La batalla de Préveza fue un enfrentamiento naval ocurrido el 28 de septiembre de 1538, frente a la bahía de Préveza, en el que se enfrentaron una flota aliada cristiana al mando del genovés Andrea Doria, gran almirante de Carlos I de España y V de Alemania, y una flota otomana al mando del Jeireddín Barbarroja, bey de Argel y también gran almirante del sultán Solimán. La armada cristiana, dificultada por mal tiempo y la descoordinación, fue puesta en fuga por los turcos a pesar de su superioridad numérica.
El curso de la batalla es incierto; el historiador Roger Merriman declaró que "los testimonios de ella son tan contradictorios que es casi imposible llegar a la verdad". La historiografía tradicional, basada en las fuentes venecianas, atribuyen la derrota cristiana a Doria, que podría haber tenido incentivos secretos para no ganar la contienda, quizá con vistas a las negociaciones imperiales que estaban teniendo lugar con Barbarroja para una posible defección. Por su parte, las fuentes imperiales y españolas recogen que Doria se encontró abandonado por las fuerzas venecianas y papales, que frustraron la victoria al negarse a seguir sus órdenes en el momento decisivo debido a rivalidades internas.
La batalla tuvo poca relevancia material, ya que apenas hubo bajas en ningún bando, pero resultó en una grave pérdida de confianza entre las distintas armadas cristianas. Esta desunión trajo consigo el comienzo de la hegemonía naval otomana sobre el Mediterráneo, que duraría treinta años hasta romperse con la victoria cristiana en la posterior batalla de Lepanto.
Antecedentes Khair-ad-Din había encabezado desde 1519 una serie de ataques a posiciones españolas en el Mediterráneo, que lo habían convertido en el principal marino protegido por el sultán Solimán el Magnífico. En 1529 tomó la fortaleza del peñón de Gibraltar. En 1534, al mando de 60 galeras construidas con su propio diseño asoló el sur de Italia y de improviso atacó Túnez, apoderándose de este importante puerto aliado de España. Ante el avance de Barbarroja, el papa Paulo III pidió la conformación de una Liga Santa. A instancias del papa, Carlos I de España y V de Alemania formó una impresionante armada (reforzada por Caballeros de Malta, italianos y alemanes) para rescatar Túnez. Después de tres días de asedio y saqueos, el estratégico puerto fue recuperado en la llamada Jornada de Túnez. A pesar de ello, no fue posible arrestar a Barbarroja, que escapó y cambió de base.
Carlos encargó la misión de atrapar vivo o muerto al corsario a su propio almirante, el genovés Andrea Doria, quien ya había derrotado a Barbarroja en dos ocasiones durante la juventud de ambos y había constituido parte esencial de la Jornada de Túnez. Al mismo tiempo, el emperador negoció con el propio corsario turco, prometiéndole el control de Berbería si abandonaba el servicio otomano y se ponía al suyo, o meramente si cesaba de apoyar la causa turca, pero no hubo éxito. Durante casi cuatro años, Barbarroja continuó atacando puertos mediterráneos aliados de España: saqueó las costas de Apulia, atacó Corfú (donde fue rechazado por las defensas allí apostadas) e inmediatamente luego de esto atacó el mar Adriático obteniendo para Constantinopla un millar de mujeres, adolescentes varones y tesoros saqueados de las ciudades y las iglesias cristianas.
La Liga Santa llamó a congregar una armada con fuerzas españolas, genovesas, vencianas y papales, cuyo mando se confío al veterano Doria. La flota sentaría campamento campamento y punto de reunión en la isla aliada de Corfú.
Fuerzas enfrentadas Según Fernández Duro, la flota cristiana se componía del 133 galeras, 72 naos y galeones, con 50.000 a bordo, entre ellos 16.000 soldados destinados al desembarco. De los buques, el contingente hispanogenovés de Doria recogía 49 galeras y 72 naos de varios tipos, mientras que la flota veneciana tenía 55 galeras y numerosos naos y galeones al mando de Vincenzo Capello, de la flota papal con 27 galeras mandadas por Marco Grimani, seguidos todos por hasta 250 embarcaciones menores no combatientes. Crowley da en total 139 galeras y 70 veleros de varios tipos.
