El nacionalismo de derecha en Argentina es un conjunto de movimientos aparecido en los años 1920 y cuyos miembros, según las circunstancias, se han autodefinido políticamente dentro de la derecha, la extrema derecha, o la tercera posición, pero han coincido en resaltar los valores de la nacionalidad argentina y la religión católica. Sin haber llegado nunca a gobernar ni a cambiar el orden político dominante, se convirtió en una fuerza importante en la política argentina a partir de la década de 1930. El nacionalismo se centra típicamente en el apoyo al orden, la jerarquía, el corporativismo, el catolicismo militante, combinado con el rechazo al liberalismo, a la izquierda, la masonería, el feminismo, los judíos, la usura y los extranjeros. Ha denunciado al liberalismo y a la democracia como el preludio del comunismo.
Este nacionalismo ha estado fuertemente influido por el maurrasismo y el clericalismo español, así como por el fascismo italiano. A partir del golpe de Estado argentino de 1930, los nacionalistas apoyaron con firmeza la idea de un estado corporativista autoritario dirigido por un líder militar. Los nacionalistas a menudo se negaron a participar en las elecciones debido a su oposición a las elecciones como un derivado del liberalismo. Sus defensores han sido escritores, periodistas, algunos políticos y muchos oficiales militares subalternos; estos últimos apoyaron a los nacionalistas en gran medida porque, durante la mayor parte de su existencia, éstos vieron a las Fuerzas Armadas como los únicos potenciales salvadores políticos del país.
Como ideología, el nacionalismo ha sido militarista, autoritario y ha simpatizado con el gobierno de un caudillo moderno, a quien los nacionalistas con frecuencia han esperado o han reinterpretado la historia ubicándolo en el pasado. En este sentido, una parte importante de la obra intelectual del Nacionalismo fue la creación del revisionismo histórico como movimiento académico en Argentina. Los historiadores nacionalistas publicaron una serie de trabajos que cuestionaban el trabajo de los historiadores liberales que habían forjado la narrativa histórica dominante de Argentina y presentaban a Juan Manuel de Rosas, autócrata del , como el líder benévolo y autoritario que el país aún necesitaba.
Mientras que los propios nacionalistas nunca lograron realmente mantener el poder político a pesar de estar involucrados en varios golpes de Estado exitosos a lo largo del , han dejado un legado perdurable a través su enorme influencia sobre el discurso político de la Argentina contemporánea, donde la derecha, la izquierda y el centro han sido fuertemente influenciados por su discurso, en parte a través de influencias militares y eclesiales, y en parte a través de la adopción de algunas de sus ideas y lenguaje por parte del presidente Juan Domingo Perón.
Nacionalismo de derecha y nacionalismo de izquierda Autores como Rosa de Diego o Rafael Cuevas Molina distinguen dentro del nacionalismo dos grandes corrientes ideológicas: la primera de ellas buscaría fortalecer la autodeterminación nacional ante potencias coloniales, imperialistas o neocoloniales, corriente que ha sido caracterizada como «nacionalismo liberador», o «nacionalismo antimperialista» mientras la segunda buscaría impulsar la supremacía de una nación sobre otras, denominada por Memmi como «nacionalismo del colonialista», y caracterizada por Rosa de Diego como «nacionalismo excluyente y dominador». Otros pensadores entienden que no hay ninguna diferencia ni contradicción entre estas dos vertientes, sino que son distintas manifestaciones del mismo impulso que se encuentra en la base de todo nacionalismo: el que lleva a reafirmar los valores y contenidos culturales propios e imponerlos sobre los demás. Este impulso se presentará, según los casos, como "independentista" o "imperialista" según circunstancias externas como las que resulten del equilibrio de fuerza geopolítico, pero no porque responda a distintas premisas ideológicas. Así, en palabras de Fernando Savater: "el mito de la Nación es agresivo en su esencia misma y no tiene otro sentido verdadero que la movilización bélica. Si no hubiera enemigos, no habría patrias; queda por ver si habría enemigos en el caso de no haber patrias… La nación se afirma y se instituye frente a las otras: su identidad propia brota de la rebelión contra o de la conquista del vecino. Buena prueba de ello es el mecanismo paranoico de autoafirmación patriótica, que lleva a inventar una Antipatria como límite y definición de cada patria. La primera y fundamental antipatria es el extranjero, el bárbaro hostil; por extensión, cualquiera que en el interior de la comunidad disiente de la identidad establecida y objeta con su conducta o sus ideas contra el retrato-robot del perfecto individuo nacional".
Al margen de esta idea, e independientemente de la validez que se le atribuya a las situaciones de dominación o dependencia entre distintos Estados, suele marcarse la diferencia entre un nacionalismo «de izquierda» o "popular", que, en lugar de basarse en la familia tradicional y los derechos de ésta, se fundamenta en conceptos filosóficos compartidos con distintos sectores de la izquierda política, como los de justicia social, soberanía popular y autodeterminación nacional (tanto política como económica). Por contraste, el nacionalismo considerado "de derechas" sería aquél que favorece especialmente la familia tradicional y los derechos de esta ya que ven en la familia la única forma de promover la patria y los procesos por la cual esta pasa. La familia vista por los nacionalistas conservadores es la forma en la cual se ligan todos los hechos del pasado para promover un mejor futuro.https://es.euronews.com/2023/09/14/viktor-orban-y-giorgia-meloni-defienden-a-la-familia-tradicional-en-la-cumbre-demografica Esta forma de nacionalismo defiende los valores sociales tradicionales y favorece la estabilidad social. Según la politóloga austríaca Sieglinde Rosenberger, "el conservadurismo nacional elogia a la familia como hogar y centro de identidad, solidaridad y emoción". En algunos casos pretende excluir a las disidencias de la nacionalidad, por lo que rechaza el multiculturalismo y la inmigración, al considerarlos una amenaza para la identidad que quieren preservar. Históricamente abarca un fuerte sentido anticomunista, oponiéndose a cualquier movimiento de izquierdas, calificando su acción y teoría como «ideas foráneas».
