El Gran plato con las armas de Felipe III el Bueno es un braserillo de cerámica de reflejo metálico de mediados del siglo XV y está considerado como una de las joyas de loza dorada hispanomusulmana. Origen La pieza forma parte de la vajilla de Felipe III el Bueno, duque de Borgoña, conde de Flandes y creador de la Orden del Toisón (Dijon, 1396; Brujas, 1467), constituida en 1429 con motivo de su matrimonio con Isabel de Avis, hija de Juan I de Portugal. Se trataba de las terceras nupcias contraídas por el duque, que era consciente de la necesidad de perpetuar su dinastía, pues ninguno de sus dos anteriores matrimonios, con Micaela de Francia y Bona de Artois, le habían dado descendencia. Cuando sus embajadas se desplazaron a la Península en busca de esposa en 1427 pasaron por Valencia y, posiblemente, encargaron este tipo de platos con blasón. La elegida fue la Infanta Isabel de Portugal, una mujer bella e inteligente que pertenecía a la Casa de Avís, instalada en el viejo reino de Portugal en 1380, que mantenía una fuerte alianza con Inglaterra. Felipe el Bueno obtuvo en herencia para él y sus herederos una serie de condados, territorios, ciudades, villas y castillos. Las bodas se celebraron en Brujas en enero de 1430 y los festejos se prolongaron durante ocho días. Existen crónicas que nos relatan algunos aspectos gastronómicos de la boda: Las bebidas corren a “raudales”, los platos desproporcionados se amontonan en las fiestas de la nobleza, como la boda de Felipe el Bueno e Isabel de Portugal, que tuvo lugar en Brujas en 1430, donde el vino “mana” como las fuentes, “día y noche” y los patés componen arquitecturas monumentales tras las cuales se pierden hombres y animales que apenas emergen ante sus anfractuosidades, y las mesas de los “manjares” tienen cinco pisos, “cada uno de ellos de dos pies y medio de altura”.
El braserillo con el escudo de armas de Felipe III, que formaría parte de esos “platos desproporcionados” que dotaban de esplendor los festejos y celebraciones, procede concretamente de los alfares de Manises (Valencia), que mantuvieron la rica tradición cerámica musulmana consiguiendo que fuera apreciada y muy demandada por la nobleza y realeza europea desde el . Es sabido que los duques borgoñones, lo mismo Felipe III el Bueno que sus descendientes, entre los que se encuentra su nieto Felipe el Hermoso, eran entusiastas admiradores de esta loza dorada.
Características Forma: braserillo Material: cerámica Técnica: esmaltado de reflejo dorado Dimensiones: 47,50 cm Iconografía: escudo de armas de Felipe III el bueno, duque de Borgoña y conde de Flandes; Decoración vegetal; Motivos epigráficos
Decoración Es una pieza plenamente islámica por su técnica, tipología y decoración. La tipología es característica de la vajilla en la cultura árabe: una gran fuente de la que comían todos los comensales. El desarrollo de una técnica que asemeja los reflejos del oro parece surgir como respuesta a la prohibición coránica de utilizar metales preciosos en la mesa.
La decoración presenta en el centro del asiento el escudo de armas del duque, cuartelado de lises y bandas con escusón de león rampante, rodeado de elementos decorativos de tradición islámica como el árbol de la vida y las alafias (abstracción geométrica de la palabra árabe al’afiya, que significa “salud” o “felicidad”). En el reverso, la decoración presenta un grifo alado rampante también, inserto en un tapiz de motivos vegetales donde se identifican helechos.
En todas las culturas de Oriente y Occidente el árbol tiene un significado sagrado. En el mundo islámico se le quiere ver como signo simbólico concreto referido al paraíso, aunque en el Corán no figura como tal. La presencia del árbol de la vida en esta decoración pone de manifiesto el hecho de que el árbol casi nunca desaparece de las representaciones del Islam lo mismo en Oriente que en Occidente. En este caso, con toda probabilidad, se está haciendo referencia a modelos de prestigio, tanto en la forma como en el contenido de estas decoraciones y objetos del ceremonial áulico de tradición musulmana.
Conservación El braserillo formó parte de la colección reunida por José Lázaro en Nueva York. Adquirido junto a otros cuatro platos de Manises por 1600 dólares en las Hammer Galleries en enero de 1942 procedentes de la Colección Peyta y Colección William Randolph Hearst. Del conjunto de piezas de cerámica que componía el servicio de mesa del duque, parece que sólo han llegado hasta nosotros el braserillo y otra pieza que está en la Wallace Collection de Londres. Actualmente, está en exposición en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, formando parte de la excelente colección de cerámica del museo. Se exhibe en una vitrina colocada sobre su asiento, de tal manera que no es visible el reverso de la pieza.
Dentro de la serie de loza hispanomusulmana que posee el museo, hay ejemplares muy destacados también, como el enorme braserillo de gran hondura con blasón italiano, escudo toscano fajeado en oro y manganeso, perteneciente a alguna familia de la nobleza italiana que encargaban sus vajillas a los alfares de Manises. En este caso, el tipo de decoración que lo cubre, con clavellinas y hojas de perejil en sectores azules y plumeado de oro, es el mismo que aparece en otros ejemplares con escudos italianos del Museo Arqueológico Nacional y de la Hispanic Society. Fue abundantemente empleado y especialmente debió ser muy apreciado en Italia; su interés primordial, consiste en la enorme influencia que este tema tuvo posteriormente en la loza italiana, que lo imita estilizándolo y dando origen a la familia “italo-morisca”, que se produce principalmente en la región florentina.
