thumb|El Barrio rojo de Ámsterdam. Existe una diversidad de puntos de vista feministas sobre la prostitución y el trabajo sexual. Muchas de estas posiciones pueden agruparse en dos puntos de vista generales: puntos de vista críticos o de apoyo a la prostitución y el trabajo sexual. El discurso sobre la prostitución suele desarrollarse asumiendo que quienes ejercen el trabajo sexual son mujeres; sin embargo, no siempre es así. La industria del sexo es definida como el sistema de oferta y demanda que es generado por la existencia del trabajo sexual como mercancía. La industria del sexo puede a su vez categorizarse en industria directa del sexo, que aplica principalmente a la prostitución, e industria indirecta del sexo, que se refiere a negocios sexuales que ofrecen servicios tales como los bailes de regazo. El componente final de la industria del sexo se encuentra en la producción y comercialización de la pornografía. Desde las varias perspectivas feministas, muchas autoras han expresado puntos de vista tanto explícitos como implícitos relacionados con la industria del sexo, en particular en lo tocante al asunto de la autonomía. Por ejemplo, desde algunas perspectivas feministas se cree que la mercantilización de los cuerpos de las mujeres nunca es autónoma y por tanto llamar al trabajo sexual «autónomo» es en el mejor de los casos un error.

Las feministas abolicionistas sostienen que la prostitución es una forma de explotación y dominio masculino sobre las mujeres, y una práctica resultado del orden patriarcal existente. Estas feministas argumentan que la prostitución tiene efectos muy negativos, tanto en las prostitutas mismas, formalmente denominadas por este grupo mujeres en situación de prostitución— como en la sociedad en su conjunto, ya que refuerza visiones estereotipadas sobre las mujeres, que son vistas como objetos sexuales que pueden ser utilizados y abusados por los hombres. Por su parte, las feministas regulacionistas o pro-prostitución afirman que la prostitución y otras formas de trabajo sexual pueden ser opciones válidas para mujeres y hombres que elijan participar en ellas. Desde este punto de vista, el trabajo sexual debe diferenciarse de la prostitución forzosa, y las feministas deberían apoyar el activismo de las trabajadoras sexuales contra abusos tanto de la industria del sexo como del sistema legal.

El desacuerdo entre estas dos posturas ha demostrado ser particularmente polémico y puede ser comparable a las guerras sexuales feministas —debates enconados sobre cuestiones sexuales— de finales del .

Marco del debate Jacquetta Newman y Linda White en su libro Women Power and Public Policy (2012) sostienen que las perspectivas feministas sobre la prostitución coinciden en tres puntos principales: En primer lugar, condenan las políticas legales que imponen sanciones penales contra las mujeres que ofrecen sexo a cambio de dinero. Segundo, están de acuerdo en que el consentimiento auténtico es la condición sine qua non del sexo legítimo, ya sea en forma comercial o no comercial. Tercero, todas las feministas reconocen que las trabajadoras sexuales comerciales están sujetas a coerción económica, son a menudo víctimas de violencia, y que se hace poco para enfrentar este problema.

A continuación, las autoras identifican tres puntos de vista feministas principales sobre la prostitución: la perspectiva del trabajo sexual, la perspectiva abolicionista y la perspectiva de la proscrito. La perspectiva del trabajo sexual sostiene que la prostitución es un trabajo legítimo para mujeres enfrentadas a la opción de otros trabajos precarizados, y por lo tanto deben tener derecho a trabajar en el comercio sexual y a eliminarse las leyes que penalizan la prostitución voluntaria. La perspectiva abolicionista sostiene que los gobiernos deben trabajar para eliminar la prostitución. La perspectiva del proscrito ve el trabajo sexual como un "piedra de arranque hacia una mejor situación laboral o una expresión de libertad sexual".

Argumentos en contra de la prostitución thumb|Anuncios de prostitución llenan una cabina telefónica Una proporción de feministas se opone firmemente a la prostitución, ya que ven la práctica como una forma de violencia contra la mujer, que no debe ser tolerada por la sociedad. Las feministas que tienen tales puntos de vista sobre la prostitución incluyen a Kathleen Barry, Melissa Farley, Julie Bindel, Sheila Jeffreys, y Catharine MacKinnon, Andrea Dworkin. Sus argumentos se detallan a continuación.

Coerción y precariedad Estas autoras feministas argumentan que, en la mayoría de los casos, la prostitución no es una elección consciente y calculada. Afirman que la mayoría de las mujeres en situación de prostitución fueron obligadas o coaccionadas por proxenetas y/o la trata de personas o, cuando se trata de una decisión independiente, generalmente es el resultado de la pobreza y la falta de oportunidades, o de situaciones subyacentes, como la adicción a las drogas y traumas pasados (como el abuso sexual infantil).

Estas feministas señalan que las mujeres de las clases socioeconómicas más bajas —mujeres empobrecidas, mujeres con pocas oportunidades educativas, mujeres de grupos étnicos desfavorecidos— están sobrerrepresentadas en la prostitución en todo el mundo; como afirma Catharine MacKinnon: "Si la prostitución es una elección libre, ¿por qué las mujeres con menos opciones son las que lo hacen con más frecuencia?". Un gran porcentaje de las mujeres encuestadas en un estudio de 475 personas involucradas en la prostitución informaron que pasaban un período difícil de sus vidas y la mayoría deseaba dejar la ocupación. MacKinnon sostiene que "en la prostitución, las mujeres tienen relaciones sexuales con hombres con los que de otro modo nunca tendrían sexo. Por tanto, el poder económico actúa como una forma de coerción, no como una medida de consentimiento. Actúa como lo hace la fuerza física en la violación".

