Se entiende por literatura francesa de la edad media a la producción literaria compuesta en lengua francesa o lengua de oïl durante un período comprendido entre el , fecha de los primeros textos en romance, hasta el , momento en el que convencionalmente se señala el fin de la Edad Media.

En este período, la otra gran lengua galo-románica, la occitana, produjo también abundante literatura de carácter lírico-trovadoresco. Así mismo, algunas obras fueron escritas en lenguas literarias híbridas. La canción de gesta Girard de Roussillon, por ejemplo, mezclaba artificialmente las lenguas de oc y de oïl.

Durante los siglos XII, XIII y XIV, el francés y sus correspondientes modelos literarios fueron hegemónicos en la literatura cortesana y caballeresca. Divulgado por las cultivadas cortes anglo-normandas y francesas, extendió su uso a territorios tan alejados de su área natural como Escandinavia, Germania, las penínsulas itálica e ibérica o los reinos cristiano-occidentales de Oriente Próximo. En este fenómeno está el origen de una literatura europea comprensiva que trasciende las todavía inéditas identidades nacionales y que se reivindica frente a la escrita en la lengua culta, el latín. Por otra parte, esta nueva expresión literaria supuso el principio de un proceso de laicización de la literatura que, hasta entonces, había tratado exclusivamente temas religiosos. El francés antiguo se configuró como la lengua románica específica de ciertos géneros novedosos como los relatos de ficción, las obras de carácter enciclopédico, los tratados científicos e, incluso, los libros de viajes. Dante Alighieri en su De vulgari eloquentia (I, X, 1) escribe: "Alega que a la lengua de oïl que por ser fácil y agradable lengua vulgar, le pertenece todo aquello que ha sido traducido en prosa vulgar, es decir, la Biblia, los libros de las gestas de los troyanos y de los romanos, y las bellísimas leyendas del rey Arturo, y otras historias y doctrinas." miniatura|Roman de Brut, de Wace, en un manuscrito del

Primeros textos

El primer texto literario conocido en lengua francesa es la Secuencia de Santa Eulalia, escrita probablemente entre 881 y 882. Se trata de una adaptación en 29 versos de un poema latino de carácter religioso y moralizante. Le siguieron otros como la Vie de Saint Léger y Vida de San Alejo. Los primeros grandes textos de la literatura francesa datan de mediados de la Edad Media, hacia el , en una época de gran desarrollo de la agricultura y de expansión demográfica tras largos periodos de invasiones y epidemias.

Los cantares de gesta

La épica francesa aparece ya a finales del y se sigue cultivando hasta bien entrado el , dando lugar a la producción más vasta de cuantas hay en Europa. La clasificación por ciclos, atendiendo al héroe o familia en torno al cual se desarrolla el relato, se ha impuesto a la hora de poner orden en el amplio cuerpo de cantares.

Como caracteres generales de toda la producción, se pueden señalar la sobriedad de la narración, con un elemento fantástico creciente en las últimas composiciones y que será la base futura de las novelas de caballerías; y la organización en tiradas o laisses de extensión variable a modo de estrofa, con versos de dieciséis sílabas en las primeras obras, que fueron sustituidos de manera tardía por los alejandrinos.

La literatura épica medieval gira en torno a la caballería, la define éticamente y difunde su mito. En los cantares de gesta se muestra la clase feudal a través del caballero, héroe épico de fuerza y resistencia sobrehumanas, que hace de la guerra su forma de vida y es presentado como un ejemplo de fidelidad a su señor y, por tanto, como representante de una sociedad cuya existencia está en juego.

El resto de personajes representan papeles definidos: el amigo confidente, el traidor, el enemigo, etc. Su función en la narración es subrayar el heroísmo y las virtudes del héroe principal.

En general los temas de los cantares de gesta constituyen lo que el poeta Jean Bodel llamó materia de Francia, frente a los de tema artúrico (materia de Bretaña) y los de temas de la Antigüedad (materia de Roma).

