thumb|Retrato oficial de Alfonso XII realizado por Federico Madrazo poco antes de la muerte del rey en noviembre de 1885 (Museo del Prado, Madrid). El reinado de AlfonsoXII de España comenzó tras el triunfo del pronunciamiento de Sagunto del 29 de diciembre de 1874 que puso fin a la Primera República española y terminó con la muerte del rey Alfonso el 25 de noviembre de 1885, dando paso a la Regencia de su esposa, María Cristina de Habsburgo. Durante el reinado nació el régimen político de la Restauración que se basó en la Constitución española de 1876, vigente hasta 1923. Fue una monarquía constitucional, pero no democrática ni parlamentaria, «aunque alejada del exclusivismo de partido de la época isabelina». «Fue definida como liberal por sus partidarios y como oligárquica por sus críticos, singularmente los regeneracionistas. Sus fundamentos teóricos se encuentran en los principios del liberalismo doctrinario», ha señalado Ramón Villares.
Según Carlos Dardé, fue «un reinado breve ―poco menos de once años―, pero importante. A su término, la situación de España en todos los terrenos era mucho mejor que su inicio. Y, a pesar de la incertidumbre que ocasionó la desaparición del monarca ―sobre todo por la incógnita de la sucesión― la mejora continuó durante la regencia de María Cristina de Austria, durante la minoría de edad de su hijo póstumo, Alfonso XIII. Las bases establecidas demostraron ser lo suficientemente sólidas. Aquel reinado había sido un nuevo punto de partida del régimen liberal en España».
Los casi once años del reinado fueron de crecimiento económico cimentado en la continuación de la red ferroviaria, las inversiones extranjeras, el auge de la minería y el crecimiento de la exportaciones agrícolas, en especial la de vino, aprovechando la gran plaga de la filoxera que estaba arrasando los viñeros franceses. Los grandes beneficiados de este auge económico fueron la nobleza y la alta burguesía, cada vez más entrelazadas por vínculos matrimoniales, personales y económicos, constituyendo así el «bloque de poder» de la Restauración, íntimamente conectado con la elite política, plenamente identificada con sus intereses. En el extremo opuesto, en una sociedad que seguía siendo agraria (dos tercios de la población activa pertenecían al sector primario) y en la que las clases medias sólo constituían entre un 5 y un 10 % de la población, se situaban los millones de míseros jornaleros de la mitad sur del país.
Antecedentes Exilio y abdicación de Isabel II en su hijo Alfonso (1868-1873) thumb|Caricatura publicada por la revista satírica Gil Blas el 4 de octubre de 1868, cuatro días después de que la reina IsabelII se viera obligada a marchar al exilio. Llevaba por título ¡A Francia! La Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 puso fin al reinado de Isabel II y dio inicio al Sexenio Democrático. La reina, que se encontraba en San Sebastián, tuvo que abandonar España y exiliarse en Francia, bajo la protección del emperador Napoleón III. Le acompañaron sus hijas y el príncipe de Asturias, Alfonso, que estaba a punto de cumplir los 11 años de edad. Establecieron su residencia en París en el «hermoso» Palacio Basilewsky que la exreina rebautizó con el castizo nombre de Palacio de Castilla. El príncipe Alfonso fue matriculado en el elitista y privado colegio Stanislas y su formación política corrió a cargo de su preceptor Guillermo Morphy. thumb|left|El príncipe Alfonso de Borbón, de doce años de edad, cuando era alumno del colegio Stanislas de París (1870).
A fines de febrero de 1870 el príncipe viajó a Roma para recibir la primera comunión de Pío IX, pero sin lograr, como pretendía la exreina, que el papa reconociese públicamente a la dinastía Borbón como la legítima depositaria de los derechos al trono español y que condenara el «régimen revolucionario» establecido en España. Lo que sí se consiguió fue que de los cuarenta y tres miembros del episcopado español que se hallaban en Roma con motivo de la celebración del Concilio Vaticano I, treinta y nueve visitaran al príncipe, y que uno de ellos, el prestigioso arzobispo de Valladolid, el cardenal Juan Ignacio Moreno y Maisonave, le preparara para recibir la eucaristía. thumb|La exreina IsabelII hacia 1870, en su exilio en París.
