La Revolución filipina(); ( () by the Spanish, fue un conflicto armado entre el gobierno metropolitano español y los insurrectos filipinos del Katipunan, fundado por Andrés Bonifacio, que, si bien terminó con el dominio español sobre el archipiélago, sirvió como inicio de la guerra filipino-estadounidense.
La Revolución Filipina comenzó el 24 de agosto de 1896, cuando las autoridades españolas descubrieron el Katipunan, una organización secreta anticolonial. El Katipunan, dirigido por Andrés Bonifacio, comenzó a influir en gran parte de Filipinas, aprovechando los fracasos españoles contra los nacionalistas cubanos en 1895 y declarando a España un imperio debilitado. Durante una reunión de masas en Caloocan, los líderes del Katipunan se organizaron en un gobierno revolucionario, llamaron al recién establecido gobierno "Haring Bayang Katagalugan", y declararon abiertamente una revolución armada en todo el país. Bonifacio convocó un ataque contra la capital, Manila. Este ataque fracasó; sin embargo, las provincias circundantes comenzaron a rebelarse. En particular, los rebeldes de Cavite liderados por Mariano Álvarez y Baldomero Aguinaldo (que eran líderes de dos facciones diferentes del Katipunan) obtuvieron importantes victorias tempranas. Una lucha por el poder entre los revolucionarios condujo a un esquismo entre los líderes del Katipunan seguido de ejecución de Bonifacio en 1897, habiendo pasado el mando a Emilio Aguinaldo, que dirigía la recién formada gobierno revolucionario. Ese año, los revolucionarios y los españoles firmaron el Pacto de Biak-na-Bato, que redujo temporalmente las hostilidades. Los oficiales revolucionarios filipinos se exiliaron a Hong Kong. Sin embargo, las hostilidades nunca cesaron del todo.
El 21 de abril de 1898, tras el hundimiento del USS Maine en el puerto de La Habana y antes de su declaración de guerra el 25 de abril, Estados Unidos lanzó un bloqueo naval a la isla española de Cuba, frente a su costa sur de la península de Florida. Esta fue la primera acción militar de la Guerra hispano-estadounidense de 1898. El 1 de mayo, el Escuadrón Asiático de la Armada estadounidense, al mando del comodoro George Dewey, derrotó decisivamente a la Armada española en la Batalla de la Bahía de Manila, haciéndose con el control efectivo de los alrededores de Manila. El 19 de mayo, Aguinaldo, aliado no oficial de Estados Unidos, regresó a Filipinas y reanudó los ataques contra los españoles. En junio, los rebeldes se habían hecho con el control de casi todo el campo filipino, mientras que las ciudades seguían bajo control español. El 12 de junio, Aguinaldo hizo pública la Declaración de Independencia de Filipinas. Aunque esto significó la fecha final de la revolución, ni España ni Estados Unidos reconocieron la independencia de Filipinas.
El dominio español de Filipinas terminó oficialmente con el Tratado de París de 1898, que también puso fin a la guerra hispano-estadounidense. En el tratado, España cedía el control de Filipinas y otros territorios a Estados Unidos. Había una paz incómoda en torno a Manila, con las fuerzas estadounidenses controlando la ciudad y las fuerzas filipinas, más débiles, rodeándolas.
El 4 de febrero de 1899, en la Batalla de Manila, estalló la lucha entre las fuerzas filipinas y estadounidenses, comenzando la Guerra filipino-estadounidense. Aguinaldo ordenó inmediatamente "que se rompieran la paz y las relaciones amistosas con los norteamericanos y que éstos fueran tratados como enemigos". En junio de 1899, la naciente Primera República Filipina declaró formalmente la guerra a Estados Unidos, en la que se impusieron los estadounidenses.
Como resultado de la guerra, Filipinas pasó a ser un Estado Libre Asociado a Estados Unidos y no se convertiría en un Estado independiente reconocido internacionalmente hasta 1946.
