Agere sequitur esse (del latín, el actuar se sigue del ser) es un principio ontológico tomista que tiene sus raíces en Platón y Aristóteles y no ha de ser entendido como una sucesión temporal, sino como una proporcionalidad ontológica. El ser de un ente es proporcional al poder del mismo.

En Platón Platón rechaza este principio y se lo atribuye a los heraclíteos. Claramente, para este pensador, las formas, que eran trascendentes e inmutables, constituían la más radical de las realidades, por lo que este principio era evidentemente falso. En Fedro, Platón pone un argumento similar en boca de Hipócrates, y en Sofista lo pone en boca del extranjero.

En Tomás de Aquino Tomás de Aquino hace extenso uso de este principio de proporcionalidad entre el ser y el poder. Para empezar, según Edward Feser, es por este principio que Tomás de Aquino rechaza el ocasionalismo, que es la doctrina que reniega de que las criaturas tengan poder causal alguno. Si las criaturas carecieran de poder causal, carecerían también de ser, con lo que esta postura degeneraría en panteísmo. Asimismo, es por este principio que rechaza el deísmo y el mero conservacionismo, que son las doctrinas que sostienen que las criaturas tienen pleno poder causal. Si las criaturas tuvieran pleno poder causal, también tendrían pleno ser, con lo que esta postura degeneraría en ateísmo. Al contrario, Tomás de Aquino defiende el concurrentismo, en el que el poder causal es compartido por Dios, que lo tiene por esencia, como causa primera, y las criaturas, que lo tienen por participación, como causas segundas. De este modo, Dios sigue teniendo la plenitud del poder causal y la plenitud del ser por esencia, mientras que las criaturas siguen teniendo cierto poder causal y cierto ser por participación.

Precisamente por este principio, las dos primeras vías tomistas no demuestran una causa del ser de las cosas, sino una causa de su actuar, ya que, para Tomás de Aquino, aquello que causa el actuar de las cosas, también tiene que causar su ser. Un ejemplo de este tipo de razonamiento se encuentra en este capítulo de la Summa contra Gentiles en que defiende que, como la virtud de Dios es infinita, su esencia también tiene que serlo.

Además, este mismo argumento es útil para afirmar que el alma de los animales, que solo puede realizar la operación del sentido, no subsiste sin el cuerpo, mientras que el alma de los humanos, que pueden realizar la operación del entendimiento, sí que pueden subsistir sin este. Ahora bien, al aplicar este principio, se tiene que prudencia de que el modo de actuar del que se extrae el modo ser conlleve a una forma realmente sustancial y no meramente accidental del sujeto. Por ejemplo, si aventara una roca y observara que esta estuviera en el aire, tal modo de actuar no conllevaría a una forma sustancialmente común a todas las rocas en general, sino a una forma accidentalmente atribuida a una roca en particular.

Véase también Vía del primer motor Vía de la causa eficiente

Referencias

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