Algunas estudiosas contra la prostitución sostienen que el verdadero consentimiento en la prostitución no es posible. Analizando la literatura académica, Barbara Sullivan afirma: "hay muy pocas autoras que argumentan el consentimiento válido para la prostitución como algo posible. La mayoría sugiere que el consentimiento para la prostitución es imposible o al menos improbable" (...) "La mayoría de los autoras sugieren que el consentimiento dentro de la prostitución es profundamente problemático, si no imposible". Por último, las abolicionistas sostienen que no es posible consentir verdaderamente desde la opresión y ningún grupo debería tener derecho a consentir a la opresión de los demás. En palabras de Kathleen Barry, "el consentimiento no es una buena medida para indicar la existencia de la opresión, y el consentimiento a la violación es un hecho de opresión. La opresión no puede medirse efectivamente de acuerdo con el grado de 'consentimiento', ya que incluso en la esclavitud hubo algún consentimiento, si el consentimiento se define como la incapacidad de ver alguna alternativa".

Dominación masculina sobre las mujeres Las feministas abolicionistas son críticas de las perspectivas prosexo dentro del feminismo que incluyen el derecho al trabajo sexual como parte de la liberación y empoderamiento de las mujeres. Algunas feministas abolicionistas coinciden en que los movimientos sexuales libertarios del siglo pasado (por ejemplo los involucrados en reducir el rechazo social al sexo ocasional) forman parte de las metas del feminismo, sin embargo, consideran que la aceptación del trabajo sexual no es parte de estas metas, pues procede de una visión patriarcal de la sexualidad al implicar, por ejemplo, que el placer sexual de las mujeres es irrelevante y su deber es someterse a las demandas sexuales de los hombres. Consideran que la liberación sexual de las mujeres no puede lograrse mientras busquen normalizarse prácticas sexuales desiguales donde los hombres dominan a las mujeres.

La perspectiva abolicionista concibe la prostitución como el resultado de un orden social patriarcal que subordina las mujeres a los hombres y que la prostitución refuerza la idea de que las mujeres son objetos sexuales que existen para el disfrute de los hombres. Las feministas abolicionistas argumentan que la aceptación de la prostitución simboliza un entorno social donde se consideran irrelevantes los sentimientos de las mujeres durante acto sexual y sus consecuencias, que es aceptable para un hombre involucrarse sexualmente con una mujer que no lo disfruta y que podría estar forzándose emocionalmente para poder sobrellevar la situación; consideran que afecta negativamente la forma en que los hombres se relacionan con las mujeres y puede aumentar la violencia sexual contra las mujeres.

La psicóloga Melissa Farley sostiene que la elevada tasa de violaciones en el estado de Nevada, Estados Unidos está directamente relacionada con la prostitución legal. Nevada es el único estado del país donde se permiten los burdeles legales y ocupa el cuarto lugar de cincuenta estados en delitos de agresión sexual. Farley sostiene: "la tasa de violaciones en Nevada es más alta que el promedio de Estados Unidos y mucho más alta que la de California, Nueva York y Nueva Jersey. ¿Por qué? La prostitución legal crea una atmósfera donde las mujeres no son igualmente humanas, son irrespetadas por los hombres y prepara un escenario de violencia aumentada contra las mujeres".

Naturaleza racial y de clase Los abolicionistas a menudo subrayan los factores de clase y raza de la prostitución para indicar su carácter desigual. Es decir, ven la prostitución como impuesta por múltiples formas de opresión, no solo el sexismo. Algunas analistas sobre cuestiones de derechos humanos en torno al tema, como Sigma Huda en su informe para la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, quien señala:

"El acto de prostitución, por definición, une dos formas de poder social (sexual y económico) en una interacción. En ambos ámbitos los hombres tienen un poder sustantivo y estructural sobre las mujeres. En la prostitución, estas disparidades de poder se funden en un acto que asigna y reafirma el estatus social dominante de los hombres sobre el estatus subordinado de las mujeres."

Los abolicionistas atribuyen la prostitución a la relativa falta de recursos económicos de las mujeres, donde la globalización y el neoliberalismo han exacerbado relaciones económicas desiguales. Aunados con la discriminación y el acoso sexual en el ámbito laboral, y las desigualdades en el trabajo doméstico y la crianza de los hijos, las mujeres se encuentran en una desventaja significativa en la estructura económica. La pobreza es el factor de más grande que orilla a las mujeres a aceptar la prostitución como medio de subsistencia.

El racismo también determina la entrada de las mujeres en la prostitución, tanto por los sistemas educativo, económico y político que afectan las elecciones de las mujeres de color, como a partir de la sexualización racista de las mujeres negras, asiáticas e indígenas como excesivamente sexuadas y/o sumisas. Los salones de masajes, clubes de estriptis y otros negocios de prostitución a menudo se publicitan con un lenguaje altamente racializado y las mujeres indígenas de todo el mundo están sobrerrepresentadas en la prostitución. En Canadá, Nueva Zelanda, México y Taiwán, las mujeres indígenas se encuentran en la parte inferior de la jerarquía de la prostitución, a menudo sometidas a las peores condiciones y las demandas más violentas. Las feministas abolicionistas plantean que la prostitución actual es parte del legado del colonialismo, el desplazamiento forzado de grupos indígenas, la destrucción de su cultura y la discriminación racial.

Efectos a largo plazo