Antecedentes En el , y en plena crisis colonial española, la metrópoli miró hacia el Pacífico como la fórmula para aliviar sus males en los dominios americanos. Esta situación se produjo fundamentalmente al concluir la guerra de los Diez Años en Cuba (1868-1878), cuando muchas inversiones se reorientaron hacia Filipinas, porque se creyó que un lugar tan lejano no podría interesar a la nueva potencia emergente en el panorama mundial, Estados Unidos.
Haciéndose eco de estas inquietudes el ministro de Marina, Santiago Durán, manifestó que la recolonización de Filipinas era indispensable para España. En esos momentos, cuando la península estaba «a punto de ver desaparecer su preponderancia en las Antillas», aparecían nuevas oportunidades en Extremo Oriente. Según Durán, se abrían «las puertas de un imperio marítimo, fuente de inagotable prosperidad y de riqueza». Para la promoción del mercado filipino se organizó una exposición en Madrid en 1887, y un año después, en el seno de la Exposición Universal de Barcelona, Filipinas tuvo su propio pabellón.
Por otra parte, se había producido un hecho que acortaba enormemente las distancias. En 1869 se inauguró el canal de Suez. A partir de entonces, la travesía entre España y Filipinas duraba de veinte a treinta días, dependiendo de las condiciones meteorológicas. El suceso también tuvo una notable trascendencias para Barcelona, porque se convirtió en el puerto español que recibía todo el tráfico marítimo procedente del Pacífico.
miniatura|izquierda|150px|Los tres ilustrados filipinos más célebres en el , de izquierda a derecha: José Rizal, Marcelo del Pilar, y Mariano Ponce.
Estas esperanzas fijadas por los hombres de negocios españoles en el archipiélago del Pacífico tenían su fundamento. La economía filipina era dinámica y su nivel de vida solo resultaba equiparable, en aquella zona, al de Japón, de manera que los productos manufacturados en la metrópoli eran consumidos por los habitantes de la colonia (cosa que no ocurría en Cuba). Pero también había factores que no se tuvieron en cuenta. Por ejemplo, que los chinos controlaban el comercio y los negocios y que existía una poderosa oligarquía local. Una muestra de ellos fue el Banco Español Filipino, fundado en 1851 y primera entidad financiera moderna del continente asiático. Sin embargo, el control de la firma estaba en manos chinas y filipinas, de tal forma que nunca hicieron demasiado caso de las necesidades de las autoridades coloniales.
Los siglos de dominación española no fueron siempre tiempos de paz. Hasta 1896, las tropas españolas, que también nutrían sus filas con regimientos isleños, resolvieron los levantamientos contra la ocupación sin excesivos problemas. Pero el germen de la revuelta estaba sembrado. Las manifestaciones de descontento se canalizaron a través de la aparición de determinadas asociaciones en la última década del .
Unas tuvieron un carácter vagamente autonomista y hallaron simpatías entre los demócratas y los masones españoles, como la Liga Filipina, fundada por José Rizal en 1892. Político e intelectual, pretendía que el archipiélago abandonase el régimen colonial para integrarse a las instituciones españolas. Muchas, sin embargo, optaron por una vía más radical, como sucedió con la Venerable Sociedad Suprema de los Hijos del Pueblo, conocida en el idioma tagalo como Katipunan. Se trataba de una sociedad secreta, constituida por revolucionarios e independentistas en julio de 1892 para conseguir la emancipación sin descartar los medios violentos, en contraste con el pacifismo de Rizal. El grupo, con Emilio Aguinaldo como líder más destacado, tenía tres grandes objetivos: luchar por la soberanía de Filipinas, promover una sociedad más solidaria y defender y extender los valores democráticos.
