La Primera Declaración de La Habana es un discurso pronunciado por Fidel Castro el 2 de septiembre de 1960 en la plaza de la Revolución de La Habana, Cuba. La Declaración se hizo en respuesta a la VII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de los Estados Americanos y a la consecuente Declaración de San José, la cual condenaba de manera implícita la interferencia de la Unión Soviética y de la República Popular China en el hemisferio occidental.
En el discurso se enuncian y reivindican una serie de derechos y deberes políticos y económicos que Fidel Castro consideraba propios de las naciones latinoamericanas, amenazadas por el imperialismo estadounidense. Además de ser un documento programático sobre la política exterior cubana, la Declaración de La Habana da testimonio de los procesos sociopolíticos, los equilibrios internacionales y de la dinámica de los organismos multilaterales a nivel global a inicios de la década de 1960.
Acontecimientos previos
La Revolución cubana, tensiones con EUA y apoyo sino-soviético En enero de 1959 los guerrilleros del Movimiento 26 de Julio entraban triunfantes en La Habana, poniendo fin a la dictadura de Fulgencio Batista. El nuevo régimen se proponía una reforma radical del sistema político y económico cubano, con el objetivo de empoderar a los sectores marginales y reforzar la soberanía nacional. El gobierno revolucionario volcó sus esfuerzos a la expansión del control estatal de la economía cubana mediante una serie de confiscaciones y nacionalizaciones, así como la reorientación del comercio exterior. Teniendo presente la experiencia del derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala los líderes revolucionarios comenzaron a procurar el establecimiento de vínculos con la URSS y, en menor medida, con la República Popular China, como estrategia económica y de defensa ante un posible ataque militar por parte de los Estados Unidos. Así, en pleno proceso de ruptura sino-soviética, Fidel Castro afirmó que Cuba sería amiga tanto de la URSS como de China.
El primer contacto de Cuba con la URSS se estableció en octubre de 1959 con la llegada a la isla de Aleksandr Alekseev, un agente de la KGB quien en 1961 se convertiría en el embajador soviético en La Habana. En febrero de 1960, una delegación soviética encabezada por el vicepresidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética, Anastás Mikoyán, visitó la isla tras la invitación del gobierno cubano a la inauguración de la Exposición Soviética de Ciencia, Técnica y Cultura. Los líderes del gobierno revolucionario de Cuba y Anastas Mikoyan convinieron la adquisición soviética de cuatrocientas veinticinco mil toneladas de azúcar en el periodo restante de 1960 y un millón de toneladas anuales durante los cuatro años siguientes. El gobierno de la URSS se comprometía, además, a conceder al gobierno cubano un crédito de cien millones de dólares para la adquisición de equipos, maquinaria, materiales y asistencia técnica para la construcción de plantas y fábricas en Cuba.
El interés soviético para Cuba se ha explicado en términos del significado simbólico que tenía, en el marco de la Guerra Fría, la existencia de un país socialista ubicado a un puñado de millas de Estados Unidos. Además, la historiografía ha señalado la importancia del acceso a puertos para las naves soviéticas en el Caribe, la búsqueda por mantener alejados a posibles aliados de la esfera de influencia china, de expandir una visión soviética del socialismo y de incluir a Cuba en el “subsistema soviético internacionalista”. Sea cual fuere la motivación, pronto se hizo público el apoyo a Cuba desde los más altos peldaños del gobierno soviético. El secretario del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Kruschev, afirmó el 9 de julio de 1960 que la URSS apoyaría a Cuba en caso de una agresión estadunidense. Además, en una conferencia de prensa ofrecida en el Kremlin el 12 de julio de 1960, Kruschev afirmó que la doctrina Monroehabía fallecido por una muerte natural y que los restos de esta doctrina debían ser enterrados para no envenenar el aire con su descomposición. Las declaraciones de Kruschev no fueron bien recibidas por la administración de Dwight D. Eisenhower, quien el 12 de julio de 1960 respondió afirmado que los principios de la doctrina Monroe eran tan válidos como en 1823, cuando fue proclamada.
Por su parte, el gobierno de la República Popular China –cuyo líder, Mao Zedong, había expresado su apoyo a la Revolución cubana- firmó el 23 de julio de 1960 un acuerdo para adquirir medio millón de toneladas de azúcar cubana por un lustro, mientras que los cubanos recibirían arroz, textiles y manufacturas chinas. En el contexto de la Guerra Fría, el hecho de que Cuba fuera el primer país latinoamericano en reconocer a la República Popular China significó un reajuste crítico en las relaciones internacionales de inicios de la década de 1960. Para los líderes chinos, la Revolución cubana representaba la lucha contra el imperialismo y el colonialismo y, por ende, brindar asistencia a Cuba era el deber internacionalista del gobierno de Mao Zedong. El líder comunista de la República Popular China creía que el apoyo a los movimientos nacionales de "independencia y liberación" en América Latina podría ayudar a derrotar a las fuerzas imperialistas, contribuyendo a la labor revolucionaria de China. Más aún, los dirigentes de la República Popular China incrementaron sus esfuerzos tras la visita de Mikoyan a la isla, cuando la creciente influencia soviética sobre Cuba comenzó a hacerse notar.
