Los barrios de barracas han formado parte de la historia de la ciudad de Barcelona por lo menos desde la década de 1870. Este tipo de asentamientos irregulares acostumbraban a situarse en zonas no edificables; y además de la precariedad estructural de los edificios sufrían un déficit en servicios asistenciales como agua corriente, electricidad, recogida de basuras o alcantarillado. La mayoría de sus habitantes provenían de otras partes de Cataluña, de la Comunidad Valenciana, de Murcia y de Andalucía, aunque la mayoría de la población inmigrada tampoco vivió nunca en barracas, ni fue esta la forma mayoritaria de inserción de los inmigrantes en la ciudad. En la década de 1950 el barraquismo de la ciudad llegó a su punto más alto, acogiendo alrededor de un 7% de la población de la ciudad. miniaturadeimagen|Incendio en las barracas de la calle Floridablanca el 29 de junio de 1929 Aunque los asentamientos fueron cambiando, desapareciendo algunos y creándose otros a lo largo del tiempo, la guía sobre el barraquismo del Museo de Historia de Barcelona señala tres núcleos principales de barracas que son la zona del litoral (con el Somorrostro, Pequín o el Campo de la Bota), Montjuic (con Tres Pins o Can Valero), y los montes del Carmelo y de la Rovira. Además también existieron núcleos en diversas áreas menores diseminadas por la falda de la sierra de Collserola, así como otros núcleos de barracas en los espacios intersticiales del tejido de la ciudad, tanto en islas de casas en los extremos del Ensanche como en las zonas de contacto entre Sants y Les Corts y Hospitalet, o incluso en los pasillos de los edificios (en 1930 había 1600 viviendas ubicadas en pasillos). Los asentamientos del Ensanche fueron algunos de los más volátiles, que se desalojaban a medida que se iba ampliando la ciudad, y los del litoral y los de Montjuic fueron los más constantes. A partir de 1940 se consolidaron los núcleos del Carmelo y de La Perona, absorbiendo parte de los vecinos expulsados de otros barrios en la década de los 60.
A partir del la población de los barrios de barracas de Barcelona ha ido transformándose, y se calcula que hay alrededor de 1000 personas viviendo en barracas distribuidas por distintos barrios de la ciudad. La mitad de ellas se encuentran en el distrito de Sant Martí. Suelen ser personas inmigrantes del África subsahariana o del Magreb, y gitanos de Europa del Este, Galicia o Portugal, y un 20 % son mujeres.
La barraca La mayoría de las barracas analizadas por Pons y Martino en los años 30 tenían 20 metros cuadrados o menos y acostumbraban a disponer de una habitación que servía como comedor y cocina y una o dos habitaciones para dormir. Se construían generalmente de materiales de obra reciclados, de cajas de madera o tablones, y con el tiempo se iban construyendo de obra, añadiendo habitaciones en algunos casos. Los tejados eran de cartón cuero, trozos de uralita, capas de cemento, tejas o azulejos, y las goteras eran habituales. Al estar construidas con paredes delgadas acostumbraban a ser húmedas, frías en invierno y calurosas en verano. El acceso a la electricidad fue evolucionando a lo largo de las décadas: primero se iluminaban con velas o candiles de aceite, después lámparas de petróleo o carburo y finalmente electricidad, en la mayoría de los casos conseguida de forma ilegal.Las barracas no contaban con instalación de agua corriente ni aseo, y solo en algunos casos disponían de una fuente pública cercana donde ir a llenar cubos o garrafas para el consumo y la higiene personal. En cuanto al retrete algunas barracas contaban con un pozo ciego aunque la mayoría realizaban sus necesidades en un orinal y vaciaban los excrementos en un vertedero o arroyo cercano, o en el mar en el caso del litoral, lo que provocaba grandes focos de infección.
Este tipo de viviendas acostumbraba a estar bastante apiñadas, contando de media con unas 5 o seis personas, y en ocasiones con otros familiares que llegaban a la ciudad y se pasaban una temporada mientras no encontraban otra cosa. A menudo realquilaban una de las habitaciones, llegando a convivir dos familias enteras en una misma barraca en condiciones de hacinamiento. En las barracas más pequeñas esto significaba que algunos tenían que dormir fuera de la barraca. En los años 50 entre la clase más desfavorecida era más habitual compartir casa que vivir en una vivienda unifamiliar.Desde la implantación del Decreto de 31 de julio de 1813, de espíritu liberal, hasta 1920 con la modificación del Decreto de Bugallal, legalmente se dio libertad de contratación en cuanto al alquiler de las fincas urbanas. miniaturadeimagen|Calle principal del asentamiento de la Riera de la Magoria en 1925 La compra, la cesión la construcción o el alquiler eran las distintas formas de conseguir una barraca. El alquiler de este tipo de viviendas era muy variado, y el más económico que se podía encontrar en la ciudad. Con los años fue aumentando de unas 15-20 pesetas al mes en 1922 a 30 pesetas en los años 30, época en la que un piso de alquiler costaba de media unas 55 pesetas. Las familias de las barracas de Montjuic y de la Magoria que fueron trasladados a las casas baratas de Eduard Aunós antes de la Esposición del 29 pagaban 33 pesetas por los pisos esquineros y 32 por el resto. Aunque el terreno estuviera alquilado algunas barracas eran de propiedad. En 1922 los propietarios representaban el 32 % y en 1930 el 15 %. En la mayoría de los casos las familias consideraban que era una vivienda temporal.Las barracas se podían edificar en terrenos públicos, donde habitualmente se organizaban en callejuelas de forma compacta y pagaban una tasa municipal, o en terrenos particulares donde la densidad de barracas era menor y disponían de una pequeña parcela o se organizaban alrededor de un patio. En algunos de estos barrios de barracas particulares el pago del alquiler era diario y controlado por un cap de vara (jefe de vara), que podía expulsar a las familias que no pagaran el mismo día.
