Los demasiados libros es un libro acerca de libros, escrito por el ensayista mexicano Gabriel Zaid y publicado inicialmente en 1972. Ha mantenido sus ensayos esenciales con algunas modificaciones, mientras otros surgen o desaparecen con la llegada de nuevas ediciones, actualizándose. Zaid había escrito su tesis de ingeniería en 1959, con una temática afín, lo que lo conduciría a explorar el mundo de la industria del libro. Al igual que otros de sus ensayos, este junta artículos publicados previamente en revistas latinoamericanas, especialmente en Vuelta. En él se propusieron criterios para una Ley del Libro en México, antes de que fuera promulgada la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro. La obra estudia el fenómeno del libro desde el punto de vista cultural y tecnológico (los lectores), comercial y financiero (los editores y libreros) y propone muchas soluciones concretas, entre ellas la fijación de un precio único -establecido por la editorial- para los libros en todo punto de venta. La perspectiva autoral y sus problemas los trata en otros libros, e.g. Cómo leer en bicicleta.
Contenido
Primera parte del libro Gabriel Zaid critica la «grafomanía universal»; el afán de publicar para todos, en vez de escribir entre amigos. Menciona tres tipos de libros: para el currículum, para el mercado y los clásicos (o con inspiración de la tradición). Su visión malthusiana dice que en la literatura pasa algo como la Ley de Malthus, hay demasiados libros y pocos lectores; así como los alimentos no iban a alcanzar para la población humana, los lectores no se acabarán los libros.
Dice que el tiempo para leer (por su escasez) es lo más costoso de la lectura. Ironiza sobre ciertas actitudes en el mundo de la lectura, comparándolo con la cacería, en donde se muestran los trofeos adquiridos. La lectura es un «deber» que casi nadie lleva a cabo, no como debería o no tanto. Zaid se burla de lo que llama el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, dentro de una realidad de cultura inabarcable. Mediante anécdotas reales e imaginadas, frases de pensadores que han visto el problema y un mosaico de experiencias, se revela que los demasiados libros son una realidad aplastante, a pesar de las tecnologías recientes y a veces favorecidos por ellas.
Gabriel Zaid celebra que algunos tirajes sean pequeños. Para el autor, es una fortuna que exista diversidad de libros, aunque tengan un alcance limitado (algo que compara con Babel, conjunto disperso de aldeas culturales). Esta limitación es otra bendición, porque lo importante para él es que el libro llegue al lector adecuado, no que todo llegue a todos.
La crítica de la escritura que viene desde Sócrates, a través de los diálogos de Platón, nos llega gracias a la escritura. Gabriel Zaid responde a Sócrates: «Tienes razón, los libros son letra muerta, mientras no favorezcan la animación de la vida. Tienes razón, cuando se da el milagro de la vida inspirada, sería ridículo preferir los libros. Pero ya no tenemos el ocio de las tardes libres en Atenas. Y el simulacro de la vida inspirada que hay en los grandes libros parece más que un simulacro».
Viendo la cultura como conversación, Zaid imagina escenas de varios niveles; el niño que escucha a alguien hablar en otro idioma y empieza a intentar, la persona que cree que no puede empezar una conversación ya iniciada «como si la cultura fuera otra cosa que la misma conversación», el escritor que quiere ser novelista y cae en la teoría antes de practicar, los descendientes de un autor que publican el libro monumental de obras completas de su abuelo en vez de revivirlo conociendo su obra, el escritor que quiere publicar en cualquier editorial sin ver dónde encaja, el ejemplar Juan José Arreola que animó la conversación mexicana desde su editorial, en fin,
Sobre el lado comercial de la cultura, Zaid estudia el tradicional asco que se le tiene a ese aspecto y el carácter tradicionalmente sagrado (e iniciático) del saber. Deja de tarea «investigar por qué los enciclopedistas franceses, siendo revolucionarios, abogan por el libre comercio». Considerar el origen comercial de la cultura moderna y la revolución cultural de los libros impresos y el protestantismo, el liberalismo y las profesiones independientes. Ver «su contrarrevolución restauradora de nuevas formas de clericalismo: los colegios profesionales, la masonería, los partidos comunistas, la pretensión de enseñarlo todo académicamente, el intervencionismo estatal, la presión de las grandes burocracias (...) contra la vida independiente».
Cuestiona los supuestos de que el libro sea un medio masivo, influyente y caro. Se pregunta por la influencia del libro en la acción revolucionaria, mostrando por ejemplo que Fidel Castro no leyó más que un fragmento de El Capital. Dice que aunque los libros no sean un medio de difusión masiva, conviene que se conozcan los clásicos para tener un marco común de referencia en la cultura, que es simplemente una gran conversación. Los impedimentos para la difusión son por falta de interés (y de capacitación) de los universitarios en la lectura.
Gabriel Zaid da su versión de cómo se lee: viendo las partes en un todo, por varios niveles, desde integrar las letras de una palabra hasta percibir una obra completa «de golpe». Para aprender a leer bien, recomienda: Cómo leer un libro de Mortimer Adler y Como una novela de Daniel Pennac.
