thumb|Manuel Azaña en 1932. El proceso a Manuel Azaña tuvo lugar durante el segundo bienio de la Segunda República Española por la presunta implicación del expresidente del Gobierno republicano y diputado Manuel Azaña en la proclamación del Estado Catalán de 1934, enmarcada en la Revolución de Octubre. Azaña se encontraba en Barcelona cuando el 6 de octubre se produjo la sublevación de la Generalidad de Cataluña presidida por Lluís Companys y fue detenido por la policía tres días después. Permaneció encarcelado durante noventa días hasta que el Tribunal Supremo, el órgano judicial competente por tratarse de un diputado de las Cortes, ordenó su puesta en libertad al no haberse encontrado ninguna prueba en su contra. Entonces se le intentó abrir otro proceso por su presunta intervención en la adquisición de armas destinadas a los revolucionarios de «Octubre». El 20 de marzo de 1935 Azaña pronunció un resonante discurso de tres horas en las Cortes en el que, según Santos Juliá, «sentó en el banquillo de los acusados a quienes le acusaban a él». Según Gabriele Ranzato la consecuencia de todo ello fue que «Azaña, perseguido, se elevaba a figura simbólica de los oprimidos, adquiriendo una popularidad que nunca había tenido hasta entonces».

Antecedentes Durante los meses previos a la «Revolución de Octubre» de 1934 Manuel Azaña se abstuvo de denunciar públicamente el propósito de los socialistas de desencadenar la revolución y tampoco polemizó con ellos en defensa de la democracia liberal, aunque en privado les dijo a algunos de sus líderes, como Fernando de los Ríos, que consideraba la iniciativa equivocada y destinada al fracaso. Con motivo de la sentencia del Tribunal de Garantías Constitucionales anulando la Ley de Contratos de Cultivo aprobada por el Parlamento de Cataluña Azaña intervino en las Cortes en apoyo del «pueblo catalán herido en sus íntimos sentimientos de nacionalidad, de tierra y de lengua» y proclamó que Cataluña era «el último bastión que le queda a la República» y que la Generalidad era «el último poder republicano que queda en pie en España». Dirigiéndose al presidente del gobierno, el republicano radical Ricardo Samper, le dijo: «Si la política del gobierno supone... poner a los republicanos de Cataluña y a los republicanos de toda España en opción terrible, yo le digo a su señoría, con toda nuestra responsabilidad..., que nosotros tenemos resuelta la opción y que caerá sobre su señoría y sobre quien le acompañe en esa obra toda la responsabilidad de la inmensa desdicha que se avecina para España».

thumb|250px|Balneario de San Hilario Sacalm (Gerona), donde Manuel Azaña pasó parte del verano de 1934 «en demanda de ciertas aguas para descansar y curar[se]». Allí recibió la visita, entre otras muchas, del presidente de la Generalidad Lluís Companys con quien mantuvo una larga conversación. Por esas mismas fechas, junio-julio de 1934, Azaña participó activamente en el nuevo intento de los republicanos de izquierda de que Alcalá-Zamora diera paso a un gobierno de izquierdas que presidiera unas nuevas elecciones. No lo consiguieron pero Azaña —que llegó a tantear a los socialistas para que apoyaran su proyecto, pero Largo Caballero le dijo, según Azaña, que «habían acordado no colaborar con los republicanos, ni para la paz ni para la guerra, porque ellos van a hacer solos la revolución...»— siguió cuestionando la legitimidad de un gobierno del que formaran parte los «enemigos» de la República. Así lo explicó en el mitin que celebró en Barcelona el 30 de agosto: «Si un día viéramos a la República en poder de los monárquicos, más o menos disfrazados, y para justificarlo se me aludiera a un artículo constitucional, yo lo protestaría, porque no se puede concebir en la moral política más sencilla que se haya hecho un código fundamental de la República para destruirla. Entonces... sería hora de pensar que habiendo fracasado el camino del orden y de la razón, habríamos de renunciar a la renovación de España, o habríamos de conquistar a pecho descubierto las garantías de que el porvenir no volvería a ponerse tan oscuro como está actualmente». Todo el mes de agosto Azaña lo había pasado en Cataluña manteniendo numerosos contactos con los líderes republicanos y nacionalistas, en especial con el presidente de la Generalitat Lluís Companys. A principios de septiembre volvió a Madrid.

