miniaturadeimagen|306x306px|Casa Cuna de Fraisoro hacia 1935

El abandono infantil en España desde el sigloXVI hasta mediados del sigloXX fue un fenómeno muy extendido. Miles de niños fueron abandonados cada año, lo que supone un número muy elevado a lo largo de ese periodo, sin incluir a quienes fallecieron durante el traslado a los centros de acogida ni a las víctimas de infanticidio que no quedaron registradas.

Fue una práctica extendida por toda Europa, aunque sus modalidades variaron a lo largo del tiempo: la exposición del recién nacido, el depósito en el torno y, posteriormente, el abandono en las maternidades.

Las principales causas del abandono infantil se mantuvieron relativamente constantes a lo largo de los siglos. Entre ellas destacaban los nacimientos fuera del matrimonio, fuertemente estigmatizados por la sociedad y condenados por la Iglesia católica; la pobreza y otras dificultades económicas, incluida la imposibilidad de alimentar al recién nacido mediante lactancia materna; el nacimiento de niños con enfermedades o discapacidades; y, en menor medida, los nacimientos derivados de la prostitución o de violaciones.

Historia

Las primeras instituciones españolas destinadas específicamente a la atención de niños abandonados conocidas datan del , y se establecieron en las principales ciudades del reino. La primera de ellas se situó en Valencia en 1410, a instancias de san Vicente Ferrer, dedicada a la atención específica de los niños abandonados, y está considerada por diversos autores como el primer orfanato del mundo.

Los recién nacidos eran abandonados con frecuencia en descampados u otros lugares públicos. Otros eran dejados a las puertas de las Misericordias, donde convivían con enfermos mentales, personas con discapacidad, pobres o personas marginales y, también, se abandonaba a las puertas de los conventos, cuyos religiosos asumían su cuidado y, en algunos casos, los orientaban hacia la vida religiosa como oblatos.

Muchos de estos niños eran entregados posteriormente a familias que los utilizaban como mano de obra en condiciones próximas a la servidumbre. En conjunto, el abandono infantil fue un fenómeno frecuente durante el siglo XV y la mortalidad de los menores abandonados era muy elevada.

y La exposición de niños fue una práctica ampliamente extendida en Europa desde el .

Los lugares de abandono más habituales eran los vinculados a la beneficencia (mayoritariamente religiosa), así como las casas del alcalde o del médico, etc. La denominada mortalidad en tránsito era muy elevada, al estar los centros de acogida distantes del punto de abandono. Era más frecuente el abandono nocturno, antes del alba, y no existían diferencias significativas entre niños y niñas.

A los recién nacidos se les asignaba con frecuencia el nombre del santo correspondiente al día de su ingreso, mientras que el apellido Expósito llegó a generalizarse entre los menores abandonados. En ocasiones, los niños llevaban consigo notas en las que se indicaba si habían sido bautizados o se expresaba la intención de recogerlos posteriormente, aunque esta última circunstancia era excepcional.

Durante este periodo se fueron creando nuevos centros de acogida en las principales ciudades, entre ellos la Inclusa de Madrid, fundada en 1572.

Hasta finales del siglo XVIII, muchos niños acogidos eran entregados a familias que los empleaban como sirvientes o mano de obra barata, sufriendo con frecuencia situaciones de malos tratos y explotación. No fue hasta 1788 cuando comenzaron a adoptarse medidas legales dirigidas a limitar estos abusos. miniaturadeimagen|El abandono. 1886|265x265px

Durante el siglo XVIII coexistieron dos enfoques principales sobre el problema del niño abandonado. El primero, denominado utilitarismo eclesiástico, estaba orientado a salvar el alma de los recién nacidos mediante el bautismo; el segundo, conocido como utilitarismo ilustrado, concebía la conservación de la vida de estos niños como un medio para aumentar la población y, con ello, la riqueza de la nación.

Ambos planteamientos impulsaron el desarrollo de instituciones asistenciales y de beneficencia, aunque la denominada mortalidad en tránsito continuó siendo muy elevada. A partir de mediados del siglo XVIII aumentó el número de casas de expósitos en España, alcanzando las 149 durante el siglo XIX.

Con el desarrollo de estas instituciones, se fue reforzando y legislando el papel de las nodrizas o amas de crianza. Hasta bien entrado el , la única alimentación adecuada para los recién nacidos era la lactancia materna. Cuando esto no era posible, se recurría a leche de burra o de cabra diluida y manipulada, que en muchas ocasiones producían intolerancias gastrointestinales que podían conducir incluso a la muerte del niño. Un reducido porcentaje de éstas nodrizas prohijaban a los niños que criaban, aunque la mayoría regresaba a las instituciones para su tutela.

El incremento de los establecimientos de acogida favoreció también el aumento del número de abandonos a partir de la segunda mitad del , propiciando la utilización del torno, un dispositivo giratorio que permitía depositar al recién nacido desde el exterior del edificio sin revelar la identidad de quien lo entregaba. Muchos tornos llevaban una inscripción como esta: Mi padre y mi madre me arrojan de sí, la caridad divina me recoge aquí.

Los tornos estaban situados en casas de beneficencia, mayoritariamente religiosas, atendidos por las Hijas de la Caridad, o dependientes de otras instituciones como ayuntamientos, diputaciones, etc. Las mujeres que dirigían estas últimas se denominaban torneras y debían acreditar condiciones de moralidad adecuadas así como saber leer y escribir, para redactar informes. Habitualmente, los recién nacidos permanecían unos días hasta descartar enfermedades como la sífilis congénita y encontrar una nodriza que se hiciera cargo de la crianza.

