Un ensanche es un terreno urbano que, de forma planeada generalmente, se dedica a nuevas edificaciones en las afueras de una ciudad. Lo habitual es usar el trazado hipodámico (trazado en cuadrícula) para confeccionar una pauta sencilla bidimensional. Los primeros ensanches de poblaciones en España se realizaron en el bajo la dirección de ingenieros militares.

En la segunda mitad del , en plena Revolución industrial, cuando el crecimiento demográfico y las nuevas actividades industriales, que necesitaban gran cantidad de terreno, obligaron a la actuación urbanizadora sobre terrenos rústicos extramuros de la ciudad, toda vez que las antiguas murallas que constreñían las poblaciones habían perdido su función militar. Este crecimiento permitió adaptar las ciudades a los nuevos medios de transporte como el ferrocarril a la par que se trataba de solucionar los problemas de salubridad e higiene que presentaban muchas poblaciones.

La percepción de esta necesidad indujo a los gobiernos a legislar este aspecto. El primer intento fue el Proyecto de Ley General para la Reforma, Saneamiento, Ensanche y otras Mejoras de las Poblaciones, propuesto por el ministro de Gobernación José Posada Herrera en 1861 y rechazado por el Senado. Establecía la cesión gratuita de viales, régimen de parcelas mínimas indivisibles, generalización del régimen de licencias, compensación de beneficios y cargas de la urbanización, edificación forzosa de solares, regulación de linderos, proyecto técnico y económico previo a toda urbanización, etc. La ley tuvo que esperar hasta 1864 para su aprobación, seguido en 1867 del Reglamento. La influencia de esta ley en el desarrollo de los Ensanches fue determinante y contribuyó a que el resultado final se alejase de los proyectos iniciales.

En 1892 el sistema se hace definitivo con una nueva Ley que regula los ensanches de Madrid y Barcelona y faculta al Gobierno para extenderla a otras poblaciones. Para aprobar cada uno de estos Planes Generales era necesaria una Ley Especial. En 1895, se promulgó la Ley de Saneamiento y Mejora de las Poblaciones, pensada para resolver los problemas de los cascos históricos.

Tomando como referencia estas leyes, el proyecto de Bilbao y la experiencia pionera del Ensanche de Barcelona diseñado por Ildefonso Cerdá, numerosos municipios acometieron ensanches: Madrid, Valencia, Bilbao, Málaga, San Sebastián, León, Alcoy, Santander, Vitoria, Tarragona, Pontevedra, Pamplona y Mataró, entre otros. En 1854 se autorizó el derribo de las murallas de Barcelona y, en 1857, el ayuntamiento convocó un concurso en el que se establecía que el ensanche sería ilimitado. En 1860 se publicó el decreto de puesta en marcha del proyecto de ensanche de Ildefonso Cerdá quien planteó su ensanche como una ciudad completamente nueva, no articulada en torno al casco antiguo. Su característica principal es el trazado ortogonal uniforme, con tres ejes oblicuos (Diagonal, Meridiana y Paralelo) que facilitan su recorrido. La unidad básica del Ensanche es la manzana de 113 metros de lado y achaflanada en sus esquinas, de manera que se crean pequeñas plazas en los cruces. Se preveían cuatro anchuras de calle (20, 30, 50 y 100 metros), la existencia de jardines en el interior de las manzanas y una edificabilidad mucho menor que la que finalmente se autorizó.

En la misma época se planteó la necesidad del Ensanche de Madrid. En 1857 el Ministerio de Fomento ordenó el estudio de un futuro Ensanche, cuya dirección fue encomendada a Carlos María de Castro. El ensanche de Castro se asemeja al de Cerdà en el trazado ortogonal y en no prolongar la ciudad histórica sino en constituirse en una ciudad nueva por el este y el norte. Fruto de la misma ley es el plan para construir una gran vía transversal en Madrid, para dotar a la ciudad vieja del eje este-oeste del que carecía. Sin embargo, completar el proyecto de la Gran Vía llevó cuatro décadas.

