thumb|Mapa de la comarca de la Vega Baja del Segura donde encuentra Albatera. El campo de concentración de Albatera fue uno de los más duros que hubo en España tras el final de la guerra civil española. Se instaló en lo que fue un antiguo campo de trabajo de la República nada más terminar la contienda, y permaneció abierto hasta octubre de 1939. Estaba ubicado en el actual término municipal de San Isidro, comarca de la Vega Baja del Segura de la provincia de Alicante en la Comunidad Valenciana.

Historia El campo de trabajo de la República En agosto de 1937, un empleado de la Dirección General de Prisiones, llevó a cabo un estudio de factibilidad del que luego sería el campo de trabajos forzados de Albatera. El 24 de octubre de 1937 se inauguró dicho campo. Aquel domingo se desplazaron a la localidad el gobernador civil y el presidente de la Audiencia Provincial; el inspector de Prisiones, Simón García Martín del Val; el director del reformatorio de adultos de Alicante, Adolfo Crespo Orriols; y varias personalidades más quienes, con las autoridades de Albatera y Crevillente, dieron la bienvenida al ministro de Justicia, Manuel Irujo, y al director general de Prisiones, Vicente Sol. Posteriormente, los técnicos —especialmente con un ingeniero agrónomo— explicaron a los asistentes «lo que era en la actualidad y lo que había de ser en un futuro próximo aquel campo de trabajo: 40 000 hectáreas de saladares se convertirían en terrenos laborables. Magno proyecto que, ya en el siglo XVII, inició el Cardenal Belluga».

Días antes, la prensa anunció el acto. Por ejemplo, El Luchador, el veintiuno de octubre, decía que «iniciada en el siglo XVII esta gran obra de colonización por el Cardenal de Belluga (Luis Antonio de Belluga y Moncada, 1662-1743), quedó paralizada, sin que en los actuales tiempos pudiera continuarse, en razón de su coste». También nos ofrece un dato de considerable interés: «Está calculada para albergar tres mil reclusos». Con anterioridad, en el mitin organizado por las Juventudes de Izquierda Republicana y celebrado en el Cine Monumental, el 17 de octubre, el diputado y director general de Prisiones, Vicente Sol, manifestó: «Por decreto de 26 de diciembre de 1936, se crearon los campos de trabajo que significan una noble innovación en el régimen penitenciario español haciendo que el recluso se gane con su esfuerzo lo que cuesta sostener al Estado y se reivindique por el único sistema que puede tener un hombre para hacerlo, es decir, por medio del trabajo». Y agregó: «Dentro de diez o quince días, habrá allí dos o tres mil hombres trabajando». Al final, el mayor número de cautivos que albergó durante la guerra fue de 1039 y, en el año y medio que operó bajo el control del Gobierno democrático de la República, fallecieron cinco internos. Durante esta etapa, diversos periodistas extranjeros o miembros del Comité Internacional de la Cruz Roja fueron invitados a visitar las instalaciones para comprobar el estado de las mismas y la atención prestada a los reclusos.

El decreto invocado se publicó en «La Gaceta de la República. Diario Oficial», número 362, y en él se especifica que tales campos se crean para los condenados por los Tribunales Especiales Populares y por los Juzgados de Urgencia que entienden en los delitos de rebelión, sedición y desafección al régimen». Está dado en Barcelona, en la fecha indicada, y firmado por Manuel Azaña y el presidente del Consejo de Ministros, Francisco Largo Caballero.

En el campo estuvieron presos el abogado de Alicante, natural de Castalla, Antonio García Leal; el procurador de los Tribunales eldense, Francisco Hellín Almodóvar; Algimiro Torrecillas Cimadevilla, que luego ocuparía importantes cargos; el historiador y abogado ilicitano Alejandro Ramos Folqués; el sacerdote oriolano, don Saturnino Ortuño Pomares, que con ocasión de la Nochebuena de 1938, encontrándose en el campo, escribió un poema a su amigo de Albatera, Pascual Cánovas Berná. También fueron trasladados en 1938 al campo de trabajo de Albatera los supervivientes del campo de trabajo de Turón (Granada), uno de los episodios negros de la represión en la retaguardia de la zona republicana.

Con el tiempo y la victoria franquista, allí irían a parar miles de republicanos. La «Hoja Oficial de Alicante», de 28 de abril de 1939, informaba de que «se habían internado en él a seis mil ochocientos rojos», aunque se barajan cifras bastante más altas.

El campo de concentración franquista miniaturadeimagen|izq|Monumento dedicado a las víctimas, instalado en 1995. Tras el final de la Guerra Civil en el puerto de Alicante, y después de haber pasado por el denominado "Campo de los almendros" en la ciudad de Alicante, comenzaron a llegar al campo de concentración de Albatera miles de prisioneros, que habían acudido a Alicante con la esperanza de embarcar y huir de la represión franquista. Llegaban hacinados en convoyes ferroviarios de transporte de ganado y en camiones tras un largo y penoso viaje.

No han quedado libros de altas y bajas ni registros de población. Diversos investigadores apuntan la cantidad más probable de internados entre doce y dieciséis mil personas. Otras fuentes y testimonios sitúan la cifra de prisioneros entre veinte y treinta mil.

