La iglesia de Santa María es un templo románico de la localidad de Tahull, situada en el Valle de Bohí, provincia de Lérida, Cataluña, España.

Pertenece al grupo de Iglesias románicas catalanas del Valle de Bohí, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Se encuentra en el centro del casco viejo de Taüll. A unos cientos de metros al sureste, justo a la entrada del pueblo, se halla la iglesia de San Clemente. Ambas fueron erigidas al mismo tiempo y consagradas en 1123. Durante el , Santa María fue la única parroquia de Taüll, mientras que San Clemente ejercía de capilla del cementerio moderno, pero en los siglos anteriores ambas iglesias habían compartido parroquialidad.

Historia Desde finales del hasta la Constitución de 1137, se consolidó el Condado de Barcelona, destacando las figuras de Ramón Borrell, Ramón Berenguer I, el Viejo y Ramón Berenguer III, quienes demostraron un gran poder militar y un gran expansionismo, llegando hasta las cercanías de Tarragona. Además, establecieron ciertas alianzas con territorios italianos y demostraron una gran relación con el emperador germánico (lo cual es probablemente que propiciara la inminente entrada y aceptación del nuevo estilo Románico en el territorio), También entraron en varias disputas con la Francia meridional. Se implantó el sistema feudal en la Cataluña del momento, reglamentado en los Usatges de Barcelona, de la mano de Ramón Berenguer I nuevamente. Esto construyó una sociedad fundamentada sobre la violencia, institucionalizada y con la bendición de la iglesia. La sociedad piramidal que se estableció, con una gran base de vasallos, pobres, respecto a la minoría elitista, hacía necesaria la existencia de un órgano institucionalizado que asegurara que éstos tuvieran una razón para vivir, para mantenerse en su posición y no querer escalar socialmente, y que asegurara la protección entre posibles insurrecciones, la religión. Los siervos de Dios (obispos, abades, etc.) atestiguaban la existencia del mismo y no diferían demasiado de las clases dominantes. Es por ello que la pintura pertenecía a estas clases dominantes y al clero, ya que además el patrimonio de las iglesias era proveído por los dominantes, con el objetivo de asegurar su Salvación. Esto mismo es muy relevante, ya que tenemos que ponernos en posición de los fieles del momento, quienes se veían vigilados y acechados tanto por el diablo como por Dios, apostillando nuevamente esa voluntad de las élites de mantener a los fieles bajo unas leyes estrictas en las que mantuvieran su posición social trabajadora sin rechistar. La incultura de estos fieles también contribuía a que esta pirámide se mantuviera estable, y a que las imágenes que vieran en los edificios religiosos dejaran huella en su manera de pensar y comportarse.

Destacó también el momento de riqueza cultural con figuras como Gotmar, Miró Bonfill o el abad Oliva, así como su acción en la Escuela de Ripoll. En el primer cuarto del penetraron en Cataluña dos variantes del llamado “primer románico”: la lombarda, y otra con influencias francesas, y árabes en lo decorativo. Se piensa que esto ocurrió por varios factores, sobre todo por la necesidad de consolidar la frontera occidental tras la campaña del 985 de Al-Mansur y por el desarrollo económico implicado en la repoblación que se estaba llevando a cabo en los territorios peninsulares. La corriente lombarda alcanzó una mayor difusión. En el se desarrolló y regionalizó, mezclándose con las particularidades de la zona. Es precisamente en estos primeros años del primer milenio que Cataluña rompía con el arte de años pasados, para centrarse en lo que hoy conocemos como Primer Románico (pese a que el término sea ciertamente deficiente para referirse al arte del momento), con lo que no sólo se colocaban como los punteros en el arte mundial, sino que también diferían en gran medida del resto de manifestaciones artísticas de la Península, más centradas en los resquicios del arte visigodo y asturiano. Este nuevo estilo bebía claramente de las tradiciones carolingias y lombardas, lo cual responde a la instauración del rito galo-romano, y de la voluntad del abad Oliva de adaptarse a Roma. Esto mismo también marca una diferencia con el resto de reinos peninsulares, donde los ritos hispánico y mozárabe pervivían. Con posterioridad, la relación del Abad con el reino de Aragón y el contacto con los catalanes hizo que esta nueva corriente artística se fuera expandiendo por el territorio hispánico.

Es importante tener en cuenta también, que en el periodo Románico, la iglesia no era un mero lugar de reunión de los fieles, sino que era el Templo de Dios en la Tierra, por lo que su estructura estaba sujeta a un cierto simbolismo encaminado a mostrar ciertas leyes que se quería que los fieles cristianos siguieran. La iglesia es comparable con un organismo humano. Además, el ábside era el receptáculo y guía de todas las oraciones de los hombres medievales, y debía pensar siempre antes de entrar en la deuda que tenía con su Creador. Para las clases religiosas la iglesia era el lugar idóneo para reflejar las consecuencias que tenía dejarse llevar por los placeres terrenales. En resumen, la sesgada y aborregada población catalana del momento, debido a la feudalización de su sociedad, se mantuvo en esta situación debido al simbolismo mostrado en las iglesias y catedrales, que imponían en ellos la manera de actuar y comportarse, lo que se acercaba y se alejaba del bien. Si éstos decidían negarse serían castigados con mano dura. Y en lo referente a lo artístico, Cataluña se convirtió en un territorio puntero, aceptando y difundiendo un estilo procedente de la zona lombarda y carolingia, el Románico.