Los ensanches se caracterizan, a menudo, por seguir una cuadrícula de calles regular con lo que suelen presentar una imagen característica peculiar, por la rectitud de sus calles y su homogeneidad. El primer paso solía consistir en lograr la autorización del ejército para derribar las murallas. Su construcción solía ser lenta y a lo largo del proceso la regularidad de la edificación y algunas de las normas no se respetaban. Los destinatarios de estos ensanches pertenecían generalmente a la clase burguesa de la ciudad, atraídos por un entorno de más calidad. Con frecuencia los ensanches se convirtieron en zonas de especulación ya que los propietarios de los terrenos obtuvieron beneficios fiscales, y en función de sus intereses pudieron mantener solares sin construir mientras que en otras zonas se superaba con creces la edificabilidad prevista.

Historia

Siglo XVIII

El urbanismo todavía no había sido adoptado por la escuela de arquitectura de la Academia de Bellas Artes (fundada en 1752) como una materia importante en la formación de los arquitectos y, por ello, la dirección de numerosos proyectos correspondió a ingenieros militares, la mayoría formados en la Academia de Matemáticas y Fortificación de Barcelona, cuerpo que a lo largo de los años mantendrá una pugna con los arquitectos por las competencias sobre urbanización.

Los ingenieros militares desempeñaron un papel decisivo en la creación de los nuevos arsenales marítimos y las poblaciones anejas. Cartagena, Águilas (Murcia), de Mateo Vodopich, Ferrol (barrio de La Magdalena, de Llobet y el arquitecto Sánchez Bort) y San Fernando, experimentaron un crecimiento muy notable. Además se hizo el primer proyecto de ensanche de Santander, también de Francisco Llobet y La Barceloneta (ver más adelante) de Cermeño. En todos los casos, se siguió también la planta regular clásica de la urbanización de las Indias.

Barcelona, durante el , une a su condición portuaria y comercial el carácter de plaza fuerte. Las fortificaciones, dirigidas por el ingeniero hispano-flamenco Verboom, limitan el desarrollo urbano al viejo solar formado por la Ciutat y el Raval, perdiendo además el viejo barrio de la Ribera en cuyo lugar Felipe V hizo construir la Ciudadela. Parte de la población de este barrio se había instalado en barracones en la barra arenosa que forma el puerto. En 1752, el Marqués de la Mina mandó construir un barrio nuevo sobre el terreno. El proyecto y dirección correspondieron al ingeniero militar Juan Martín Cermeño, que ordenó el plano con manzanas rectangulares y alargadas sobre las que se levantaron viviendas modestas pero agradables y de buena construcción. Las obras demoraron unos veinte años y su resultado, la Barceloneta, es un buen ejemplo aplicado de la teoría de la urbanización ilustrada.

Otro intento de la época fue el llamado Plan Loredo de Bilbao que, en 1786, proponía una ampliación del estrecho casco urbanoJosé A. Barrio Loza, Enterrar a los muertos.

A partir de la segunda mitad del aparecen los planes de ensanche y de reforma interior, que es de donde arranca propiamente el urbanismo nuevo peninsular. La necesidad de proceder al derribo de las murallas y de ensanchar las ciudades se convierte en imperiosa. El aumento de la población, la incipiente industria y las nuevas actividades con requisitos intensivos de suelo, como el ferrocarril, no podían satisfacerse simplemente con la liberación o mejor aprovechamiento del terreno de los cascos antiguos. La muralla había perdido todo valor militar, ante los progresos de la artillería y su función fiscal como aduana interior era contraria al espíritu del capitalismo y el libre comercio.