La mortalidad infantil de los niños abandonados en este siglo siguió siendo muy elevada. Como muestra de ello en la casa cuna de Gerona la mortalidad en 1790 era del 76% y en la de Barcelona del 61%.

A finales del hubo diversas reformas legislativas como la despenalización del abandono infantil y otras leyes cuyo objetivo fue considerar como legítimos a todos los efectos a los niños abandonados en la caridad pública, poniendo fin a la discriminación sufrida durante siglos que había impedido su educación y a que accedieran a determinadas profesiones. Así mismo se reforzaba la condena de cualquier tipo de abandono que no se realizara en los lugares destinados para ello lo que impulsó la utilización del torno en el .

A pesar de estos cambios legislativos, las madres y los niños abandonados siguieron sufriendo un importante estigma social a lo largo de los siglos XIX y .

A finales del comenzaron a publicarse artículos que formaron un verdadero muestrario de cómo en España, al igual que en el resto de Europa, se tomaba conciencia clara sobre el problema nacional del niño expósito. Algunos autores fueron los eclesiásticos Juan Antonio Trespalacios, Joaquín Javier Uriz y Lasaga o Antonio Arteta. Los del cónsul de Carlos IV Alberto de Megino y los manuscritos del médico Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. También los escritos políticos del conde de Floridablanca, Domingo Cabarrús o Jovellanos.

thumb|Sala del torno de la Inclusa de Madrid en 1861, por Francisco Ortego. Durante el , el abandono infantil adquirió enormes dimensiones, llegando a 8000 niños al año o lo que es lo mismo, más de medio millón de niños abandonados en España en este siglo. En estas cifras no están cuantificados los niños fallecidos en tránsito o por infanticidio. Las causas principales continuaron siendo la ilegitimidad del nacimiento, que en España era de un 5% de los nacimientos y la pobreza, que afectaba aproximadamente a la mitad de la población a principios del .

Un factor que hizo aumentar el número de abandonos fue la tipificación como delito del aborto en el Código Penal Español desde 1822 hasta finales del , salvo un breve periodo en Cataluña en 1936. A partir de la mitad del también la iglesia católica reforzó su oposición a esta práctica.

La mortalidad infantil era muy elevada en los centros de acogida. A modo de ejemplo, en la casa torno de San Sebastián a finales del era del 52%.

En torno a las inclusas comenzó a desarrollarse la pediatría en España como una especialidad específica de los niños. El jesuita Hervás y Panduro fue su pionero en España, creando una escuela de obstetricia, fomentando la lactancia maternal y la creación de la pediatría a principios del siglo. A finales del , Manuel Tolosa Latour dio un impulso importante al desarrollo de la pediatría y a la protección de la infancia así como Concepción Arenal que impulsó los derechos de los niños expósitos.

A principios del , el índice de mortalidad infantil en España era del 25% en el primer año de vida, mientras que en algunos centros de acogida alcanzaba el 80%. En Europa, en los centros de acogida el índice de mortalidad infantil era, en promedio, del 50%. A veces, se comparaba el abandono infantil en algunas inclusas con el infanticidio (en la inclusa de Madrid murieron el 100% de los niños ingresados en el año 1804).

A lo largo del , se fueron desarrollando maternidades en las inclusas, lo que redujo el abandono mediante la exposición o torno. Las gestantes ingresaban en el 7.ºmes de embarazo y permanecían aisladas; y, tras dar a luz, se iban dejando el niño bajo la tutela de la institución. También se desarrollaron casas cuna, en las que se contemplaba el abandono temporal del menor con la posibilidad de recuperarlo tras superar las circunstancias que motivaron al abandono.

Las mujeres que daban a luz en las inclusas o en las casas cuna eran mayormente jóvenes, de entre 15 y 25 años, procedentes, en general, de entornos o trabajos precarios, como el servicio doméstico, costureras o jornaleras y normalmente solteras y analfabetas.

Respecto a los padres, procedían de todos los estamentos sociales, sin excepción. En muchas ocasiones, se ponía al niño el nombre del lugar de procedencia de la madre.

El papel de las nodrizas o ama de crianza fue fundamental, y muchas mujeres con necesidades económicas se prestaron a esta actividad, siendo en general mujeres campesinas, donde su actividad laboral era más discreta. Algunos de esos niños eran prohijados al llegar a los 8 años, como dictaminaba la legislación en esa época. En caso contrario eran devueltos a las misericordias. Para ejercer como nodriza se necesitaba un certificado de salud y de buenas costumbres que expedían el médico y el alcalde o el párroco del lugar de residencia. Estas autoridades supervisaban el cuidado del niño ya que eran frecuentes los casos de malos tratos o niños descuidados a lo largo del .

+ Evolución de las modalidades de abandono en la inclusa de Pamplona.18301880Expuestos71%22%Torno, maternidades, otros29%78% Hasta el , la viruela era una de las causas de muerte más frecuente en las inclusas con una mortalidad del 70% de los bebés afectados. Un avance significativo fue el descubrimiento de la vacuna contra esta infección, que permitió su erradicación en el .

En 1803 los niños abandonados tuvieron un papel histórico para llevar la vacuna de la viruela a las colonias Americanas. Al no existir frigoríficos ni medios de conservación, los niños hicieron de portadores biológicos de la vacuna con la que se inoculó en las colonias a cientos de miles de personas. Fueron 22 huérfanos de entre 3 y 9 años procedentes de las Inclusas de Madrid y de la de Santiago. Fueron seleccionados por su fortaleza y se les prometió comida y educación cuando llegaran a su destino. Uno de ellos falleció en la travesía.

La expedición fue dirigida por el médico Francisco Javier Balmis y la enfermera Isabel Zendal.

thumb|José Sanchis Bergón, fundador de la Asociación Valenciana de la Caridad (1906).