Iglesia La primitiva iglesia de Santa María de Tahull se debió a la promoción señorial probablemente de los Erill. De ella solo resta la parte inferior de la torre, pues se integró en la nueva iglesia del . La actual se debe a una nueva fase edilicia iniciada en la segunda década del . La iglesia contribuyó a construir el núcleo de la población de Tahull. La participación de los señores del lugar en las luchas por el feudo o contra la Taifa de Zaragoza probablemente condicionaron la morfología de las iglesias del valle, mermando el número de ingresos a la localidad.

La planta de la iglesia es basilical, con tres naves y tres ábsides, siendo los laterales más pequeños. El exterior muestra una iglesia románica con decoración lombarda en sus ábsides. La torre se alza incluida en el edificio, a los pies y en la nave norte. Es de destacar la inclinación divergente que presentan una y otra. En la iglesia de Santa María de Tahull se produce una interesante interrelación entre pintura y arquitectura. El exterior es sobrio y queda animado mediante la colocación del sillarejo y la adición de las lesenas de tipo lombardo en la cabecera de tres ábsides, así como estrechas ventanas con un ligero abocinamiento. Las fachadas oeste, norte y sur no tienen ningún tipo de ornamentación.

Como podemos comprobar, las formas adoptadas en las iglesias románicas del valle del Boí, y en el caso que nos ocupa Santa María de Tahull, es una continuación del primer románico donde la impronta lombarda es notable. En este caso, se percibe una cierta regresión primitivista, pues se emplean tipos arquitectónicos y formas que ya se habían superado, como son las cubiertas de madera sustentadas por pilares circulares. Las formas tomadas de la tradición lombarda no se deben a la existencia de obreros lombardos en la zona, sino a la difusión del estilo en el arco mediterráneo. No obstante, estas formas realmente no son primitivas, sino que responden a una traducción de modelos basilicales de tradición paleocristiana que se recuperaban como tales en la ciudad de Roma en estos momentos debido a la reforma gregoriana

El interior de la iglesia constituye un verdadero pasillo que conduce la atención del feligrés medieval hacia la cabecera. La experiencia dada por la comunión entre la arquitectura y las pinturas era similar a la de un camino de dos etapas. Las naves son la imagen de lo terrenal, mientras que el punto final de estas, las cabeceras semicirculares, son reflejo de lo divino al emplear formas alusivas al principio y al fin y aunar la atención de todos los fieles. Por eso los ábsides concentran las visiones apocalípticas junto a la corte celestial y a los testigos de su gloria, son figuradas y verdaderas cabezas eclesiales.

Campanario La torre del campanario no está exenta, como la de San Clemente, pero sigue exactamente el mismo modelo, por lo que su descripción es prácticamente la misma. Es alta y esbelta, como todas las torres lombardas levantadas en el valle de Bohí. Corresponde al grupo de torres contemporáneas de las italianas edificadas en el , que se construyeron mucho más elegantes que las de la etapa anterior. Consta de cinco pisos asentados sobre un zócalo macizo bastante alto. En las cuatro caras de cada piso se repite la misma decoración y el mismo número de ventanas. En el zócalo hay una sola ventana más cinco arcos ciegos. En los otros pisos varía el número de ventanas, separadas por columnas, los capiteles de las cuales están dispuestos perpendicularmente al muro de la torre. Los tres últimos pisos llevan, a manera de imposta, una decoración como la de los ábsides. La decoración que presenta la torre en sus pisos superiores fue modelo para iglesias posteriores como las de Santa Eulàlia de Erill la Vall y de la Natividad de Durro. Su altura responde al deseo de señalizar las distintas villas y servían como puntos de control del territorio por parte de los señores.

Pinturas murales La revalorización de la pintura catalana comenzó con la generación de la Renaixença, movimiento de amplio alcance, esencialmente cultural y literario, pero también de concienciación política, que surge hacia 1830 y que tiene como componente básico el redescubrimiento de la cultura y la sociedad catalana como un hecho diferencial importante que hay que potenciar de varias maneras. No obstante, el momento en que se decidió su suerte fue el verano de 1919, cuando la Junta de Museos de Barcelona emprendió una gran campaña de salvamento, con la compra, arrancamiento y traslado al museo de Barcelona de las pinturas murales románicas de San Quirico de Pedret, San Clemente y Santa María de Taüll, San Juan de Boí, Santa María de Àneu, San Miguel de Engolasters, San Miguel de la Seu d'Urgell, Santa María de Ginestarre, Santo Pablo de Esterri de Cardós y Santa Eulalia de Estaon. Esta colección con ejemplares de notable calidad es única en su género.