Las posesiones de Aix-en-Provence son un caso de histeria colectiva ocurrido en Provenza a principios del siglo . En él se vieron involucrados Louis Gaufridi, monje benedictino de la Abadía de San Víctor de Marsella y párroco de Accoules, y las monjas Ursulinas de Aix-en-Provence, entre ellas las hermanas Madeleine de Demandolx de la Palud y Louise Capeau, quienes declararon haber sido hechizadas por el monje. Pese a contar con importantes apoyos, como el de los arzobispos de Aviñón y Aix-en-Provence, Gaufridi fue condenado por brujería y quemado en la hoguera el 30 de abril de 1611.
El caso de las supuestas posesiones de las Ursulinas de Aix fue contagioso y se trasladó a numerosos conventos en Provenza; las monjas tenían tendencia a sufrir extrañas convulsiones, asegurando que estaban poseídas por demonios. Algunas ejecuciones en la hoguera lograron vencer esta oleada de erotismo conventual, como en el caso de las brujas de Cassis en 1614.
Louis Gaufridi Louis-Jean-Baptiste Gaufridi nació en 1572, hijo de un pastor del pueblo de Beauvezer, cerca de Colmars, en el alto valle del Verdon. Su tío Cristol Gaufridi, párroco de Pourrières, convenció a sus padres para que le hiciesen tomar los votos. Gaufridi se trasladó a Pourrières, donde aprendió a leer y a escribir así como un poco de latín, instruyéndose en el ritual litúrgico y en la administración de los sacramentos. Fue allí donde descubrió un antiguo tratado sobre cábala que terminaría por convertirse en uno de sus temas de estudio favoritos. A los 18 años partió para Arlés con el fin de proseguir su formación en teología mientras se preparaba para el sacerdocio.
Decidió ingresar en la Abadía de San Víctor. Tras ser ordenado sacerdote, celebró su primera misa en Beauvezer, instalándose en Marsella en 1595, donde sirvió en varias parroquias y se convirtió en párroco de Accoules, puesto muy lucrativo que obtuvo gracias al apoyo de la familia Demandolx de la Palud, originaria de Beauvezer. Debido a que la regla de los victorinos era bastante laxa, Gaufridi decidió abandonar el monasterio para instalarse en la ciudad, donde demostró ser gran amante de la buena comida, volviéndose muy cercano de la familia Demandolx de la Palud. Convertido en director espiritual de la esposa y las tres hijas de Antoine de Demandolx, Gaufridi se hizo cargo de la educación religiosa de la más joven, Madeleine, a la que había visto nacer; le dio su primera comunión y posteriormente influyó en su familia para que ingresase en las Ursulinas. El sacerdote acabaría sin embargo por enamorarse de Madeleine, a cuyo lado permaneció durante todo su noviciado; ella era una de sus «hijas espirituales», con la cual se reunía todas las noches (se suponía que las novicias debían mantener conversaciones edificantes con su confesor, quien supuestamente habría abusado de ellas).
A los 17 años y afectada por una depresión, Madeleine fue enviada de regreso con sus padres varias veces. En 1609 el rumor sobre las relaciones entre Gaufridi y la joven llegó a oídos de Catalina de Gaumer, madre superiora de las Ursulinas de Marsella, quien informó de este hecho a la madre de Madeleine, exigiendo al sacerdote que su asistencia al convento cesase de inmediato. Madeleine fue enclaustrada bajo la supervisión directa de Gaumer; ante la insistencia de la superiora, la joven acabó revelando todo acerca de sus encuentros con Gaufridi. No obstante, con el fin evitar daños mayores y destruir todo vínculo con el sacerdote, la novicia fue enviada al convento de Aix.
