thumb|Exterior e interior del Convento de Santo Tomás (Madrid) en 1876, poco antes de ser derruido a causa del incendio sufrido cuatro años antes. Desamortizado durante el Trienio Liberal fue la sede la Sociedad Landaburiana. Las sociedades patrióticas fueron unos clubes políticos liberales abiertos a la discusión pública que se formaron en España durante el Trienio Liberal (1820-1823). Se extendieron rápidamente tras el triunfo de la Revolución española de 1820 pues se llegaron a fundar entre doscientas cincuenta y doscientas setenta sociedades, fundamentalmente en las ciudades —ciento sesenta y cuatro localidades contaron con al menos una sociedad patriótica—. Tuvieron un carácter predominantemente exaltado. Su número se redujo ostensiblemente tras la aprobación por las Cortes dominadas por los liberales moderados del Decreto de 21 de octubre de 1820 que restringía sus actividades y otorgaba a los jefes políticos la facultad de cerrarlas. De hecho la cuestión de la prohibición de las sociedades patrióticas defendida por los moderados a la que se oponían los liberales exaltados fue el motivo más importante del enfrentamiento entre estas dos corrientes principales del liberalismo del Trienio. Tras el fracaso del golpe de Estado de julio de 1822 y la formación de un gobierno exaltado que el rey Fernando VII se vio obligado a nombrar al mes siguiente, las sociedades patrióticas resurgieron con más fuerza, en su mayoría bajo la denominación de tertulias patrióticas. En este renacimiento fue clave la ley de 1 de noviembre de 1822 que acabó con la facultad de los jefes políticos de suspender las sociedades o tertulias patrióticas.

Según Jordi Roca Vernet, «durante el Trienio Liberal las sociedades patrióticas se convirtieron en los espacios centrales de la relación entre ciudadanos y poder político en las ciudades, en la medida que aquellos pudieron incidir directamente sobre los representantes políticos y presionar a las autoridades con el fin de conseguir imponer sus demandas y propuestas políticas».

Historia

La explosión inicial Surgieron durante la revolución española de 1820 que dio inicio al Trienio al adoptar los liberales, especialmente los que pronto será llamados «exaltados», «la costumbre de reunirse en cafés y otros lugares públicos para comunicarse las noticias, leer los periódicos —papel fundamental el de la lectura colectiva para la formación de una opinión pública— y, pronto, proponer ideas y soluciones». Eran «clubes abiertos a la discusión política», según la definición clásica de Alberto Gil Novales, cuya función era la de propagar las nuevas ideas liberales entre las clases populares —era frecuente la lectura en voz alta de los artículos de la Constitución de 1812 y posteriormente del proyecto de Código Civil—. Se reunían en cafés, en teatros, en casas particulares y hasta en conventos desamortizados. Estos clubes, similares a los que existían en Gran Bretaña o los que proliferaron durante la Revolución Francesa, eran centros de discusión y de participación ciudadana. Las primeras sociedades patrióticas fueron las de San Fernando y La Coruña.

Los locales donde se reunían solían disponer de una tribuna (o dos) para los debates, un espacio para los socios y socias separados entre ellos y un espacio para el público. Además contaban normalmente con un lugar específico para la lectura de la prensa del día, que muy a menudo se realizaba en voz alta para información de los presentes —y para hacerla accesible a los analfabetos—, dando lugar a comentarios, a críticas y a discusiones sobre la actualidad política (en este sentido «periódicos y sociedades patrióticas funcionaron durante estos años como vasos comunicantes», afirma Juan Francisco Fuentes). Solían reunirse entre dos y cinco veces por semana y al principio tuvieron cierto aire académico al estilo de las Sociedades Económicas de Amigos del País surgidas en la segunda mitad del y que se pueden considerar su antecedente español. Pero a diferencia del carácter elitista de éstas, propio de la Ilustración, las sociedades patrióticas estaban abiertas a las clases populares y a las clases medias de las ciudades, acorde con la cultura política liberal. thumb|Publicación del discurso inaugural del presidente de la sociedad patriótica de San Sebastián conocida como Terturlia Constitucional de La Balandra (22 de mayo de 1820). En él se dice: «El sagrado Código que acaba de ser promulgado, no sólo enjugará nuestras lágrimas, sino que estendiendo [sic] su poderoso brazo sobre la nación, desterrará los males y abusos que hasta ahora la han agobiado, y harán felices los pueblos que se hallaban bajo la opresión. Loor eterno a los dignos Representantes, que entre el estruendo del cañón, supieron dirigir la pluma tan sabiamente. Loor eterno a nuestro monarca, que por haber jurado su observancia, ha merecido el amor del más magnánimo pueblo».

Las sociedades funcionaban según lo establecido en los reglamentos aprobados por los socios. Además de determinar sus fines, como dar a conocer el texto constitucional o fiscalizar al gobierno para que «siga el recto camino marcado por la ley», regulaban la elección de los cargos (presidente, vicepresidente y secretarios); el proceso de admisión de nuevos socios; las cuotas a pagar; el mecanismo de los debates que incluían cuándo podía tomar la palabra el público general; cómo dar publicidad a las sesiones, generalmente por medio de un periódico, etc. En los reglamentos también solía aparecer la voluntad de conectarse por correo postal con otras sociedades, para lo que dedicaban una parte importante del presupuesto, e incluso algunas llegaron a proponer crear una red que las federara a todas ellas, pero el Decreto de 21 de octubre de 1820 lo prohibirá expresamente ante el riesgo de que se reprodujera lo que había ocurrido en Francia durante la Revolución con los clubs jacobinos. Asimismo las sociedades se preocupaban en dar publicidad a sus sesiones y debates, que solían ser recogidos por los periódicos —y en algunos casos las sociedades crearon su propia publicación periódica—. Por otro lado, en sus sedes se permitían los juegos de azar. 250px|miniaturadeimagen|left|Vista de la Puerta del Sol en 1820. Al fondo la fuente y la iglesia del Buen Suceso y a la derecha la Casa de Correos.

