La literatura LGBT de Argentina, entendida como literatura escrita por autores argentinos que involucre tramas o personajes que formen parte o estén relacionadas con la diversidad sexual, tiene una tradición que se remonta al , aunque la aparición de la literatura LGBT como categoría propia dentro de las letras argentinas no tuvo lugar hasta finales de la década de 1950 y principios de la década de 1960, a la par del nacimiento del movimiento a favor de los derechos LGBT en el país.

Las primeras representaciones de relaciones entre personas del mismo sexo en la literatura argentina tuvieron una marcada connotación negativa y eran usadas para ilustrar la idea de supuesta degradación social en las clases populares y como un paradigma antagónico del proyecto de nación que se deseaba promover. La más antigua de estas representaciones tiene lugar en el cuento «El matadero» (1838), de Esteban Echeverría, considerado un clásico de las letras nacionales y donde el sexo entre hombres es usado como metáfora del salvajismo. Durante el resto del y las primeras décadas del , las representaciones de personajes homosexuales continuaron siendo negativas y muchas culminaban en tragedia. De entre estas obras destaca la pieza teatral Los invertidos (1914), de José González Castillo, que fue prohibida tras su estreno debido a su temática y que sigue a un hombre burgués que tiene un amante homosexual secreto y que decide suicidarse cuando su esposa se entera de su orientación sexual.

El cuento «La narración de la historia» (1959), de Carlos Correas, marcó un cambio de paradigma al convertirse en la primera obra literaria argentina en que la homosexualidad era mostrada como un rasgo normal del protagonista y no como algo pernicioso. Sin embargo, su publicación fue controvertida y provocó un proceso judicial por supuesta inmoralidad y pornografía, además de una serie de ataques contra el autor y contra la «conjura homosexual/marxista». También en 1959, Silvina Ocampo publicó «Carta perdida en un cajón», primero de sus cuentos en incluir referencias lésbicas. Pocos años después, en 1964, Renato Pellegrini publicó la primera novela LGBT argentina, Asfalto, que narra la historia de un joven homosexual que descubre la subcultura gay de Buenos Aires y que le costó a su autor una condena de cuatro meses de cárcel por el delito de obscenidad.

En la segunda mitad del , varios autores argentinos empezaron a incorporar actos o personajes LGBT en tramas con subtexto político sobre el peronismo o las dictaduras militares. La figura más destacada en este ámbito fue Manuel Puig, por ejemplo en la novela The Buenos Aires affair (1973), pero principalmente en El beso de la mujer araña (1976), considerada una de las obras más reconocidas de la literatura LGBT latinoamericana y de las mejores obras en español del . En la novela, Puig sigue la historia de Valentín y Molina, un militante revolucionario de izquierda y un homosexual fanático del cine, respectivamente, mientras comparten celda en los tiempos del terrorismo de Estado en Argentina. Otras obras con personajes LGBT o donde actos homosexuales violentos se emplearon como metáfora para abordar temas políticos fueron «La invasión» (1967) de Ricardo Piglia, La boca de la ballena (1973) de Héctor Lastra, y «El niño proletario» (1973) de Osvaldo Lamborghini. Aunque no relacionada con la política, durante esta época también destaca la figura de Alejandra Pizarnik, quien exploró la violencia sexual lésbica en algunas de sus obras.

Durante la última dictadura argentina vieron la luz las dos novelas consideradas como fundacionales de la narrativa lésbica argentina: Monte de Venus (1976), de Reina Roffé, y En breve cárcel (1981), de Sylvia Molloy. La primera transcurre en un colegio y narra la historia de una joven lesbiana que recuenta en grabaciones sus aventuras amorosas y sus vagabundeos por la ciudad, mientras que la segunda sigue a una mujer que escribe su historia desde una habitación en que espera en vano a la mujer que ama. A causa de su temática, ambas se vieron afectadas por la censura. Otra novela lésbica de importancia histórica es Habitaciones, de Emma Barrandéguy, publicada en 2002, pero escrita originalmente en la década de 1950.

La década de 1990 vio la publicación de varias obras LGBT reconocidas, tales como El affair Skeffington (1992) de María Moreno, que cuenta la biografía ficticia de una autora estadounidense que explora su sexualidad tras mudarse a París, Plástico cruel (1992) de José Sbarra, sobre una poeta travesti enamorada de un muchacho del campo, Plata quemada (1997) de Ricardo Piglia, que sigue a una pareja de criminales homosexuales que asaltan un banco y deciden quemar el dinero, y Un año sin amor (1998) de Pablo Pérez, en la que explora su experiencia viviendo con VIH.

Durante el , la literatura LGBT ha ganado mayor visibilidad en Argentina gracias a éxitos comerciales y críticos de la mano de autoras como Gabriela Cabezón Cámara, quien empezó a explorar la diversidad sexual en su novela La Virgen Cabeza (2009) y alcanzó fama internacional con Las aventuras de la China Iron (2017); y Camila Sosa Villada, en particular con su novela Las malas (2019).

miniatura|derecha|Retrato de Esteban Echeverría, autor de «El matadero» (1838) Algunos de los textos fundacionales de la literatura argentina dibujaban una contraposición entre los valores considerados como civilizados y los comportamientos que los autores estimaban como negativos para la sociedad, entre ellos el «sexo anormal». En este contexto es escrito «El matadero» (1838), primera obra literaria argentina en que se referencia un acto homosexual. En el cuento, Esteban Echeverría critica al gobierno autoritario de Juan Manuel de Rosas al mostrar a los partidarios federales como hombres sumidos en la barbarie y la violencia que, en el clímax de la historia, capturan a un joven apuesto perteneciente al Partido Unitario, lo amarran y se preparan a violarlo bajo la consigna de: «Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle verga, bien atado sobre la mesa». Sin embargo, el joven unitario prefiere degollarse a sí mismo antes que permitir la transgresión a la hombría que habría significado para él el ser violado, sacrificio empleado por Echeverría para representar en el relato su concepción de valentía y honor.