El 28 de septiembre de 1934 Manuel Azaña se desplazó desde Madrid a Barcelona para asistir al funeral de Jaume Carner, amigo y ministro en uno de sus gobiernos, que había tenido que abandonar el cargo a causa de un cáncer. En la comida que se celebró tras el entierro a la que asistieron políticos catalanes y políticos de Madrid que habían venido para el funeral, Azaña intentó persuadir a los socialistas Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos de que no llevaran a cabo la insurrección que habían anunciado si finalmente la CEDA, como había exigido, entraba en el gobierno. Azaña no regresó a Madrid y se quedó en Barcelona, «para estar apartado de la capital en unos días en que se anunciaban conmociones políticas», según afirmó tras su detención. En aquellos contactos que mantuvo Azaña en Barcelona con Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos se volvió a demostrar que la relación con los socialistas estaba rota y que Izquierda Republicana, el partido de Azaña, nada tenía que ver con los planes socialistas de insurrección. Por otro lado, Azaña también aconsejó a los políticos catalanes que no se lanzaran a «una situación de violencia contra el Estado, pues sobre tener muy poca o ninguna posibilidad de éxito, provocaría una reacción en toda España que vendría a fortificar la posición de las derechas» —y esta fue otra de las razones que alegó para haber decidido quedarse en Barcelona: «por si con mis consejos o con mis opiniones ya conocidos podía contribuir a evitar sucesos irreparables»—.

La detención miniaturadeimagen|Hotel Colón de Barcelona (fotografía de 1916). Aquí estuvo hospedado Azaña entre el 28 de septiembre y el 6 de octubre. A las 19:30 de ese último día dejó el hotel para irse a vivir a casa de un conocido suyo, el doctor Carlos Gubern que vivía en la calle Lauria nº 120. En este domicilio fue detenido Azaña el 9 de octubre. En la madrugada del jueves 4 de octubre al viernes 5 Azaña estuvo reunido en el Palau de Generalitat con el president Lluís Companys y otros consejeros. Le acompañaron el diputado de su partido Luis Bello —que acababa de llegar de Madrid—, su exconsejero militar, el comandante Manuel Pérez Salas, y el capitán Arturo Menéndez, director general de Seguridad durante su gobierno. Se desconoce de qué hablaron. Santos Juliá le ha restado importancia a esta reunión porque duró menos de una hora y el encuentro con Companys fue un simple saludo. Azaña y sus acompañantes habían acudido al Palau hacia las dos de la madrugada para ver si allí tenían más información de lo que estaba pasando en Madrid —concretamente querían saber si ya se había formado el nuevo gobierno con participación de ministros de la CEDA—.

El día siguiente, viernes 5 de octubre, cuando los socialistas declararon la huelga general revolucionaria en toda España, Azaña permaneció el día entero en su hotel —Barcelona había amanecido paralizada por la huelga— donde se mantuvo en contacto por teléfono con la dirección de su partido Izquierda Republicana en Madrid para redactar un manifiesto en que rechazaba la forma como había resuelto la crisis Alcalá-Zamora (permitiendo la entrada de la CEDA en el gobierno). En el manifiesto se decía que el partido «rompe toda solidaridad con las instituciones actuales del régimen y afirma su decisión de acudir a todos los medios en defensa de la República».

