El cine de porno-miseria o cine miserabilista (también conocido como pornomiserabilismo) es un género de cine latinoamericano denominado así en el Manifiesto de la porno-miseria (1978) de los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo del Grupo de Cali.
Historia y origen del término En la década de 1970, Colombia, México y Venezuela lograron «conmocionar los grandes festivales de cine de Europa con películas descarnadas que elevaban a protagonistas las miserias de la gente, la vida de los marginales, los niños de la calle, las actividades del narcotráfico, la indiferencia y corrupción políticas», según Omar Khan de El País, que consideró en 2007 que «la pornomiseria fue la última gran repercusión internacional del cine latinoamericano en general, y del colombiano en particular».
A pesar del éxito comercial y crítico del cine de pornomiseria «alabado en foros intelectuales como denuncia social artística», en Colombia surgió una corriente adversa, pues el Grupo de Cali, respaldados por un sector de la crítica, «señalaron que sus realizadores eran burgueses que sacaban beneficio y lustraban sus apellidos en marquesinas retratando, a través de estereotipos y tremendismo, una realidad que desconocían y les era totalmente ajena», según Khan (2007).
Ospina y Mayolo hicieron un cortometraje, Agarrando pueblo (1977), un falso documental que parodiaba el género a modo de crítica. Según Irene Tello Arista «explota la miseria humana como herramienta narrativa». En este, «se vislumbra la desfachatez de unos documentalistas que buscan a toda costa filmar escenas de personas en situación de calle y de escasos recursos por generar un producto vendible en el extranjero», agregando que «la fuerza de esta película y de este término es que describe a la perfección la fascinación de ciertas narrativas por observar desde una cómoda lejanía la miseria humana, sin intentar analizar las causas que la originan».
Raúl Camargo, director del Festival de Cine de Valdivia, en Chile, declaró que, para 2022 Latinoamérica es una región representada a través de «historias de gente que está en los márgenes», haciendo un llamado a luchar contra «cierta tendencia a la pornomiseria en el cine». Según él, el público se ha «acostumbrado a un cine que se solaza con el castigo a los personajes marginales, un cine donde estos no tienen ninguna posibilidad de redención, ni siquiera posibilidades de amor. Lo que tienen es un final violento ante una vida violenta».
Características
A partir del análisis de Dalmazzo Avendaño y Pulgar Moya en el texto "Materiales para una estética de la marginalidad. Pornomiseria, signos marginales y subjetividad" se sostiene que las realizaciones audiovisuales de pornomiseria se caracterizan por ser prácticas ancladas en la individualidad como valor. De este modo, los proyectos operan como métodos de legitimación y posicionamiento profesional dentro del círculo cinematográfico internacional. Así, estas producciones tienden a explotar el morbo sin la necesidad de explorar críticamente la sociedad y cuestionar la problemática social. Como consecuencia, este tipo de obras provocan un distanciamiento crítico en el espectador y termina consumiéndose de manera pasiva y ajena. También existe una exotización de la otredad. La crítica señala que con frecuencia este tipo de prácticas se limitan a únicamente recopilar testimonios y vivencias de carácter privado y doloroso. Esta información es llevada a la edición donde se excluyen por completo la toma de decisiones de las poblaciones locales y quedan fuera del proceso creativo. Como consecuencia, el sujeto subalterno queda categorizado como un objeto permanentemente explotable.
Antecedentes Durante las décadas de 1960 y 1970 en América Latina, surgieron movimientos sociales orientados a retratar y denunciar realidades estructurales marginadas por las industrias hegemónicas. Una de estas corrientes fue el Tercer Cine, que fue una propuesta teórica y estética que pretendía criticar el colonialismo, la censura y las dictaduras del continente, concibiendo a la cinematografía como una herramienta política. Si bien este cine de denuncia fue un éxito mediático que adquirió relevancia en los círculos internacionales, también a la par surgieron producciones donde redujeron el mensaje a una exposición simplificada que exaltaba la miseria y el sufrimiento con fines espectaculares llamado pornomiseria.
El cine de denuncia en Latinoamérica se fortaleció gracias al manifiesto Hacia un tercer cine (1969) escrito por Octavio Getino y Fernando “Pino” Solanas. Ambos cineastas argentinos buscaban una alternativa de distribución a historias que no fueran censuradas y pudieran ser vistas sin una ideología colonial impuesta por industrias multimillonarias como Hollywood. Parte de la introducción del manifiesto decía: “¿Cómo abordar un cine de descolonización si sus costos ascendían a varios millones de dólares y los canales de distribución y exhibición se hallaban en manos del enemigo?”. Esta reflexión teórica nació por uno de sus proyectos más importantes: La hora de los hornos (1968). Documental que evidenciaba el neocolonialismo y violencia.
Así como pasó en Argentina, también está Jorge Sanjinés, director de cine y guionista boliviano, donde desarrolló una propuesta similar en 1969 junto con el grupo Ukamau, donde expusieron en su película Yawar Mallku la dinámica que tenía el Cuerpo de paz para esterilizar a mujeres indígenas sin su consentimiento como intento de exterminio a una comunidad indígena.
Entre las décadas de 1970 y 1980, el cine colombiano quería posicionarse en la industria cinematográfica de América Latina, para lograrlo produjeron más de 600 cortometrajes que fueron un éxito en taquilla, a eso se le llamó “cine de sobreprecio”. Estas creaciones fueron de baja calidad y muy criticadas debido a que era notoria la intención de su producción, el dinero fácil y la distribución en masa. De acuerdo con el crítico colombiano, Alberto Aguirre, el cine de sobreprecio recurrió a dos narrativas: la nacionalista y la “seudo-denuncia”, donde realizaron documentales sensacionalistas que explotaban la miseria.
Michèle Faguet en su artículo ¿Qué es la pornomiseria? describió la dinámica que existía en esas grabaciones: “Los peores ejemplos eran documentales que consistían en el registro de sujetos —desde familias pobres hasta niños de la calle, prostitutas, adictos o enfermos mentales— revueltos precipitadamente en la pantalla mientras la voz en off de un narrador autoritario describía de forma superficial los supuestos mecanismos sociales responsables de estos problemas”.
Véase también
Cine de América Latina
Referencias
Enlaces externos
Agarrando pueblo: el cine como respuesta por Simón Henao-Jaramillo de la Universidad de Buenos Aires
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