Sobre la cuestión de si el libro ha sido o será superado por otros medios de comunicación, analiza las ventajas del libro ante los contenidos multimedia. Arguye que una película no se puede hojear, que el libro electrónico se tiene que leer de forma más lineal, aunque tiene la ventaja de poder buscar palabras automáticamente. El libro se lee al paso del lector, es portátil, permite una especie de zapeo mejor que el televisivo, se ve directamente sin ceremonias (a diferencia de eventos como una conferencia), es más barato y más variado en su producción. (Todo esto fue escrito antes de la era de YouTube).
Analizando el costo de leer, compara cifras aproximadas, demostrando que el tiempo es lo que cuesta y que «leer es un lujo de pobres, de enfermos, de presos, de jubilados, de estudiantes ociosos, como antes los había». Por ello, el escribir bien (breve si se puede) y diseñar bien los libros es valioso pero invisible.
Señala que hay más oferta que demanda de poesía, lo cual interpreta como un narcisismo universitario de desear ser leídos sin leer. Presenta soluciones en broma y en serio, como un guante de castidad para poetas, meter billetes en los libros, un servicio de «geishas literarias» para «leer, escuchar, elogiar y consolar» a los escritores y un Plan Nacional en el cual la gente que quiera ser leída demuestre sus lecturas antes de publicar, con el fin de equilibrar la oferta y la demanda. Enseña que no es posible que todos los libros sean reseñados, menos adaptados al cine o anunciados en televisión.
Hasta aquí la obra es similar en varias ediciones (comparando la de mayo de 2010 en DeBolsillo, la bilingüe de Diana en 1996 y la de 1999 editada por el Colegio Nacional dentro del libro Crítica del mundo cultural). A partir de ahí, en 2010 la versión de Los demasiados libros difiere de los anteriores en incluir perspectivas sobre las tecnologías librescas, en lugar de propuestas para la Ley del Libro mexicana, y otros los reescribe.
Artículos anteriores En un extenso artículo llamado ¿Adivinos o libreros?, se habían presentado muchas dificultades sobre el negocio del libro. Los mercados son impredecibles, los libreros intuyen asistemáticamente las necesidades, no siempre atinando. Mencionaba Zaid el caso de un librero regiomontano que conocía tan bien a sus clientes que «adivinaba» sus preferencias, como una excepción milagrosa.
Insistió en el papel del azar en el comercio de libros y especuló sobre las posibilidades del vendedor librero de predecir la demanda, si se coordina a los maestros que piden libros con los vendedores, se separan los libros por su permanencia (e.g. clásicos/bestsellers/escolares), se distinguen las novedades de aquellos libros cuya demanda se reactiva y de los clásicos. Pensó que la demanda puede predecirse —aproximadamente— cuando el libro está en ciertos contextos (como una librería de textos médicos, ubicada frente a una facultad de medicina), por la magnitud del acervo o por su especialidad.
Escribió que comercialmente no conviene que las librerías sean como bibliotecas sino cómo puestos de periódicos, donde los libros se venden rápido y el resto de devuelve. Pensó en soluciones como cobrar al editor la exhibición del libro, efectuar venta directa sin libreros o transmitir la información del libro por otros medios.
El costo que aumenta con el tiempo en que no se compra un libro explica por qué las librerías tienen un solo ejemplar de ciertas obras, pero no de los libros de texto (que se venden rápido), ni otros que se venden más seguramente (aunque no tan rápido) y los saldos. Decía que los libros comprados por error deberían saldarse pronto, aunque luego se necesiten de nuevo. Escribió sobre los problemas de la consignación y recomendó mecanismos similares como suscripción del librero a todo lo fabricado, con derecho a devolución. Propuso una especie de consignación por colección, estando el librero obligado a ofrecer colecciones completas y el editor a proveerlo con un ejemplar de cada título. Analizaba las ventas por encargo, por consulta electrónica y por catálogo.
En Precio y tiraje óptimo de libros dejó ver la necesidad de que algunos libros estén en todas partes y otros en todo momento. Dijo que los editores pensaban como impresores, aumentando los tirajes; malentendido que resulta en costosos desperdicios. Demostró que aumentar el tiraje no abarata mucho la producción (excepto en un primer aumento). También que por los costos de almacenaje y de fallas predictivas conviene hacer tirajes pequeños para esperar a ver cuánto se vende. Aconsejaba bajar los precios sin aumentar el tiraje, demostrando que imprimir de más le sale muy caro a las editoriales (y a todo el mundo, por la basura producida). Enseñó que más vale producir de menos: así los costos probables son menores. En su especulación sobre las ventas estimaba que la mayor parte de los títulos se venden lento.
En el hubo autores que se autopublicaban, pero ahora el riesgo empresarial se ha transferido a los editores. Zaid escribía que la demanda de libros es inelástica (no se ve muy afectada por el precio) y que la oferta es un monopolio, excepto cuando el comprador no busca un título específico. Indagó la relación de la demanda con el presupuesto de los lectores y con los precios, en caso de que se hagan diferentes tipos de edición en lo que llamaba la «doble vía» de las elegantes por un lado y las populares por otro. Abogó por las bibliotecas públicas, como la forma menos costosa de que se lea.
Recomendó diseñar los precios pensando en los compradores, prever si bajar el precio realmente aumentaría la demanda para —en caso negativo— establecer el precio más alto o —en caso positivo— bajar el precio. También diseñar la oferta editorial como si fuera una gran revista, creando un contexto de títulos aunque no se vendan, para darle sentido a los que sí. Sugería calcular la viabilidad de todo el proceso, y determinar los tirajes, además de considerar la impresión sobre pedido.