alt=Inclusa de Santa Florentina|miniatura|Inclusa de Santa Florentina La mortalidad en las inclusas españolas durante el primer tercio del siglo XX fue extraordinariamente elevada, superando en algunos establecimientos el 50 % de los niños ingresados. Esta situación estuvo relacionada con las deficientes condiciones higiénico-sanitarias, las dificultades de alimentación, la escasez de nodrizas y la elevada incidencia de enfermedades infecciosas.
El progresivo despertar de la conciencia social respecto a la infancia abandonada impulsó reformas importantes en estas instituciones. La creación de maternidades, la desaparición del torno y la exposición, junto con cambios legislativos orientados a la protección de la infancia, marcaron un punto de inflexión.
Asimismo, la introducción de nodrizas para la alimentación de los recién nacidos y los avances médicos contribuyeron de forma decisiva a la mejora de la supervivencia infantil en estos centros.
Periodo 1900-1925 El funcionamiento de las inclusas españolas en el primer tercio del era muy similar. Ingresaba el menor por el torno o la puerta y era dado, tras unos días o semanas, a una nodriza externa generalmente rural con la que podía permanecer hasta los cinco o los siete años.
Diversos estudios, entre ellos los de Carlos Alustiza Martínez sobre las nodrizas en Guipúzcoa, han destacado la importancia de la lactancia mercenaria en el funcionamiento de las inclusas y en la supervivencia de los niños expósitos.
Pocos niños llegaban a esta edad porque la mortalidad de los expósitos, tanto en los locales de las inclusas como en las casas de las nodrizas, era superior al 50 % llegando algunas de ellas al 80 %. La mortalidad se producía fundamentalmente en el primer año de vida de los niños.
Contextualizando los datos, la tasa de mortalidad infantil en la sociedad española entre 1900 y 1910 era del 16,5 % del total de niños nacidos vivos, lo que daba cierta cotidianidad al fallecimiento infantil.
En esta etapa continuó la preocupación por la infancia y por la alta mortalidad en las inclusas. Los médicos denunciaban esta situación y los tratadistas señalaban el coste económico que significaba esa pérdida tan grande de vidas y el problema que representaba en una época en que la natalidad estaba en descenso por lo que defendían la lactancia materna como medio fundamental de reducir la mortalidad.
Algunos médicos, entre ellos Manuel Tolosa Latour, promovieron la Ley de Protección a la Infancia del 12 de agosto de 1904, cuyos objetivos eran proteger la salud de los menores de diez años, velar por los asilados en las inclusas, vigilar la lactancia mercenaria, evitar la mendicidad infantil y obligar al cumplimiento de la legislación sobre el trabajo infantil. Para conseguir estos fines la ley citada establecía la creación de un Consejo Superior de Protección a la Infancia, presidido por el ministro de la Gobernación, y Juntas provinciales y locales, presididas por los gobernadores provinciales y los alcaldes, respectivamente.
Estas juntas, salvo excepciones, solo se reunían dos veces al año para aprobar las cuentas y no siempre asistían todos sus miembros.
Esta falta de eficacia de las juntas provinciales se vio también cuando, en una Real Orden de 21 de junio de 1918, el Consejo Superior de Protección a la Infancia les instó a hacer una visita de inspección a las inclusas. Algunos de los informes resultantes señalaban deficiencias y mal funcionamiento, lo que demuestra que la tarea de supervisión sobre estos establecimientos benéficos no había sido realizada.
La mortalidad infantil en este periodo no se debía únicamente a la escasez de nodrizas sino también por la escasa capacidad de los edificios y sus pocos equipamientos que provocaban que en cuanto se acumulaban ingresados hubiera falta de espacio para las cunas y fuera imposible aislar a los enfermos, incluso a los contagiosos.
En 1908 un tratadista los calificaba de caserones desprovistos de condiciones higiénicas. Incluso en algunas ocasiones estaban ubicados en hospitales donde también se asilaban ancianos.
La sífilis congénita constituía un grave problema en las inclusas, ya que el riesgo de contagio durante la lactancia dificultaba encontrar nodrizas dispuestas a amamantar a los niños afectados. Este problema se agravaba porque algunos recién nacidos infectados no presentaban síntomas evidentes. La introducción de la reacción de Wassermann, desarrollada en 1906, supuso un importante avance en el diagnóstico de la sífilis y permitió adoptar precauciones para prevenir su transmisión a las nodrizas. La Casa Cuna de Fraisoro, en Guipúzcoa, fue una de las instituciones pioneras en la aplicación sistemática de esta prueba durante los primeros años del siglo XX.
El problema más grave y que incidía más sobre la mortalidad de los asilados era la escasez de nodrizas internas que además, en muchas ocasiones, no reunían las debidas condiciones para amamantar bien, y menos a dos expósitos a la vez.
A estas circunstancias había que añadirle que cuando los niños se iban con sus amas externas, que vivían en casas sin muchas condiciones higiénicas, no solían recibir demasiados cuidados porque estas mujeres, pobres y mayoritariamente rurales, tenían que trabajar en el huerto o con el ganado.
Ante la alta mortalidad en las inclusas, algunos responsables consideraban aceptable una mortalidad del 30 %.
El debate sobre la mortalidad en las inclusas acabó por llegar a la prensa, al Congreso y al Senado, a raíz de la Memoria del Cuerpo Médico de la Beneficencia Provincial de Madrid en 1918, en la que se afirmaba que la mortalidad global en la Inclusa de esa provincia era del 51,96 % y en el Departamento del Biberón, del 100 %. La consecuencia fue la Real Orden del 21 de junio de 1918 que dio lugar a una serie de informes elaborados por las juntas provinciales de protección a la infancia.
