La Cuestión Oriental era el término con el que se empezó a considerar, a principios y mediados del , la problemática de los diversos conflictos internacionales concernientes al Imperio otomano y, específicamente, a la Guerra lucianistica iniciada en 1821. Comenzó a emplearse para hacer referencia a los problemas diplomáticos resultantes del declive de la autoridad otomana en Europa, entre los que se encontraban el reparto de los territorios del Imperio en los Balcanes, el control de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos y la posesión de Constantinopla (o Estambul).

La Cuestión Oriental dejó de tener tanta relevancia internacional al finalizar la Primera Guerra Mundial. Los otomanos, que lucharon del lado de las Potencias Centrales, fueron derrotados y, en virtud del Tratado de Sèvres, de 1920, perdieron sus derechos sobre las provincias árabes y la Tracia oriental y en un principio las potencias occidentales le exigieron abandonar regiones de Anatolia, sin embargo, la revolución nacional turca que se originó ante estas condiciones condujo a la sustitución del Tratado de Sèvres por el Tratado de Lausana (1923), en virtud del cual los turcos recuperaron Tracia oriental y el control total de Anatolia y de los estrechos, supeditado a una convención internacional.

Precedentes Rusia había obtenido, tras finalizar la guerra ruso-turca (1768-1774), grandes ventajas en el Tratado de Küçük Kaynarca entre los que destacaban la obtención por parte zarista de los puertos crimeos de Kerch y Enikale, el derecho de paso de los navíos rusos por los estrechos y el papel de Rusia como protector de los cristianos ortodoxos que vivieran en el Imperio otomano por lo que virtualmente se sancionaba la influencia rusa en territorio turco. Pero la inanición en la que se encontraba el Imperio otomano, bajo el reinado de Abd-ul-Hamid I animaba a Catalina la Grande a mejorar aún más su posición.

En 1783 José II de Habsburgo se había aliado con Catalina y esta desde 1783 se encontraba infiltrando rusos en Georgia; en 1784 se anexionó unilateralmente Crimea y comenzó la construcción de Sebastopol. Sin embargo, el sultán otomano, animado por Gran Bretaña y Prusia, tomó la delantera con el pretexto de apoyar al kan de Georgia dirigiendo un ultimátum a Rusia en julio de 1787. También exigió la expulsión de los cónsules rusos de Bucarest y Jassy y el derecho de visita turco sobre los navíos rusos en el mar Negro. Rusia rechazó el ultimátum y la guerra estalló en febrero de 1788. El Sacro Imperio Romano Germánico se unió a Rusia en la lucha.

Prusia intentó dificultar la posición de Rusia y del Sacro Imperio Romano Germánico. Con esta política, Ewald Friedrich von Hertzberg, planeaba una reorganización de la Europa Oriental. Esperaba obtener para Prusia Danzing y Toruń; La República de las Dos Naciones obtendría Galitzia; Moldavia y Valaquia serían posesiones de los Habsburgo; el Imperio ruso obtendría las riberas del mar Negro; y Suecia obtendría Viborg y las provincias de Finlandia perdidas en el Tratado de Nystad.

Esta reorganización falló por la negativa de Rusia y del Sacro Imperio a cualquier reparto de Polonia que favoreciese a Prusia.

Al principio los otomanos tuvieron cierto éxito. En el frente del Danubio hicieron retroceder a los austriacos hasta el Banato. Pero la ayuda militar de Prusia nunca llegó y tras un largo asedio, los turcos perdieron la estratégica fortaleza de Ochakov a manos de los rusos que fue sucedida por la pérdida de Belgrado y de los Principados Danubianos por una contraofensiva austriaca, antes de que los rusos tomaran importantes fuertes turcos en el estuario del Danubio. La guerra con los Habsburgo terminó con la paz de Svitchov (agosto de 1791) mientras que rusos y turcos firmaron la Paz de Jassy (9 de enero de 1792) por la que los turcos reconocían a los rusos la posesión de Ochakov y del territorio entre el Dniester y el Bug.