Ciclo de Carlomagno o del Rey

Integran este ciclo los poemas que cantan todo cuanto se refiere al emperador Carlomagno, cuya dimensión histórica, política y humana sirvió de fuente de inspiración para los poetas franceses durante muchos siglos. Los más destacados cantares de este ciclo:

Cantar de Roldán (Chanson de Roland), se trata del primer cantar de gesta, el manuscrito más antiguo de todos los conservados data de finales del s.XI. Aborda, deformándolos, los hechos históricos de la batalla de Roncesvalles, centrándose en el caballero Roldán que supuestamente fue muerto en combate; y ensalzando al tiempo la figura de Carlomagno, a quien se presenta como auténtico caudillo de la Cristiandad.

Huon de Burdeos (Huon de Bordeaux), poema del que narra las peripecias de Huon, condenado por Carlomagno a arrancar la barba y cuatro dientes al emir de Babilonia por haber asesinado por error a su hijo. Se trata de un relato en el que lo fantástico desempeña un papel muy importante.

La peregrinación de Carlomagno (Le Pèlerinage de Charlemagne), compuesto a principios del , relato imaginario de un supuesto viaje que realizó el soberano con sus Doce Pares a Tierra Santa.

Berta la de los grandes pies (Bertha aux grands pieds), del , obra de Adenet Le Roi, narra la vida de la madre de Carlomagno.

Ciclo de Guillermo de Orange

Centrados, aunque no exclusivamente, en la figura del conde Guillermo I de Tolosa, tienen como trasfondo histórico el debilitamiento del poder real tras la muerte del emperador y el acceso al trono de Ludovico. Destacan las siguientes composiciones:

La coronación de Ludovico (Le couronnement de Louis), de 1137 obra de Bertrand de Bar-sur-Aube, donde se nos muestra a un monarca débil y pusilánime ante las pretensiones de los nobles.

Los carros de Nimes (Le charroi de Nîmes), de finales del que narra la toma de la ciudad de una manera ingeniosa.

Aliscans, del mismo siglo. Obra protagonizada por Vivien, sobrino del conde.

Ciclo de Doon de Mayence

Llamada también "de los vasallos -o barones- rebeldes", el rasgo fundamental de este ciclo es el profundo desprecio que profesan los héroes hacia la figura del rey. Pertenecen a él:

Renaud de Montauban, conocido también por el nombre de Les quatre fils Aymon, de finales del

Raoul de Cambrai, considerada una de las mejores epopeyas francesas. Narra de manera primorosa la evolución del héroe en el marco de las luchas intestinas de la nobleza.

La materia de Roma

Las obras que conforman la materia de Roma se inspiran directamente de autores clásicos como Homero, Virgilio u Ovidio, presentando una lectura contemporánea de esos clásicos, al situar a sus personajes en las estructuras ideológicas y sociales de la Edad Media. Formalmente estas obras ya no hacen uso de la tirada épica, la laisse, sino que emplean principalmente los octosílabos pareados. A este grupo pertenecen:

Romance de Tebas (Roman de Thèbes), escrito hacia 1150 que relata la leyenda de Edipo.

Romance de Eneas (Roman d'Enéas), escrito hacia 1155, reelaboración de la Eneida virgiliana.

Romance de Troya (Roman de Troie) compuesto hacia 1165 por Benoît de Sainte-Maure, que en más de 30.000 versos retoma temas de la Ilíada y la Odisea

Li Romans d’Alixandre, se trata de una obra colectiva, iniciada hacia 1150 y culminada en siglos posteriores. Está inspirada en la historia de Alejandro Magno que narrara Quinto Curcio y consta de más de 20.000 versos de doce sílabas (catorce según la métrica española) que, por la predicación de que gozaron en siglos venideros, fueron a partir de entonces denominados alejandrinos. Esta obra sirvió de inspiración para el Libro de Alexandre castellano del .