Por su parte, la flota musulmana se componía de 85 galeras, 30 galeotas, 35 fustas y un número desconocido de bergantines, dando en total alrededor de 150 banderas, y también reforzadas todas de tropa turca. Para Crowley, 90 galeras y 50 galeotas. Otras fuentes dan números diferentes pero generalmente parecidos.
La flota cristiana contaba con una sustancial ventaja numérica y material, pero la lastraba la variedad de naciones con mandos e intereses propios que la formaban, mientras que la otomana contaba con un mando unificado y homogéneo. Las tensiones internas entre los europeos amenazaban con hacerla estallar en cualquier momento, ya que los venecianos de Capello tenían una profunda desconfianza mutua con españoles y genoveses, a los que el almirante Doria representaba al mismo tiempo al mando de la armada. Esta hostilidad resultaría desastrosa.Dragoş Cosmescu, Venetian Renaissance Fortifications in the Mediterranean, 2015, McFarland, ISBN 9781476620183, p.172
Movimientos previos La armada de la Liga Santa se reunió por fin en Corfú, adonde primero llegaron los venecianos de Capello y la flota papal de Grimani, que había sido rechazada por los turcos en un intento de tomar la fortaleza de Préveza. La flota quedó completa con la llegada de Andrea Doria al mando de las naves españolas y genovesas el 22 de septiembre de 1538. Por su parte, llegado de un intento fallido de tomar Heraclión, el almirante turco había recibido noticias de su posición y, tras saquear la isla de Cefalonia, se refugió en el golfo de Arta, en apariencia inferiores a la flota cristiana. Por sugerencia de su teniente judío Sinan Reis, Barbarroja desembarcó un contingente de artillería en Accio, lo que efectivamente convirtió el golfo en una posición defensiva. thumb|300px|Golfo de Arta, con la flota cristiana fuera y la turca dentro. La noche del 20 de septiembre, Doria y Gonzaga se reunieron en Parga con un prisionero español liberado por Barbarroja para servir de intermediario. El almirante otomano estaba en tratos con Carlos V para un posible cambio de bando, y esta era una nueva ronda de negociaciones. Sin embargo, no se llegó a un acuerdo, ya que ambos hicieron demandas que el otro se negaba a cumplir: Barbarroja deseaba que se le devolviese Túnez, mientras que los imperiales deseaban que incendiase toda las naves de los turcos que no pudiera atraer a su bando. Tres días más tarde se volvió a enviar a otro mensajero a la flota turca, pero tampoco hubo éxito.
Tras localizar a Barbarroja, Doria se detuvo con su armada el 25 de septiembre ante las puertas de Arta, donde las dos flotas se observaron mutuamente. La situación de ambas armadas era de punto muerto. Barbarroja no podía salir del golfo, ya que habría supuesto su destrucción ante el poderío enemigo, pero Arta era tierra en control otomano, por lo que el corsario podía esperar dentro con cierta comodidad. Por su parte, Doria prevalecería en una batalla franca, pero no podía asaltar el golfo, en cuya boca sus buques habrían quedado atorados. El genovés tampoco podía maniobrar libremente fuera con sus naves de vela, en cuya potencia de fuego confiaba para vencer a los turcos, debido a que el mal tiempo amenazaba con empujarlas contra la costa si se acercaban demasiado.
La primera opción cristiana era cegar la boca, desembarcar sus fuerzas terrestres, eliminar la artillería otomana e instalar sus propios cañones, convirtiendo así el golfo en una ratonera. Se trazó un plan, que ejecutaría la prestigiosa infantería de marina hispánica al mando de Francisco Sarmiento y Álvaro de Sande. Sin embargo, el plan terminó descartado por el anterior fracaso de Grimani y por no haber condiciones orográficas y climáticas adecuadas para un desembarco en tierra enemiga. Doria también sabía que Barbarroja podía recibir refuerzos casi ilimitados al hallarse en tierra otomana. Un intento turco de construir fortificaciones adicionales fue rechazado por los cañones cristianos desde el agua, aunque no hubo más intercambios que este. Los dos almirantes eran conscientes de sus ventajas y se mostraban reacios a aventurarse.