Posesiones demoníacas thumb|150px|Grabado de Sébastien Michaëlis, por Cornelis Galle II (siglo ). El estado mental de Madeleine se agravó con las Ursulinas de Aix, donde experimentó visiones y ataques en mitad de los servicios religiosos. Sus superioras y el confesor del convento investigaron las causas; finalmente la religiosa confesó que había sido privada de su virginidad y que había hecho un pacto con el Diablo. Ante la incredulidad de quienes la rodeaban, Madeleine cayó presa de lo que entonces se consideraba una posesión demoníaca; su cuerpo se retorcía y en un ataque de ira llegó a destruir un crucifijo. Ante estos síntomas se prescribió un exorcismo para expulsar a los demonios que supuestamente habitaban en su cuerpo. El padre J. B. Bomillon, superior de los sacerdotes de la doctrina cristiana, exorcizó a Madeleine durante más de un año. No solo los primeros intentos resultaron ineficaces, sino que en los siguientes la joven afirmó que un sacerdote la había embrujado, declarando que este era un adorador del Diablo y que había fornicado con ella desde que tenía 17 años. Estos acontecimientos perturbaron tanto la vida del convento que otras tres religiosas pronto se declararon poseídas por demonios, aumentando el número de posesas a ocho para finales de año. Louise Capeau, nacida de padres herejes, era considerada la más endemoniada de todas; sufría delirios y mostraba contorsiones aún más severas que las de Madeleine. La situación en el convento llegó a ser tan extrema que Bomillon, completamente desbordado, se llevó a Madeleine y a Louise a Sainte-Baume. Sébastien Michaëlis, gran inquisidor y prior de Saint-Maximin, se hizo cargo del caso con ayuda de los inquisidores Domptius, un exorcista flamenco, y Billet. Los monjes llegaron rápidamente a una conclusión: Madeleine estaba poseída por una multitud de demonios bajo el liderazgo de Belcebú y Astaroth, mientras que Louise solo estaba poseída por tres subordinados: Verrine, Sonneillon y Grésille.
El 19 de diciembre de 1610, uno de los demonios de Louise, después de gritar varias veces, dijo en referencia a Madeleine: «Louise está poseída, está sufriendo esta desgracia por ti. Louise es su garantía». Verrine, un demonio muy hablador, incitó a Madeleine a hacer penitencia para luego insultar a Gaufridi acusándolo de ser un hechicero, lo cual resultó sorprendente ya que nadie sospechaba aún de él. Después de que el demonio Verrine acusase a Gaufridi de ser el causante de la posesión de Madeleine, el exorcista Domptius declaró que en su cuerpo se hallaban 666 demonios. Pidió a Gaufridi abandonar su parroquia para asistir al exorcismo; tan pronto como Louise lo vio, lo acusó de ser un hechicero y un caníbal, afirmando que el sacerdote había seducido a Madeleine y la había conducido a una cueva en los dominios de su padre, donde habitaban demonios a los que Gaufridi llamaba sus «buenos amigos». Según ella, la marcaron en el dedo anular con un punzón, tras lo cual uno de ellos la desvirgó, siendo a continuación forzada a firmar varios documentos y quedando finalmente convertida en princesa del aquelarre. Declaró a su vez que Gaufridi lanzó hechizos sobre él mismo para reforzar su posesión y de esta forma evitar que Madeleine pudiese huir. Gaufridi, quien restó importancia a la acusación, replicó a modo de broma: «Si yo fuera un hechicero, ciertamente habría entregado mi alma a mil demonios». Esta respuesta, tomada por los inquisidores como una admisión de culpabilidad, llevó inmediatamente al arresto del sacerdote, quien fue encerrado en una cárcel situada bajo tierra detrás del altar mayor del convento de los dominicos, llamada la «cueva de la penitencia».
Evolución del caso thumb|150px|Convento de los dominicos en Saint-Maximin-la-Sainte-Baume. Cuatro dominicos fueron asignados para cuidar de Gaufridi día y noche. El 24 de enero de 1611 los inquisidores escucharon una música infernal proveniente de los bosques de Sainte-Baume; según ellos, el sacerdote había arrastrado a sus demonios con él. Al parecer aquel día hubo más de cien voces de mujeres y niños cantando con voz potente:
Todo aquel gran estruendo procedía, según los inquisidores, de la «sinagoga de los hechiceros», quienes estaban celebrando su aquelarre. Interrogaron a Gaufridi y le hicieron confesar que «le puso la mano en la boca y en la frente y luego donde estaba alojada su virginidad». De acuerdo con su declaración, el sacerdote sopló en sus genitales para que ella lo deseara, explicando que con su aliento había provocado un hechizo amoroso. A mayores, Gaufridi añadió: «Ella vino a buscarme al campo, a la iglesia, y quería que estuviera tres días con su padre. Además, la he conocido como he querido».
