El Reino de Asturias (en latín, Asturum Regnum), existente entre el 718 y el 910 d. C, fue la primera entidad política cristiana erigida en la península ibérica como resistencia al avance del poder islámico tras el colapso del reino visigodo de Toledo en 711. Su origen estuvo vinculado a la presencia de miembros de la aristocracia en el norte peninsular, cuya autoridad y tradición política confluyeron con las estructuras de poder de la población local. Este proceso desembocó en una rebelión contra el dominio musulmán liderada por Pelayo y culminó en la batalla de Covadonga, librada hacia el 722. En ella, las fuerzas de Pelayo rechazaron a la expedición musulmana enviada para someter la rebelión, en un enfrentamiento que la tradición asturiana convertiría en el episodio fundacional de su reino y que la historiografía clásica considero el inicio de la reconquista.

Este primer núcleo originario, asentado en los valles de la Asturias transmontana, tenía inicialmente un territorio muy reducido. Su consolidación se produjo durante el reinado de Alfonso I, cuyo matrimonio con Ermesinda, hija de Pelayo, vinculó las dos principales casas dirigentes surgidas tras la conquista islámica. Alfonso I asociado a la aristocracia del antiguo ducado de Cantabria, incorporó además extensos territorios de la cornisa cantábrica y del noroeste peninsular, ampliando considerablemente la base demográfica, económica y territorial del reino. Las campañas emprendidas durante su reinado aprovecharon la debilidad de al-Ándalus, extendieron la autoridad asturiana hacia Galicia y la Meseta septentrional, transformando el reducido núcleo de Cangas de Onís en un reino emergente que controlaba en su mayor parte del noroeste peninsular.

La población del reino estaba formada mayoritariamente por poblaciones hispanorromanas, integradas con elementos procedentes de las aristocracias vinculadas a la tradición política hispanogoda. La arqueología proporciona además indicios de que las poblaciones de la cornisa cantábrica no se encontraban aisladas del resto de Hispania, sino que mantenían contactos e intercambios con los circuitos políticos, económicos y culturales vinculados al reino visigodo de Toledo, tanto antes como después de la conquista islámica de 711. Desde los primeros tiempos del reino existen testimonios materiales de continuidad de esta cultura, especialmente visibles en la epigrafía, la arquitectura, la liturgia, la recepción de un orden jurídico como el Liber Iudiciorum, y las formas de representación del poder. La inscripción fundacional de Santa Cruz de Cangas de Onís de 737, en el mismo año de la muerte de Pelayo, constituye uno de sus testimonios materiales más tempranos e importantes. Esta tradición adquiriría una formulación política mucho más definida durante el reinado de Alfonso II, cuando el traslado de la corte a Oviedo transformó profundamente las estructuras del reino. La construcción de un nuevo centro regio y episcopal, la reorganización administrativa y eclesiástica y el desarrollo de una arquitectura monumental permitieron a la monarquía asturiana dotarse de unas formas de representación propias de un reino cristiano consolidado.

La consolidación y transformación de Asturias a mediados del siglo VIII coincidió con el creciente fortalecimiento de una Córdoba independiente bajo el liderazgor de Abderraman I. Desde la segunda mitad del siglo VIII, las aceifas contra el reino se hicieron recurrentes. Durante casi un siglo, los ejércitos musulmanes sometieron periódicamente sus territorios a devastadoras expediciones de castigo, en las que se incendiaban cosechas, se arrasaban poblaciones y se capturaban numerosos cautivos para su reducción a la esclavitud. Ni siquiera la capital quedó al margen: Oviedo fue alcanzada y saqueada y destruida en dos ocasiones durante este periodo, mostrando hasta qué punto las expediciones musulmanas podían penetrar en el corazón del reino.

Esta situación contribuyó a desarrollar una interpretación apocalíptica de la amenaza islámica, cuyo máximo exponente fue la obra de Beato de Liébana. El reino tuvo que afrontar esta amenaza militar desde una inferioridad humana y material, combinando la defensa de los pasos montañosos, el aprovechamiento del terreno y las fortificaciones, con la explotación de las crisis internas de al-Ándalus mediante campañas ofensivas. La supervivencia frente a la amenaza musulmana permitió al reino no solo conservar su independencia, sino continuar su expansión hacia el sur.

Con Alfonso III a finales del siglo IX, en el máximo apogeo asturiano, se produjo un cambio progresivo en el equilibrio de fuerzas. La expansión territorial y el fortalecimiento militar del reino permitieron trasladar el escenario de la guerra hacia el sur y emprender campañas ofensivas de mayor alcance. La amenaza de las grandes expediciones cordobesas disminuyó progresivamente y en determinados momentos, las autoridades cordobesas recurrieron a treguas y acuerdos con los asturianos. Este proceso coincidió con profundas transformaciones socioeconómicas y con la progresiva consolidación de las estructuras feudales, así como con el fortalecimiento de la sucesión hereditaria y del poder dinástico. Paralelamente, el programa político de la Restauratio Hispaniae, plasmado en las crónicas alfonsinas, adquirió una dimensión fundamental en la ideología regia. La monarquía asturiana se proclamó heredera del reino visigodo y asumió la restauración del antiguo orden hispánico como una empresa histórica, reivindicando la recuperación de los territorios perdidos y la continuidad del poder cristiano en la península. Esta concepción proporcionó un fundamento ideológico a la expansión como depositaria de una legitimidad dinástica e histórica.

La convergencia de estos procesos políticos y sociales junto al importante avance hacia el sur de la reconquista, donde la franja cantábrica quedó geográficamente apartada, convirtiendo la llanura leonesa y la cuenca del Duero en el verdadero motor demográfico, militar y económico del reino, acompañado por el traslado de la corte a León, termino desencadenando la trasformación o sucesión por el reino de León.

Historia del Reino de Asturias Antigüedad

La Cordillera Cantábrica, especialmente los Picos de Europa y el área central de la actual Asturias, donde se concentraron los principales acontecimientos político-militares de sus primeras décadas y según las fuentes las descripciones de Estrabón y Dión Casio, estos territorios estaban habitados en época prerromana por diversos pueblos, entre ellos los vadinienses, orgenomescos, selinos, lugones, astures, pésicos y galaicos. Esta diversidad territorial y étnica se vio transformada por la conquista romana durante las guerras cántabras, culminadas bajo Augusto

Tras las guerras cántabras, la cornisa cantábrica quedo integrada dentro de las estructuras socioeconómicas del Imperio romano, experimentando un profundo proceso de romanización, cuyo legado esta extendido por todo el territorio y alcanza desde los valles montañosos hasta la costa. Esta nueva sociedad nos ha trasmitido entre estos yacimientos restos arqueológicos de mosaicos, termas, hipocaustos, orfebrería, necrópolis, foros, epigrafia, cerámica, vidrios y monedas. Este legado refleja una sociedad compleja, jerarquizada, con un alto grado de desarrollo obtenido con la explotación de su territorio y el intercambio comercial mediante la red de calzadas de la Carisa o el Camíno Real de la Mesa y las rutas comerciales marítimas del Imperio en El Cantábrico.