La idea de usar la violación sexual masculina como forma de tortura entre unitarios y federales no se limitó a «El matadero». En su poema «La refalosa», Hilario Ascasubi describe una situación similar:

Otra obra fundacional en que se referencia a la diversidad sexual es La novia del hereje o La inquisición de Lima (1846), novela de Vicente Fidel López que narra la historia de una relación amorosa entre un pirata y una mujer en la Lima colonial. En la obra, el autor describe el mundo de los «maricones», hombres descritos como afeminados y coquetos que se desempeñaban como ayudantes de las mujeres de la alta sociedad. Aunque López se refiere a ellos de forma negativa (afirma que el verlos producía «asco moral» y que su accionar era «repelente»), el texto es notorio por su carácter de testimonio histórico sobre la vida que llevaban los hombres homosexuales en la Lima de la época y la aceptación social de la que gozaban por parte de ciertos sectores sociales. En la novela, una de las fiestas en que participaban los «maricones» es descrita de la siguiente manera:

Literatura gauchesca y naturalismo Aunque no tienen referencias explícitas a actos sexuales o amorosos entre personas del mismo sexo, académicos como Gustavo Geirola y Adrián Melo han identificado elementos homoeróticos en las relaciones de amistad de los protagonistas de obras clásicas de la literatura gauchesca, como Martín Fierro (1872) de José Hernández y Juan Moreira (1879) de Eduardo Gutiérrez. En ambos casos, los protagonistas abandonan a sus esposas y encuentran a hombres con quienes desarrollan una amistad intensa y que se convierten en los únicos receptores de su afecto, Cruz en el caso de Martín Fierro y Julián en el caso de Juan Moreira. La forma en que Gutiérrez describe la relación entre Julián y Moreira tiene un tono marcadamente romántico, como en la escena en que se conocen y Gutiérrez describe cómo sus «miradas se fundieron, por así decirlo, y ambos sonrieron», en un encuentro entre ambos en que tras abrazarse «sus dos almas en una acaso se misturaron», o al contar cómo Moreira podía reconocer la llegada del caballo de su amigo porque «el corazón le avisa cuando es Julián». La reacción de Martín Fierro ante la muerte de Cruz, por su lado, es descrita en términos similares a la de Aquiles ante la muerte de Patroclo, o de la elegía de David a la muerte de Jonatán.

Las últimas décadas del vieron la aparición de una ola de novelas de corte naturalista que posicionaban la idea de que la depravación y la criminalidad estaban intrínsecamente relacionadas con las clases sociales bajas y los extranjeros que llegaron durante la Gran inmigración europea en Argentina. Uno de los autores que más se centró en el tema fue Eugenio Cambaceres, entre cuyas obras destaca la novela En la sangre (1887), donde narra la vida de un muchacho hijo de migrantes llamado Genaro y hace uso de actos homosexuales para ejemplarizar la supuesta corrupción del protagonista. Específicamente, Cambaceres describe al líder del grupo de amigos varones de Genaro como «cínico y depravado como un viejo» e indica que solían jugar a «los hombres y las mujeres», juego en que los muchachos más grandes tomaban el papel de hombres, los más pequeños el de mujeres, y se revolcaban de a dos en el suelo mientras «ensayaban a imitar el ejemplo de sus padres». Otra novela naturalista en que la homosexualidad es usada para dibujar un retrato negativo de un personaje es La bolsa (1891), de Julián Martel, obra en que la cara de un inmigrante judío es descrita como «antipática y afeminada» y más tarde se sugiere que tiene una relación amorosa con un muchacho judío más joven.

miniatura|izquierda|Enrique Gómez Carrillo, autor del cuento «Marta y Hortensia» (1900). Con la llegada del apareció una de las primeras representaciones de amor lésbico en las letras argentinas, el cuento «Marta y Hortensia», de autoría del escritor guatemalteco nacionalizado argentino Enrique Gómez Carrillo y publicado en su libro Almas y cerebros: historias sentimentales, intimidades parisienses, etc (1900). El relato, cuya trama referencia a la novela La muchacha de los ojos de oro (1835) de Honoré de Balzac, sigue la historia de un hombre que descubre que su esposa y su hermana han iniciado un romance secreto. Aunque el hecho lo llena de rabia, finalmente decide no confrontarlas.

Pocos años después fue el estreno de la última gran obra argentina de estilo naturalista, la pieza teatral Los invertidos (1914), escrita por José González Castillo y donde las sexualidades diversas vuelven a aparecer como símbolo de corrupción social; aunque, a diferencia de las novelas de finales del , la homosexualidad pasa a ser una perversión de las clases burguesas en lugar de la clase baja. La trama de la obra, que inicia con la lectura de un caso clínico sobre el asesinato de un hombre a manos de su amante «invertido sexual», cuenta la historia del doctor Flórez, un hombre de clase alta, con hijos, casado con una mujer llamada Clara y que tiene una vida secreta y un romance con un hombre apellidado Pérez. Cuando Clara va al departamento de Pérez, lugar donde se reunía la «cofradía» de homosexuales, descubre la orientación sexual de su esposo y, más tarde, al verlo besarse con Pérez, asesina a este último. Luego le da el arma a Flórez para que se suicide y de ese modo «limpie la sangre de su descendencia», hecho que él lleva a cabo.