La mañana del 27, Doria ordenó a su flota levar anclas y dirigirse con rumbo sur hacia Sessola, cerca de Léucade, donde iniciarían incursiones contra Lepanto con el fin de obligar a Barbarroja a salir para tratar de defenderlo. Así, la flota cristiana salió, con los buques papales en vanguardia, los venecianos en el centro y los hispanogenoveses en retaguardia. El almirante otomano salió del golfo unas horas más tarde. Según el soldado y cronista Cereceda, Barbarroja estaba seguro por sus negociaciones con el emperador de que Doria no se esforzaría en darle aquella batalla. El otomano formó su flota en Y, con él mismo al frente, Seydi Ali Reis a izquierda junto a la costa, Salah Reis a derecha y Turgut Reis y Murat atrás.
Batalla Las diversas fuentes difieren de manera difícilmente compatible sobre las acciones del almirante y sus adjuntos, hasta el punto de que la batalla ha llegado a ser considerada imposible de reconstruir. La versión veneciana, que por su primacía que convirtió en la predominante en la mayor parte de la historiografía, acusa a Doria de incompetencia o de sacrificar la batalla para perjudicar a Venecia por rivalidad política. Por su parte, la hispanoimperial, que incluye las crónicas de Juan de Vandenesse y Martín García Cereceda, culpa de lo mismo a los venecianos, que se habrían negado a seguir la estrategia de Doria en un momento crítico. La versión maltesa rompe con todas ellas, centrándose en la impericia y la descoordinación de los cristianos.Mercieca, S. (2010). "The Battle of Preveza 1538: the Knights of Malta's Perspective". University of Ioannina, Actia Nicopolis Foundation.
Versión veneciana Según el testimonio veneciano, Doria consideró que Barbarroja todavía estaba demasiado cerca de la tierra para atacar, y que lo que pretendía era atraerles a su terreno, pero Capello y Grimani insistieron en aprovechar la oportunidad lo antes posible. Los cristianos avanzaron con las galeras, confiando en que los buques de vela les seguirían, pero una enconada falta de viento dejó a éstos varados, y Barbarroja aprovechó la oportunidad para atacarlos. El genovés continuó reacio a socorrer a las naves de vela, decidido a no dejarse atraer hacia la tierra enemiga, hasta que por insistencia de Capello y Grimani partieron por fin en su busca. thumb|270px|Despliegue de las flotas. Al hallarse ante la contienda, sin embargo, Doria no atacó, sino que volvió a su anterior plan y aún trató de atraer la atención de los otomanos para llevarlos a alta mar, señuelo que fracasó al comprender Barbarroja su propósito. La tardanza en intervenir desesperó a Capello y Grimani, que llegaron a personarse en la nave de Doria para implorar que se diera prisa.
El gran buque insignia veneciano, el Candia o Galeone di Venezia, capitaneado por Alessandro Condalmiero, había quedado la deriva a diez millas de Sessola, y pronto se vio rodeado por decenas de galeras otomanas. Aunque las mantuvo a raya con ayuda de sus muchos cañones, los turcos consiguieron posicionarse a su propia y popa, lejos de las bandas artilladas, y una vez allí acribillar el barco, en el que Condalmiero trataba de dar la vuelta para responder al fuego. De esta manera se enfrentó durante casi un día a la flota turca mientras las galeras tardaban en llegar, quedando gravemente dañado, pero a pesar de ello resistiendo todos los asaltos, incluso cuando el propio Barbarroja se sumó a ellos.
Así cayó la noche sin que sucediera el menor intento de Doria entrar en batalla, además de perderse dos galeras por acercarse demasiado a las otomanas, antes que se ordenase la desbandada general.
Versión hispanoimperial