La historiografía de los genocidios indígenas es el estudio de cómo la historia de los genocidios indígenas ha sido documentada, registrada, narrada, resumida y, a veces, incluso silenciada por historiadores, académicos y sociedades a lo largo de la era colonial hasta la actualidad. Este campo ha evolucionado significativamente con el tiempo, a medida que han cambiado las perspectivas sobre el colonialismo, las definiciones de genocidio y la producción de historias indígenas. El campo se apoya en el concepto de genocidio acuñado por Raphael Lemkin en 1944 y en marcos teóricos posteriores, como el colonialismo de asentamiento de Patrick Wolfe. Los debates historiográficos han sido especialmente intensos en torno a Estados Unidos y Canadá, la conquista española de América —con la controversia sobre la leyenda negra y la magnitud de la catástrofe demográfica— y Australia, donde la aplicación del término «genocidio» desató las llamadas «guerras de la historia». miniaturadeimagen|Destrucción de los Códices prehispánicos.
Marcos conceptuales del genocidio colonial miniaturadeimagen|El jurista Raphael Lemkin, que acuñó el término «genocidio» en 1944 y aplicó el concepto también a casos coloniales. El término «genocidio» fue acuñado por el jurista Raphael Lemkin en su obra Axis Rule in Occupied Europe (1944) y quedó definido jurídicamente en 1948 por la Convención sobre el Genocidio de las Naciones Unidas. Aunque el concepto se asoció sobre todo al Holocausto, el propio Lemkin lo aplicó a la historia colonial: en una historia del genocidio que dejó inconclusa incluyó casos como la conquista española de América y la destrucción de los aborígenes de Tasmania. El historiador A. Dirk Moses recuperó esa lectura amplia de Lemkin y propuso entender el genocidio colonial como una forma extrema de contrainsurgencia.
Un marco teórico especialmente influyente es el del colonialismo de asentamiento (settler colonialism), formulado por el historiador Patrick Wolfe. Según Wolfe, la colonización de poblamiento es «una estructura, no un acontecimiento», regida por una «lógica de eliminación» que busca desplazar a la población indígena para ocupar su territorio. Wolfe sostiene que esa lógica es intrínsecamente eliminatoria, aunque no siempre genocida, y que puede manifestarse tanto en la matanza directa como en la asimilación forzada, la disolución de la propiedad colectiva o la sustracción de menores. La distinción entre eliminación y genocidio ha organizado buena parte del debate posterior.
Estados Unidos y Canadá: entre la negación y el reconocimiento El historiador Samuel Totten y el profesor Robert K. Hitchcock afirmaron en su trabajo sobre historiografía del genocidio que el genocidio de los pueblos indígenas se convirtió en un tema público para muchos historiadores hasta después de la última parte del .
El historiador Ned Blackhawk dijo que las historiografías nacionalistas han sido formas de negación que borran la historia de destrucción de la expansión colonial europea. Blackhawk dijo que ha surgido un consenso del genocidio contra algunos pueblos indígenas en América del Norte después de la colonización.
El historiador Jeffrey Ostler dice que en la historiografía del pasado, los acontecimientos clave de las masacres genocidas en el contexto de las misiones del ejército estadounidense para dominar las naciones Indígenas del oeste americano se narraban como batallas. El concepto de genocidio ha tenido un impacto modesto en la escritura de la historia de los Indígenas norteamericanos.
Benjamin Madley destacó que la Convención sobre Genocidio designa el genocidio como un crimen, ya sea que se cometa en tiempos de paz o de guerra. Ha argumentado que la violenta resistencia indígena a las campañas genocidas ha sido descrita como guerra o batallas, en lugar de masacres genocidas. Él define las masacres genocidas como:
Benjamin Madley realizó un estudio de caso de la Guerra Modoc, comparando detalles del número de muertos en ambos bandos del conflicto, para respaldar este punto. Dijo que en todo el mundo, los grupos que son objeto de aniquilación resisten, a menudo violentamente.Se calcula que el castigo por la muerte de un hombre blanco supuso la pérdida de la vida de cien indios de California por cada incidente.
Madley también estudió dos casos de genocidio (Pequot y Yuki) analizando cuatro elementos: declaraciones de intención genocida, presencia de masacres, recompensas por partes del cuerpo patrocinadas por el estado (recompensas pagadas oficialmente por cadáveres, cabezas y cueros cabelludos) y muertes masivas bajo custodia del gobierno. Sugiere que el desglose detallado de los estudios sobre genocidio por nación individual es una nueva dirección en los estudios sobre genocidio: «...ofrece una herramienta poderosa para comprender el genocidio y combatir su negación en todo el mundo». miniaturadeimagen|Guerra de Pequot. 1637. La Asociación Histórica Canadiense ha sostenido que la profesión histórica canadiense fue cómplice de la negación y también dijo en una declaración: «Los gobiernos colonistas, ya sean coloniales, imperiales, federales o provinciales, han trabajado, y posiblemente todavía trabajan, para lograr la eliminación de los pueblos indígenas como cultura y grupo físico diferenciados». Algunos historiadores no estuvieron de acuerdo y publicaron una carta en contra de la afirmación de un amplio consenso en la visión de este aspecto de la historia canadiense. Los profesores Sean Carleton y Andrew Woolford dicen que existe un consenso académico sobre el genocidio en Canadá: «Al final, en los últimos años ha surgido un amplio consenso académico que coincide en la aplicabilidad del genocidio en el contexto canadiense». David Moshman, profesor de la Universidad de Nebraska-Lincoln, señaló la ignorancia del hecho de que las naciones Indígenas no son una entidad monolítica y muchas han desaparecido: «Las naciones de las Américas permanecen prácticamente ajenas a su surgimiento de una serie de genocidios contra cientos de culturas indígenas y lograron eliminarlas».
