Carlos de Seso, en italiano Carlo Sesso (Verona, hacia 1515-Valladolid, 8 de octubre de 1559), fue un noble veronés establecido en España a quien la Inquisición española atribuyó el papel de introductor de las doctrinas reformadas en Castilla y ser origen del foco protestante de Valladolid. Murió quemado vivo en el auto de fe celebrado en Valladolid el 8 de octubre de 1559 ante Felipe II.
Al declarar ante el tribunal refirió una entrevista que años atrás había mantenido con Bartolomé Carranza a propósito del purgatorio, en la que este ni refutó sus razones ni lo denunció al Santo Oficio. Aquella declaración se incorporó como testimonio a la publicatio del proceso contra el arzobispo de Toledo, del que Seso fue el cuarto testigo, y fue una de las razones por las que la Inquisición desdobló en dos ceremonias el castigo del grupo vallisoletano.
Biografía Procedía de una familia de alto rango eclesiástico, posiblemente por vía ilegítima, y se instaló joven en Logroño, quizá ya en la década de 1530. Antes había servido con distinción en los ejércitos imperiales de Carlos V. En Logroño formó parte de la cofradía de San Urbán, radicada en la iglesia del convento franciscano.
Su matrimonio con Isabel de Castilla lo emparentó con la aristocracia castellana: ella descendía de una rama bastarda de Pedro I y era sobrina de Alonso de Castilla y Zúñiga, consejero del emperador, oidor del Consejo Real y obispo de Calahorra entre 1523 y 1541. La pareja residió en Villamediana de Iregua, a corta distancia de Logroño.
En 1546 se encontraba en Trento, alojado con el obispo de Calahorra Bernal Díaz de Luco que pudo haberlo llevado al concilio por su dominio del italiano.
Círculo protestante Hacia 1550 volvió a Italia, con estancia en Verona, y de aquel viaje se llevó consigo a España libros y papeles de la Reforma protestante atribuidos a Ochino, Lutero, Calvino, Musculus y Juan de Valdés.
Fue un introductor decidido del protestantismo en España. Además de a su mujer, atrajo a sus posiciones a una sobrina de esta, Catalina de Castilla; al sacerdote y licenciado Diego Sánchez, de Villamediana de Iregua; y al licenciado Francisco de Herrera, fiscal de sacas o de puertos, avecindado un tiempo en Viana. Ejerció asimismo notable influencia sobre Pedro de Cazalla y quizá sobre el clérigo Palacios, beneficiado de Arnedo. El grupo así formado se extendió por Valladolid, Zamora, Logroño y Palencia, y a él se incorporaron los hermanos Cazalla.
Su propia versión sobre su toma de contacto con las tesis protestantes ante los inquisidores fue distinta y más acotada. Declaró haber oído predicar públicamente la justificación en Italia, en todas aquellas iglesias, unos ocho años antes de 1558, sin recordar de quién en concreto, y haber deducido de ahí lo demás; precisó que lo relativo al purgatorio lo había oído en Verona, de labios de predicadores con los que llegó a hablar. Preguntado si poseía algún libro que confirmase aquella opinión, respondió que las razones las tenía escritas de su mano en un cuaderno extractado de otros manuscritos italianos, y negó recordar haberlas leído en obra alguna de los herejes de Alemania.
Bien relacionado en la corte y apoyado, entre otros, por el confesor de Felipe II fray Bernardo de Fresneda, obtuvo hacia 1554 el corregimiento de Toro, plaza de importancia donde intensificó su labor difusora del protestantismo y nombró teniente corregidor a Herrera. Su madre residía con él en aquella villa.
En el otoño de 1557 vivía de nuevo en Villamediana de Iregua, donde solía convidar a sus amistades. Una de ellas, el dominico fray Juan de Villagarcía, rehusó la invitación y dejó de él un retrato poco halagüeño: lo tildó de «parlón» y «suelto en hablar de cosas de Dios», y lo tuvo por liviano y presumido en el vestir. El propio Seso rechazó ante el tribunal la acusación de haber sido maestro de herejes: sostuvo que jamás convocó a nadie con el propósito de tratar tales materias, sino que cuando se ofrecía ocasión de hablar de cosas divinas decía lo que se le venía a la mente, sin arte ni intención particular.