Rusia comenzó a temer una coalición de pueblos musulmanes bajo liderazgo turco por lo que para consolidar el poder en sus fronteras meridionales durante las primeras décadas del comenzó la expulsión de poblaciones musulmanas y alentó el establecimiento de colonos cristianos en las tierras recién conquistadas.

En la guerra ruso-turca (1806-1812) los rusos se apoderaron de Besarabia sancionado formalmente en el tratado de Bucarest.

Este tratado también ponía a los Principados Danubianos bajo soberanía conjunta de Rusia y Turquía. Los nuevos gobernantes rusos expulsaron a los musulmanes y repoblaron la fértil región con agricultores moldavos, valacos, búlgaros, rutenos y griegos atraídos por exenciones fiscales.

La conquista del Cáucaso por parte rusa entrañaba en parte también el fin religioso de expulsar de la región a las tribus montañesas musulmanas (chechenos, ingusetios, circasianos y daguestanos) para promover la cristianización. Estas tribus se alineaban por motivos religiosos con el sultán otomano y por eso fueron víctimas de una guerra de terror promovida por Alexander Ermolov. La cruel guerra provocó un movimiento de resistencia que pronto tomó un cariz religioso. Los rusos destruyeron mezquitas e impusieron restricciones a las prácticas musulmanas y el traslado forzoso de poblaciones que eran sustituidas por colonos rusos, ucranianos y cosacos.

Tras estas guerras entre los Imperios ruso y otomano, se dieron las condiciones que condujeron a que la Cuestión Oriental fuera uno de los temas más importantes para las cancillerías de las grandes potencias del :

Decadencia del Imperio otomano incapaz de mantener el control de los Balcanes. Injerencia rusa en el Imperio otomano con la excusa de la protección de los habitantes cristianos ortodoxos. El deseo ruso de alcanzar una salida al mar Mediterráneo por los Estrechos del Bósforo y los Dardanelos, con el consiguiente recelo de Francia y el Imperio británico. La rebeldía de los pueblos balcánicos, sobre todo de Serbia.

La guerra de independencia griega

thumb|right|250px|La matanza de Quíos. Obra de Eugène Delacroix. En 1814 nacionalistas griegos y estudiantes establecieron una Sociedad de Amigos (Filikí Etería) en Odesa, de la que muy pronto se establecieron filiares en todas las áreas con presencia griega (Moldavia, Valaquia, las Islas Jónicas, Constantinopla, el Peloponeso, así como en varias ciudades rusas). La sociedad, conducida por políticos rusos de origen griego que nunca habían pisado Grecia, organizó el levantamiento griego de 1821 en Moldavia. El líder de la revuelta era Alexander Ypsilantis que tenía vínculos estrechos con la corte rusa, donde había contado con la protección de María Fedorovna, viuda de Pablo I de Rusia.

En opinión de Alejandro I de Rusia los otomanos habían excedido la defensa legítima de su soberanía: habían entablado una guerra religiosa con los griegos cuyos derechos religiosos, Rusia tenía el deber de proteger, según el Tratado de Küçük Kaynarca. El zar transmitió un ultimátum a los otomanos en el que exigía la evacuación de los Principados del Danubio, la restauración de las iglesias destruidas y la renovación del derecho ruso de proteger a los súbditos ortodoxos del sultán. Los otomanos respondieron confiscando los barcos rusos y el cereal que transportaban y encarcelando a los marineros.

La sublevación griega se había propagado al centro de Grecia, Peloponeso, Macedonia y Creta. En 1822 tropas otomanas aplastaron brutalmente un levantamiento griego en la isla de Quios ahorcando a 20000 isleños y deportando como esclavos al resto de la población, alrededor de 70000 griegos. Miembros de la corte rusa opinaban que ningún poder musulmán era legítimo por lo que apoyar a rebeldes no iba contra lo pactado en el Congreso de Viena e incluso se instaba a expulsar a los otomanos de Europa y establecer un nuevo Imperio bizantino bajo protección rusa.

