y le dio de beber una infusión preparada con abrojos retirados del manto sagrado, lo que le devolvió la salud. Manuel le confesó: «La Virgen lo quiere para que sea su sacerdote». Montalvo prometió serlo y se convirtió en su capellán durante 16 años.

En ese sentido, Oliver Maqueda señaló en una crónica: