La desempeña un papel fundamental para la perfecta integración en la sociedad japonesa. Está rígidamente basada en la línea de sucesión, según la cual los descendientes se vinculan entre sí a través de una idea de , cuyas relaciones no se basan en la mera sucesión sanguínea, sino que más bien tienen como finalidad el mantenimiento y la perpetuación de la propia familia como institución.

Desde el final del período Tokugawa, cuando la unidad familiar básica era el , hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando este sistema fue abolido por las potencias aliadas, la estructura de la familia japonesa ha experimentado importantes cambios para llegar a un concepto de familia basado en la igualdad de derechos para las mujeres, la herencia compartida entre todos los hijos y la libre elección de profesión y matrimonio.

Sin embargo, el rápido crecimiento económico que se dio en la posguerra trajo consigo una serie de problemas sociales de diversa índole, especialmente en el ámbito familiar, como la ausencia de una figura paterna para los hijos (motivada por los rígidos horarios de las empresas japonesas en las que trabajan los maridos y padres de familia) y la presión por la autorrealización y el éxito personal de los jóvenes, que han provocado la aparición de diversos trastornos sociales que hacen que los jóvenes japoneses no salgan de casa, recurran a los antidepresivos o se suiciden.

Historia Familia tradicional

left|thumb|300px|El emperador Hirohito con su esposa Kōjun y sus hijos en 1941 Durante gran parte del , el modelo de familia ideal vigente en Japón era el del ie, que se caracterizaba por un sistema patrilineal y una estricta jerarquía que se articulaba en función de la edad de sus miembros. Las responsabilidades familiares priman sobre los deseos individuales, ya que se considera que es la familia, y no el individuo, el pegamento que garantiza la supervivencia dentro del sistema social.

La peculiaridad de este sistema consiste en la característica esencial, para ser considerados miembros de una misma familia, de vivir todos en la misma casa y, en caso de ausencia de herederos varones, de que el yerno o cualquier foráneo con un mínimo grado de parentesco pase también a formar parte de la unidad familiar, y al que se le otorga el apellido familiar. Esto también puede ocurrir en el caso de que se considere que los hijos varones no son dignos de perpetuar el apellido.«Sólo hereda una persona, que además puede ser un foráneo "adoptado" por la familia. Los límites entre parientes y no parientes resultan, por tanto, artificiales; incluso una familia que parezca estar basada en lazos de sangre puede incluir, de hecho, a foráneos que sólo están vinculados por un grado de parentesco. Cualquiera puede ser incorporado o excluido del ie.» . De hecho, el ideal tradicional del sistema ie designa al hijo mayor varón como heredero de la familia, quien se hace responsable del cuidado y la manutención de los padres ancianos, mientras que los hijos menores pasan a formar familias autónomas, pero que siguen estando vinculadas y subordinadas (según el grado de interdependencia económica) a la principal. En cambio, la principal tarea de las hijas es encontrar maridos en otras familias, con el fin de dar herederos a su linaje.

En la familia tradicional, el matrimonio es visto como un importante vínculo entre las familias y es una fuente de grandes preocupaciones, ya que la preservación de la identidad del ie goza de prioridad absoluta. Por ello, en el Japón de preguerra estaban muy extendidos los en los que la joven pareja tenía poca o ninguna participación en el acuerdo. Estos matrimonios los gestiona un mediador especializado que asume la labor y la responsabilidad de comunicar a los padres un eventual rechazo o una conclusión satisfactoria del acuerdo. Además, los padres también tienen la facultad de hacer volver a los hijos a su casa si no están satisfechos con el resultado del matrimonio. El papel de la mujer, una vez que entra en la nueva familia, es el de honrar, por encima de sus padres, a sus suegros, obedecer y servir a su marido y mostrarse complaciente y atenta. Esta sumisión total es la piedra angular que sostiene todo el sistema gubernamental de Japón y se considera la única forma de dar paz y estabilidad al país, si bien es conocido el total sacrificio de las mujeres bajo este tipo de jerarquía.

Posguerra

La estructura de la familia japonesa sufrió importantes cambios ya en la Restauración Meiji de 1866, cuando el desarrollo económico y el capitalismo contribuyeron a la caída paulatina del sistema ie, lo que provocó el abandono de la tradición familiar patriarcal. La política de democratización llevada a cabo por los Aliados durante el periodo de ocupación contribuye a afianzar este proceso: en primer lugar, se despoja al antiguo sistema familiar de su poder legal, mediante la abolición de la herencia a disposición únicamente del hijo mayor varón para pasar a una herencia compartida entre todos los miembros del núcleo familiar. Además, la responsabilidad de la manutención de los padres deja de ser responsabilidad exclusiva del hijo mayor varón para pasar a ser una obligación de todos los hijos. También se suprime el matrimonio concertado, con lo que se devuelve al matrimonio su verdadero significado de acuerdo mutuo entre las dos personas involucradas. En segundo lugar, las familias son más reducidas, las tasas de fecundidad disminuyen y la población abandona las zonas rurales para concentrarse en las zonas industrializadas de las grandes ciudades, un fenómeno que hace que el centro de gravedad de la mano de obra se desplace del sector agrícola y manufacturero al sector servicios. Al igual que ocurre en otros países industrializados, cada vez más jóvenes tienen la oportunidad de acceder a la educación superior y cada vez más mujeres acceden al mercado laboral; por otro lado, la seguridad de encontrar un empleo disminuye, y los jóvenes empiezan a retrasar el matrimonio lo máximo posible o directamente no se casan.