En cuanto a Verrine, este continuó exponiendo a través de Louise los dogmas del cristianismo; como ella entendía y hablaba latín, comentó irónicamente: «Los padres de Louise, que eran herejes, sin duda habrán enseñado a su hija, que solo recientemente aprendió su Confiteor, el latín para exorcismos». Las dudas sobre la posesión de Louise, considerada una niña ignorante e ingenua, dieron paso a la más absoluta certeza cuando esta dijo «cosas admirables de las que aquí no podemos dar una idea». El padre Billet, uno de los inquisidores, instó en una carta a los sacerdotes de la doctrina a acudir rápidamente para escuchar «cosas verdaderamente inauditas y tan hermosas que uno difícilmente las creería si no las viera. Vamos pues, vosotros me diréis que soy demasiado fácil de creer, pero venid y ved, no estoy solo; si me he equivocado, hay muchos otros que debo creer que son más capaces que yo».
A través de Louise, Verrine afirmó que Gaufridi había cometido todas las formas imaginables de perversión sexual. En consecuencia, los inquisidores ordenaron registrar la casa del sacerdote en busca de libros de hechizos u otros objetos incriminatorios. La búsqueda no solo no arrojó ningún resultado en su contra, sino que reveló que el sacerdote era un hombre muy bien considerado en su parroquia; de hecho, muchos se negaron a creer que Gaufridi fuese culpable debido a que gozaba de una buena reputación. Múltiples personas de elevada posición social sintieron lástima por él y calificaron abiertamente las acusaciones de «falsedad, ineptitud y locura». Incluso se llegó a proponer que el caso fuese disuelto en un sínodo después de haber sido declarado vano y falso. El inquisidor Domptius fue encarcelado durante varias horas y solo logró salir en libertad gracias a la intercesión de los propios partidarios de Gaufridi el 8 de enero de 1611. Contando con tantos apoyos, Gaufridi pidió que se borrase su nombre del acta y que se castigara a sus acusadores. Tras esto se dirigió a Aviñón en busca del vicelegado Philippe Philonardi para obtener del papa Pablo V una declaración de inocencia, la cual le fue denegada. Repentinamente, Jacques Turricella, obispo de Marsella, instruyó a cuatro canónigos para que le hicieran unirse a una célula. Domptius, convencido de la posesión y de que Gaufridi era un brujo, fue convocado por el teólogo Étienne Dulci, arzobispo de Aviñón, y el vicario general Paul Hurault de L'Hôpital, arzobispo de Aix, quienes le hicieron saber que estaban en contra de que Gaufridi fuese procesado.
Parlamento de Provenza thumb|150px|Busto de Guillaume du Vair (anónimo, c. 1621). El gran inquisidor Michaelis seguía decidido a probar la culpabilidad del sacerdote. El 5 de febrero acudió a Aix para una audiencia con el presidente del Parlamento Guillaume du Vair, a quien informó de los hechos ocurridos desde 1 de enero, concluyendo que todas las pruebas demostraban que las jóvenes estaban poseídas y que Gaufridi era el responsable. El Parlamento de Provenza asumió el caso y el 17 de febrero Madeleine fue llevada ante Vair; habló con el presidente de los problemas que la atormentaban y, a petición suya, le mostró sus supuestas marcas satánicas. El 19 de febrero un consejero se encargó de informar sobre la existencia de un delito de brujería. Al día siguiente, Gaufridi fue encerrado en un calabozo y solo salió de allí para ir a prisión, siendo encarcelado esta vez en Aix, en el palacio de los condes de Provenza, donde tuvo lugar un nuevo alboroto durante la noche a causa de los sonidos de una lechuza que voló cerca de la prisión y de los ladridos de los perros que respondieron a los ruidos.