Hierba (título original coreano, 풀; romanización revisada del coreano, Pul) es una novela gráfica creada por la autora coreana Keum Suk Gendry-Kim y publicada por primera vez en 2017. Se trata de su primera obra en coreano y desde entonces ha sido traducida a 14 idiomas. incluyendo la edición en español traducida por Joo Hasun y publicada por Reservoir Books, sello de Penguin Random House Grupo Editorial, en 2022. La obra ha ganado varios premios como el Harvey Award, el Krause Essay Prize, el Cartoonist Studio Prize, Big Other Book Award y el YALSA Book Award. También ha sido nominada para los Eisner Award, Believer Book Award y LA Times Book Prize Así mismo, The New York Times, The Guardian y Los Angeles Times lo han elegido como mejor cómic del año.

Se trata de una obra de memoria biográfica que narra la dura vida de la señora Lee Ok-Sun como víctima de esclavitud sexual por parte de las tropas japonesas que ocuparon Corea durante la Segunda Guerra Mundial.

Argumento La obra se abre con una escena en 1996 en la que la señora Lee Ok-Sun está volando desde China hasta Corea del Sur, su hogar natal. Aquí la mujer tiene 70 años y ha pasado 55 de ellos en China desde que fue llevada allí a la fuerza por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. La raptaron en 1942 para servir como esclava sexual para las tropas japonesas en una de las muchas «estaciones de consuelo» que tenían en China. En ellas, los soldados violaban y maltrataban sistemáticamente a estas «mujeres de consuelo», situación que Lee Ok-Sun vivió durante tres años hasta que finalizó la guerra en 1945 y los dueños de las estaciones de consuelo se dieron a la fuga dejando a las presas libres.

Después de esa escena inicial, viajamos hacia delante y hacia atrás en el tiempo y vemos la infancia de Lee Ok-Sun, así como su adolescencia y vida adulta hasta que vuelve de nuevo a Corea para vivir en un «casa del compartir». Éstas eran residencias para mujeres que habían pasado por la misma situación que la protagonista y no tenían otro sitio en el que refugiarse. Aquí es donde la autora de la novela, Keum Suk Gendry-Kim, se reúne con la anciana que le cuenta toda su historia.

Lee Ok-Sun nació en 1926 en Busan y tuvo una infancia bastante dura. Desde los ocho años le insistía a su madre diciendo «yo también quiero ir al colegio», pero ella siempre le contestaba con «no digas estupideces». Tenía también otro hermano, el cual sí que podía ir al colegio por ser varón, y una hermana. Como la familia era pobre, la niña tenía que trabajar en el mercado vendiendo comida o ayudar a su madre haciendo las tareas del hogar. Sin embargo, un día apareció un hombre que quiso adoptarla prometiéndole que le permitiría ir a la escuela y que cuidaría de ella. Así pues, la niña se fue con ese hombre, pero enseguida descubrió que todo era mentira. El hombre se la llevó a su restaurante de fideos en Busan, donde la forzó a trabajar y a vivir en malas condiciones. Al cabo de poco tiempo, el hombre la abandonó a manos de otro restaurante, esta vez una taberna. Aquí la niña ya tenía 16 años. En la taberna se vio en las mismas condiciones que en el anterior restaurante y estuvo así hasta que un día, volviendo de hacer un recado, la raptaron por la calle. Era 1942.

A partir de aquí empiezan las escenas más duras de la vida del Lee Ok-Sun. Después de un viaje en tren de varios días hasta China, la encerraron en «una casa de paredes de barro y techo de tejas,» que era la estación de consuelo ubicada en el aeródromo este de Yanji. Allí vivió con otras chicas coreanas que habían llegado en circunstancias parecidas a la suya. Aquí es donde la violaron por primera vez, y donde también perdió su virginidad. En esta estación también se enamoró por primera vez, del capataz de los obreros que había en el aeródromo. Pero después de casi un año en esta estación, la trasladaron a otra que estaba cerca de lo que hoy en día es el mercado del oeste de Yanji. Aquí la seguían tratando igual y los fines de semana las violaciones se sucedían con mayor frecuencia. El abuso era tal que un día contrajo sífilis y el dueño de la estación, impaciente porque tardaba mucho en curarse, la expuso a gas de mercurio haciendo que la infección desapareciera, pero dejándola estéril.