La endeble relación del régimen revolucionario con Estados Unidos, debilitada por los crecientes vínculos cubanos con los países socialistas en el contexto de la Guerra Fría, sufrió un fuerte golpe cuando las refinerías Texaco, Esso y Shell se negaron a refinar el crudo soviético que Cuba había adquirido para esquivar un estancamiento económico debido a un descenso en el suministro de crudo norteamericano. Más aún, el 5 de julio de 1960, el congreso estadunidense hizo una enmienda al Sugar Act, mediante la cual podría cancelar compras de azúcar si tal acción se tomaba en defensa del interés económico nacional. En función de la enmienda, Estados Unidos canceló la compra de 700,000 toneladas de azúcar cubano; el presidente Dwight D. Eisenhower arguyó que la venta de azúcar cubana a la URSS y otros países soviéticos ponían en entredicho la capacidad cubana de ser un proveedor confiable para el mercado estadunidense.
El 6 de julio de 1960, el Consejo de Ministros de Cuba autorizó, mediante la Ley 851, la nacionalización de empresas y bienes de ciudadanos estadounidenses mediante una serie de expropiaciones forzosas. El 6 de agosto el gobierno cubano ordenó la nacionalización de 26 empresas de servicios públicos y centrales azucareros de propiedad estadunidense. Entre otras, el gobierno cubano estatizó en el verano de 1960 la Cuban Electric Company, Cuban Telephone Company, la Moa Bay Nickel Mining Company y 36 refinerías de azúcar, entre ellas la de la United Fruit Sugar Company, la cual tenía estrechos lazos con la administración de Eisenhower.
El reajuste de la política exterior cubana respecto a los Estados Unidos, la Unión soviética y la República Popular China se enmarcó en un contexto más amplio de reacomodo en las relaciones internacionales. La Guerra Fría, la ruptura sino-soviética, la política anticomunista estadunidense, el acercamiento de Cuba a los países socialistas, la visión revolucionaria de Fidel Castro y sus allegados y la Declaración de San José enmarcarían la Primera Declaración de La Habana.
La Declaración de San José La escalada de tensiones entre Cuba y Estados Unidos a mediados de 1960 derivó en una interpelación cubana en la Organización de las Naciones Unidas, en donde la hegemonía estadounidense comenzaba a ser cuestionada por países asiáticos y africanos con discursos fundamentados en los principios de independencia y autonomía propios de los procesos de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial. La delegación cubana en las Naciones Unidas solicitó una reunión especial del Consejo de Seguridad para atender la creciente tensión con Estados Unidos, sin embargo, el 18 de julio de 1960 el embajador estadunidense Henry Cabot Lodge solicitó que el asunto se atendiera en la OEA, argumentando que, al tratarse de dos países miembros, se trataba del foro apropiado para discutir controversias entre estados americanos. Al día siguiente, Fidel Castro aseguró en una entrevista a la emisora cubana Radio Progreso que Estados Unidos quiso llevar el asunto a la OEA para poder ejercer su influencia sobre los “débiles países del continente americano”. En este contexto, el gobierno de Perú convocó el 18 de julio de 1960, con base en el artículo 39 de la Carta de la OEA, una Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores para discutir “grave amenaza” a la democracia y unidad panamericana, así como la tensa situación en el Caribe.
La VII Reunión de Consulta de Ministros se llevó a cabo el 22 de agosto de 1960 en San José, Costa Rica, contemplando en su agenda el fortalecimiento de la solidaridad y la cooperación panamericana ante la amenaza de intervención extra-continental, el análisis de los factores económicos y sociales que impulsaban la inestabilidad en el hemisferio, así como de las manifestaciones en el Caribe de las tensiones internacionales. Durante la VII Reunión de Consulta de la OAS, el secretario de Estado de Estados Unidos, Christian Herter, afirmó que Cuba estaba siendo llevada hacia la “dirección comunista” mediante esfuerzos de los “poderes sino-soviéticos para extender su control sobre un estado Americano”. Articulando su discurso en una clave propia de la Guerra Fría, Herter denunció un “patrón bolchevique de política cubana”. miniaturadeimagen|Raúl Roa, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba de 1959 a 1976 En respuesta a las acusaciones de Herter, Raúl Roa, ministro de exteriores y representante de Cuba en el foro, afirmó que la delegación cubana actuaba de manera autónoma contra “la más rica, poderosa y agresiva potencia capitalista del mundo, que en vano ha pretendido intimidarlo, rendirlo o comprarlo”. La delegación cubana se retiró de la VII Reunión de Consulta de la OAS después de que Roa se lamentara por la falta de apoyo de los gobiernos latinoamericanos a las posiciones cubanas.
La Declaración de San José resolvió los siguientes puntos: (I) condenar la intervención de las potencias extra-continentales en asuntos de las repúblicas americanas; (II) rechazar las pretensiones chinas y soviéticas de utilizar la situación política, económica o social de cualquier Estado americano; (III) reafirmar el principio de no intervención de un Estado americano en los asuntos internos o externos de otro Estado americano; (IV) afirmar la incompatibilidad entre el sistema interamericano y cualquier forma de totalitarismo; (V) proclamar que todos los Estados miembros de la OEA tenían la obligación de ceñirse a la disciplina del sistema interamericano; (VI) declarar que las controversias interamericanas debían resolverse de manera pacífica entre los Estados miembros de la OEA y (VII) reafirmar los objetivos de paz, soberanía integridad, independencia y justicia que promovía la OEA. Al término de la VII Reunión se resolvió condenar la intervención extranjera en el hemisferio, omitiendo alusiones explícitas a Cuba.