Entre finales del y comienzos del , el nacionalismo de derecha llegó a oponerse completamente a la democracia y a la igualdad tanto como al valor de la diversidad. Dentro de la igualdad que rechaza, reniega del voto universal, igualitario y protegido por el secreto, proponiendo, a cambio, la representación gremial o corporativa como forma de toma de decisiones. Este cambio llevaría implícita una transición hacia un modo de producción capitalista de tipo corporativo, ya que apostaba por la creación de corporaciones, inspiradas en los gremios de las sociedades preindustriales, en las que se encuadrarían empresarios y trabajadores para alcanzar la «armonía social» (en contraposición a la «lucha de clases» del marxismo). «El corporativismo perseguía la puesta en marcha de nuevos mecanismos de regulación de las relaciones laborales que eliminasen los componentes de incertidumbre y conflicto inherentes al modelo liberal, pero dejaba intactas el núcleo central de las relaciones sociales capitalistas, en particular el derecho de propiedad y la subordinación del factor trabajo al capital». El corporativismo vivió su máximo auge en el periodo de entreguerras en que al corporativismo católico, inspirado en la doctrina social cristiana, se sumó el «corporativismo autoritario», cuyo modelo fue el corporativismo fascista de la Italia de Mussolini (y las ideas gremialistas de Émile Durkheim) y que fue aplicado por varios países europeos no democráticos, como Portugal, Austria, Alemania o España (la Organización Corporativa Nacional de la Dictadura de Primo de Rivera y la posterior Organización Sindical de la Dictadura de Franco).
Después de la Segunda Guerra Mundial el corporativismo quedó completamente desprestigiado al asociarse con los fascismos derrotados, sin distinguir el modelo autoritario del modelo propuesto por la doctrina social cristiana, y fue desapareciendo de gran parte de los discursos de los nacionalismos de derecha.
El nacionalismo de derechas en la Argentina
En la Argentina, el nacionalismo de derechas surgió en el y primeros años del ; desde sus comienzos estuvo formado por las clases altas y medias, asociadas al Partido Autonomista Nacional y a los partidos conservadores que lo sucedieron. En su mayor parte tenían ideologías más ligadas al conservadurismo que al liberalismo, y en su gran mayoría eran católicos practicantes. La ligazón conservadora les permitía considerar a España un ejemplo a imitar, desdeñando parcialmente a Gran Bretaña y Francia, adoptados como modelos por la mayoría de los liberales. El historiador Federico Finchelstein, quien intentó establecer un vínculo directo entre el nacionalismo de derecha del y el régimen militar de 1976-1983, propuso la idea de una larga tradición, entre los conservadores argentinos, de hacer uso de la violencia como principal forma de acción política. Cita como antecedentes la invasión de las provincias interiores después de la batalla de Pavón, la Guerra de la Triple Alianza y la Conquista del Desierto, llevada adelante durante los gobiernos liberales de Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca. Esta última, según la interpretación de Finchelstein, habría dado ocasión para que los miembros de la Generación del 80 mostraran abiertamente su racismo y su voluntad de exterminar a sus enemigos.
Más allá de esta interpretación, las corrientes nacionalistas de derecha a partir de la década de 1920 no estaban conformados con exclusividad por las clases privilegiadas, sino principalmente por miembros de la clase media. Estos grupos tuvieron además un componente de imitación, por el que los nacionalistas buscaban copiar el estilo y la ideología de los grupos de derecha antidemocrática europeos: inicialmente de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en España, y luego del fascismo italiano, para derivar en algunos pocos casos en la imitación del nazismo. En particular, en las décadas de 1920 a 1950, resultó una ideología que imitaba al nacionalismo practicado en otras naciones. Entre los más intelectuales, era evidente sobre ellos la influencia de pensadores nacionalistas extremistas y católicos tradicionalistas, como Juan Donoso Cortés, Marcelino Menéndez Pelayo, Joseph de Maistre, Maurice Barrès o Charles Maurras, cuyas ideas eran reproducidas asiduamente en publicaciones nacionalistas argentinas, entre ellas La Nueva República, La Fronda (creada en 1919 por Francisco Uriburu, primo del general y admirador del fascismo italiano) o Cabildo.
Las tres características descollantes del nacionalismo argentino son el tradicionalismo –es decir el apego a un pasado idealizado–, ciertas tendencias populistas y el recurso permanente a la movilización callejera y al uso de la violencia. El antisemitismo y la identificación voluntaria con la Iglesia católica fueron componentes compartidos por la mayor parte de los grupos nacionalistas de derecha, pero no por todos ellos. Entre los dirigentes nacionalistas católicos se destacó especialmente Manuel Gálvez, mientras que entre los anticlericales se cuenta Leopoldo Lugones.
No obstante ello, los distintos grupos nacionalistas fracasaron en establecer una ideología formalmente uniforme para ofrecer a la sociedad. Quizá su aporte más duradero al campo intelectual argentino fue haber prohijado el surgimiento del revisionismo histórico, movimiento que desafiaba los dogmas históricos establecidos por la élite liberal durante décadas.