Al cabo de tres años de explotación sexual, la guerra finalizó y las estaciones de consuelo fueron abandonadas por los dueños. Como consecuencia, las mujeres quedaron libres, pero no sabían ni dónde estaban. Después de una temporada de vivir en la calle, Lee Ok-Sun se acordó de dónde vivía el hombre del que se había enamorado en el aeródromo. Decidió buscarlo y tras reencontrarse, se casaron. Sin embargo, su vida no mejoró demasiado, puesto que su marido se fue a los cuatro días a alistarse en el ejército comunista. Lee Ok-Sun estuvo 10 años intentando ganarse la vida y cuidando de la familia de su marido, sin tener noticias suyas. Al cabo de ese tiempo, descubrió que su marido estaba vivo y que se había casado y tenía ya tres hijos, bajo el pretexto de que pensó que ella no le habría esperado tanto tiempo.

Poco tiempo después, una tía de su marido le pidió que fuera a verla a un pequeño pueblo, sin decirle que era una excusa para que varios hombres la conocieran y vieran si estaban interesados en casarse con ella. Así pues, la tía la convenció para que volviera a casarse con un hombre que tenía dos hijos y que lo único que quería de ella era que los criara. Sin embargo, Lee Ok-Sun admite que «[sufrió] mucho en ese segundo matrimonio» porque el hombre bebía, apostaba, y los niños se portaban mal. Pero le cogió cariño al más pequeño, que acabó considerando su hijo, y por ese motivo decidió vivir en China con ese hombre 50 años.

Finalmente, un día quiso intentar ponerse en contacto con su familia en lo que se había convertido en Corea del Sur después de la guerra. Como era analfabeta, aprendió a leer y a escribir para poder enviar cartas a programas de radio que ayudaban a familias separadas por la guerra a reencontrase. Gracias a ellos, consiguió volver a Corea del Sur y reunirse con sus hermanos. Sin embargo, ellos se avergonzaron de su pasado y la repudiaron, por lo que se arrepintió de haber vuelto. En las últimas páginas de su historia admite su deseo: «disfrutar de una vida normal. Vivir con mi hijo, mi nuera y mis nietos. Pero para eso tengo que irme a China. Todos los días me martirizo por no vivir con ellos.».

Sin embargo, la historia no termina aquí porque las últimas páginas de la novela están dedicadas a la lucha incesante de las víctimas del ejército japonés contra el gobierno de Japón. Éste nunca se ha disculpado por el daño que ha hecho a las «mujeres de consuelo» y su única forma de solucionar el asunto es ofreciendo compensación económica. Sin embargo, las víctimas quieren una «disculpa sincera».