Desarrollo En agosto de 1896, los independentistas tagalos se sublevaron y hostigaron a las tropas españolas a través de una guerra de guerrillas. El ejército colonial, al mando del general Polavieja, declaró el estado de guerra el día 24, con una dura respuesta. Entre sus víctimas figuró José Rizal, acusado injustamente de complicidad con el Katipunan. Por ello fue detenido aquel mismo año, juzgado y fusilado por las tropas coloniales. Su muerte supuso un error de las autoridades de la isla y prendió la mecha definitiva de la sublevación, avivada ya por las noticias de la revolución que había dado comienzo en Cuba en febrero de 1895.
En 1896, miembros del Katipunan habían fundado la República del Kakarong en la localidad de Kakarong de Sili (Kakarong Real o Caracóng de Sile), en la provincia de Bulacán, isla de Luzón. La lideraban Canuto Villanueva como jefe supremo y el general Eusebio Roque —conocido como «Maestrong Sebio» o «Dimabungo»—, el cual estaba al mando de un ejército entre 3000 a 6000 hombres, y habían constituido una verdadera ciudad fortaleza. Al enterarse, el Gobierno español lanzó una ofensiva y, el 1 de enero de 1897, el comandante José Olaguer Feliú, al mando de una columna de seiscientos soldados españoles, tomó por asalto la fortificación de Caracong de Sile, derrotando a los katipuneros.
miniatura|150px|Bandera usada por los revolucionarios filipinos.
La guerrilla, mal organizada, mal armada y para colmo dividida, se vio incapaz de liberar el archipiélago. Sin embargo, los españoles tampoco conseguían imponerse a pesar de la represión y de sus victorias parciales. En realidad, para hacer frente al ímpetu independentista, España oponía muy pocas fuerzas. Según los cálculos, cuando se iniciaron las hostilidades, las tropas coloniales estaban compuestas por unos 14 000 hombres del ejército de tierra, en los que estaban integrados contingentes de guardias civiles y carabineros, a los que había que sumar unos 3000 de la armada: en total unos 17 000 hombres, de los cuales dos tercios eran nativos.
El 1 de noviembre de 1897 el Katipunan proclamó la República de Biac-na-Bató, el primer gobierno de Filipinas con Emilio Aguinaldo a la presidencia, y su primera constitución. Ante esta situación, Madrid sustituyó a Polavieja por el general Fernando Primo de Rivera, que comprendió la necesidad de negociar. A cambio de la rendición, prometió iniciar un proceso de reformas entre cuyos puntos figuraban la igualdad entre nativos y españoles, autonomía económica para el archipiélago, expulsión de las órdenes religiosas y diputados propios en las Cortes españolas.
Finalmente el 14 de diciembre de 1897 Primo de Rivera y los rebeldes firmaron el Pacto de Biak-na-Bató, disolviendo así el breve gobierno filipino, que duró 45 días. Los líderes independentistas, como Emilio Aguinaldo, emprendieron el camino del exilio, no sin antes recibir dinero del Gobierno español con el fin de asegurar su subsistencia en el extranjero. La paz, después de muchos esfuerzos, parecía asegurada. Fue entonces cuando entró en escena un actor imprevisto: los Estados Unidos.
Primeros datos de la Revolución filipina Orígenes thumb|Mapa de Filipinas a finales del . La Revolución filipina fue un cúmulo de ideas y de exposición a la comunidad internacional, que propició el inicio de los esfuerzos nacionalistas. El auge del nacionalismo filipino fue lento, pero inevitable. Los abusos del gobierno, el ejército y el clero españoles, frecuentes durante tres siglos de dominio colonial, y la denuncia de estos abusos por parte de los "ilustrados" a finales del , allanaron el camino para un pueblo filipino unido. Sin embargo, el crecimiento del nacionalismo fue lento debido a la dificultad de las relaciones sociales y económicas entre los filipinos. En una carta fechada escrita por el escritor filipino José P. Rizal al padre Vicente García de la Ateneo Municipal de Manila, Rizal afirma que:
Apertura de Manila al comercio mundial thumb|Boceto de un galeón español durante el Comercio Manila-Acapulco.