Entrevista con Carranza El 30 de junio de 1558 Seso presentó al tribunal una confesión escrita de su puño en la que relataba un episodio ocurrido unos cuatro años antes, a mediados de 1554. Regresaba de Zamora, de una entrevista con el presidente Antonio de Fonseca, cuando comentó a Pedro de Cazalla, párroco de Pedrosa del Rey, que no alcanzaba a comprender y ponía en duda que existiera purgatorio para quienes muriesen unidos en amor con Cristo, si era cierto que la pena de muerte por los pecados había recaído sobre él y que su muerte constituía pago y satisfacción bastante ante Dios. Cazalla se escandalizó y al parecer lo puso en conocimiento de fray Bartolomé Carranza de Miranda, el futuro arzobispo de Toledo, que escribió a Seso citándolo en Valladolid.
Según ese relato, Carranza lo recibió en la capilla del Colegio de San Gregorio de Valladolid y lo emplazó para el día siguiente en su celda, adonde acudió también Pedro de Cazalla. Allí le preguntó en qué fundaba su duda, y Seso respondió que en el pago sobreabundante recibido por Dios a cuenta de los pecados (la sangre, pasión y muerte de Cristo), que excedía con mucho las deudas de los verdaderos creyentes. Carranza le replicó que ninguna razón bastaba para apartarse de la doctrina de la Iglesia y le advirtió que no todos salían tan limpios de este mundo ni con fe, esperanza y caridad suficientes para ir derechos al cielo. Añadió que, por hallarse de partida con el rey, dejaba para su vuelta satisfacerle punto por punto, y que entretanto se aquietase con lo que la Iglesia sostenía. Al despedirlo le pidió que lo tratado quedase enterrado allí y que no lo contase por nada del mundo.
Seso explicó que había callado el episodio por esa advertencia y por dudar si podía revelarlo en conciencia, y que solo lo hizo cuando los inquisidores le aseguraron que podía. Interrogado sobre por qué creía que Carranza le había impuesto silencio, contestó que lo interpretaba como una atención hacia él, para evitarle daño. Sobre el trato entre ambos declaró bajo juramento que hasta aquel encuentro nunca en su vida le había hablado ni escrito, y que después no volvió a verlo. Que Carranza no refutase sus razones ni lo denunciase al Santo Oficio acabó acarreando al arzobispo graves consecuencias.
Procesamiento inquisitorial Cuando en 1558 el inquisidor general y arzobispo de Sevilla Fernando de Valdés y Salas puso en marcha la pesquisa contra los luteranos castellanos, Seso trató de abandonar España y fue detenido en la frontera pirenaica navarra en compañía del dominico fray Domingo de Rojas, compañía que agravó considerablemente su situación. Ambos habían obtenido ya salvoconductos para pasar a Francia, y fueron apresados gracias a los avisos cursados por la Inquisición a todos los puertos y pasos fronterizos; Rojas viajaba disfrazado de seglar.
Interrogado el 18 de junio de 1558 sobre la acusación de haber auxiliado a Rojas en su fuga, Seso declaró que su viaje respondía a la muerte de su madre y de un hermano, que jamás pretendió ir a tierra de herejes ni vivir entre ellos, y que Rojas le había dicho en Logroño que marchaba a Flandes a ver al arzobispo de Toledo, sin explicarle el motivo; de haber sabido que huía, afirmó, no le habría prestado ayuda ni habría querido acompañarlo.
Encerrado en las cárceles secretas del Santo Oficio de Valladolid, un certificado del secretario Esteban Monago fechado el 5 de julio de 1558 hace constar que su celda y la de Pedro de Cazalla eran las dos más distantes entre sí de cuantas tenía el tribunal, separadas por el patio de las casas de la Inquisición y por otras prisiones, de modo que no cabía comunicación entre ambos salvo por tercera persona.