La materia de Bretaña La representa la tradición céltica, por oposición a la tradición carolingia de la materia de Francia, o la tradición latina de la materia de Roma. La irrupción de los héroes bretones (Tristán, Arturo o Lancelot) supuso una novedad en la segunda mitad del y constituyó una auténtica moda literaria. Las leyendas celtas sirvieron de inspiración a los autores de lengua d'oïl, si bien aún no hay acuerdo acerca de cómo se produjo esa influencia. Según Jean Marx, no hay duda alguna de que el «esquema general de la narración» del roman francés reproduce los temas esenciales de los relatos de aventura célticos, como son la búsqueda de talismanes, la visita al «Otro Mundo» (generalmente situado tras una frontera acuática), pruebas iniciáticas, conquista de la amada prometida y finalmente consagración de la soberanía.

Otros autores, como Frappier, minimizan la influencia céltica, resaltando la fuerte y antigua cristianización de los territorios célticos, especialmente Irlanda.

Tristán e Isolda La leyenda de Tristán e Isolda hunde sus oscuras raíces en elementos arquetípicos, probablemente presentes en muchas culturas distintas. Aparecen en él reminiscencias de la antigüedad grecolatina y del texto persa Wis y Ramin, entre otros.

Sin embargo, su relación con la materia de Bretaña es mucho más clara. Existen numerosas concordancias con sagas irlandesas, como Diarmaid y Grainne, por ejemplo. También en algunas «tríadas» bretonas se menciona a Tristán, Isolda, Marc y Arturo. No en vano, desde las versiones más antiguas conocidas, el relato se desarrolla en las tierras celtas de la isla de Irlanda.

En la literatura francesa, la leyenda más antigua nos es conocida principalmente por dos relatos: uno del poeta francés Béroul, y otro del anglonormando Tomás de Inglaterra, aunque también es posible que existiera una versión de Chrétien de Troyes, hoy perdida.

Ambos textos narran la historia de Tristán, cuya madre muere siendo él un niño, forzándole a ir a vivir con su tío, el rey Marc de Cornualles. Allí Tristán se destaca como brillante caballero, y entre sus proezas se cuenta la salvación del país del ataque del gigante irlandés Morholt, hazaña en la que cae herido. Siguiendo su voluntad, se le abandona en una barca que, a la deriva, llega a las costas de Irlanda donde Isolda la Rubia, sobrina de Morholt, le cura de sus heridas.

Tras este episodio vuelve a Cornualles, donde ayuda a su tío a encontrar una esposa. El rey halla por casualidad un cabello de Isolda y se determina a casarse con ella, con lo que Tristán regresa a Irlanda a buscarla, pero, en el barco de vuelta, ambos beben accidentalmente un filtro de amor que les hace enamorarse perdidamente el uno del otro.

Con todo, Isolda se casa con el rey Marc, pero cuando su enamoramiento es descubierto son expulsados de la corte. Escondidos en un bosque, un prestigioso ermitaño intercede por Isolda en un juicio de Dios, que se salda con el restablecimiento de su honra y su restitución en palacio.

thumb|300px|Tristán e Isolda vigilados por el rey Marc. Detalle de un cofre. .

Mientras tanto, Tristán abandona el país, corre numerosas aventuras y termina casándose con otra Isolda, la de blanca mano. En una de sus aventuras vuelve a caer herido de tal modo que sólo puede ser curado por Isolda la Rubia, quien acude en su ayuda en cuanto recibe la noticia. Sin embargo, Isolda la de blanca mano, celosa, engaña a Tristán diciendo que el barco en el que ha de llegar la Rubia trae una vela negra, la señal convenida en caso de que no pudiese acudir. Tristán muere desesperado e Isolda también, al enterarse del triste desenlace.

La versión de Thomas, es considerada más cortés, por el carácter lírico que lo acerca a la poesía provenzal, mientras que la de Béroul se interroga sobre el lugar que el amor y el deseo ocupan en la sociedad.

El personaje de Tristán se incorporó al universo artúrico en el , apareciendo como caballero, doble de Lancelot, en obras de Luce del Gat y Helio de Boron. Son los llamados "Tristán en prosa".

El roman de Brut