La conquista de América Latina miniaturadeimagen|Grabado de Theodor de Bry (hacia 1598) que ilustra la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas; estas imágenes difundieron por Europa la leyenda negra española. La historiografía sobre la destrucción de los pueblos indígenas de Hispanoamérica es una de las más antiguas y disputadas del campo. Ya en 1552 el fraile dominico Bartolomé de las Casas denunció los abusos de la conquista en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, un texto que se tradujo a varias lenguas europeas y que, acompañado más tarde de los grabados de Theodor de Bry, contribuyó a forjar la leyenda negra, la imagen de una España especialmente cruel difundida por sus rivales. Desde entonces, el debate ha oscilado entre quienes interpretan la conquista como un genocidio y quienes atribuyen el desplome de la población sobre todo a las epidemias y consideran la tesis del exterminio deliberado una exageración de esa leyenda negra.
El núcleo cuantitativo de la controversia es el llamado «debate de las cifras» sobre el tamaño de la población americana anterior a 1492 y la magnitud de su caída. La corriente «maximalista» o «alcista» —representada por la Escuela de Berkeley, con Sherburne Cook y Woodrow Borah, y por Henry Dobyns— llegó a estimar entre 90 y 112 millones de habitantes, mientras que la corriente «minimalista» o «bajista» de Ángel Rosenblat y Alfred Kroeber los rebajó a entre 8 y 13 millones. La demografía histórica actual, a partir de los trabajos de William Denevan y Massimo Livi-Bacci, se sitúa en una franja intermedia de unos 40 a 65 millones. Como han subrayado Robert McCaa y Nicolás Sánchez-Albornoz, ninguna de estas cifras cierra un debate que sigue abierto; según las estimaciones más difundidas, la población indígena se redujo más de un 80 % en el siglo y medio posterior a la conquista, si bien la magnitud exacta depende del cálculo de partida.
La interpretación de esa catástrofe divide a los especialistas. Desde los estudios sobre el genocidio, obras colectivas como The Cambridge World History of Genocide analizan varios episodios de la conquista y la colonización dentro de esa categoría, y autores como el estadounidense David Stannard han hablado de un «holocausto americano». En sentido contrario, Jorge Chauca García y José Manuel Azcona Pastor sostienen que la idea de un exterminio masivo y deliberado es una «falacia» heredada de la leyenda negra, y atribuyen la caída de la población a las epidemias, la violencia estructural y el hundimiento de las economías indígenas más que a una política de aniquilación; subrayan, además, que el intenso mestizaje de la América hispana contrasta con la casi total desaparición de los indígenas en la América anglosajona. En el Cono Sur, la categoría de genocidio se ha aplicado a episodios posteriores y más localizados, como el exterminio del pueblo selknam en Tierra del Fuego o la Conquista del Desierto en Argentina. miniaturadeimagen|Las atrocidades cometidas contra la tribu Cintas Larga en Brasil quedaron expuestas en el informe Figueiredo de 1967.
Australia: las «guerras de la historia» miniaturadeimagen|Tablón de la proclamación del gobernador George Arthur a los aborígenes de Tasmania (hacia 1830); la interpretación de la violencia en la frontera colonial está en el centro de las «guerras de la historia». En Australia, la discusión sobre si la colonización británica constituyó un genocidio dio lugar a las llamadas «guerras de la historia» (history wars), un enfrentamiento público que alcanzó su punto álgido a comienzos del . En 2002, el ensayista Keith Windschuttle publicó The Fabrication of Aboriginal History, donde acusó a historiadores académicos como Henry Reynolds y Lyndall Ryan de haber exagerado —e incluso inventado— la violencia de la frontera en Tasmania, y sostuvo que aplicar el término «genocidio» a la Guerra Negra tasmana carecía de base documental.
La reacción de la profesión histórica fue inmediata. En 2003, el politólogo Robert Manne reunió a numerosos especialistas en el volumen colectivo Whitewash, que rebatió las acusaciones de fabricación y reafirmó la existencia de una violencia sistemática en la frontera colonial. El historiador A. Dirk Moses sostuvo que esta polémica «paralizó» durante años el estudio académico del genocidio en Australia, al tratarlo como un concepto politizado y equipararlo de manera indebida con el Holocausto; frente a ello, propuso desligar el término de las «guerras de la historia» y emplearlo con la literatura comparada sobre genocidios coloniales. El propio Gary Ianziti analizó el episodio como un ejemplo de la dimensión política de la historiografía australiana. Enfermedad y colonialismo: la revisión de la tesis del «suelo virgen» miniaturadeimagen|Nahuas afectados por la viruela durante la conquista de México, en una lámina del Códice Florentino (). El peso de las epidemias en el colapso demográfico es objeto de un intenso debate historiográfico. Uno de los debates más decisivos del campo gira en torno al papel de las epidemias en el colapso demográfico posterior a 1492. Durante décadas predominó la llamada tesis de las «epidemias en suelo virgen» (virgin soil epidemics), formulada por el historiador Alfred Crosby en 1976 y ligada a su concepto de intercambio colombino. Según esta interpretación, la mortalidad masiva se debió sobre todo a enfermedades del Viejo Mundo —viruela, sarampión, gripe o tifus— ante las que las poblaciones americanas carecían de inmunidad. En su versión más difundida, popularizada por obras como Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond (1997) o Born to Die de Noble David Cook (1998), la catástrofe aparece como un fenómeno casi natural e inevitable, en el que los europeos habrían vencido más por obra de los microbios que de las armas.