El campo de concentración quedó establecido con el signo contrario al que había tenido hasta entonces —aunque en este caso sin mediar condena penal alguna y sin garantías judiciales— el 11 de abril de 1939 según una nota del Estado Mayor de Franco. Según testimonios, varios dirigentes nazis visitaron las instalaciones (entre ellos, Rudolf Hess), barajando algunos historiadores la posibilidad de que estas sirvieran al régimen de Adolf Hitler como modelo para desarrollar sus propios campos de concentración. También hay constancia de la visita al campo en mayo del ideólogo fascista Ernesto Giménez Caballero, que además dirigió una arenga a los prisioneros en la que afirmaba: «Estáis a nuestra merced. Si quiero, no tengo más que dar la orden: estas metralletas automáticas que os apuntan dispararían hasta terminar con todos vosotros. No tenemos que responder ante nadie».

La vigilancia del recinto estuvo encomendada a la 3.ª Compañía del 6.º Batallón del Regimiento de San Quintín de Valladolid, sustituidos después por soldados de un tabor del Grupo de Regulares Número 2 de Melilla. El jefe del campo tras su apertura era el teniente de Regulares Agustín Pérez Palomo, sustituido en junio por el teniente Anselmo Rivas Jordán.

Las condiciones de vida eran extremadamente duras, entre otras razones por la escasez de comida y agua. Los presos únicamente recibían para comer «una lata [de conservas] cada dos días para dos personas y un trozo de pan para cinco». Solo en abril de 1939 fallecieron 138 personas por hambre y enfermedades. Muchos prisioneros preferían dormir a la intemperie a instalarse en los barracones, ya que estos se encontraban infestados de chinches y piojos. Según el testimonio de un superviviente, Guillermo Gómez Blanco: «La falta de agua ocasionó una falta total de higiene, por lo que en poco tiempo, la miseria se enseñoreó de nosotros, nos convirtieron en piltrafas humanas». Estas terribles condiciones provocaban la aparición de enfermedades, como la sarna, que se propagaban rápidamente por el campo al no existir ningún tipo de atención sanitaria ni medicamentos, siendo el hambre y las enfermedades intestinales la principal causa de muerte en Albatera. Así recordó un recluso su estancia en el campo:

En cuanto a las medidas represoras también fueron de enorme dureza. El campo cuenta con fosas comunes que, a día de hoy, todavía no han sido excavadas. Desde los primeros días, empezaron las sacas de prisioneros efectuadas por falangistas de la zona, que utilizaban listas con afiliados a sindicatos y partidos políticos para seleccionar a quiénes eliminar. Según testimonios, algunos de los presos eran torturados en público antes de partir: los ataban a una palmera para, a continuación, ser golpeados hasta quedar inconscientes, maniatados con alambre de espino y, finalmente, se los llevaban para asesinarlos. Además, se numeraba a los presos de tal forma que, si uno de ellos se fugaba, se fusilaba a los que tenían los números anterior y posterior.

La organización de los presos y las fugas Los prisioneros del campo empezaron a organizarse en torno a los partidos y sindicatos a los que pertenecían; así, se crearon agrupaciones del PCE, de la CNT, etc. Algunas de estas organizaciones crearon sus propios comités de fugas, cuya función era dar cobertura a los compañeros que iban a fugarse.

La mayoría de las fugas se produjeron cuando se enviaban a algunos presos a sus pueblos con la orden de presentarse ante el juez o el alcalde, evidentemente muchos de ellos no volvían a aparecer por sus pueblos.

Los anarcosindicalistas organizaron un sistema de fugas gracias a que un miembro de la FIJL de Madrid, apellidado Escobar, se había infiltrado en la II Bandera de Falange del Puente de Vallecas, consiguiendo impresos de certificados de buena conducta y de declaraciones de haber pertenecido a la «quinta columna», que rellenados con los nombres pertinentes permitieron la liberación de varios recluidos en el campo. Una de las personas que recobró la libertad gracias a estos documentos fue Esteban Pallarols, quien inmediatamente se puso en contacto con tres dirigentes libertarios que se encontraban escondidos en Valencia para constituir la junta nacional del Movimiento Libertario cuya principal actividad fue falsificar documentos que permitieron liberar a más presos del campo de Albatera y de otros campos de Valencia, que rápidamente fueron trasladados a Barcelona y de allí a Francia. Para encubrir los viajes Pallarols creó la empresa tapadera Frutera Levantina, oficialmente dedicada al transporte de fruta desde Valencia a otras partes de España.

Los comunistas, por su parte, crearon un comité que logró ponerse en contacto con una red de evasión que desde el otoño de 1938 funcionaba en el norte de España, integrada fundamentalmente por mujeres, para que los que lograran escapar pudieran pasar a Francia. De esta forma cruzaron la frontera varios cuadros medios y altos del PCE que no habían sido evacuados en los momentos finales de la guerra, como Jesús Larrañaga, Manuel Asarta, Casto García Roza, Manuel Cristóbal Errandonea, Félix Llanos o Encarnación Fuyola, entre otros. «El procedimiento de evasión de los presos designados por el comité para la fuga fue a la vez simple e ingenioso. Un grupo de presos encargado de montar un poco más allá de las alambradas tiendas de campaña de procedencia italiana destinadas a alojar a la creciente población penal del campo, empezó a construir en éstas pequeños escondrijos. Los presos que se escapaban de noche del campo se ocultaban en éstos mientras que los soldados de guardia rastreaban toda la zona en su busca. En cuanto se había aflojado la vigilancia los escapados contactaban el primer eslabón de la cadena, y éste, tras haberles facilitado documentación falsificada, los pasaba a su enlace más próximo, y este procedimiento se repetía hasta que el preso había llegado a Pamplona. Allí los solía recoger un grupo de contrabandistas para llevarlos al otro lado de la raya fronteriza». La red funcionó hasta septiembre de 1939 en que fue desarticulada por la policía franquista, siendo detenidos más de un centenar de sus componentes.

El cierre del campo