Existe otro ejemplar de esta serie decorado con hoja de perejil, helecho y briona, en azul de cobalto y reflejo metálico, con el monograma de IHS (Jesucristo) en el asiento, algo que también se empleaba con frecuencia en este tipo de piezas en lugar de los escudos.
Ya de comienzos del destaca por sus originales motivos de nudos y cordones un plato de reflejo dorado puro y brillante, con alero gallonado y decoración en reflejo metálico de encaje, florecillas y solfa. En el tetón central se observa una heráldica perteneciente a la casa de los Bofill.
Y probablemente del es el braserillo con heráldica perteneciente al rey Juan II de Castilla, que se completa con motivos vegetales, como la flor de cardo, y geométricos como son los motivos de encaje, solfa y cadeneta que se distribuyen entre los gallones y las flores del alero. En el reverso, igual que el Gran plato con las armas de Felipe III el Bueno, presenta helechos.
Además, la colección cuenta con diversos tarros de botica que son muestra destacada de este tipo de técnica cerámica que desde el periodo árabe hasta el no deja de producirse en la artesanía de la península.
La Fundación Lázaro Galdiano La Fundación Lázaro Galdiano de Madrid es fruto del generoso legado de José Lázaro Galdiano, que dedicó su vida a la pasión de coleccionar cosas bellas y que, a su muerte en 1947, cedió la totalidad de sus pertenencias al Estado español. La herencia estaba constituida por una magnífica colección de cerca de 13.000 obras de arte, 20.000 libros y los inmuebles de Parque Florido, un hermoso jardín del ensanche madrileño, donde Lázaro Galdiano mandó construir el palacete neorrenacentista que fue vivienda familiar y el edificio de La España Moderna, su editorial. A todo esto se añade una importante dotación económica que ha permitido a la Institución, creada bajo su nombre, mantenerse hasta la actualidad. Se trata de un espléndido legado por la cantidad importante de obras de arte donadas y, fundamentalmente, por la extraordinaria calidad de las mismas. Entre los libros de la biblioteca se encuentran importantes manuscritos iluminados, incunables, libros preciosos y raros, además de un grupo de obras de referencia para la historia del arte, producto de la selección de alguien con amplia experiencia y conocimiento de bibliotecas y literatura. Una de las obras más singulares para la historia del arte en nuestro país se encuentra entre sus estanterías. Se trata de Libro de descripción de verdaderos retratos, de illustres y memorables varones, de Francisco Pacheco, uno de los manuscritos más célebres del siglo de Oro español.
José Lázaro Galdiano reunió su colección con una visión enciclopédica tanto en las materias recogidas como en los estilos artísticos. Todo lo que suponía un testigo de épocas de esplendor pasadas y se ajustaba a sus cánones estéticos, era de su interés. Una colección de colecciones donde tienen cabida la pintura, la escultura, los esmaltes, los pequeños bronces, los marfiles, las armas, los abanicos, los textiles, las monedas y medallas o las miniaturas. Cronológicamente la colección recorre desde el hasta el , y se circunscribe geográficamente a un marco estrictamente europeo, salvo puntuales excepciones, lo que resulta lógico teniendo en cuenta que su interés reside en el reconocimiento de España dentro de un ámbito europeo. Destacan en el conjunto, por su calidad y diversidad, las producciones artísticas españolas de los siglos XV al XVII, con obras del Greco, Zurbarán, Murillo y Velázquez. Pero por encima de todos ellos, la figura de Goya. De este artista poseyó una cantidad importante de obras entre lienzos, grabados, dibujos y cartas.
Lázaro conocía perfectamente el mundo del mercado artístico, desde las subastas más exquisitas de obras procedentes de colecciones con renombre como la Hertz, la Spitzer, o la Rothschild de las que adquirió piezas importantes, a los pequeños anticuarios o los aficionados que poseían reliquias de las desamortizaciones y que acudían a su casa para ofrecerle sus piezas. La colección se nutrió de este mercado, tanto nacional como extranjero y es también reflejo del comercio y del gusto artístico de una época que recorre más de medio siglo. El coleccionista viajó por toda Europa visitando museos y comprando libros de arte y su biblioteca es un claro reflejo de sus conocimientos artísticos. Escribió a su esposa más de treinta cartas comentándole sus compras de obras de arte y las visitas a museos como la Wallace Collection, la Dulwich, el Kensington, el Louvre o el Museo de Berlín. Entre esas cartas, hay una escrita en Viena en julio de 1926 en la que relata a su esposa unas reflexiones sobre el arte que en cierto modo resumen una parte de su experiencia como coleccionista: «El arte, al revés que la moda, gana todos los años en valor, sobre todo para mí que pienso que esos objetos me han dado tanta dicha educándome y refinando mi gusto». José Lázaro, no sólo fue un coleccionista entusiasta, también fue un firme defensor del Patrimonio Español y luchador feroz contra el expolio. Formó parte del Patronato del Museo del Prado y quiso ocupar un puesto en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero nunca le fue concedido. Fue un reconocimiento a su labor por la defensa de la cultura y el patrimonio nacional, lo que hizo a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando otorgarle en 1958 la Medalla de Honor de la institución.