La gran cruz, o cruz procesional del tesoro de Guarrazar, es una cruz que fue encontrada en 1858 en la localidad de Guadamur, cerca de la ciudad de Toledo (España), cuando se descubrió el llamado tesoro de Guarrazar, del que forma parte. Este tesoro está compuesto por una serie de valiosísimas piezas de orfebrería visigoda que aparentemente fueron ocultadas al producirse la invasión musulmana de la península ibérica en el año 711. Aunque la cruz fue encontrada formando parte de ese tesoro se cree que no es de fabricación visigoda sino obra de un taller externo, posiblemente italiano. La gran cruz sólo se conserva hoy de forma parcial —dos placas de oro que cubrían la parte delantera o trasera de dos brazos— ya que el resto de ella fue destruido por sus descubridores para intentar obtener un beneficio económico del oro y de las piedras preciosas que la formaban. Los dos fragmentos que se conservan se guardan en el Museo Arqueológico Nacional en Madrid (número de catálogo M.A.N. 52.561). Hay razones para creer que puede ser identificada con una cruz-relicario de oro mencionada en fuentes antiguas como un importante regalo diplomático del papa san Gregorio Magno al rey visigodo Recaredo I.Alicia Perea (ed.) (2001), El tesoro visigodo de Guarrazar, pp. 199-200Marisa Barahona (2016), La alianza del poder religioso y el poder real. Tesoro de Guarrazar Con el regalo de esa cruz, que contenía un fragmento del Lignum Crucis, es decir, una reliquia de la madera de la cruz sobre la que se crucificó a Jesucristo, el papa quería conmemorar la conversión del rey y de la gran mayoría del pueblo visigodo al catolicismo, un acontecimiento de gran importancia para la Iglesia.
Descubrimiento y destrucción parcial de la cruz
El tesoro de Guarrazar fue descubierto accidentalmente en 1858 en Guadamur, a causa de unas lluvias torrenciales. Se encontraba repartido en el interior de dos tumbas diferentes de un antiguo cementerio visigótico. Cada depósito fue descubierto de manera independiente y casi simultánea por dos personas diferentes, Francisco Morales y Domingo de la Cruz, dos agricultores de la localidad. Ambos decidieron quedarse lo que habían encontrado y guardar silencio, ya que no eran los propietarios de la parcela en la que se hizo el descubrimiento y, por tanto, tampoco eran los propietarios legales de las piezas encontradas. A partir de aquí la historia es confusa y existen versiones diferentes y numerosas lagunas. Lo que se sabe es que en un primer momento los descubridores del tesoro y sus familias intentaron obtener dinero vendiendo en secreto gradualmente varias de las piezas encontradas, o pedazos de ellas, a diversos plateros toledanos, hasta que el rumor se extendió por Toledo y algunas personas empezaron a ser conscientes de la importancia arqueológica y artística de las piezas que se estaban vendiendo y fundiendo. Estas personas decidieron comprar todas las que aún pudieron encontrar, restauraron en la medida de lo posible los desperfectos que se les habían ocasionado y las sacaron en secreto de España para venderlas en Francia. El gobierno francés las adquirió en 1859 para destinarlas al Museo de Cluny (París), especializado en arte medieval. Cuando eso ocurrió la prensa francesa publicó la noticia de la venta y como consecuencia de ello el asunto fue conocido por primera vez por las autoridades españolas, que hasta ese momento no sabían nada. Se produjo entonces una reclamación diplomática ante el gobierno francés, que no fue atendida hasta un acuerdo de intercambio de obras de arte entre España y Francia en 1940, se abrió una investigación judicial en Toledo y se iniciaron unas excavaciones en el yacimiento de Guadamur.
