La Hoguera Bárbara es el nombre con el que se conoce al conjunto del magnicidio del expresidente de la República del Ecuador José Eloy Alfaro Delgado y el asesinato de un grupo de militares y funcionarios leales al mandatario como Luciano Coral Morillo, ocurridos en la ciudad de Quito el domingo 28 de enero de 1912 a causa de un linchamiento. El término fue implementado por primera vez como el título de la biografía de Alfaro que el escritor e historiador Alfredo Pareja escribió en 1943.

Además del expresidente Alfaro, fueron asesinados varios de sus hombres de confianza, entre ellos su hermano Medardo Alfaro, su sobrino Flavio Alfaro, el general Ulpiano Páez y el coronel Luciano Coral. Como antesala de los hechos ocurridos en Quito, en la ciudad de Guayaquil, tres días antes, había sido asesinado, de manera parecida, el general Pedro J. Montero.

Antecedentes

Gobiernos de Alfaro A través de golpes de Estado, Eloy Alfaro ocupó el gobierno en dos ocasiones: en los periodos 1895-1901 y 1906-1911. Gobernó con una ideología política de corte liberal, con decretos poco populares para las clases mayoritariamente conservadoras, y lideró un proceso de transformación política que incluyó la libertad de culto, la participación de la mujer en la función pública y el sufragio, la gratuidad de la educación y la eliminación de impuestos que pagaban los indígenas.

Oposición de la iglesia católica Durante el gobierno de Alfaro se redactó una Constitución de corte laicista, que ocasionó la expropiación de tierras a la Iglesia católica y la llegada de la Iglesia evangélica al Ecuador. Estas medidas liberales atentaron contra el clero católico, lo que causó, por parte suya, una oposición política que se predicaba desde el púlpito y que calificó a los liberales como impíos, masones y anticristos. Esta oposición llegó a ser tan severa que su llegada a Quito en 1895 produjo en la población una fuerte histeria colectiva.

Oposición de la prensa Durante los años que gobernó Alfaro, la prensa constituía el medio de difusión de ideologías. Los periodistas eran escritores y políticos, por lo que los diarios de circulación hacían duras críticas a los Alfaro. En los titulares de diarios como El Comercio, El Telégrafo e incluso de prensa de otras facciones liberales, se indicaba que Alfaro debería ser ejecutado. El 20 de febrero de 1912, Olmedo Alfaro, hijo de Eloy, acusó desde Panamá a Carlos Freile Zaldumbide, Leónidas Plaza y a cuatro periódicos de haber difamado para arengar a la opinión pública y promover el asesinato de su padre.

Eventos Sucesos de 1911 A mediados de 1911 en todo el país, y principalmente en Quito, se incentivó y generó una oposición antialfarista que culminó con un golpe de Estado el 11 de agosto de ese año, que obligó a Eloy Alfaro a dimitir de la presidencia. Alfaro buscó refugio en la legación de Chile y posteriormente pidió asilo político a Panamá. Según relatos de Cristóbal de Gangotena, un testigo contemporáneo que dejó una crónica de los hechos ocurridos desde su punto de vista, la vida del expresidente estuvo en riesgo durante el levantamiento militar y fue rescatado por los cónsules de Brasil y Chile. El cónsul brasileño, de apellido Eastman, logró negociar un acuerdo por el que Eloy Alfaro obtuvo un salvoconducto con el que logró salir ileso del cuartel donde estaba atrincherado.

Parte de las negociaciones era el compromiso de salir del país durante el lapso de un año. Durante ese tiempo el «Viejo luchador» perdió el apoyo que mantenía en el Congreso, donde los diputados, en su mayoría constitucionalistas, proclamaban discursos en contra de los métodos liberales usados en la anterior administración, lo que llevó a plantear incluso la colocación de una placa difamatoria contra el alfarismo en el Palacio de Carondelet y a pedir su extradición, para juzgarlo en el Ecuador, mientras los partidarios del antiguo régimen sufrían persecución política y civil. En medio de este ambiente antiliberal el populacho enfurecido linchó al coronel Quiroga.

En este vacío de poder asumió la presidencia Emilio Estrada Carmona; sin embargo, y debido a sus problemas de salud, falleció luego de tres meses de ejercer el cargo. El Congreso, de mayoría conservadora y afín a Leónidas Plaza Gutiérrez, eligió a su presidente, Carlos Freile Zaldumbide, para que se encargara del gobierno. Freile, quien fue uno de los últimos ministros de hacienda de Alfaro, no recibió el apoyo del ala más radical del liberalismo. Por su lado, los alfaristas esmeraldeños eligieron a Flavio Alfaro como jefe supremo de Esmeraldas, a la vez que el general Pedro Jacinto Montero, fiel seguidor de Alfaro y jefe militar de Guayaquil, se proclamó por su parte jefe supremo del Guayas.

El jefe del ejército, el general Leónidas Plaza Gutiérrez, en nombre del gobierno, se dirigió a Guayaquil con sus tropas para combatir el levantamiento de Montero, que había recibido el apoyo de Flavio Alfaro y del propio Eloy Alfaro, quien en medio de esta guerra civil regresó de Panamá, ante el pedido de Montero para actuar como mediador y pacificador entre sus partidarios y el gobierno, y evitar mayores problemas para el radicalismo y aún la mismísima desaparición del partido.