Temas

Guerra Puesto que la obra sucede en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y más en concreto la Guerra del Pacífico, este es un tema que se encuentra siempre presente en el trasfondo de la novela. Se menciona cómo «las tropas niponas [...] quemaron pueblos, masacraron a civiles y violaron a todas las mujeres que se les cruzaron en el camino» Sin embargo, lo que se puede ver más claramente es cómo la invasión japonesa de Corea repercutió a los coreanos. Japón «reclutó a estudiantes y jóvenes de Corea para el ejército y también para explotarlos laboralmente. [...] Miles de coreanos acabaron en campos de batalla para prestar servicio militar voluntario u obligatorio». A las mujeres, además, «se les negaba la libertad y se ultrajaba su integridad sexual». También impusieron muchos cambios en la sociedad. Con el fin de «aniquilar la identidad y las tradiciones del pueblo coreano, Japón desplegó duras políticas coloniales, como imponer el culto sintoísta», les presionaron para que «adoptaran apellidos japoneses» y si desobedecían, «no podían acceder a la red de abastecimiento de alimentos y otros productos» Además, «su nombre paraba a encabezar las listas de candidatos a los campos de trabajo» Los cambios también tuvieron lugar en la educación, puesto que «en el colegio, solo se usaba el japonés y se animaba a los alumnos a vigilarse mutuamente por si alguien hablaba en coreano». Todo esto con el objetivo de «"domesticar" a la gente de la colonia al estilo japonés» Los estragos de la guerra también se ven en las estaciones de consuelo. Al llegar allí, a las mujeres les cambiaban el nombre a uno japonés, como le sucede a Lee Ok-Sun. Además, tenían que trabajar «igual que los hombres» (182) y no les daban agua. Sin embargo, eso no era todo porque después del trabajo forzado pasaron a abusar de las jóvenes sin piedad. No tenían descanso ni podían excusarse por tener la menstruación o estar enfermas porque eso era visto como una pérdida de dinero por los dueños de la estación. A lo largo de la novela se ven varias referencias a cómo avanza la guerra y a lo que está sucediendo en el mundo mientras Lee Ok-Sun está en la estación de consuelo. La autora cuenta cómo comenzó la guerra y las consecuencias que siguieron a su finalización.

Mujeres de consuelo

Este es el eufemismo que se utiliza para referirse a las «víctimas de la esclavitud sexual a manos del ejército japonés», durante la Guerra del Pacífico. Al igual que con el resto de coreanos, a las «mujeres de consuelo» también se les obligó a cambiar su nombre por uno japonés y se les prohibió hablar coreano. Eran mayoritariamente niñas o adolescentes que habían sido secuestradas o llevadas allí con falsas promesas de trabajo digno pero la realidad es que estaban para servir a los soldados japoneses. Las chicas eran todas metidas en casas con cuartos compartidos por varias. Allí vivían en condiciones penosas, con poca agua y comida. En esas habitaciones también las violaban los soldados, a veces delante de las otras chicas. No tenían descanso ni cuando tenían la regla, por ejemplo, y tampoco se las protegía contra las ETS o el embarazo. Lee Ok-Sun cuenta que el ejército japonés tenía interés en que los soldado no enfermaran por estar con las chicas, y por eso les decían que usaran preservativos. Sin embargo, «muchos no hacían caso» y agredían a las chicas que se lo recordaban. No había horario y los soldados podían venir cuando quisieran. Según Lee Ok-Sun, «entre semana venían relativamente pocos, pero los domingos, como los soldados también descansaban, el número se multiplicaba». No solo eran víctimas de agresiones sexuales, sino también físicas. Muchos soldados les pegaban e incluso los dueños de las estación de consuelo. Aunque parezca extraño, en algunas estaciones sí que se les permitía salir, pero no tenían ningún sitio al que ir porque estaban en medio de la nada y sin dinero. Tampoco todas las mujeres eran esclavas sexuales. Algunas se encargaban de cocinar o de trabajo forzado, pero sus condiciones no eran muy diferentes. Lee Ok-Sun vivió así tres años, hasta que se terminó la guerra y fue libre. Sin embargo, siguió sufriendo muchas penurias y fue rechazada por su familia y la sociedad por lo que le había sucedido.

Cultura de Corea en la época El elemento cultural que más destaca en Hierba es el de la sociedad patriarcal. En aquella época, «se consideraba que las mujeres tenían que consagrarse al cuidado de sus padres y hermanos cuando eran pequeñas, y una vez casadas, al de los maridos y suegros». Por eso, desde el principio de la obra vemos cómo Lee Ok-Sun no tiene permiso para ir a a la escuela, mientras que su hermano y otros niños de la aldea sí. Ella se encargaba de cuidar de sus hermanos y de hacer tareas domésticas. Así mismo, cuando se casó por primera vez y su marido se alistó en el ejército, ella se quedó cuidando de sus suegros y demás familiares del marido. Lo mismo le pasó con su segundo marido, que solo quiso casarse con ella para que cuidara de sus hijos.