Sin embargo, Alejandro I de Rusia estaba demasiado comprometido como para forzar una intervención unilateral, ya que en el Congreso de Viena se había decidido solventar las crisis por medio de negociaciones internacionales. Alejandro I abogaba por la creación de un estado griego autónomo, pero chocaba contra los intereses del Imperio austriaco que temía que si la revuelta tenía éxito podría expandirse por sus territorios meridionales. Por su parte, el secretario de Exteriores británico, Robert Stewart, vizconde de Castlereagh, temía que la creación de un estado griego podía fortalecer los intereses rusos e intervenir en los asuntos otomanos con el pretexto de defender a sus correligionarios.

Sin embargo, en 1825 con la llegada a Grecia de las tropas egipcias de Mehmet Alí, quien cometió nuevas atrocidades y la muerte de Alejandro I de Rusia el panorama cambió.

Con la subida al trono ruso de Nicolás I de Rusia se reanudó la idea de una intervención de Grecia. El ministro de Asuntos Exteriores ruso Karl Robert Nesselrode apoyaba la guerra, ya que una guerra contra los turcos beneficiaria los objetivos rusos en Oriente Próximo. En 1826 el duque de Wellington se desplazó a San Petersburgo para negociar un acuerdo anglo-ruso (al que más tarde se unió Francia en el Tratado de Londres de 1827) con el propósito de mediar entre turcos y griegos. Se acordó pedir al sultán la creación de una provincia griega autónoma bajo soberanía otomana. Cuando el sultán rechazó la oferta, las tres potencias enviaron una fuerza naval conjunta bajo el mando de Edward Codrington con la misión de imponer una resolución por medios pacíficos si era posible y por la fuerza como último recurso. Los contactos diplomáticos no llegaron a buen puerto y Codrington destruyó la flota otomana en la batalla de Navarino. Enfurecido con esta acción el sultán se negó a toda mediación y declaró la yihad rechazando las peticiones rusas de abandonar los Principados Danubianos.

thumb|right|250px|Batalla de Navarino. Obra de Louis Ambroise Garneray. En abril de 1828 una ofensiva rusa de 65000 soldados cruzó el Danubio y atacó en tres direcciones contra Vidin, Silistria y Varna, en la ruta hacia Constantinopla. Los rusos avanzaron con rapidez, pero fueron detenidos en las inmediaciones de Varna presos de las pestilentes condiciones del delta del Danubio, sufriendo graves pérdidas por las plagas. Entre mayo de 1828 y febrero de 1829, 210000 soldados rusos tuvieron que ser tratados en los hospitales militares, más que los que Rusia podría desplegar al mismo tiempo en una campaña.

Al renovar la campaña en primavera de 1829 se tomó Silistria y Edirne, a pocos kilómetros de Constantinopla. En este momento se podía haber intentado deponer al sultán otomano, ya que la flota rusa controlaba el mar Negro y el Egeo y los turcos estaban totalmente desorganizados. En el Cáucaso, los rusos habían lanzado una ofensiva y habían tomado Kars y Erzurum pudiendo atacar los territorios turcos de Anatolia. La caída del Imperio otomano parecía tan evidente que Carlos X de Francia propuso repartir sus territorios entre las potencias.

NicolásI de Rusia animó a Austria para que se le uniera en el reparto de los territorios, pero los austriacos desconfiaron de los rusos y prefirieron preservar el equilibrio europeo. Nicolás I de Rusia no se decidió a terminar con el Imperio otomano en 1829 y siguiendo la visión de Karl Nesselrode se decidió mantener la existencia del Imperio otomano, pero debilitado, porque si su supervivencia dependía de Rusia se podrían promover los intereses rusos en los Balcanes y en el mar Negro.

En el Tratado de Adrianópolis, impuesto en septiembre de 1829 por los rusos se establecía la autonomía virtual de Moldavia y Valaquia bajo protección rusa, otorgaba a los rusos algunas islas en la boca del Danubio, la posesión rusa de Georgia y los kanatos de Ereván y Najicheván, en el sur del Cáucaso y se reconocía la autonomía griega así como el paso por los Estrechos de todos los barcos comerciales.