También se producen grandes cambios en el estilo de las viviendas, que pasan de estar diseñadas para una familia de tres generaciones a estarlo para familias de no más de cuatro miembros, en las que cada uno tiene su propia habitación, divididas entre sí ya no por los típicos tabiques correderos (fusuma y shōji), sino por gruesos muros de piedra. Sin embargo, esta revolución se vio frenada por el elevado coste de dichas viviendas, que en algunos casos equivalía a siete veces los ingresos medios de una familia japonesa de la época.

Años 50 y 60

Hacia finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, comenzó a extenderse en Japón un tipo particular de familia, formada por un marido asalariado que trabaja en el sector servicios, normalmente en empresas situadas fuera de la localidad de residencia, con unos ingresos fijos y dedicado por completo al trabajo (), su mujer, normalmente , y sus hijos.

El marido desempeña el papel de sostén de la familia, a pesar de estar fuera de casa la mayor parte del día durante seis días a la semana, y deja la gestión del hogar en manos de su mujer. Como está ausente del hogar durante largos periodos de tiempo, pasa a ser casi una figura extraña para los niños, que no tienen oportunidad de verle durante la mayor parte de la semana, y mucho menos de pasar tiempo con él cuando está descansando del trabajo. De este modo, los niños quedan en gran medida privados de un modelo masculino, y la presencia del padre en el hogar acaba creando confusión en la vida familiar, en lugar de suponer una situación natural.

Mientras el marido provee el sustento de la familia, trabajando hasta tarde y manteniendo sus amistades dentro del ámbito laboral, la mujer se ocupa de la crianza y educación de los hijos. Gracias al crecimiento de la economía japonesa, los niños que obtienen buenos resultados académicos tienen el futuro asegurado y cuentan con grandes oportunidades en el mundo laboral. Por ello, el objetivo primordial de la madre japonesa es el éxito y la realización de sus hijos: se extiende así el fenómeno de la , un término despectivo para referirse a las madres obsesionadas con el éxito académico y laboral de sus hijos, aun a costa de hacerlos infelices. Esta atención particular está dirigida básicamente a los hijos varones, cuyo futuro depende únicamente de entrar en la universidad adecuada, mientras que a las hijas se les anima a estudiar más bien para que encuentren más fácilmente marido o un trabajo a tiempo parcial, el cual se ha extendido por todo Japón desde los años sesenta.

Aunque la denominada salaryman family no era la más común en Japón a principios de la década de los 60, los empleados en empresas eran la categoría de hombres que más buscaban las mujeres japonesas, ya que podían asegurar un futuro desahogado a toda la familia. El escaso tiempo de que dispone la pareja para estar juntos aún no se aborda como un verdadero problema. Por último, los cambios mencionados en la estructura familiar hacen que la mujer japonesa tenga cada vez más estudios, lo que anima a los propios hombres a elegir como esposa a este tipo de mujer. Hacia el final de la década, también se registra un aumento del número de divorcios.

Años 70

Durante la década de los 70, la generación hija de la salaryman family creció de forma sustancialmente diferente a la anterior, acostumbrada a vivir con la ausencia del padre y con unos progenitores que tenían muy poco en común. Esta nueva generación, ya sin conciencia de las penurias económicas de los tiempos de la guerra o de la inmediata posguerra, se familiarizó con la vida familiar que mostraban las películas americanas y con el concepto del "matrimonio por amor".

Todo ello, unido a las reivindicaciones de igualdad por parte de las mujeres, que se tradujeron en la creación de un Movimiento de liberación de las mujeres, y a las protestas estudiantiles de finales de los años sesenta, dio lugar a un nuevo tipo de familia conocido como la nueva familia. Esta última difiere de su concepción anterior en tres conceptos clave: en primer lugar, las relaciones de pareja están cada vez más unidas a la idea romántica del amor, y la vida matrimonial se basa en las relaciones sentimentales y ya no en un mero acuerdo económico entre las partes. En segundo lugar, las relaciones entre marido y mujer se vuelven más equilibradas y democráticas, y el marido se implica más en los asuntos familiares, por ejemplo, acompañando a su mujer al supermercado y pasando tiempo con los niños los fines de semana. Además, el término new family se promociona en revistas y se utiliza como marca asociada a un estilo de vida innovador.

El aumento de la participación de las mujeres en actividades fuera del ámbito doméstico, el desarrollo económico del país, el trabajo de los hombres fuera de la comunidad residencial y el creciente número de mujeres con mayor nivel de estudios y con largos periodos libres de obligaciones familiares, contribuyen al crecimiento de una diversidad de oportunidades para las mujeres, que van desde el trabajo a tiempo parcial (que crece en tres puntos porcentuales, pasando del 9% en los años 60 al 12%) hasta la educación de los hijos y la participación en actividades comunitarias, además de atender las necesidades de sus maridos.

Años 80 y 90 Durante la década de los ochenta, la tasa de natalidad se redujo drásticamente, mientras que la edad media de matrimonio aumentó hasta situarse entre las más altas de los países industrializados. Estas cifras reflejan el aumento del nivel educativo de ambos sexos y el patrón prácticamente universal de que las mujeres trabajen fuera del hogar durante varios años antes de casarse, lo que reduce la brecha en la formación académica y laboral entre mujeres y hombres. En 1986, Japón firmó la Declaración de las Naciones Unidas sobre la Mujer y, en consecuencia, adoptó la Ley de igualdad de oportunidades, que garantiza a las mujeres la posibilidad de acceder a todo tipo de empleos.