La primera Ley de Ensanche data de 1864 (29 de junio), y señala que los Ayuntamientos pueden urbanizar los terrenos, expropiando el terreno para viales y usos públicos a su costa. Para resarcirlos por estas responsabilidades el Estado les cede la contribución territorial sobre la zona durante 25 años. En 1867 se consagra la técnica de planeamiento con el Reglamento de la citada Ley de Ensanche, en el que especifica el modo de ejecutar el Plan de Ensanche, que ha de tener Memoria, Planos y Plan Económico para su viabilidad. En 1876 se promulga una nueva Ley de Ensanche de Poblaciones que retoca algunos aspectos no básicos.

Barcelona

miniaturadeimagen|"Plan de los alrededores de la ciudad de Barcelona y del proyecto para su mejora y ampliación" de Ildefonso Cerdá y Suñer, 1859. Es el mejor ejemplo de los ensanches decimonónicos en España.

El primer ensanche importante ejecutado en España es el de Barcelona obra del ingeniero Ildefonso Cerdá, que fue aprobado en 1859. Desde mediados del Barcelona tenía problemas de masificación en la ciudad histórica y tenía una acuciante necesidad de ganar nuevos espacios.

El planeamiento del ensanche fue complicado desde su comienzo. Los planes para derribar las murallas chocaban con los intereses del ejército, que además reclamó una compensación económica a cambio de los terrenos que ocupaba. En 1854 se autorizó por el gobierno de Espartero y Leopoldo O'Donnell el derribo de estas murallas y el Gobierno Civil encargó a Cerdá levantar el mapa topográfico y planear el ensanche. Cerdá propuso un crecimiento ilimitado, planteando el ensanche como una nueva ciudad no articulada en torno al casco histórico. Coincidiendo con la anexión a Barcelona de las poblaciones de Horta, Gracia, Sans, Sarriá, etc., se abrió un enorme espacio que permitió el rápido crecimiento de la ciudad.

Contra el plan de Cerdá, el ayuntamiento convoca en 1859 un concurso de proyectos urbanísticos del que resulta ganador el proyecto del arquitecto Rovira i Trias. El proyecto es acorde con las pretensiones de la burguesía: las calles tan solo tienen 12 m de ancho, se considera la posibilidad de sobrepasar las alturas propuestas por Cerdá, existe una clara separación de clases sociales y las edificaciones presentan una mayor densidad

El gobierno no acepta este plan y el 31 de mayo de 1860 se publicó el decreto que pone en marcha el plan de Cerdá y el 4 de septiembre la reina Isabel II puso la primera piedra de la primera casa del ensanche. El trazado propuesto consistía en una cuadrícula de calles que definían manzanas de 113 metros de lado achaflanadas en sus esquinas. Estas manzanas debían estar edificadas en dos o tres de sus lados como máximo. Las calles tenían de 20 m a 50 m de ancho. El interior de estas manzanas sería ocupado por jardines y se previeron espacios para servicios públicos repartidos de forma homogénea.

En 1863 se construyeron los primeros bloques de pisos en las manzanas achaflanadas, aún con el rechazo de numerosos estamentos de la ciudad. Durante años muchas calles permanecieron sin asfaltar, aceras, alumbrado ni nombre, siendo identificadas por números, lo que confería un aspecto de provisionalidad a la zona. Sin embargo el comercio y la industrialización de Cataluña estaban creando una clase burguesa que se acomodó en el nuevo espacio.

Finalmente la densificación acabó siendo mayor de la que se diseñó inicialmente, ya que se edificó en los cuatro lados de las manzanas, en los patios interiores y se aumentó el número de pisos, aunque se mantuvo el trazado ortogonal.

Madrid

Ya a finales del Jovellanos propuso la compra de suelo en la periferia de Madrid para urbanizarlo de forma racional y ampliar la ciudad. En 1846 Juan Merlo presentó un nuevo proyecto que también se frustró. En 1857 el Ministerio de Fomento ordenó el estudio de un ensanche para Madrid bajo la dirección del arquitecto e ingeniero Carlos María de Castro y Carlos Ibáñez de Ibero. La memoria del plan fue publicada en 1860. Se le señaló un límite, que Castro convirtió en una ronda para la nueva ciudad.