En cualquier caso, para ese momento unos dos tercios del tesoro ya habían sido destruidos,Alejandro Villa y Dori Fernández (2018), Tesoro de Guarrazar y la mayor parte de lo que quedaba se encontraba en Francia. No obstante, aún quedaban en España algunas piezas. Ante la imposibilidad de seguir vendiéndolas —había ya una orden del gobernador civil de Toledo ordenando requisar todo lo que se encontraraLuis J. Balmaseda Muncharaz (1995), El tesoro perdido de Guarrazar, p. 153—, Domingo de la Cruz, uno de los descubridores, regaló a la reina Isabel II las piezas que aún conservaba en su poder, entre ellas la corona de Suintila, a cambio de una suma de dinero y de una pensión vitalicia.
Por su parte, el joyero madrileño José Navarro, que fue quien vendió en Francia las piezas que ahora tenía el Museo de Cluny, aún conservaba las dos placas de oro de la gran cruz. Se ignora en qué lote fue hallada ésta, aunque se cree que pudo formar parte del segundo, el que cayó en manos de Domingo de la Cruz. También se sospecha que las placas debieron llegar a Navarro por compra de éste a algún platero toledano. Además de las placas, José Navarro tenía también unos “carbones ” que al parecer provenían de la cruz y que no eran restos del alma de madera interior, es decir, del soporte sobre el que iban colocadas las placas de oro. Es importante recordar que la hipótesis más probable es que la gran cruz no fuera una cruz procesional en sentido estricto, sino una cruz-relicario, y los “carbones ” debieron de ser, muy probablemente, las reliquias que se hallaron en su interior, y que por ese motivo no se descartaron como madera vieja. Es posible también que la cruz portara alguna inscripción en latín en su reverso,Luis J. Balmaseda Muncharaz (1995), El tesoro perdido de Guarrazar, p. 158 como en otras cruces de la época que se han conservado.
La supervivencia de los carbones sugiere, como hipótesis más probable, que fuera un joyero toledano el que desmembrara la cruz y no uno de los descubridores. Posiblemente aparecieron durante el desguace, en vez de haber sido comprados por el joyero junto a las placas de oro, dado que carecen de interés en joyería.Luis J. Balmaseda Muncharaz (1995), El tesoro perdido de Guarrazar, p. 156 Los carbones se debieron de encontrar en algún lugar importante de la cruz, seguramente en una cápsula en su centro, y eso evitó que fueran destruidos. De idéntica manera, José Navarro los conservó junto a los restos de la cruz, y vendió el conjunto al gobierno español en 1860, negándose a proponer ningún precio, sino por lo que le quisieran dar. El Ministerio de Fomento compró el lote y adscribió temporalmente los restos de la gran cruz al Gabinete de Antigüedades de la Biblioteca Nacional, de donde pasaron al Museo Nacional de Arqueología tras su fundación, en 1867,Alicia Perea (ed.) (2001), El tesoro visigodo de Guarrazar, p. 76 donde se encuentran desde entonces.
Análisis de la obra
derecha|miniaturadeimagen|250px|Las incisiones vacías contenían originalmente pequeños granatesComo ya se ha mencionado, los restos de la gran cruz que subsisten actualmente son dos placas o revestimientos laminares de dos de sus brazos, ya que se considera muy poco probable que sean la parte delantera y trasera de uno solo de los brazos. Son dos chapas de oro de unos 0.03 cm de grosor que tienen forma trapezoidal y que se cree que recubrían como si fuera una caja el núcleo de la cruz, que estaría hecho posiblemente de madera. Se trataba de una cruz gemada, es decir, cubierta de gemas. La superficie de las placas está sembrada de pedrería, nácar y perlas engastadas, acompañada de trabajos en volumen en forma de hojas y roleos con incisiones. Cada una de esas incisiones contenía originariamente un pequeño granate incrustado, por lo que había un gran número de ellos repartido por la superficie de las placas, aunque se han perdido en su casi totalidad. Su pérdida supone una gran alteración con respecto al aspecto original, que mostraba un colorido mucho más vivo por el contraste entre el amarillo del oro y el rojo de los granates, como en otras piezas de orfebrería de la época. Hoy en día ese contraste no existe y está sustituido por un efecto de claroscuro causado por el vacío de los huecos de las incisiones.