El barrio En los barrios de barracas no había agua corriente ni alcantarillado, y los excrementos se tiraban en varios sitios según la zona, en pozos excavados o rieras en Montjuic o directamente al mar en la zona del litoral.Los problemas de salud eran endémicos, A principios de los años setenta, en el Campo de la Bota, el 74 % de los menores de tres años sufrían problemas de bronquios, y el 51,4 % tenía afecciones en la piel. Las zonas de barracas experimentaron su máxima expansión en la posquerra a mediados de los años 50, y desaparecieron en su mayoría en la década de los 90.Una de las enfermedades más comunes era el tracoma, que afectaba principalmente a los niños y a las mujeres. En el barrio de las casas baratas d'Eduard Aunós se construyó un pabellón de madera para escolarizar a los niños tracomatosos para aislarlos del resto. Este pabellón, al que según Francisco Candel llamaban el colegio de los ojos malos, se convirtió en el sindicato de la FAI durante la Guerra Civil.
La procedencia de la gente de los barrios de barracas fue cambiando a lo largo del tiempo. Hasta los años 20 la mayoría de los inmigrantes procedían de otras regiones de Cataluña pero a partir de entonces empezaron a llegar en su mayoría de País Valenciano y Aragón, seguido de Andalucía oriental. A partir del fin de la Guerra Civil se pasó a un predominio de la inmigración andaluza y se abrieron nuevos focos como Extremadura, Galicia o las dos Castillas. Los motivos principales que llevaron a la gente a emigrar fueron sobre todo la pobreza y el anhelo de una vida mejor, y en parte también el exilio político y la represión posterior a la guerra civil, y en general se daba de las zonas rurales a las zonas industriales de la Península.En muchas ocasiones la gente que llegaba se agrupaba por razón de procedencia conservando así la memoria de su pueblo y sus tradiciones, como en el caso de la barriada de encima del foso de Montjuic donde muchos de ellos eran de Alicún de Ortega.
En 1930 el nivel de analfabetismo en los barrios de barracas era del 52,7 %, siendo la media estatal en hombres del 32 % y de mujeres del 40 %, y el porcentaje de obreros cualificados en trabajo manual era del 6 %. Según una encuesta ya de 1960 trabajaban principalmente en la construcción y en el sector industrial (un 31,5 % y un 34,5 % respectivamente), así como empleados en servicios municipales como la recogida de basuras o el transporte público (con un 8,5 %). También realizaban activitades relacionadas con la economía informal (estraperlo, venda ambulante, recogida de chatarra...); y esporádicamente se abrieron algunas tiendas en los mismos barrios.
Los barrios suburbiales a menudo estaban situados en terrenos insalubres por diversos motivos como la cercanía de una fábrica o de un vertedero. Según narra Francisco Candel en Los otros catalanes "[...]barracas sobre la Fosa, que reciben el hedor que sube a veces de los muertos del cementerio, de la fosa común; las de Valero y de Banderas y el barrio de Can Clos, cerca de donde se acumula la basura de Barcelona; barracas de Jesús y María, al pie del cementerio, propensas a inundaciones cada vez que llueve; barracas de la Bomba, a tocar de las aguas canalizadas e insalubres y de los barrios insalubres de Can Pi.[...]".Los barrios de La Bomba y de Can Pi se situaban en el Hospitalet de Llobregat, municipio limítrofe a Barcelona que también contaba con barrios de barracas en la misma época.
Historia Según escribió en la obra Geografia General de Catalunya: la ciutat de Barcelona el historiador Francesc Carreres i Candi, tras la destrucción de parte del barrio de La Ribera para la construcción de la Ciudadela a principios del , sus habitantes más pobres se fueron a vivir uno de los primeros barrios de barracas en la zona de la actual Barceloneta llamado les Barraques del Mar. Les Barraques del Mar, como núcleo de barracas de pescadores, ya existía por lo menos desde el pero con la llegada de este nuevo grupo de familias se convirtió en el primer barrio importante de barracas de la ciudad moderna. En 1753 el barrio de La Barceloneta fue ganado al mar con el propósito de alojar a las familias de barraquistas afectados.
El rápido crecimiento de la ciudad de Barcelona durante el , facilitado por proceso de industrialización durante el periodo de la Fiebre de Oro y de cambios como el derribo de las murallas medievales, hizo que las soluciones de vivienda típicas de la población más desfavorecida como las pensiones, la división de pisos o el alquiler de habitaciones resultaran insuficientes, lo que hizo que cada vez más familias optaran por la autoconstrucción de barracas o de casas (barrios de coreas). Según el artículo de Ernest Lluch La vivienda en el número 43 de la revista Promos publicado en 1966, en el año 1927 vivían unas 100.000 personas en habitaciones realquiladas en la ciudad. En el libro Los suburbios, 1957 el sociólogo Rogelio Duocastella explica que en 1853 el Ministerio de Gobernación instaba a los ayuntamientos de Madrid y Barcelona a edificar barrios suburbiales para los pobres. Entre los años 1875 y 1896 se construyeron en toda la ciudad una media de unos 170 edificios anuales, pero un 65 % de estos se edificaron en el Ensanche, una zona con poder adquisitivo medio-alto, y en los barrios humildes como el Poble-sec o la Barceloneta solamente se construyó un 10 % y un 4 % respectivamente. miniaturadeimagen|barraca en una de las canteras de Montjuic en 1911