Rerum Ecclesiae, en español, De las cuestiones de la Iglesia, es una encíclica del Papa Pío XI, publicada el 28 de febrero de 1926. Dedicada al tema de la evangelización de los pueblos no cristianos. En esta encíclica, el Papa insta a una mejor organización misionera, insistiendo especialmente en una base local para la labor misionera y en el establecimiento de una Iglesia autóctona mediante la formación del clero local.

Contexto histórico

Recordando la importante labor realizada desde la segunda mitad del siglo XIX por la labor y apoyo de Pauline-Marie Jaricot a los Padres de las Misiones Extranjeras de París, se fundó en esa ciudad la Sociedad para la Propagación de la Fe.En 1922, Pío XI declaró «pontificia» la obra de Pauline Jaricot y la trasladó a Roma. Junto con la obra de San Pedro Apóstol, la «Propagación de la Fe» se convirtió, en mayo de 1922, en las «Obras Misionales Pontificias» [OMP], cuyo establecimiento en todas las diócesis se fomentó enérgicamente. Cincuenta años después, en 1922, el papa Pío XI, declarò pontificia esa sociedad, que fue traslada a Roma, integrándola en mayo de ese mismo año en las Obras Misionales Pontificias, con implantación en todas las diócesis del mundo.

Sin embargo, insiste en una presencia local más amplia para las nuevas iglesias:

Fomentar las vocaciones locales y hacer hincapié en una formación intelectual más avanzada para el clero. Invitando a la fundación de congregaciones religiosas indígenas Deseando una mejor distribución territorial de las fuerzas misioneras invitando en particular a introducir la vida contemplativa en los territorios de misión (la vida contemplativa es parte integrante de la vida de toda Iglesia )

Contenido

Interés de la Iglesia por las misiones Con este inicio el papa pasa a recordar el esforzado y, en ocasiones heroico, realizado desde la fundación de la Iglesia para al propagación del evangelio, se refiere luego especialmente al trabajo desarrollado en los últimos años por las asociaciones consagradas a las misiones, que además han contado con el impulso de la carta apostólica Maximum illud, de Benedicto XV, del 30 de noviembre de 1919. El papa explica que, desde el inicio de su pontificado, ha continuado impulsando las misiones, pero considera que aún faltan dos cuestiones

Por esto tras exponer la obligación que incumbe a todos los fieles cristianos en la evangelización de los infieles, como una manifestación de amor al prójimo y del agradecimiento a Dios por el don de la fe, la encíclica expone las obligaciones que corresponden a los obispos y sacerdotes y las cuestiones que han de cuidarse especialmente en las misiones.

Obligaciones de los obispos y sacerdotes Todos los files deben sentirse corresponsables con el Papa en la propagación del evangelio, pero esta obligación incumbe de un modo especial a los obispos. Ante todo moviendo a todos los fieles a rezar pidiendo "Al Señor de la mies que envíe obreros a su campo (Mt 9,38), en este sentido el papa sugiere que se añada al rezo del rosario y a otras preces la petición por las misiones.

Estos medios sobrenaturales y la atención de los fieles debe apoya el fomento de vocaciones misioneras, sabiendo descubrir y orientar a los que den muestras de vocación para esta tarea; también a los sacerdotes de la propia diócesis que se sientan inclinados a este apostolado, aunque esto suponga una merma en el clero de la diócesis.

Por último, en la encíclica el papa anima a los obispos para que promuevan en su diócesis las Obras Misionales Pontificias, estableciendo o apoyando, si ya existe, la Unión Misional del Clero, a través de la cual se impulsará la oración por la misiones. Además, desde todas las diócesis se deben apoyar, mediante las oportunas colectas, la Obra de la Propagación de la Fe, la Obra de las Santa Infancia y la Obra de San Pedro Apóstol.

Normas para la organización y cuidado de las misiones En el resto de la encíclica el papa da orientaciones para labor pastoral que se encomienda a los vicarios y prefectos apostólicos que gobiernan las estructuras jerárquicas establecidas por la Iglesia en las zonas de misión.

Ante todo señala la necesidad de promover el clero nativo, cuidando su formación en seminarios que han de construirse en las tierras de misión. refiriéndose al papel a que está llamado este clero insiste:

Llama también la atención sobre la importancia que tiene cuidar y promover entre los nuevos bautizados vocaciones a las órdenes y congregaciones religiosas; considerando también si en algunos casos puede ser ventajoso la fundación de Congregaciones de indígenas, acomodadas a las necesidades y circunstancias propias de cada país. Por otra parte, dará gran fruto multiplicar el número de catequistas que ayudarán a que los nuevos cristianos profundicen en la doctrina. Por último no hay que olvidar el fruto sobrenatural que proporcionará la introducción en los territorios de misión de órdenes contemplativas.

Distribución de los misioneros por el territorio de la misión, situándolos en lugares estratégicos, desde los que puedan visitar a los pueblos de la zona en los que podrá haber una iglesia, que tendrá a su frente un catequista. En la atención de esa zona deben ganarse a los indígenas, con los medios que utilizó el Divino Maestro: «Curó a todos los enfermos» (Mt 8,16); «y le siguieron muchos y los curó a todos» (Mt 12,15); «compadeciéndose de ellos curó sus enfermos» (Mt 14,14), teniendo en cuenta que

Concluye el papa la encíclica encomendando a María Santísima, Reina de los Apóstoles la labor de las misiones, y transmitiendo a los obispos, al clero y al pueblo la bendición apostólica.

Véase también

Pío XI Encíclicas de Pío XI

Referencias

Categoría:Encíclicas de Pío XI Categoría:Documentos pontificios sobre las misiones Categoría:Iglesia católica en 1929