Mientras tanto en Madrid se había establecido un Gobierno Provisional presidido por el general Serrano que convocó elecciones a Cortes Constituyentes que fueron las que elaboraron y aprobaron en junio de 1869 la nueva Constitución que establecía una Monarquía «democrática». La Regencia la asumió el general Serrano mientras que el general Prim ocupaba la presidencia del gobierno y quedaba encargado de recorrer las cortes europeas para encontrar un candidato para la Corona española.
Para dirigir la causa isabelina en el interior de España y trabajar para su restauración en el trono, que no creía muy lejana, la exreina nombró al moderado tradicionalista Juan de la Pezuela, conde de Cheste, pero este tuvo que dimitir poco tiempo después al sentirse desautorizado por la carta que en abril de 1869 enviaron a la exreina los miembros de la dirección del Partido Moderado ―el partido que había ostentado el poder de forma casi exclusiva durante su reinado― en la que le reprochaban que seguía rodeada de las mismas personas que eran las responsables de haberle hecho perder la Corona. Por otro lado, entre los partidarios de los Borbones se iba extendiendo la idea de que la restauración de la dinastía sólo sería posible si IsabelII abdicaba en el príncipe de Asturias Alfonso. La reina inició una serie de consultas sobre la cuestión, y excepto el estrecho grupo de allegados encabezados por Carlos Marfori y los sectores neocatólicos ―que consideraban que podía peligrar la unidad católica―, todos los demás, una parte de los moderados y todos los unionistas que no se habían sumado a la «revolución», se mostraron partidarios de la abdicación. El marqués de Molins le expresó su deseo de que el príncipe que viniese trajera «más esperanzas, que recuerdos». Entre los partidarios de la abdicación también se encontraba un pequeño grupo de diputados de las Cortes Constituyentes autodefinido como «oposición liberal-conservadora» liderado por el antiguo unionista Antonio Cánovas del Castillo ―que sería el núcleo en torno al cual se formaría el Partido Conservador de la Restauración―. Cánovas le indicó en una carta a la exreina lo conveniente que sería para su dinastía «hallarse representada por un príncipe nuevo, bien educado y de todo punto ajeno a los complicados sucesos contemporáneos».
IsabelII tardó un año en decidirse y durante ese tiempo no cedió a las presiones que recibió. Abdicó la Corona en su hijo Alfonso, de doce años de edad, el 20 de junio de 1870 en un acto «precipitado e improvisado», según Isabel Burdiel, o «con solemnidad extraordinaria», según Carlos Seco Serrano, celebrado en el Palacio de Castilla. El que lo hiciera entonces se debió a que el príncipe prusiano Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen había mostrado su disposición a aceptar la propuesta que le había hecho el presidente del gobierno español, el general Prim, para que ocupara el trono de España. Pero la causa inmediata fue la amenaza de NapoleónIII de que si no abdicaba tendría que abandonar París. El emperador francés era contrario a la candidatura del duque de Montpensier por tratarse de un miembro de la Casa de Orleans y sobre todo se oponía a la candidatura del príncipe prusiano, lo que acabaría provocando la guerra franco-prusiana y, tras la derrota francesa en septiembre de 1870, la caída del Segundo Imperio. Al proclamarse la República en Francia, IsabelII, el príncipe Alfonso y las infantas abandonaron París y se fueron a vivir a Ginebra, donde residirían hasta agosto de 1871, cuando volvieron a la capital francesa. De la educación del príncipe se hizo cargo el militar Tomás O'Ryan. En diciembre de 1871 sería sustituido por Morphy como preceptor del príncipe. thumb|left|El príncipe Alfonso junto con su preceptor el duque de Sesto cuando era alumno del Theresianum de Viena.
