En la mañana del 8 de enero de 1937, el cuerpo severamente mutilado de Pamela Werner (se cree que nacida el 7 de febrero de 1917) fue encontrado cerca de la Torre del Zorro en Pekín, justo fuera del barrio de las Delegaciones de la ciudad. Hija única y adoptada del sinólogo y diplomático retirado británico E. T. C. Werner, había sido vista por última vez abandonando una pista de patinaje sobre hielo la noche anterior. El caso permanece sin resolver.

Aunque los oficiales británicos y chinos cooperaron en la investigación, esta se vio dificultada por la resistencia oficial y el caos general de la ciudad: Pekín por entonces estaba abarrotada de refugiados de guerra, había disturbios en otras partes de China y Europa, y las tropas japonesas estaban a punto de ocupar la ciudad. Se centraron en algunos miembros de la comunidad de expatriados, pero el caso fue oficialmente cerrado con el hallazgo de que la mutilación sugería un asesino chino, antes de que pudieran estar seguros de cualquier sospechoso; la ocupación japonesa impidió luego cualquier esfuerzo por reabrirlo. Algunos de los registros diplomáticos británicos pertenecientes al caso fueron borrados más tarde; Werner, cuya accidentada carrera en el servicio diplomático en China había alejado a muchos de sus antiguos colegas que supervisaron la investigación, más tarde utilizó sus propios recursos para identificar al dentista estadounidense Wentworth Prentice como el probable asesino.

Un tema de considerable atención mediática en su momento, el caso pasó a la oscuridad con el estallido de la segunda guerra sino-japonesa, la cual pronto creció y dio paso a la Segunda Guerra Mundial, y a la victoria comunista en la guerra civil china que condujo al establecimiento de la República Popular China poco tiempo después. El interés en el caso fue revivido con la publicación en 2011 del best seller de Paul French Midnight in Peking, que respaldaba las conclusiones de Werner y ganó varios premios literarios. Sin embargo, una página web creada por algunos descendientes de Prentice argumentaron que la evidencia documental de la época contradice esa conclusión y arroja dudas sobre muchas de las afirmaciones de French.

De fondo Pamela Werner era una joven ciudadana británica con antecedentes inusuales. En el momento de su muerte vivía en una ciudad cada vez más tensa y abarrotada.

Pekín en los años 1930 A principios de 1937, Pekín y sus 1,5 millones de habitantes, tanto chinos como extranjeros, vivían el final de una era. Mientras la ciudad era la tercera más rica y grande de China, ya no era la capital de la República. A pesar del éxito de la Expedición del Norte, el dirigente del Kuomintang, Chiang Kai-shek había retrocedido a Nankín. Originalmente su objetivo era consolidar su poder político y posición militar contra Mao Zedong y su Ejército Popular de Liberación, el cual buscaba establecer un estado comunista; pero después del Incidente de Xi'an en diciembre de 1936, donde Zhang Xueliang lo había mantenido como rehén durante dos semanas, había aceptado la demanda de Zhang de que buscara una alianza con los comunistas para defender mejor a China contra los japoneses.

Chiang había dejado al general Song Zheyuan al cargo de Pekín, para que hiciera lo que pudiera para mantener a raya a los señores de la guerra del norte que aun quedaban y, cada vez más, a los japoneses, que habiendo ocupado exitosamente Manchuria durante los seis años anteriores ahora estaban acampados a solo unas millas del antiguo palacio imperial chino, la Ciudad Prohibida, y controlaban casi todas las rutas de entrada y salida de la ciudad.

Planeando utilizar Pekín como base para su conquista eventual de China, los japoneses trabajaban en socavar la resistencia de la ciudad. Fomentaron encubiertamente el tráfico de opio y escenificaban provocaciones militares regularmente. Los residentes chinos de la ciudad creían que Chiang estaba dispuesto a cederla a los japoneses si pudiera estar seguro de retener toda China al sur del Yangtsé. "Se acercaba el final" escribió Paul French en 2011, "era solo una cuestión de cuándo". Muchos residentes asumieron que ese sería su fin a manos japonesas, ya fuera por inanición cuando asediaran la ciudad, o en las masacres de supervivientes después.

La población de la ciudad había aumentado debido a los refugiados llegados en masa a ella. Muchos eran chinos, huyendo de las guerras y disturbios en otras zonas del país. Pero una buena proporción había venido de Europa, principalmente rusos blancos, que quedaron apátridas tras la victoria comunista en la guerra civil rusa y posterior establecimiento de la Unión Soviética. Otros eran judíos, dejando atrás el empeoramiento de las condiciones en la Alemania nazi y en otros lugares de Europa, a los que se añadieron quienes también se sentían en riesgo por el auge creciente del fascismo. A ellos se unieron desertores militares que eludían la captura, fugitivos de la justicia en sus países de origen, y viajeros que se habían quedado atrapados en China o habían decidido quedarse. La mayoría de los refugiados europeos había llegado a China sin un centavo, y trabajaban en trabajos de baja categoría, o a veces se dedicaban a actividades delictivas para sobrevivir. Los diplomáticos y empresarios extranjeros de la ciudad los consideraban una amenaza a la hegemonía europea en la ciudad y esperaban que finalmente encontraran el camino a Shanghái.

A veces se les unían en esta valoración los expatriados, muchos de ellos hombres de negocios que trataban con los chinos, o aquellos que se habían mudado a China en busca de mejores perspectivas económicas al servicio de la comunidad de expatriados. El tipo de cambio dispar entre las monedas occidentales fuertes como la libra esterlina y el dólar estadounidense y el dólar de plata chino, así como los costes más bajos de vida en China, hicieron posible que los expatriados vivieran mejor que en sus países de origen por la misma cantidad de dinero. El periodista estadounidense Edgar Snow, autor de Red Star Over China, el primer relato occidental sobre Mao y su ejército comunista, y su esposa Helen pudieron poseer un caballo de carreras con sus ingresos como reporteros, por ejemplo.