Durante esta corta guerra civil, los ejércitos liberales fueron derrotados en las batallas de Huigra, Naranjito y Yaguachi, con un saldo aproximado de mil bajas. El jefe supremo de Guayaquil, el general Pedro Montero, se vio obligado a firmar la rendición con un acuerdo que garantizaba la absolución para Alfaro y sus compañeros. Ante la inminente derrota del liberalismo, El Viejo Luchador firmó la capitulación, que fue mediada por los cónsules de Brasil y Chile en Guayaquil. Contemplaba la rendición de las fuerzas liberales, amnistía a Montero y los partícipes del 28 de diciembre y el exilio voluntario de Alfaro, en un vapor asignado por el gobierno. La capitulación no contemplaba represalias.

Sin embargo, la capitulación no fue respetada; los conservadores argumentaron que Alfaro tampoco había respetado su anterior compromiso firmado en 1911 y el general Leónidas Plaza, jefe de las fuerzas del gobierno, ordenó la detención de Eloy Alfaro, Flavio Alfaro, Pedro J. Montero y Ulpiano Páez. Además de ellos, se aprehendió a personas que nada tuvieron que ver con los hechos anteriores, por el hecho de predicar la ideología liberal, como Medardo Alfaro, el periodista Luciano Coral, director del periódico liberal El Tiempo, y Manuel Serrano Renda.

Asesinato de Pedro J. Montero Luego de la eminente derrota del ejército alfarista, el general Pedro J. Montero firmó la capitulación en la breve guerra civil que se originó ante el descontento de los grupos liberales con la ascensión a la presidencia de Carlos Freile Zaldumbide.

El general Montero y los Alfaro fueron llevados al juzgado en la ciudad de Guayaquil, donde fue condenado por traición, bajo el pretexto de estar sujeto a la jurisdicción militar, debido a que la pena de muerte había sido derogada. La sentencia condenatoria fue de dieciséis años de prisión; sin embargo, no llegaría a salir del juzgado. Ese mismo día, y ante la presencia del resto de sus compañeros de batalla, un militar le disparó en la frente y desde una ventana del segundo piso lo arrojó a la calle. Como en un anticipo macabro de lo que vino, el pueblo arrastró el cadáver por las calles de Guayaquil y lo incineró de manera infrahumana en una plaza.

Ese día el general vestía pantalón y zapatos negros, saco plomo, chaleco de rayas negras, corbata azul claro y llevaba un sombrero manabita. Durante el juicio, declaró no poseer religión alguna, lo que tal vez encendió la ira de la muchedumbre. Fue asesinado por su custodio, el sargento Alipio Sotomayor, tras un breve cruce de palabras, en donde Montero exclamó «¿Quieren mi vida?, se las daré mañana», ante lo cual Sotomayor respondió: «No, ¡Ahora mismo!» El cuerpo sin vida fue golpeado, atravesado por bayonetas y tirado desde el segundo piso. A la madrugada siguiente, el cadáver fue arrastrado por la calle Aguirre hasta Pedro Carbo, donde fue decapitado y mutilado; su corazón fue extirpado para ser exhibido como trofeo de guerra, y, con queroseno obtenido del almacén «La Bola de Oro», encendido durante una hora hasta que su viuda Teresa Guzmán pidió misericordia.

Asesinatos de Eloy Alfaro y su plana mayor En el penal García Moreno Con la agenda cuidadosamente planeada, primero entraron a Quito los soldados placistas con sus muertos y heridos, y luego del mediodía entraron los generales libertarios. Desde aquel día es controvertido dar una respuesta sobre quiénes fueron los responsables materiales e intelectuales del asesinato de Alfaro y sus tenientes.

Luego de la masacre del general Montero, el presidente Freile ordenó que los prisioneros sobrevivientes fueran trasladados hasta la capital ecuatoriana. Plaza aparece como contrario a esta disposición, pero el historiador Roberto Andrade Rodríguez lo acusa de haber influenciado sobre esta decisión y planeado el asesinato de los jefes del radicalismo, que finalmente ocurrió en la capital, el 28 de enero de 1912, en el penal García Moreno. Como una ironía histórica, el general Alfaro fue llevado a Quito en el mismo Ferrocarril Transandino que él construyó durante su gobierno. La historia oficial atribuye el asesinato a la plebe. El historiador Roberto Andrade, contemporáneo de Alfaro, acusa a Leónidas Plaza; otros investigadores lo liberan de tal acusación. Pero nadie niega que fue un crimen político instigado desde varios sectores.

Aunque en el penal García Moreno se estimaba que en 1919 existían seiscientos soldados armados, repartidos entre los Regimiento N.º 4, los batallones «Quito» y «82», y secciones de policía, el día del linchamiento el orden y la protección a la prisión fue nulo.

Los generales detenidos entraron en Quito, algunos a caballo y otros marchaban a pie; fueron dirigidos por el coronel Alejandro Sierra y sus soldados del batallón Marañón. A pesar de que era un secreto a voces que se tramaba un linchamiento, Sierra paseó al general Alfaro en un automóvil blanco desde el sector de Chillogallo, en la entrada sur de Quito hasta el penal; se dirigieron por las calles más concurridas, donde la gente pudo verlo e insultarlo. Según el relato de Cristóbal de Gangontena, el auto fue conducido por un chófer francés de nombre Habert, contra quien también recayeron los insultos de la gente. Gangontena cree que durante el traslado los incidentes provocaron un choque entre la guardia y el populacho con el resultado de varios heridos y un muerto. Una vez que los militares llegaron a la cárcel hicieron entrega de los presos a las autoridades de la penitenciaría, donde fueron encarcelados en la sección E. Pero no hubo tiempo ni siquiera de asegurar las celdas, pues la gente ya había empezado el ataque a los reos políticos.

Linchamiento