Descartada la opción del príncipe Hohenzollern, las Cortes votaron el 16 de noviembre de 1870 como rey de España al nuevo candidato propuesto por el general Prim: el segundo hijo del rey de Italia Víctor ManuelII, el príncipe Amadeo de Saboya, que reinaría con el título de AmadeoI. Sobre la nueva monarquía, mientras que el Partido Moderado, siguió defendiendo a ultranza la vuelta a la situación anterior a 1868, el pequeño grupo de Cánovas mantuvo una posición «expectante», pero cuando aquella fracasó y, sobre todo, cuando en febrero de 1873 se proclamó la República el grupo canovista se sumó decididamente a la defensa de la causa del príncipe Alfonso, al que Cánovas conocía desde niño y con el que simpatizaba. A partir de esa fecha se convirtió en el portavoz más destacado del «alfonsismo».
La exreina IsabelII había abdicado en junio de 1870 sin haber nombrado a nadie para que asumiera la tutela del príncipe Alfonso (con lo que era ella quien la seguía ostentando) y que asimismo dirigiera el proceso de su restauración. Un año y medio después, en enero de 1872, ese puesto lo ocupó su cuñado el duque de Montpensier, tras haber negociado las condiciones en Cannes, donde residía en aquel momento, con la exreina madre María Cristina, en quien IsabelII había delegado en septiembre «la dirección de los asuntos de la familia». La estrategia de Montpensier se redujo casi exclusivamente a buscar el apoyo los altos mandos del Ejército, en especial el del general Serrano, y al no lograrlo dimitió en enero de 1873, con lo que IsabelII recuperó la tutela sobre el príncipe Alfonso. Este, como parte del «convenio de Cannes» firmado por Montpensier y María Cristina, había sido enviado en febrero de 1872 a estudiar a la reputada Real e Imperial Academia Teresiana de Viena o Theresianum. En una visita que hizo junto a su madre al castillo que los Montpensier tenían en Randan durante las Navidades de 1872 conoció a la hija de éstos, María de las Mercedes, de doce años ―él tenía quince―, con la que se casaría por amor en 1878.
Cánovas al frente de la causa alfonsina (1873-1874) thumb|Palacio de Castilla, residencia de la exreina IsabelII en París. Lo compró con el dinero que había enviado al exterior durante su reinado en previsión de que pudiera perder la Corona. Allí realizó su abdicación en favor de su hijo el príncipe Alfonso y allí se decidió encomendar la dirección del alfonsismo a Antonio Cánovas del Castillo.
El que iba a constituir un paso decisivo en la restauración alfonsina se produjo el 22 de agosto de 1873 ―en plena rebelión cantonal tras la proclamación de la República Federal y solo un mes después de que el pretendiente Carlos VII hubiera vuelto a España dando con ello un gran impulso a la tercera guerra carlista― cuando IsabelII dio su pleno apoyo a Cánovas, a pesar de la antipatía que le tenía, y le encargó dirigir la causa dinástica borbónica. Como ha destacado Carlos Dardé, «la carta en que se comunicó a Cánovas su designación ―firmada por Isabel y por Alfonso, de acuerdo con la condición impuesta por el político malagueño―… suponía la aprobación explícita de la conducta seguida por Cánovas en el periodo revolucionario». Cánovas se opuso a toda política revanchista y se mostró «resuelto a no excluir». «No preguntaré al que venga [a nuestro lado] lo que ha sido; me bastará saber lo que se propone ser. Si logramos colocar alguna vez al príncipe Alfonso en el trono, utilizaremos cuanto hay de utilizable en el movimiento que derribó a la reina Isabel. Empeñarse en restablecer lo que pasó sería grave falta y sus consecuencias funestas las tocaríamos primero que nadie la Monarquía y nosotros», escribió Cánovas. «Para Cánovas la conciliación era la victoria; el revanchismo, su derrota política y personal», ha apostillado José Varela Ortega.