Los Werner Edward Theodore Chalmers Werner (1864-1954) era un ciudadano británico nacido en Nueva Zelanda, de madre inglesa y cuyo padre, un rico prusiano, llevó a la familia a viajar por todo el mundo en su infancia y juventud. Había regresado a Inglaterra para asistir a la Tonbridge School. Debido a la muerte de su padre en su adolescencia, Werner tuvo que buscar una ocupación al terminar el instituto, y después de aprobar el examen de cadete del Ministerio de asuntos exteriores, fue enviado a Pekín para aprender chino.

Werner se adaptó fácilmente a la lengua y la cultura del país, que estudió ávidamente mientras servía en el Servicio Diplomático en una variedad de puestos en las décadas siguientes, incluyendo el de cónsul. Sin embargo, su interés en el país donde servía se combinó con pobres habilidades personales y muchos de sus puestos fueron en ubicaciones remotas, pensados como castigos por desacuerdos volátiles con superiores y a veces con aquellos a los que los agentes consulares servían. No obstante se casó con una mujer socialmente prominente, Gladys Ravenshaw (1886-1922), y la pareja permaneció en Pekín después de su jubilación en 1914, donde él continuó sus estudios especializados en la mitología, superstición y brujería chinos.

En 1919 los Werner, que no habían podido tener hijos, adoptaron a una niña de dos años, que llamaron Pamela, del orfanato regentado por monjas portuguesas en la Catedral de la Inmaculada Concepción o Iglesia del Sur, en Pekín. No se conocían los padres biológicos de Pamela, pero su tez clara y ojos grises sugerían que, como muchos de los otros huérfanos en la Iglesia del Sur, era hija de rusos blancos exiliados. Después de que Gladys falleciera de lo que fue informado como una sobredosis de fármacos mientras estaba siendo tratada por meningitis en 1922, Werner dedicó su vida a Pamela, enseñándole chino al punto que lo hablaba con fluidez desde edad muy temprana; más tarde imitaría a su padre viajando por la ciudad en su bicicleta, a menudo sin acompañar. Fuera de casa, escribió libros y artículos sobre China, investigó la lengua y sus muchos dialectos en largos paseos por la ciudad, y ocasionalmente dio conferencias en la Universidad de Pekín.

Los Werner vivían, como un número creciente de extranjeros, alrededor del barrio de las Delegaciones de la ciudad, un área estrecha de aproximadamente un kilómetro cuadrado que era la única parte extraterritorial de la ciudad, en contraste con los barrios concertados más populosos de los puertos de Shanghái y Tianjin. Entre sus vecinos en el hutong (barrio) donde vivían en un siheyuan (casa con patio tradicional) modernizado que contaba con luz eléctrica, gas y agua corriente, estaban los Snow. Werner envió a Pamela a las escuelas privadas que atendían a los extranjeros más ricos de la ciudad.

A finales de 1936, estaba de vacaciones de la Grammar School de Tianjin. A raíz de ciertos incidentes allí que posiblemente implicaron al director de la escuela Sydney Yeates, haciendo proposiciones deshonestas a la joven, Werner estaba preparando todo para enviarla a Inglaterra para continuar su educación, una medida que a Pamela no gustaba. Temía que su hija en crecimiento mantuviera una vida social demasiado activa para una mujer de su edad y estaba también preocupado por algunos pretendientes que había alejado por no ser de su agrado. Incluso había pegado a uno de ellos, un hombre chino joven, con su bastón delante de la casa durante una discusión.

Desaparición y muerte En el último día de su vida, Pamela fue a una cita con el dentista por la mañana y regresó a casa para escribir unas cartas. Dejó la casa familiar a media tarde. Ho Ying, un criado que normalmente salía alrededor de las 3 p.m. diariamente a comprar comida, le informó de su partida y le preguntó si, como era a menudo el caso, quería que le comprara algunos dulces. Declinó, diciendo que ella misma se iba a ir en una hora, aunque le informó que regresaría a las 7:30 para la cena, pidiendo a Ho que preparara albóndigas y arroz. Cuando el sirviente regresó ya se había ido; el portero de la familia la había visto salir con su bicicleta.

Pamela había quedado con Ethel Gurevitch, una amiga más joven, hija de rusos emigrados, que había conocido cinco años antes, en el hotel Wagons-Lits, cuyo vestíbulo era un lugar popular de reunión de la comunidad extranjera de la ciudad, como habían acordado el día antes; Pamela le dijo a Gurevitch que había estado allí antes y la dejó brevemente antes de regresar con ella. Después fueron a casa de los Gurevitch donde la madre de Ethel les sirvió té, pan con mantequilla y pastel; Pamela comió muy poco, diciendo que no tenía hambre.

Las jóvenes luego salieron a una pista de patinaje sobre hielo operada por una compañía francesa, llegando alrededor de las 6 p.m., donde patinaron con una tercera amiga, Lillian Marinovski, otra rusa. Las tres permanecieron juntas la mayor parte del tiempo excepto un breve periodo en que Pamela fue a hablar con otra chica. Alrededor de las 7:30 p.m. Gurevitch recordó que Pamela tenía que regresar a casa para cenar. Le preguntaron si se sentía cómoda regresando a casa sola por la noche; les dijo que siempre iba sola y que "aquí en Pekín no me puede pasar nada". Marinovski la vio partir en su bicicleta, con sus patines al hombro. Fue la última vez que se sepa que alguien vio a Pamela Werner viva.