Para poder hacer su función de caja, los bordes de las placas están doblados en ángulo recto, para poder cubrir también el perfil de la cruz. Se ha debatido acerca de si los trozos conservados corresponden al anverso (el lado frontal) o al reverso (el lado posterior) de la cruz. Aunque no se puede concluir con certeza, se cree que es más probable que los dos correspondan a su lado frontal. En este caso, se ignora cómo podría haber sido su lado posterior, tal vez más sencillo.
La técnica de orfebrería con la que se han trabajado las dos láminas de la gran cruz se conoce como opus interrasile, y consiste en abrir motivos ornamentales vacíos, que recuerdan a los encajes de las telas, por medio de la perforación de las láminas con un punzón. Esta técnica es característica de la orfebrería romana de finales del , aunque se siguió practicando hasta el en el mundo romano oriental. Este dato sugiere que la gran cruz es el objeto más antiguo del tesoro de Guarrazar, de en torno al , y que su procedencia, aunque desconocida, es otra que la del resto de las piezas del conjunto. En la época en que se creó la cruz la técnica del opus interrasile ya no era popular, aunque aún se practicaba, y los orfebres obtenían resultados diferentes a los conseguidos en tiempos anteriores por la incrustación en los espacios vacíos de piedras de color rojo y por el uso de la técnica del repujado.
La pedrería, nácares y perlas se sujetan a las placas de oro con engastes del tipo conocido como cápsula con moldura. Las piezas de color blanco (perlas y nácar) ocupan siempre los bordes, mientras las piedras de color se disponen en la calle del centro, siguiendo en general un patrón de alternancia de gemas de perímetro curvo (más o menos ovaladas o circulares) con otras de perímetro recto (más o menos cuadradas o rectangulares). La observación atenta de las perlas y piedras sugiere que no todas son las originales, pues en algunos casos son demasiado pequeñas para las cápsulas en las que se encuentran. En concreto se ha sugerido que originariamente las placas no contenían perlas sino únicamente piezas de nácar recortado, y que las perlas, aunque son antiguas, fueron añadidas en la recomposición moderna que se llevó a cabo cuando se detuvo el proceso de destrucción de la gran cruz y se repararon los fragmentos supervivientes para su venta.
Un estudio analítico de las gemas engastadas ha mostrado que la mayoría de ellas son zafiros, posiblemente procedentes de Ceilán (actual Sri Lanka), y que cinco son vidrios de color. Por lo que se refiere al llamado brazo 1 (MAN 52.561), la secuencia de piedras en la calle central, leída del extremo más estrecho al más ancho, es la siguiente:Alicia Perea (ed.) (2001), El tesoro visigodo de Guarrazar, p. 265
izquierda|miniaturadeimagen|375x375px|Brazo 1.Gemas de la calle central, de izquierda a derecha Vidrio artificial verde, rectangular Zafiro, rectangular Vidrio artificial verde, cuadrado Zafiro, oval Perdido [rectangular] Zafiro, oval Zafiro, rectangular Zafiro, oval Vidrio artificial pardo anaranjado, cuadrado Zafiro, oval irregular
Por lo que se refiere al brazo 2, la secuencia de piedras en la calle central, leída del extremo más estrecho al más ancho, es la siguiente:Alicia Perea (ed.) (2001), El tesoro visigodo de Guarrazar, p. 266
izquierda|miniaturadeimagen|375x375px|Brazo 2.Gemas de la calle central, de derecha a izquierda Vidrio artificial verde, rectangular Zafiro, irregular curvado Vidrio artificial verde, rectangular Zafiro, irregular curvado Perdido [rectangular] Zafiro, irregular cuadrangular Perdido [rectangular] Zafiro, oval Zafiro, cuadrado Zafiro, oval