Las sociedades patrióticas no limitaron sus actividades a sus sedes sino que con frecuencia organizaron actos en la calle. Por ejemplo, el que llevó a cabo la sociedad patriótica del Café Lorencini de Madrid como homenaje al general Arco-Agüero, uno de los héroes del pronunciamiento de Riego, en cuanto se supo que había llegado a la capital el 17 de abril de 1820. Se formó una comitiva encabezada por los miembros más destacados de la sociedad y acompañada de una banda de música militar y un «concurso inmenso» que fue aumentando a lo largo del recorrido hasta llegar al lugar donde se hospedaba el homenajeado. Después de los discursos y los vivas el general fue subido a una carreta que realizó un largo recorrido por la ciudad, mientras repicaban las campanas y se le lanzaban desde los balcones palmas colocadas el reciente Domingo de Ramos, hasta llegar a la sede de la sociedad, situada en la Puerta del Sol. Un acto similar se produjo cuando a principios de septiembre llegó a Madrid Rafael del Riego. «A su tránsito por las calles recibió de todo el pueblo los mayores aplausos, en prueba del reconocimiento y estimación que inspiran sus virtudes cívicas y militares», publicó un periódico.

Las sociedades más importantes fueron las madrileñas La Fontana de Oro (conocida como «Amigos del Orden»), a la que Benito Pérez Galdós le dedicaría la primera de sus novelas históricas, la del Café Lorencini (conocida como «Amigos de la Libertad»), La Cruz de Malta («Amigos de la Constitución») o, la más tardía, Sociedad Landaburiana. Algunas tomaron el nombre de protagonistas de la Revolución como la Tertulia de Virtuosos Descamisados Hijos de Riego con sede en Cartagena.

Las clases populares (artesanos, jornaleros, etc.) también asistieron a las sedes de las sociedades patrióticas (participando en los debates, escuchando la lectura de la prensa, presentando sus quejas y peticiones, solicitando su intercesión ante las autoridades, etc.) por lo que estas constituyeron su medio principal de participación política ya que no podían formar parte de la Milicia Nacional al no poderse costear el uniforme. Además algunas sociedades recaudaron fondos y encabezaron suscripciones para atender a los más necesitados —el periódico de la sociedad patriótica de Córdoba llevaba por título El Amigo de los pobres. También se preocuparon de que la justicia fuera equitativa con ellos, y en general con todos los ciudadanos. La Sociedad Patriótica Barcinonense recaudó fondos para constituir la Sociedad de Vigilancia y Beneficencia cuya finalidad era defender a los más humildes de los abusos de los jueces y tribunales y también de las infracciones de la Constitución por las autoridades. La sociedad cubana de Bayamo llegó a denominarse «Sociedad de Vigilancia Constitucional». Pero en ocasiones las sociedades se arrogaron el derecho de aplicar ellas mismas la «justicia revolucionaria» a los serviles y en sus reuniones —a veces realizadas en la plaza pública— acordaban la proscripción de ciertas personas —incluidas autoridades civiles y eclesiásticas— acusadas de oponerse al régimen constitucional y a continuación se dirigían a los poderes públicos para que ratificaran la decisión (que generalmente consistía en la expulsión de la ciudad).

Aunque la opinión mayoritaria era que la política debía ser algo ajeno al «sexo delicado», al «bello sexo» o a «esa amable mitad de nuestra especie» —como solían ser calificadas por la prensa de la época— y que la educación femenina no debía mezclarse con asuntos referentes «al gobierno, erudiciones o ciencias»,Se les llegó a prohibir a las mujeres la asistencia a las sesiones de las Cortes, como ya había sucedido en las Cortes de Cádiz (85 diputados votaron a favor de la exclusión y 57 en contra). «El pretexto fue que la presencia de señoras en la sala infringiría todas las normas del decoro e incluso haría peligrar la compostura de los allí presentes como el buen funcionamiento de las sesiones. [...] A partir de ahí afirmaban que la función social para la que estaban destinadas naturalmente las mujeres era criar y cuidar bien de sus hijos y, desde luego, no abandonar sus ocupaciones domésticas en pro de causas superiores. Por tanto, la virtud de las españolas como madres, en ningún caso, dependía de si sabían o no de los asuntos públicos tratados por los parlamentarios» (Fernández, 2020, págs. 346-347). las mujeres también participaron en las sociedades patrióticas, no sólo como público, sino también en ocasiones como socias y existe constancia de que algunas de ellas ocuparon cargos, presidieron las sesiones y pronunciaron discursos desde la tribuna —en la sociedad patriótica de Alicante se dispuso una tribuna específica para ellas—. Asimismo firmaron representaciones dirigidas a las Cortes. También se formó alguna sociedad exclusivamente femenina como la Junta Patriótica de Señoras de Madrid, heredera de la Sociedad Patriótica de Señoras de Fernando VII de Cádiz (1811-1815), pero su único cometido fue confeccionar uniformes para la Milicia Nacional y organizar suscripciones para recaudar fondos para los milicianos.

Por otro lado, los extranjeros también participaron activamente en las sociedades patrióticas, sobre todo los refugiados napolitanos y piamonteses que habían huido tras el aplastamiento de sus respectivas revoluciones por las tropas austríacas —el general napolitano Guglielmo Pepe intervino en la Sociedad Landaburiana de Madrid—.

El debate sobre su prohibición: el Decreto de 21 de octubre de 1820