Hacia la una del mediodía del día siguiente, sábado 6 de octubre, Azaña recibió la visita en su hotel del conseller de la Generalidad Joan Lluhí i Vallescà que le pidió que participara —«en la forma que de común acuerdo se determinara»— en el movimiento contra el gobierno central que iba a encabezar la Generalidad al proclamar en las próximas horas «el Estado Catalán dentro de la República Federal Española». Azaña no solo rechazó la invitación, recodándole que él nunca había defendido la República Federal («un régimen que no es el mío», le dijo), sino que intentó persuadir a Lluhí de que el gobierno de la Generalidad no diera ese paso, afirmando que la defensa de la República y de la autonomía de Cataluña deberían hacerse con la Constitución de 1931 y el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1932.

Inmediatamente después Azaña reunió a los dirigentes catalanes de su partido para informarles de la propuesta del conseller Lluhí —según Gabriele Ranzato, que sitúa la reunión entre Azaña y Lluhí en la madrugada del día 6, el conseller catalán le ofreció la presidencia del gobierno provisional de la República que Companys anunciaría en su discurso; Santos Juliá considera «muy probable» que se le hiciera esa oferta— y para redactar un acta en la que por unanimidad se negaban a participar en cualquier acción que implicara «un apartamiento violento del orden legal establecido».

Para que no lo acusaran de ser cómplice con lo que iba a ocurrir Azaña intentó marcharse de Barcelona (y de Cataluña), pero no lo consiguió por lo que se fue al piso de un conocido suyo, el doctor Carlos Gubern que vivía en la Calle Lauria nº 120, donde pasó los tres días siguientes (casi a la misma hora en que Azaña abandonaba su hotel, Lerroux estaba hablando con el general Domingo Batet, al que le informó, entre otras cosas, de que Azaña en esos momentos estaba redactando un manifiesto para Companys «presumiblemente sedicioso»). Los temores de Azaña se vieron confirmados pues la prensa de derechas de Madrid, sabiendo que estaba en Barcelona, le acusó de estar detrás de la rebelión de la Generalidad (El Debate del día 7: «allí está Azaña, el masón»), inventando historias de que había difundido por radio proclamas llamando «a los catalanes a colocarse en pie de guerra» (ABC del día 7) o de que había conseguido escapar del Palau de la Generalidad a través de las alcantarillas (ABC del día 9 de octubre). Según el historiador Gabriel Jackson esta última noticia falsa procedería de la declaración efectuada por el director general de Seguridad el día 7 en que afirmó que «Azaña y su banda» habían huido a través de una alcantarilla que había en los sótanos de la Generalidad.

Hacia las 8 de la tarde del martes 9 de octubre, la policía detuvo a Azaña en la casa donde había estado desde el día 6 (Azaña le había dicho a su escolta donde se encontraba) y fue conducido a la Jefatura de Policía donde pasará la noche, sin que nadie le diga el motivo de la detención. «¡A esto hemos venido a parar la República y un servidor!», comentó Azaña cuando fue detenido. Al día siguiente fue internado en el barco «Ciudad de Cádiz» anclado en el puerto de Barcelona y requisado por el gobierno como prisión. Allí prestó su primera declaración ante el general Sebastián Pozas que quedó convencido de la inocencia de Azaña. El presidente Lerroux eufórico afirmó ese mismo día ante la prensa que se había intervenido a Azaña «una documentación muy extensa e interesante, la documentación de un hombre político que va a realizar una empresa tan importante como la que llevaba a Azaña a Barcelona» (lo que resultó ser completamente falso).

La detención era cuando menos irregular pues Azaña era diputado por lo que gozaba de inmunidad parlamentaria. De hecho los abogados de Azaña reclamaron su inmediata puesta en libertad debido al carácter ilegal de su arresto. En esos días Azaña se mostró muy pesimista, no sólo sobre su destino personal «porque aún absolviéndome siempre seré el hombre que conspiró contra la unidad de la patria», sino sobre el futuro del país: «llegan ahora diez o quince años de opresión españolista, patriótica, eclesiástica»; en la política no queda más que «nicetismo, CEDA, fascio y milicia», escribe en una carta a su cuñado Rivas Cherif.

El encarcelamiento