El proceso duró año y medio. La confesión escrita de junio de 1558 terminaba con un acto de sumisión: Seso admitía haber creído que no existía purgatorio, se sometía en todo a lo que la Iglesia católica sostenía, declaraba querer vivir y morir como hijo obediente suyo, se reconocía muy culpable por haber tratado tales materias siendo lego y pedía perdón a Dios y penitencia benigna al tribunal. Negó, en cambio, los cargos principales, y fue convicto con sesenta testigos, a los que se sumaron después otros tres.
Mientras conservó alguna esperanza de salvar la vida, Seso no cesó de retractarse y de descargar la responsabilidad de sus errores sobre Carranza y sobre los Cazalla. La noche anterior al auto, conocida ya la sentencia, volvió sobre sus pasos y se ratificó en sus antiguas doctrinas.
El escrito de esa reafirmación se conserva. En él explicaba que no había obrado así antes porque, pese a haber dicho otra cosa, nunca llegó a convencerse de que fueran a deshonrarlo y entregarlo a la muerte después de habérsele doblado tantas veces los testigos, y porque pensaba que viviría, de modo que se vio forzado a esperar hasta el último instante; visto lo que veía, no quería morir negando a Cristo. Afirmó no conocer en España a nadie más que sostuviera aquellas posiciones salvo quienes figuraban como testigos en su publicatio, a los que decía no ya perdonar, sino agradecer que hubiesen sido el medio de alcanzar la gracia de morir por Cristo. Concluyó declarando que solo esperaba en Cristo y lo tiene por su único tesoro, y añade de su mano la fórmula Credo iustitiam Christi meam esse […] et peccata mea iam non mea, sed Christi esse.
Ejecución Fue sentenciado como hereje apóstata pertinaz de la secta de Lutero y promovedor de ella, y relajado en persona al brazo seglar. Encabezó la relación de reos del auto de fe celebrado en la plaza Mayor de Valladolid el 8 de octubre de 1559, presidido por Felipe II y los príncipes Carlos y Juana. Llevó mordaza durante toda la ceremonia y, por impenitente, fue quemado vivo junto con Juan Sánchez; los demás relajados en persona fueron previamente agarrotados.
Una relación contemporánea refiere que a Juan Sánchez se le quemaron las ligaduras que lo sujetaban al palo, saltó fuera medio abrasado y pidió confesor, pero que al alzar la vista y ver a Seso ardiendo vivo volvió por su pie al fuego.
Algunos de sus discípulos directos fueron también ejecutados: Francisco de Herrera fue relajado en el auto de fe de Valladolid de mayo de 1559 y Diego Sánchez en el de octubre, junto a él. Su esposa, Isabel de Castilla, fue reconciliada en el mismo auto con sambenito y cárcel perpetuos, confiscación de bienes y prohibición de usar oro, plata y telas finas; declaró haberse apartado de aquellas doctrinas un año antes y haber quemado libros y cartas por orden de su marido cuando este ya se hallaba en fuga. Tras la muerte de Seso volvió a la práctica católica.
Suele referirse que Seso increpó al monarca durante el auto por consentir su muerte. El episodio procede del cronista Luis Cabrera de Córdoba, que no identifica al condenado y que atribuye a Felipe II la respuesta de que él mismo traería la leña si su hijo fuese tan malo como él. Las versiones de esas palabras varían y se ha discutido si el hecho sucedió realmente, si bien la expresión no era ajena al monarca, que en 1562 respondió en términos semejantes al embajador francés en Madrid. La anécdota alcanzó mayor difusión tras la muerte del príncipe don Carlos.Las relaciones contemporáneas del auto señalan que Seso compareció amordazado durante toda la ceremonia y que la mordaza solo le fue retirada al llegar al lugar del suplicio, circunstancia difícil de conciliar con el relato de una interpelación pública al rey desde el tablado.
Notas
Referencias
Bibliografía
Categoría:Nacidos en Verona Categoría:Fallecidos en Valladolid Categoría:Protestantes de España Categoría:Protestantes represaliados en España Categoría:Ejecutados en la hoguera Categoría:Emigrantes italianos hacia España