Las investigaciones posteriores realizadas en distintas provincias mostraron una realidad heterogénea. Mientras algunos centros habían iniciado importantes reformas, otros presentaban deficiencias en sus instalaciones, organización y control sanitario.
Periodo 1925-1935 miniaturadeimagen|Quita membranas de difteria. Primera mitad del .
En este periodo se cerraron la práctica totalidad de los tornos en España con lo que el abandono anónimo desapareció. Este hecho no eliminó inmediatamente el abandono infantil ni la elevada mortalidad, pero formó parte de un cambio más amplio en la manera de abordar la maternidad, la infancia y la asistencia social.
Las enfermedades que causaban más muertes en las inclusas durante esta etapa eran por orden de frecuencia las gastrointestinales-nutricionales, las respiratorias (bronquitis, neumonías), meningitis, tos ferina, sarampión y tuberculosis. Respecto a la sífilis se tomaban precauciones para evitar contagios a las nodrizas como que fuera la madre natural la que amamantara al niño sifilítico y en caso de no ser posible se alimentaba al niño con leche artificial con lo que fallecían prácticamente la totalidad de estos niños.
Todavía en la tercera década del , algunos responsables políticos y sanitarios de algunas inclusas seguían considerando que las causas de las defunciones de los asilados eran muy difíciles de corregir, ya que radicaban en taras genéticas transmitidas por padres tuberculosos, sifilíticos o alcohólicos. Estas teorías fueron perdiendo aceptación al contrastarse con estudios que señalaban que la elevada mortalidad en las inclusas respondía principalmente a factores ajenos a la herencia genética
Cuando los médicos, los responsables políticos y también la prensa achacaban a las taras y a las enfermedades heredadas de los padres la alta mortalidad de los incluseros, anulaban un debate social amplio sobre las medidas que se deberían adoptar para reducir los fallecimientos.
En 1927, la elevada mortalidad en la Inclusa de Madrid provocó un nuevo debate en la prensa a raíz de las declaraciones del médico Juan Bravo Frías, quien denunció las elevadas cifras de fallecimientos en el establecimiento. Como consecuencia de esta polémica, y a petición de la Diputación Provincial de Madrid, en mayo de ese año se publicó una Real Orden, a propuesta del Consejo Superior de Protección a la Infancia, que establecía la obligación de que las mujeres que daban a luz en la Casa de Maternidad pasaran a amamantar a sus hijos en la Inclusa durante un periodo mínimo de dos meses. La medida pretendía mejorar la alimentación de los recién nacidos, aliviar la escasez de nodrizas y favorecer la permanencia de los niños junto a sus madres, aunque su cumplimiento no fue completo.
Esta medida solucionó en parte el problema básico que tenían las inclusas que era el de la escasez de amas de lactancia y diversos estudios confirmaron que la supervivencia de los niños mejoraba si la madre lactaba dos meses a su hijo y además producía otro efecto positivo como era que se estableciera un lazo afectivo madre-hijo que disminuía el abandono.
Los debates en la prensa, especialmente por parte del médico Juan Antonio Alonso Muñoyerro, crearon las condiciones para que se tratara en profundidad el tema de la mortalidad en las inclusas y se plantearan soluciones.
El hecho de que las mujeres que habían parido en las maternidades ejercieran de nodrizas en las inclusas no resolvía totalmente el problema de la mortalidad. Por esa razón, en la tercera década del , algunas inclusas tomaron otras medidas, como el traslado a nuevos edificios y la modernización de su funcionamiento. También contrataron más personal y aumentaron los equipamientos: instalación de aparatos de rayos ultravioleta que favorecían la mejora de los asilados raquíticos, perfeccionamiento del aislamiento de los niños enfermos e instalación de laboratorios, salas de operaciones y rayos X.
Otro avance significativo en este siglo fue el despliegue en casi todas las capitales de provincia españolas de las Gotas de Leche, que proporcionaban leche maternizada a los lactantes necesitados.
Periodo 1935-1980
Este periodo estuvo marcado por la modernización de las inclusas y por importantes avances médicos. No obstante, durante la Guerra Civil y los primeros años de la posguerra, las condiciones de vida de la población infantil empeoraron debido al desabastecimiento, la desnutrición y el aumento de las enfermedades infecciosas.
Hubo una toma de conciencia por parte de las instituciones, en especial las Diputaciones Provinciales, para mejorar los establecimientos y la atención a los niños abandonados y sus madres a pesar de la miseria existente en España tras la guerra civil.
En cuanto a los avances médicos, hasta 1930 las únicas vacunas utilizadas en España fueron las de la viruela y la fiebre tifoidea, y a partir de ese año se desarrollaron durante las siguientes décadas las de la tuberculosis (década de los años treinta), difteria, (1945) tos ferina,(1965) sarampión, polio (1963) etc. Fue una gran contribución a la práctica eliminación de estas enfermedades.
Asimismo, la llegada de la penicilina a España en 1944 y su posterior difusión supusieron un importante avance en el tratamiento de las enfermedades infecciosas bacterianas..
A partir de la década de 1940, el desarrollo de fórmulas de leche artificial más completas permitió mejorar la alimentación de los lactantes y reducir progresivamente la dependencia de las nodrizas. Estas fueron desapareciendo de las instituciones de acogida infantil durante las décadas siguientes.
A partir de la década de 1950, las reformas de la legislación sobre adopción favorecieron una reducción del tiempo de permanencia de muchos menores en las instituciones. El aumento de las solicitudes de adopción y la simplificación progresiva de los procedimientos contribuyeron a disminuir los periodos de institucionalización.
Conclusión